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6.1.26. Epifanía. El mundo es música de Dios y para escucharla buscaron los magos al niño

Buen Pastor

La tradición pitagórico/platónica entendía el orden cósmico en clave de armonía musical, y así escuchó e interpretó Luis de León, catedrático de teología. la música de Francisco Salinas (1513-1590), también catedrático de música, escribiendo para él un espléndido poema, que constituye de algún modo la cumbre de su producción “mística”. 

Conforme a este poema, en un mundo que parece entregado a la disputa y al desorden, la música introduce la armonía fundante de Dios interpretada como luz y hermosura divina, cielo en la tierra (III, 2). En esa línea se puede hablar de una religión (de un Reino de Dios) entendidas como música celeste. Por medio de ella, el alma vuelve a sus raíces; supera el olvido y recobra "la memoria perdida de su origen primera esclarecida" (III, 9-10). Música primera fue el lenguaje del alma en las esferas celestiales antes de caer en el caos de este mundo (mito platónico). Música es ahora el lenguaje principal del reconocimiento "y, como se conoce, en suerte y pensamiento se mejora" (III, 11-13).

Fray Luis propone en esa línea una profunda pedagogía mística de tipo musical. La caída de las almas, entendida como ruptura de las venas divinas del hombre (cábala judeo/castellana del siglo XIII), había introducido una ruptura de equilibrio de unidad y vinculación con Dios, como habían afirmado los cabalistas anteriores que hablaban de una ruptura de los vasos o venas de sangre (vino, cf. Jn 15) que vinculaban a los hombres con Dios.

La música recrea el equilibrio universal, haciendo que elEspíritu de Dios restaure la armonía de vida de las almas, de manera que ellas vuelvan a engolfarse en Dios, conforme al tema órfico-pitagórico del canto que amansa fieras, civiliza salvajes y transforma a los malvados, haciendo que recuperen su ser divino. A través de la música, el hombre recobra su verdad y, recobrándose a sí mismo, asciende a lo divino.

La función que ejercía en el Cantar la atracción interhumana del amante en el amado y viceversa, la ejerce ahora la música, pero con una diferencia: El amor del Cantar de la Biblia era principio de encuentro personal en ls tierra,; la música de F. Salinas,  se interpretaen cambio como medio de ascenso al cielo, de integración en el Espíritu más alto, restauración de las venas divinas del cosmos.

Ésta es, por tanto, una música teológica, mística o de Dios. Superando el desorden y lucha de este mundo, el alma que escucha esa melodía "traspasa el aire todo", supera los espacios y asciende hasta "la más alta esfera", lugar de lo divino, donde escucha la eterna melodía "que es la fuente y la primera" (III, 16-20), consumando el ascenso contemplativo ya expresado en los poemas anteriores.

Pero hay una diferencia. Dios aparecía en otros poemas como arquitecto que construye "a nivel y plomo" todo el cosmos (X,11-13) y también como amor sagrado que ofrecí a sus devotos la gloria y deleite supremo de la vida (VIII, 60-70). Ahora se muestra como melodía musical, pues no sólo el mundo está compuesto de música, sino que el Dios supremo es músico y música celeste al mismo tiempo. Por eso, quien escucha esta ´música:

ve cómo el Gran Maestro,

a aquesta inmensa cítara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado (Ill, 2 l-25).

Abajo queda Salinas, músico ciego que evoca con su música de mundo la luz del reino universal del cielo. Como verdadero Salinas hallamos ahora en el cielo al Maestro musical que es Dios, produciendo su armonía con la cítara el son sagrado, con que este eterno templo es sustentado. El mundo entero es templo, una inmensa catedral donde resuena y se escucha jubilosa la música de Dios, que es música y músico a la vez.

 Dios no ha escrito el libro de este mundo en lenguaje matemático o geométrico, como algunos científicos pensaron, partiendo de Pitágoras. El mundo es melodía musical de de un Dios cuyo fiat creador (Gén 1) está compuesto de "sones sagrados", un "templo" que surge y se mantiene a los acordes de la música divina.

La música no es un adorno que se añade, sino el ser o esencia de Dios, que no se ha encarnado en carne humana de amor mutuo (Jn 1, 14), sino en la música más alta, sobre-humana que es armonía y realidad total, originaria. Por eso, la caída de los hombres (entendida al modo humano en Gen 2-3 y al modo divino en Platón, Fedón) es pérdida y ruptura de armonía musical.

La salvación se entiende por tanto como recuperación de la armonía, restablecimiento de la melodía divina, de manera que Música del hombre (Salinas) y música de Dios se vinculan y completan. La música de Dios es la primera, todo el cosmos. Salinas ha sabido escucharla y entenderse, y así responde a Dios, como verdadero “cristo”, encarnación de la música de Dios: 

Y como está compuesta

de números concordes,

luego envía con-sonante respuesta,

y entre ambas a porfía

se mezcla una dulcísima armonía (III, 25-30).

Conforme al nuevo Testamento, Cristo-Jesús respondía a la música-amor de Dios amando a seres humanos, persona a persona, empezando por los pobres y excluíos. Con el contrario, conforme a esta oda musical, Cristo-Salinas responde al Dios de la música divina con su música humana con-sonante,que suena conforme a la música de Dios, pues ambas tienen números concordes, y entre ambas a porfía se mezcla una dulcísima armonía. Mezcla de música divina y humana es la “realidad total” (en contra de la formulación con concilio de Calcedonia, 451, que hablaba de una encarnación sin mezcla ni separación (ἀσυγχύτως ἀτρέπτως, ἀδιαιρέτως, ἀχωρίστως sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación)

         Dios y el hombre (con Salinas como verdadero Cristo) se vinculan por medio de la música con-corde (que une los corazones) y con-sonante (que une los sonidos), en un mundo, que siendo mundo (creación) se ha convertido en reino de Dios o cielo.

La música de Dios está compuesta de números concordes, quc concuerdan entre sí y con la armonía de Salinas  (cf. III,1-10) que escucha la música primera de Dios, que le responde humanamente con números (III, l1-20), de manera que entre la música divina del cosmos y la humana de Salinas que responde de un modo concorde se produce una dulcísima armonía, una liturgia sinfónica del Dios celeste y del hombre divinizado.      

La música está compuesta, al modo geométrico de números y ritmos (como el pensamiento cartesiano y la ciencia de Newton), pero con una diferencia: La música pitagórica, platónica, cristiana del cosmos de Fray Luis está al principio, en el fondo místico/religioso (niceno-calcedoniano) de la realidad universal, de Dios y de los hombres. Sólo la música (el arte, la armonía) produce la unión del cielo y de la tierra, que había buscado también la cábala judeo/cristiana (hispana), del siglo XIII, propia del judaísmo del que descendía Luis de León)

Conforme a la visión pitagórica, la esencia del alma es de tipo musical (está compuesta de números concordes), y en esa línea había avanzado la cábala de los judeo-cristianos, inspirados por el profeta Ezequiel (siglo V-IV a.C., con la visión del trono/reino de Dios: Ez 1-3), culminando en el del Zohar o iluminación judeo-cristiana (cabalista, hispana) del siglo XIII d.C., que está enn el fondo de la poesía cósmica cristianizada de Luis de León.

Por eso, el hombre creyente que escucha y com-prende la música de Dios puede responderle (envía consonante respuesta), de manera que entre ambas melodías, la de Dios y la del hombre surge un intercambio místérico, de cielo en la tierra, de tierra en el cielo (entre ambas a porfía se mezcla una dulcísima armonía).

Hemos llegado a la cumbre de la “religión cósmica”, de mística de la naturaleza divina. Dios ofrece al hombre su música sagrada, y el hombre le responde de un modo con-sonante, de manera que las dos músicas se escuchan y responden, re-suenan juntas, creando así la armonía suprema de lass dos vidas en una, que es el cielo cósmico (reino de Dios en la vida humana).

Esta visión del texto se refuerza si aceptamos aquellos manuscritos que dicen entre ambos (Dios y el hombre) en lugar de entre ambas (dos músicas) en 3,29. Según eso, no habría armonía de dos músicas que se mezclan, sino también la de dos músicos, el hombre y Dios que aparecen como interlocutores de una misma conversación, artistas de una misma orquesta, representantes de un mismo reino musical.

Con esto superamos el plano del discurso racional y pasamos al nivel de una experiencia mística de tipo cósmico/musical, en un plan do arte (estética), no de ética, conforme a lo que parece buscar de I. Kant en su Crítica del juicio (1790). Así el poema de Fray Luis de León, interpretando la música de F. Salinas, que así aparece como Cristo Músico, Orfeo cristiano, que amansa fieras y concuerda corazones humanos:

Aquí la alma navega

en un mar de dulzuray finalmente

en él ansí se anega,

que ningún accidente

extraño y peregrino oye y siente.

¡Oh desmayo dichoso!

¡oh muerte que das vida!

¡oh dulce olvido!

¡durase en tu reposo

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido! (III, 31-40).

Ésta es una experiencia mística de desbordamiento oceánico. El alma navega, esto es, se desliza suavemente por un mar de dulzura, perdiendo la conciencia de la realidad externa. Es como volver al ámbito materno/divino, al seno resguardado del origen donde cesa el movimiento, se apaga la inquietud y sólo queda la felicidad de una existencia asegurada en el útero divino, a través de un Cristo músico, un Orfeo del cosmos.

El alma navega, es decir, viaja; se deja llevar, flota sin rumbo (es decir, por todos los rumbos, a impulsos de olas, que son los movimientos de la misma música, que es el sentido y esencia divina y humana de toda realidad, en la línea de Pablo cuando Dios que Dios será todo en todos, en todas las cosas (Panta en pasin: 1 Cor, 15, 28)

Éste es un éx-tasis y en-stsis supremo: el alma sale de sí, pierde una conciencia sesgada de su propia identidad y se deja mecer en la conciencia verdadera de las olas de Dios en las que flota, camina y vive, sin otra ley que la de su música interior (como el creyente de Juan de la Cruz en la montaña del Carmelo, al final de la Subida), de manera que el alma deja de moverse (navegar) por ley externa y y se introduce en el mar de la música de Dios, perdiendo (es decir, ganando) su verdadera identidad, de manera que no siente ni oye, no responde a nada particular, sino que vive el placer de dejarse vivir en el seno dichoso (total) que es la música del reino de Dios

Es éste un desmayo provocado por el ritmo músical, entendida como son sagrado divino y humano. No hay transformación externa (acción de drogas), sino el trascendimiento radical de una conciencia humana que forma parte de la misma conciencia musical de Dios[1]

.En la su Exposición al Cantar 2, 5, Fray Luis había recordado los desmayos de la amada, vencida por un gozo superior a la razón, en actitud dichosa de abandono en el amado. Ahora desfallece el mismo poeta; su débil razón sucumbe triunfante ante el poderoso despliegue de la "música de Dios y de esa forma se abre y queda en manos de su más alta conciencia divina.

Esta enajenación es un reposo que nos hace descansar de los trabajos anteriores, un olvido que supera el olvido precedente, haciendo que de un modo muy profundo comprendamos por intuición superior la esencia de Dios (cf. III, 7). De esa forma, el alma queda perdida al mundo, en presencia de una muerte entendida como revelación suprema de es Dios en nosotros (cf. III, 36-40).

Fray Luis, hombre de experiencia en el arrobamiento místico del mundo platónico/judío de la cábala, entendida como música de Dios, invita y estimula finalmente a sus colegas, pidiéndoles que emprendan este camino de ascensión contemplativa: "A este bien os llamo, amigos a quien amo..." (III,41-43). 

Él desea, según eso que todos compartan su "viaje" musical; que olviden este mundo (se adormezcan) y despierten al nuevo "bien divino" por medio de la música sagrada (cf. III, 46-50). Quedan en segundo plano otros aspectos de la vida (trabajo, orden social, amor interhumano). El primer lugar lo ocupa esta mística del cosmos divino, de tipo supra-ético, vinculada a la armonía del cosmos y a su música, pues la verdadera religión es estética más que ética, liturgia musical, más que argumentación de razones teológicas, con el Cristo musical llamado Francisco Salinas[2].


[1]Cf. A Peers, El misticismo en las poesías originales de fray Luis de León, en Bol. Bibl. Menéndez Pelayo 22 (1946) 111-131.

[2] Cf. A. Alcalá, "Aquesta inmensa cítara". Una estética del éxtasis en la "Oda a Salinas" de fray Luis de León, An.Jur. Escurialense" 17/18 (1985/6) 733-763; A.  Huerta, Música del ser trascendente e inmanente, en Rel. Cultura 22 (1976) 581-593. He desarrollado el tema en Lectura cristiana de los salmos, Verbo Divino, Estella 2023.

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