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La iglesia que calla al pueblo: cuando el púlpito se convierte en frontera

Roma vuelve a cerrar la puerta a que los laicos prediquen en la Eucaristía, incluso en casos excepcionales, reabriendo un debate de fondo sobre la sinodalidad y el modelo de Iglesia.

Mientras las comunidades se vacían y escasean los presbíteros, la cuestión ya no es solo normativa: es si la Iglesia confía realmente en el propio Pueblo de Dios.

Clericalismo

Roma vuelve a cerrar la puerta a que los laicos cualificados puedan pronunciar la homilía en la celebración eucarística, incluso en casos excepcionales, reabriendo un debate de fondo sobre la sinodalidad y el modelo de Iglesia. Mientras las comunidades se vacían y escasean los presbíteros, se siguen cerrando en silencio espacios de participación que muchos consideran cada vez más difíciles de entender.

No estamos ante una cuestión menor de disciplina litúrgica. Estamos ante un signo de una Iglesia que sigue blindando el acceso a la palabra en el momento central de la Eucaristía, como si la predicación fuera un privilegio reservado y no un servicio al Evangelio. El argumento oficial es conocido: la homilía pertenece al ministerio ordenado por su vínculo con el sacramento del Orden. Pero la pregunta ya no es solo teológica, sino pastoral: ¿puede sostenerse esta exclusividad cuando en tantas comunidades no hay sacerdotes suficientes, la participación se reduce y los templos se vacían?

La novedad de Jesús Pikaza
Estamos ante un signo de una Iglesia que sigue blindando el acceso a la palabra en el momento central de la Eucaristía, como si la predicación fuera un privilegio reservado y no un servicio al Evangelio. El argumento oficial es conocido: la homilía pertenece al ministerio ordenado por su vínculo con el sacramento del Orden. Pero la pregunta ya no es solo teológica, sino pastoral: ¿puede sostenerse esta exclusividad cuando en tantas comunidades no hay sacerdotes suficientes, la participación se reduce y los templos se vacían?

El Evangelio introduce una tensión difícil de ignorar: “vosotros sois todos hermanos” (Mt 23,8). Esa afirmación cuestiona cualquier estructura que derive en separación rígida dentro del Pueblo de Dios, especialmente cuando se convierte en barrera para la participación real en la vida eclesial.

Mientras se insiste en la reserva exclusiva de la homilía a sacerdotes y diáconos, en muchas comunidades no hay quien predique con continuidad, no hay quien acompañe procesos, no hay quien sostenga una presencia litúrgica estable. Y, sin embargo, se mantiene una frontera que impide que laicos y laicas formados, con experiencia pastoral y madurez espiritual, puedan asumir ese servicio.

El propio Jesús advierte: “el que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mc 10,43). Sin embargo, la percepción creciente en muchos sectores eclesiales es que la palabra pública en la liturgia sigue funcionando como un espacio reservado, difícil de compartir, incluso cuando la necesidad pastoral es evidente.

Se habla de sinodalidad, de caminar juntos, de escucha del Pueblo de Dios. Pero cuando ese mismo pueblo plantea asumir mayor participación real, la respuesta vuelve a ser un límite. Una sinodalidad que no afecta a la predicación corre el riesgo de quedarse en discurso, sin consecuencias concretas en la vida eclesial.

La contradicción se hace más visible cuando se observa la realidad: numerosos laicos y laicas están formados en teología, tienen experiencia pastoral y capacidad de comunicar la fe, pero quedan relegados a funciones secundarias. Mientras tanto, muchas comunidades dependen de celebraciones sin homilía o de intervenciones puntuales que no siempre conectan con la vida real de la gente.

Escasez de sacerdotes
Mientras las comunidades se vacían y escasean los presbíteros, se siguen cerrando en silencio espacios de participación que muchos consideran cada vez más difíciles de entender.

Pablo recuerda que en la comunidad cristiana primitiva los carismas eran compartidos para la edificación común: “cada uno puede profetizar” (cf. 1 Cor 14,31). Esa lógica de participación contrasta con la percepción actual de un acceso muy restringido a la palabra proclamada en la liturgia.

No se trata de sustituir al sacerdote ni de diluir el ministerio ordenado. Se trata de reconocer que la Iglesia del siglo XXI vive una situación nueva, con menos clero, más dispersión territorial y comunidades que no pueden sostenerse con el modelo tradicional sin tensiones crecientes. En ese contexto, impedir cualquier forma de predicación laical cualificada en la Eucaristía puede percibirse como una rigidez difícil de sostener pastoralmente.

El propio mandato misionero de Jesús apunta a una Iglesia en salida: “id por todo el mundo y proclamad el Evangelio” (Mc 16,15). La proclamación no aparece como monopolio de una élite cerrada, sino como misión confiada al conjunto de los discípulos.

Mientras tanto, la realidad avanza en otra dirección. Las unidades pastorales se agrupan por necesidad, los sacerdotes asumen cargas crecientes y muchas comunidades quedan con una vida litúrgica frágil. En ese contexto, la exclusividad absoluta de la homilía aparece para muchos como una oportunidad perdida de revitalización eclesial.

Jesús mismo subraya que el Espíritu no está limitado por estructuras: “el Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3,8). Esta afirmación cuestiona cualquier intento de encerrar la acción de Dios dentro de fronteras demasiado rígidas.

El efecto pastoral de esta situación es visible: distancia, desconexión y, en no pocos casos, abandono silencioso. No porque se rechace el Evangelio, sino porque muchos no encuentran espacios donde su experiencia de fe tenga voz en el corazón de la celebración.

Cuando la palabra se concentra en un único grupo y el resto queda como oyente pasivo, la comunidad se empobrece. Y cuando la comunidad se empobrece, la predicación pierde densidad vital, porque se desconecta de la vida real de los creyentes.

Anunciar el Evangelio es tarea de todos
Una Iglesia que no confía en su propio pueblo para anunciar la Palabra termina debilitando su propia misión. Y una Iglesia que restringe la predicación a un círculo cada vez más reducido corre el riesgo de hablar mucho, pero ser escuchada cada vez menos.

Jesús advierte también sobre la distancia entre palabra y vida: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc 7,6). Esa tensión sigue siendo actual cuando la predicación no logra integrar la experiencia concreta del Pueblo de Dios.

No se trata de romper con la tradición, sino de preguntarse si la fidelidad al Evangelio no exige hoy nuevas formas de corresponsabilidad. La Iglesia no es una estructura cerrada de transmisión vertical, sino una comunidad de bautizados donde el don del Espíritu se distribuye de manera diversa.

La cuestión de fondo no es solo quién puede predicar, sino qué Iglesia se está construyendo: una Iglesia donde la palabra se comparte o una Iglesia donde la palabra se reserva.

Quizá el verdadero desafío no es disciplinario, sino de credibilidad. Una Iglesia que no confía en su propio pueblo para anunciar la Palabra termina debilitando su propia misión. Y una Iglesia que restringe la predicación a un círculo cada vez más reducido corre el riesgo de hablar mucho, pero ser escuchada cada vez menos.

El futuro no dependerá únicamente de reformas estructurales, sino de la capacidad de reconocer que el Espíritu no se deja encerrar. O la Iglesia avanza hacia una corresponsabilidad real en la predicación, o seguirá perdiendo no solo fieles, sino también capacidad de significación en el mundo contemporáneo.

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