¿Debe morir la Religión para que nazca el Evangelio?
La Iglesia no se juega hoy solo su relevancia social, sino algo más profundo: su fidelidad al Evangelio frente a la lógica del poder que la tienta a protegerse.
Entre estructuras que se agotan y un cristianismo que busca renacer, la pregunta ya no es institucional, sino radicalmente evangélica: ¿servicio o dominio?
Hay una pregunta incómoda que cada vez se formula con menos miedo y más realismo: ¿está la Iglesia viva, moribunda o, en cierto modo, agotada en su forma actual? No es una provocación, sino una constatación que nace de lo que vemos. Y lo que vemos es claro: una institución que, para muchos, se ha vuelto un cuerpo extraño en la sociedad, marcada por el distanciamiento, la irrelevancia creciente y una sensación de aislamiento que ya no se puede ocultar.
Pero mientras una forma de Iglesia parece apagarse, algo distinto se está gestando. Como si, en medio de la crisis, el cristianismo estuviera intentando liberarse de aquello que lo ha ido encorsetando.
Lo que está en juego no es la fe, sino un modelo. El modelo de una Iglesia excesivamente jerárquica, centralizada, con rasgos de poder casi monárquico, donde unos pocos deciden, delimitan y controlan. Un sistema donde demasiadas cuestiones siguen siendo intocables, donde el margen de participación real es estrecho y donde el miedo a perder el control pesa más que la confianza en el pueblo creyente.
Jesús fue claro y directo: “No llaméis a nadie ‘señor’, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (cf. Mt 23,8-10). No hay en su proyecto espacio para una comunidad estructurada en torno al dominio o al privilegio, sino para una fraternidad real, donde la autoridad solo se entiende como servicio.
No es solo una cuestión organizativa. Es una forma de entender la Iglesia. La de una jerarquía que, con frecuencia, maneja con habilidad los resortes institucionales para sostener el equilibrio interno, determinando qué se puede pensar, qué se puede cuestionar y hasta dónde se puede llegar. Y todo ello, muchas veces, envuelto en un lenguaje sagrado que termina blindando lo que en realidad son decisiones humanas.
Pero el Evangelio no va por ahí.
Jesús fue claro y directo: “No llaméis a nadie ‘señor’, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (cf. Mt 23,8-10). No hay en su proyecto espacio para una comunidad estructurada en torno al dominio o al privilegio, sino para una fraternidad real, donde la autoridad solo se entiende como servicio.
Y, sin embargo, la distancia entre ese ideal y la realidad es, en ocasiones, demasiado evidente.
Por eso no extraña el creciente alejamiento. No porque el mensaje haya perdido valor, sino porque la forma de vivirlo institucionalmente ha dejado de resultar creíble para muchos. Y cuando la forma falla, el fondo queda oscurecido.
No llaméis a nadie ‘señor’, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (cf. Mt 23,8-10). No hay en su proyecto espacio para una comunidad estructurada en torno al dominio o al privilegio, sino para una fraternidad real, donde la autoridad solo se entiende como servicio.
Sin embargo, en medio de esta crisis, emerge con fuerza un anhelo profundo: volver a lo esencial. Recuperar aquella Iglesia de las primeras comunidades, donde no había honores, ni títulos, ni distancias artificiales. Donde la fe se vivía en clave de fraternidad, de sencillez, de compromiso.
Una Iglesia sin honores mundanos, sin necesidad de prestigio, sin estructuras que la separen de la vida real. Una Iglesia donde nadie se sitúe por encima de nadie, porque todos se reconocen hijos de un mismo Padre. Como recuerda el Evangelio: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).
¡Ese es el modelo Y es radical!
Porque implica desmontar muchas inercias. Implica dejar de entender la Iglesia como un espacio de poder para vivirla como una comunidad de iguales, donde el centro no lo ocupan los que mandan, sino los que sirven.
Hoy, ese deseo no es teórico. Se percibe en muchos creyentes que, lejos del ruido, viven su fe desde el compromiso, la sencillez y la corresponsabilidad. Laicos que no esperan permisos para ser Iglesia, que ejercen su sacerdocio común, aunque no siempre se les reconozca. Que sostienen comunidades, acompañan, sirven… mientras, a en general, siguen siendo considerados secundarios.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones actuales: se pide la implicación de los laicos, pero se teme su protagonismo. Se les invita a colaborar, pero no a decidir. Se les abre la puerta, pero con condiciones. Porque en el fondo persiste el miedo: el miedo a que las riendas se escapen de manos de quienes han identificado demasiado la Iglesia con su propia posición.
Pero el Evangelio vuelve a desmontar ese planteamiento.
Jesús no organiza una estructura para controlarla, sino una comunidad para compartirla. Lava los pies a sus discípulos y dice: “Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo” (Jn 13,15). No hay gesto más claro: la autoridad cristiana no se impone, se arrodilla.
Porque lo que muere no es el Evangelio. Lo que se agota es la religión, que arrincona el Evangelio y lo hace irreconocible. Y lo que puede nacer —si se deja espacio— es algo más cercano a su origen: una Iglesia pobre, sencilla, fraterna, sin “sectas” donde protegerse, sin discursos que lo justifiquen todo, sin esa actitud de quienes nunca se escandalizan porque han aprendido a normalizarlo todo.
Por eso, quizá ha llegado el momento de asumir una verdad incómoda: si una determinada forma de Iglesia está muriendo, no necesariamente es una pérdida. Puede ser, en realidad, un nuevo nacimiento.
Porque lo que muere no es el Evangelio. Lo que se agota es la religión, que arrincona el Evangelio y lo hace irreconocible.
Y lo que puede nacer —si se deja espacio— es algo más cercano a su origen: una Iglesia pobre, sencilla, fraterna, sin “sectas” donde protegerse, sin discursos que lo justifiquen todo, sin esa actitud de quienes nunca se escandalizan porque han aprendido a normalizarlo todo.
Una Iglesia que no convierta lo sagrado en rutina ni en negocio. Que recuerde aquel gesto de Jesús: “No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado” (Jn 2,16). Que entienda que el signo es parte del mensaje.
Una Iglesia que no tema perder poder, porque sabe que su fuerza no está en los ritos. Que no tema hacerse pequeña, porque el Evangelio nunca fue cuestión de tamaño, sino de verdad.
“El que quiera salvar su vida, la perderá” (Mt 16,25). Esa palabra sigue siendo hoy una advertencia y una oportunidad. Aferrarse a estructuras, privilegios y seguridades puede ser la forma más rápida de perder lo esencial.
En cambio, despojarse —como hizo Cristo— abre la puerta a algo nuevo.
Al final, la cuestión no es si la Iglesia pierde influencia, sino si recupera su alma. No si mantiene su forma, sino si vuelve a ser fiel a su origen.
“El que quiera salvar su vida, la perderá” (Mt 16,25). Esa palabra sigue siendo hoy una advertencia y una oportunidad. Aferrarse a estructuras, privilegios y seguridades puede ser la forma más rápida de perder lo esencial. En cambio, despojarse —como hizo Cristo— abre la puerta a algo nuevo. Al final, la cuestión no es si la Iglesia pierde influencia, sino si recupera su alma. No si mantiene su forma, sino si vuelve a ser fiel a su origen.
Porque la Iglesia no es de los jerarcas. La Iglesia es el pueblo de Dios. Y en ese pueblo —en los sencillos, en los que buscan, en los que sirven sin ruido— está latiendo ya otra manera de ser Iglesia.
Quizá más pequeña. Quizá más frágil. Pero también, mucho más cercana al Evangelio.