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El escándalo de Müller: fe arrodillada ante Trump

La participación del cardenal Müller en un entorno alineado con Donald Trump revela una preocupante deriva: la fe utilizada para legitimar discursos de poder, confrontación y amenaza.

Cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del “matón de barrio”, no solo se traiciona su esencia, sino que se pone en riesgo la credibilidad misma de la Iglesia.

Cardenal Müller

Resulta profundamente inquietante —y para muchos creyentes, sencillamente doloroso— contemplar cómo ciertas voces relevantes dentro de la Iglesia han decidido cruzar una línea que nunca debió siquiera rozarse: la de subordinar el mensaje del Evangelio a intereses políticos marcados por la confrontación, el nacionalismo excluyente y la lógica del poder. No es una exageración ni un juicio apresurado. Es la consecuencia directa de gestos que, por pequeños que pretendan parecer, tienen una enorme carga simbólica.

El caso del cardenal Gerhard Ludwig Müller no puede despacharse como una anécdota menor. Su participación, aunque sea mediante un mensaje en vídeo, en un evento organizado por un grupo abiertamente alineado con Donald Trump no es un gesto inocente ni protocolario. Es, en esencia, una toma de posición. Y una posición profundamente problemática. Porque no se trata solo de enviar un saludo: se trata de legitimar un entorno, un discurso y una forma de entender el mundo que chocan frontalmente con el núcleo del cristianismo.

Y es precisamente ese entorno el que conviene observar sin ingenuidad. Un espacio donde se normaliza que un líder político hable de países soberanos como si fueran fincas en venta. Donde se puede afirmar, sin rubor, que Groenlandia “es mía” o que se tomará “por las buenas o por las malas”, como si el derecho internacional fuese un simple obstáculo administrativo. Donde Cuba deja de ser una nación con dignidad propia para convertirse en un objeto susceptible de “apropiación”, como quien negocia un activo inmobiliario. Una retórica de propietario, más bien de matón de bajos fondos y no de un estadista representante de un país que se quiere poner como modelo de democracia derechos.

Müller
¿Cómo puede un cardenal prestar su voz, aunque sea indirectamente, a un entorno que normaliza el desprecio por el otro y convierte la fe en un instrumento político? La pregunta no es retórica, es urgente. Porque lo que está en juego aquí no es solo una cuestión de afinidades personales, sino la credibilidad misma de la Iglesia.

El mensaje de Jesús de Nazaret no deja lugar a ambigüedades: bienaventurados los pobres, los pacificadores, los perseguidos. No los poderosos, no los arrogantes, no quienes hacen del lenguaje de la amenaza una herramienta política. Sin embargo, el universo ideológico en el que se inscribe este evento se caracteriza precisamente, por lo contrario: una retórica agresiva, una visión del mundo basada en la confrontación constante y una preocupante banalización de la fuerza.

¿Cómo puede un cardenal prestar su voz, aunque sea indirectamente, a un entorno que normaliza el desprecio por el otro y convierte la fe en un instrumento político? La pregunta no es retórica, es urgente. Porque lo que está en juego aquí no es solo una cuestión de afinidades personales, sino la credibilidad misma de la Iglesia.

El problema es también profundamente teológico. Cuando se presenta a un líder político como instrumento providencial, cuando se le reviste de símbolos religiosos o se le sitúa en una narrativa casi salvífica, se está cruzando una línea peligrosa. Eso no es cristianismo. Eso es idolatría. El Evangelio no necesita líderes fuertes ni figuras mesiánicas de corte nacionalista. No necesita salvadores políticos. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en la humildad, en la entrega, en el y en el servicio.

Y, sin embargo, el entorno que se legitima con este tipo de gestos promueve una lógica completamente opuesta: la del “nosotros contra ellos”, la del enemigo interno y externo, la de la fe convertida en bandera identitaria. Una fe que deja de ser universal para convertirse en arma ideológica. Una fe que, paradójicamente, parece sentirse cómoda al lado de discursos donde se amenaza con imponer la voluntad propia —“harán lo que yo diga o ya saben lo que les pasará”— como si la política internacional fuese una extensión de un patio de colegio dominado por el más fuerte.

Hay, además, un elemento que agrava todavía más la situación: el silencio. Porque participar en un evento de estas características no es solo hablar; es también callar. Callar ante políticas y discursos que han sido ampliamente cuestionados por su dureza, por su falta de humanidad y por su desprecio hacia los más vulnerables. Callar, en este contexto, no es neutralidad: es complicidad.

No basta con enviar un mensaje espiritual si el escenario en el que se inserta está cargado de implicaciones políticas y éticas tan graves. La fe no puede presentarse como un barniz piadoso que cubre realidades incómodas. No puede ser utilizada para suavizar discursos que, en esencia, contradicen el Evangelio. No puede servir de acompañamiento decorativo a una visión del mundo en la que los países se “compran”, se “toman” o se “disciplinan”.

Porque la contradicción es evidente. Cristo no construyó muros, no habló de apropiarse de tierras ajenas, no utilizó el miedo como herramienta de cohesión. Al contrario: rompió barreras, acogió al extranjero, denunció a los poderosos y puso en el centro a quienes no contaban. Vincular, aunque sea simbólicamente, el mensaje cristiano con proyectos políticos que caminan en dirección opuesta no es solo incoherente: es profundamente desorientador para los fieles.

Paz
Queremos una Iglesia que sea testigo de paz, no cómplice de la agresividad. Que denuncie la injusticia, no que la esquive. Que acompañe a los débiles, no que busque la cercanía de los poderosos. Esa es la exigencia. Y también la esperanza.

Este tipo de gestos no afectan únicamente a quien los protagoniza. Dañan a toda la Iglesia. En un momento histórico en el que la institución necesita ser espacio de encuentro, de diálogo y de reconciliación, decisiones como esta alimentan la polarización, refuerzan la desconfianza y erosionan su credibilidad. Porque cuando un cardenal parece cómodo en un entorno donde se habla como un “jefe de banda” —por utilizar una expresión que ya circula en ámbitos diplomáticos—, el problema deja de ser personal para convertirse en eclesial.

La Iglesia no puede convertirse en un actor político más, ni en una herramienta al servicio de ideologías concretas. Cuando lo hace, deja de ser signo de unidad para convertirse en factor de división. Y eso es algo que muchos creyentes ya no están dispuestos a aceptar.

Frente a esta deriva, la reacción no puede ser el silencio. Pero tampoco el odio. Debe ser la fidelidad al Evangelio. Porque los cristianos —la inmensa mayoría— no quieren una fe subordinada al poder, ni líderes religiosos que legitimen discursos de confrontación, ni alianzas que traicionen el mensaje de Jesús.

Queremos una Iglesia que sea testigo de paz, no cómplice de la agresividad. Que denuncie la injusticia, no que la esquive. Que acompañe a los débiles, no que busque la cercanía de los poderosos. Esa es la exigencia. Y también la esperanza.

El cardenal Müller, como figura pública, no puede ignorar el peso de sus actos. Cada gesto construye un relato, envía un mensaje, marca una dirección. Y en este caso, el mensaje es inquietante: el de una fe que se deja seducir por el poder y que corre el riesgo de olvidar su propia esencia.

No todo vale en nombre de la tradición. No todo se puede justificar apelando a la identidad. Hay límites. Y esos límites los marca el Evangelio, no la estrategia política del momento.

La historia de la Iglesia está llena de momentos en los que tuvo que elegir entre el poder y la fidelidad. No siempre eligió bien. Y cada error dejó heridas profundas. Hoy, una vez más, se plantea esa elección.

Entre el Evangelio y el poder, no hay equilibrio posible: hay que elegir. Y esa elección definirá no solo el presente, sino el futuro moral de la Iglesia.

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