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Cuando la paz es ridiculizada: el Evangelio frente a la política de la guerra

Durante siglos los primeros cristianos comprendieron esa enseñanza de forma literal. Muchos se negaban a participar en las guerras del Imperio porque intuían algo que la historia confirmaría una y otra vez: la violencia tiene una lógica propia que termina devorando incluso a quienes creen utilizarla para una causa justa.

El Papa Pide por La PAZ

En tiempos de incertidumbre internacional, cuando el lenguaje de la fuerza vuelve a imponerse en los discursos políticos y la diplomacia parece retroceder frente a la lógica de los bloques militares, el Evangelio resuena con una claridad incómoda y profundamente subversiva: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5,9).

No se trata de una frase espiritual destinada a la intimidad de la conciencia. Es, en realidad, una afirmación profundamente política, una de las declaraciones más radicales que se han pronunciado jamás sobre el poder, la violencia y la convivencia entre los pueblos. El cristianismo nace precisamente como una crítica a la lógica de los imperios, a la idea de que la seguridad se construye mediante la dominación y la guerra.

Por eso resulta tan revelador observar cómo, dos mil años después, todavía hay dirigentes que ridiculizan el pacifismo mientras justifican la confrontación como signo de realismo político. En España, este debate no es teórico. Tiene memoria histórica reciente. Y esa memoria se llama Irak.

En 2003 el gobierno de José María Aznar decidió apoyar la invasión de Irak junto a Estados Unidos y Reino Unido. Aquella decisión fue presentada como una acción necesaria para la seguridad internacional. El argumento central era claro y aparentemente incuestionable: el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo. ¡Hoy sabemos que aquellas armas no existían!

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Recordar la guerra de Irak, por tanto, no es un ejercicio de nostalgia política. Es una advertencia histórica. Significa recordar que los gobiernos pueden cometer errores gravísimos cuando confunden prestigio internacional con obediencia estratégica.

La guerra se construyó sobre informes manipulados, presiones políticas y una narrativa que confundía la fidelidad a un aliado con el interés real de un país. La famosa fotografía de las Azores no simbolizó liderazgo internacional; simbolizó subordinación. España se alineó con una intervención militar que no contaba con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU y que la mayoría de la sociedad española rechazaba de manera rotunda.

Las consecuencias fueron devastadoras: centenares de miles de muertos, un país destruido, una región desestabilizada durante décadas y el surgimiento de nuevas formas de terrorismo internacional. Aquella guerra no trajo estabilidad ni democracia inmediata. Trajo caos, sufrimiento y una profunda fractura moral en la política internacional.

Pero quizá lo más grave fue el desprecio hacia la voluntad ciudadana. Millones de personas salieron entonces a las calles en una de las mayores movilizaciones de la historia reciente de España. El clamor era sencillo: “No a la guerra.”

Aquella voz colectiva no era ingenuidad. Era, en el fondo, una intuición profundamente evangélica: la convicción de que la violencia preventiva nunca puede ser el camino hacia la justicia.

La tradición cristiana más seria ha sido siempre consciente de esta tensión. El teólogo Romano Guardini insistía en que el cristianismo no puede convertirse en una legitimación cultural del poder político. Según él, la fe introduce en la historia una lógica radicalmente distinta: la del servicio frente al dominio, la del amor frente a la violencia.

Jesús no organizó ejércitos ni habló de guerras necesarias. No prometió seguridad mediante la fuerza militar. Su propuesta fue exactamente la contraria.

Cuando Pedro desenvainó la espada en el huerto de Getsemaní para defenderlo, Jesús le ordenó guardarla con una frase que atraviesa los siglos como un juicio moral permanente: “Quien a hierro mata, a hierro muere” (Mateo 26,52).

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Cuando la política se transforma en espectáculo de agresividad, la negociación se percibe como debilidad y la prudencia como cobardía. Pero la historia demuestra que las guerras rara vez terminan como imaginaron quienes las iniciaron.

Durante siglos los primeros cristianos comprendieron esa enseñanza de forma literal. Muchos se negaban a participar en las guerras del Imperio porque intuían algo que la historia confirmaría una y otra vez: la violencia tiene una lógica propia que termina devorando incluso a quienes creen utilizarla para una causa justa.

En el debate político actual vuelve a aparecer una acusación muy conocida: la idea de que el pacifismo es una forma de hipocresía o de debilidad. Algunos discursos presentan la defensa de la paz como una ingenuidad peligrosa, mientras se reivindica la firmeza militar como única garantía de libertad.

Sin embargo, la historia reciente plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas guerras se han iniciado en nombre de la seguridad y han terminado generando más violencia y más inestabilidad? Irak es una de las respuestas más claras.

El problema no es simplemente estratégico. Es moral. Cuando la guerra se normaliza como herramienta política, la dignidad humana se convierte en una variable secundaria dentro de cálculos geopolíticos. Y ese es precisamente el punto donde el Evangelio se vuelve incómodo para el poder.

El papa Francisco fue especialmente claro al respecto. En su encíclica Fratelli tutti advierte que la guerra ya no puede presentarse como una solución razonable para los conflictos contemporáneos: «La guerra es el fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal». No se trata de una declaración retórica, sino de un juicio moral sobre una lógica internacional que sigue creyendo que la violencia puede producir orden.

El contexto internacional actual tampoco invita al optimismo. Las tensiones en Oriente Próximo, los conflictos prolongados y la creciente polarización entre potencias están configurando un escenario global que se parece cada vez más a un polvorín. En ese clima, la retórica de confrontación de algunos líderes internacionales ha contribuido a alimentar la sensación de que el mundo se encamina hacia una escalada permanente.

Cuando la política se transforma en espectáculo de agresividad, la negociación se percibe como debilidad y la prudencia como cobardía. Pero la historia demuestra que las guerras rara vez terminan como imaginaron quienes las iniciaron.

Ninguna guerra es justa
«Nunca la guerra ha sido un camino hacia la paz».

La reflexión teológica contemporánea ha insistido en este punto con gran claridad. El teólogo Xabier Pikaza ha recordado en numerosas ocasiones que el Dios del Evangelio no se sitúa del lado de los imperios sino del lado de los crucificados de la historia. La guerra, vista desde esa perspectiva, no es una herramienta política más: es el fracaso radical de la humanidad para resolver sus conflictos mediante la justicia y el diálogo.

José María Castillo lo expresó con una contundencia que sigue resultando incómoda para muchos discursos oficiales: “El Evangelio es incompatible con cualquier forma de violencia organizada.”

Mientras los gobiernos hablan de estrategias militares, el Evangelio habla de pobres. Mientras los estados discuten sobre armamento, Jesús habla de misericordia. Son dos lenguajes profundamente distintos.

El Papa Francisco lo ha expresado también con una sencillez casi evangélica en numerosas ocasiones: «Nunca la guerra ha sido un camino hacia la paz». Por eso insistió en que el verdadero trabajo político consiste precisamente en lo contrario de lo que suele celebrarse en los discursos de poder: construir diálogo, frenar la escalada de violencia y proteger la vida de los más vulnerables.

En este contexto, la verdadera soberanía de un país no se mide por su capacidad para alinearse con potencias militares ni por su disposición a aumentar el gasto armamentístico. La soberanía auténtica consiste en tener la libertad política y moral de decir no cuando la lógica internacional empuja hacia la guerra.

Recordar la guerra de Irak, por tanto, no es un ejercicio de nostalgia política. Es una advertencia histórica. Significa recordar que los gobiernos pueden cometer errores gravísimos cuando confunden prestigio internacional con obediencia estratégica. Significa recordar que las mentiras de Estado tienen consecuencias humanas irreparables. Y significa también recordar algo que a veces se olvida con demasiada facilidad: que la defensa de la paz no es un gesto de debilidad, sino una exigencia ética profundamente seria.

Por eso resulta especialmente revelador escuchar a quienes, desde tribunas mediáticas o parlamentarias, desprecian el pacifismo como si fuera una forma de ingenuidad infantil. Cuando figuras políticas como Cayetana Álvarez de Toledo ridiculizan la defensa de la paz o presentan el rechazo a la guerra como una forma de debilidad moral, en realidad están repitiendo una lógica muy antigua: la idea de que la política madura es la política de la fuerza.

El mismo discurso que hoy caricaturiza el pacifismo fue el que justificó la guerra de Irak, el que aceptó sin apenas cuestionamiento informaciones falsas sobre armas de destrucción masiva y el que terminó dejando tras de sí un país devastado, cientos de miles de muertos y una región entera sumida en una inestabilidad que aún hoy seguimos pagando.

Mentiras sobre la guerra

Llamar ingenuos a quienes se opusieron a aquella guerra no es valentía intelectual. Es, más bien, una forma de amnesia política.

El verdadero realismo consiste en reconocer algo que la historia demuestra con una claridad brutal: las guerras modernas rara vez resuelven los conflictos que dicen combatir y casi siempre multiplican el sufrimiento que prometían evitar.

Ridiculizar el pacifismo puede resultar brillante como recurso retórico en un debate parlamentario, pero moralmente es una posición difícil de sostener cuando se mira a los ojos de las víctimas de las guerras que ese supuesto realismo termina legitimando.

La paz nunca ha sido la opción fácil. Pero sigue siendo la única opción verdaderamente cristiana y profundamente humana.

En uno de sus mensajes más repetidos, el Papa Francisco resumió la cuestión con una frase que desarma cualquier intento de romantizar la guerra: «Toda guerra deja al mundo peor de como lo encontró». Basta mirar la historia reciente —Irak, Siria, Ucrania, Gaza— para comprender hasta qué punto esa advertencia describe con precisión el drama de nuestro tiempo.

En un mundo que vuelve a hablar demasiado de armas, recordarlo no es ingenuidad. Es, quizá, la forma más seria de patriotismo que todavía nos queda.

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