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Dom 27.10.13 La oración del publicano, y los siete fariseos del Talmud)

30 del tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 18, 9-14. He venido hablando de oración y, por fortuna, este domingo toca un evangelio de oración, en forma de parábola:

‒ Ésta es la parábola de la oración del publicano, hombre de mundo, que confiesa ante Dios su verdad (es decir, su mentira y pecado), quedando así desnudo ante la gracia que puede transformarle.

‒ Ésta es la parábola de la oración mentirosa del fariseo, profesional de la religión, que viene a orar al templo para justificarse a sí mismo y seguir así dominando a los otros.

Esta parábola ha sido probablemente creada por el mismo Lucas, para expresar por ella el sentido más hondo del mensaje de Jesús, en línea de “oración”, es decir, descubrimiento concreto de la propia verdad o mentira ante Dios.

No olvidemos que es una “parábola”, y que los “fariseos” no son en ella los otros (los malos judíos), sino los “falsos cristianos”, aquellos que utilizan (¿utilizamos?)la religión para elevarse (elevarnos) a costa de los otros. Es una parábola para hombres de Iglesia, para políticos de largos discursos, para personas que se creen (nos creemos) buenas.

Esta parábola no resuelve todos los problemas de la oración, ni de la iglesia, ni de la política… pero ayuda a situarlos, pues nos sitúa ante la oración (la teología, la política…) hecha ideología. Será bueno pararnos un momento y dejar que ella nos alumbre; así lo haré siguiendo el tema que desarrollé hace seis años (20.10.17). Buen domingo a todos.

(La segunda imaen es un cuadro de Ignacio Ipiña (Bilbao,1932-2010) con la iglesia de Zeberio... En la siguiente aparece Ipiña pintando. La última es otro cuadro de Ipiña: la Calle Compañía, con la Ponti de Salamanca).

Texto: Lc 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

Un espejo en Zeberio

Éste es uno de mis primeros evangelios. Yo tenía cinco o seis años y pasaba algunas temporadas en Zeberio, un valle hermoso, de baja montaña. Un día nos llevaron a la iglesia, porque un cura quería explicarnos una cosa de evangelio. Seríamos diez o quince niños. Sé que el cura nos trató con inmensa dignidad, nos llevó a la sacristía, nos mostró sus cuadros, sus espejos y sus cristos, sus armarios y vitrinas y, al final, hizo que por orden nos sentáramos en sillas o en el suelo brillante de cera.

No sé si estaba en una silla o en el suelo (pienso que en el suelo), pues las sillas eran demasiado altas para los pequeños. Sólo tengo clara en mi memoria la figura del gran espejo. Nunca había visto uno más grande, inclinado, de bordes ondeantes y dorados, sobre el suelo, para que el celebrante pudiera verse entero, con los altos y los bajos de sus vestiduras, antes de salir a misa.

Allí nos contó la parábola. No recuerdo los detalles de su catequesis, pero me vuelven a la mente las figuras (sobre todo la del fariseo) que iban y venían en el gran espejo.

El cura nos dijo que imagináramos la escena. Tengo la impresión de que era un jesuita del pueblo, y después he sabido que fue un hombre “importante”, de lo que hicieron negociaciones en China, por asuntos del Vaticano. Podría recordar su nombre y apellido. Pero no quiero, hoy me interesa su “meditación” ignaciana, bellísima, tanto como un cine de pueblo, sobre los dos personajes. Nos dijo que miráramos bien, con los ojos de dentro… y que miráramos al publicado y al fariseo en el espejo.

(Lo anterior lo escribí en el post del año 2007, por si alguien quiere mirarlo. Allí terminaba la nota introductoria diciendo que quería volver un día por Zeberio y sentarme de nuevo en la sacristía ante el espejo. Pues bien, puede hacerlo a primeros del año 2011. Fui con Mabel, entramos en la iglesia, subimos a la sacristía (¡está en lo algo!) y allí estaba el espejo. Me senté de nuevo en suelo y puedo certificar que es cierto lo que sigue).

El fariseo

Pude verle bien. No sé cómo, pero sé que había venido y que estaba ante nosotros. Era gordo, vestido de traje, con un puro. Se puso en medio, de pie, en el centro de la gran sala de columnas inmensas, ocupando todo el espacio sagrado, ante la puerta del fondo que daba al santuario. El jesuita nos dijo que era la puerta del gran Sagrario o Santo de los Santos donde estaba Dios, en la oscuridad, viéndolo todo, pero sin que pudiéramos verle. Hoy quiero descorrer el velo de los sesenta y siete años que han pasado desde entonces y mirar de nuevo a fariseo, para escuchar cómo reza:

¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás.

No le da gracias por a Dios porque un buen Dios, sino que se da gracias a sí mismo. Está contento de lo que es (entonces le imaginaba con el puro en la boca, hoy le veo sin puro). Por eso da gracias al Dios que le pone en el centro de la gran escena sagrada, como signo de santidad y justicia.

El mundo se divide en dos mitades: en una están él y Dios (¡que en el fondo son lo mismo, él es Dios!); en la otra mitad están (estamos) todos los demás. Las cosas funcionan razonablemente bien, muy bien, y este fariseo se lo viene a decir a Dios, esto es, a sí mismo, en un gesto solemne de auto-glorificación, ante los ojos de todos, que le han dejado sitio en el centro y le miran, con miedo, recelo y envidia desde la esquinas de la columnata.

((Nota para eruditos: ya sé que hay muchos tipos de fariseos, y el Talmud cuanta más de media docena… y sé que no todos son como éste. Más aún, para el evangelio, éste es un fariseo-cristiano, no un fariseo-judío (es un ejemplo claro de mal cristiano). Pero dejo a un lado ese tema, del que habría que tratar en otro contexto. Aquí me basta con saber que este fariseo es para Jesús un tipo universal de hombre religioso pervertido)).

(Gracias te doy, porque no soy como esos otros): ladrones, injustos, adúlteros.

Éstos son los mandamientos de Dios. Evidentemente, el fariseo los cumple, cumple la ley con sus preceptos exteriores (como el hombre rico del texto que sigue: Lc 18, 18-31). Pero, como sabe Pablo, una ley bien cumplida, de forma legalista, lleva a la muerte, pues termina dividiendo a los hombres entre cumplidores y no cumplidores. Los “cumplidores” pueden utilizar la ley para triunfar, imponiéndose sobre los demás, sin misericordia.

Buena es la ley, pero entendida como la entiende este fariseo es un arma terrible, al servicio de la propia seguridad y del desprecio de los otros. Ésta puede ser la ley de los políticos que buscan su propia justificación a costa de los otros…

‒ Es la ley del “buen capitalismo” que tiene razón en lo que hace (y hasta paga los impuestos, con justicia “religiosa”), pero condena a la pobreza a millones de personas…

‒ Es la ley de los jerarcas del templo que administran con buena conciencia su dinero y su memoria histórica, para condenar a los otros (¡ladrones, injustos, adúlteros…!).

‒ Este buen fariseo no adultera con mujeres de otros (¡cumple la ley!), pero quizá no ama con ternura e igualdad a la suya, quizá “se divierte” con mujeres libres o prostitutas (¡que eso no es adulterio!), sin importarles lo que sienten, lo que piensa.

Ni como ese publicano.

Podía haberse callado, pero lo ha dicho. Ha mirado de reojo (pensando que miraba a Dios) y ha visto al publicano y se ha sentido feliz. No es como él. ¡Ha visto bien! Sin darse cuenta, está confesando que puede ser lo que es y vivir como vive… porque hay en el mundo publicanos y prostitutas a quienes quiere y puede utilizar para sus “negocios” sucios.

Este fariseo necesita el “servicio” del publicano para sus impuestos y necesita (probablemente) de la prostituta (por lo menos para sus desahogos morales: para sentirse bien). En el fondo, él mismo está diciendo que su “justicia” está montada sobre la injusticia de los otros, una injusticia que él mismo está propiciando, dentro de un sistema religioso avalado por el templo (un templo al servicio de los fariseos).

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

Los anteriores eran los mandamientos de la ley de Dios (no robar, no cometer injusticias legales, no adulterar). Éstos son los mandamientos de la iglesia: ayunar, pagar el diezmo… Éste fariseo es un hombre ascético (ayuna), pero el ayuno se ha convertido para él en un medio de autocontrol y de autoseguridad para dominar mejor a los demás… Es un hombre de diezmo: contribuye al mantenimiento de “su iglesia”, no de la iglesia de los pobres y excluidos (en generosidad total, como la que Jesús pide al rico de Lc 18, 18-23), sino de este templo que “justifica externamente” a los ricos como él.

Éste es el rico que paga diezmos, es decir, que ofrece mucho dinero para obras sociales al servicio del sistema (no de los pobres); es el rico que mantiene la injusticia de fondo (de sistema) para poder dar muchísimo dinero, caridades al servicio del propio orgullo, publicadas en la televisión de turno, magnificadas por los voceros y clientes.

El publicano

Tengo la impresión de que me había detenido demasiado mirando al fariseo en el espejo. No, en aquel tiempo no había hecho las reflexiones de ahora, pero estoy convencido (¡lo he estado desde entonces!) de que supe que se puede ser rico y malo, se puede rezar y ser injusto, se puede dar mucho dinero y ser un pervertido. Lo supe entonces, y lo he seguido sabiendo en adelante, desde el espejo de aquella iglesia bellísima de pueblo, con un espejo de Dios, para contar y entender la parábola.

El hábil jesuita nos decía que teníamos que ver las cosas desde el otro lado, que había otra manera de mirar; que fuéramos a la esquena del templo y escucháramos, detrás de la columna final, al publicano. Yo no sabía entonces lo que eran los “publicanos”, aunque eso de “público” me sonaba bien: hombres públicos eran los que estaban en boca de todos, pobre gente que tenía que ganarse la vida como podía (y si podía)…

Hoy sé algo más (no mucho) y así quiero evocar las palabras de su oración, sin entrar en el tema crítico de si un publicano podía llegar hasta el fondo del templo y rezar. Ahora comprendo que este hombre del relato (para niños de seis años) tiene que ser un “publicano” (no una publicana-prostituta), pero que en la realidad es publicano-publicana, un pobre diablo, un... Pero vamos a escucharle:

El publicano se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo.

No, no podía mirar ni a la puerta del Sagrario. No miraba y, sin embargo, estaba mirando… No levantaba los ojos y, sin embargo, comprendía…Sabía que Dios es distinto y se ponía ante los ojos y las manos de ese Dios. Me costaba verle en el espejo, porque se escondía detrás de la columna, pero estaba seguro de era muy flaco, enfermizo, pero con ojos de amor. Me hubiera gustado jugar con él, pero no podía acercarme más allá del espejo… y así le seguí mirando.

El publicano no hacía más que darse golpes de pecho, diciendo...

Quería despertar su corazón su corazón “a manotazos”, como se hace con alguien que parece muerto, que ha tenido una parada cardiaca y vemos que el médico sacude con fuerza su pecho para que el corazón pueda latir de nuevo…

Me parecía un poco exagerado, pero, bueno, quizá los hombres antiguos, y sobre todo, los publicanos eran así, de grandes gestos. Supe que este hombre quería despertar su corazón ante Dios, aunque lo tenía ya despierto. Sabe que hay Dios y que Dios puede y quiere ponerle en movimiento. No sabe cómo, pero sabe que tiene que cambiar. No tiene respuesta, pero la está buscando.

El templo de Dios no es para él un lugar de justificación de lo que existe (como para el fariseo), sino un lugar de reconocimiento y cambio. No echaba las culpas a los otros, no se compara con nadie, ni siquiera con al fariseo. Simplemente quería cambiar… Si hiciéramos un análisis de su situación, veríamos que, echándose la culpa a sí mismo, este publicano tendría que echar la culpa al fariseo… (es decir, al sistema). El publicano puede ser publicano en parte por sí mismo (porque se lo ha buscado); pero, en el fondo, es publicano porque así le necesita el fariseo, el buen sistema que se justifica, echando la culpa a los otros.

¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Pues bien, aquel publicano no se justifica echando la culpa a los otros (como podría y debería hacer en otro plano), sino que reconoce su parte de culpa y la dice ante Dios, en ejercicio de sinceridad interior y de verdad. No ha venido para justificarse, sino para mirarse en el espejo de Dios, descubriendo su necesidad de conversión, de cambio.

Un espejo de “adivinar”: El publicano bajó del templo justificado, el fariseo no…

Yo seguía ante el espejo. Sólo recuerdo que podía ver muy bien al fariseo, que ocupaba el inmenso cristal de la sacristía, seguro de sí mismo, explosivo y lleno de razones, con puro y corbata de potentado satisfecho. Al publicano, en cambio, no podía verle con tanta claridad. Seguí detrás de la columna, como una presencia pequeña, insistente; era una luz que se iba haciendo cada vez más grande…

No sé lo que hubiera seguido. No lo sé todavía. Porque el jesuita había terminado su catequesis y nos estaba despidiendo… Tengo la impresión de que me levantó con la mano del suelo y me dijo (nos dijo): ¡A jugar, que ya está bien de iglesia, y recuerdos a vuestros padres!

Salimos de la sacristía, cruzamos la nave del templo, corrimos por la porticada de pequeñas piedras, haciendo figuras de cintas y flores, para acabar bajando a la carrera por la calzada antigua hacia las casas de Zubibarría.

Esto es lo que recuerdo. El resto se me ha ido de la imaginación consciente. Pero está allí, tiene que estar allí. El tema es lo que tiene que hacer el publicano.

El fariseo bajó “sin haber conseguido la justicia” (no justificado).

Sé que, siguiendo en la línea de su oración, este mundo acabará destruyéndose muy pronto; ésta es la línea de los políticos que buscan su propia razón, de los jerarcas eclesiales que siempre encuentran la manera de defender lo que han hecho… Los fariseos han crecido y siguen ocupando el centro de los templos, con los palacios de los reyes, los las cortes de los diputados, los consejos de administración de la empresas principales y los bancos… Pidamos a Dios que sean “buenos”…

Aunque no lo sé, a veces pienso que el buen fariseo, cumpliendo hasta el límite su ley puede ser más peligroso que el mal fariseo (que el menos puede arrepentirse un día de lo que hace). Quizá tenemos que pedir a Dios para que fracasen, pues sólo fracasando podrán cambiar su discurso y su forma de actuar.

El publicano, en cambio, bajó justificado.

Ciertamente, justificado ante Dios, en sentido religioso; pero, al mismo tiempo, justificado ante la sociedad y la historia. Este publicano puede iniciar un camino distinto de solidaridad y de justicia verdadera, al servicio de los demás… Aquí se inicia la “revolución” de Jesús, una revolución de viudas y de publicanos, que pueden iniciar un camino de humanidad, desde el borde del templo.

Sería bueno comparar a este publicano con otros personajes del evangelio de Lucas: el samaritano y Zaqueo, la viuda y el leproso agradecido…Todos ellos aparecen en los límites del templo oficial, como el signo de un Dios distinto, Dios de evangelio. Pero con esto desbordamos ya el tema de hoy.

Pequeño excurso sobre los fariseos

Las imágenes de esta parábola del publicano y del fariseos me han venido acompañando siempre, desde el día en que un gran catequista (¡así le recuerdo hoy!) nos explicó su sentido, en la trasera de una iglesia grande, ante un espejo donde yo podía contemplar las dos figuras.

Han pasado muchos años, he trabajo sobre este pasaje en cursos de universidad y en conferencias, he tenido que estudiar la situación social de fariseos y publicanos en tiempos de Jesús, he leído algunos libros sobre el texto… y, sin embargo, mi memoria vuelve a recordar las imágenes de aquella catequesis, de un sábado a la tarde, ante el espejo de la gran sacristía de una iglesia grande.

Aprovecho la ocasión para manifestar mi inmenso respeto por los fariseos antiguos de Israel, que fueron creadores del nuevo judaísmo, figuras como Hilel o Johanan Ben Zakai, de quienes he aprendido y sigo aprendiendo mucho. Por eso quiero recordar que la figura farisea que aquí ofrece el Jesús de Lucas resulta una caricatura. Pero es una caricatura que sirve para mostrarnos el riesgo de una religión que puede convertirse en sabia y autosuficiente.

Hoy no me interesan los fariseos judíos antiguos (muchos de ellos muy buenos), sino los modernos: fariseos dentro de la gran estructura de la Iglesia, en la ICAR oficial (como algunos dicen) y en los grupos de aquellos que critican a la ICAR. Aquí estamos, sin duda, ante un Jesús melancólica y humorista, que sabe reírse de su sombra, de la sombra de los viejos y nuevos fariseos que es muy alargada.

Hoy me interesan (para criticarlos) los fariseos de la política y de la administración, de la economía y de los medios... me interesa el fariseo que llevamos dentro, que está escondido en cada uno de nosotros. De esos fariseos hablaba el catequista de mi infancia y quiero hablarnos hoy, con el gozo del evangelio.

A todos los que amáis el evangelio y sabéis gozar y sentir sus imágenes, como hacíamos de niños, de un modo intenso, inmediato, imaginativo, buen fin de semana. Que disfrutéis de nuevo con la parábola (y que os/nos inquiete otra vez, como nos inquietaba de niños).

Sigue el excurso. Jesús entre los fariseos

Antes de comentar el sentido que esta parábola tenía en mis años de infancia, quiero recordar algunos datos que suelen olvidarse.

(a) Los fariseos ya existían en tiempo de Jesús, pero su desarrollo definitivo lo tendrán después de la caída del Templo de Jerusalén (70 d.C.), cuando actuarán como defensores de las mejores tradiciones y creadores del buen judaísmo posterior.

(b) Jesús era un tipo de fariseo andante (un separado, al servicio de Dios y de la comunidad, que eso significa fariseo). Pero tenía algo propio, en vez de separarse para crear una comunidad de puro quiso abrir su mensaje y camino a los impuros, de manera que podemos llamarle un “fariseo especial”.

(c) El fariseo que mejor conocemos de aquel tiempo es Saulo (Pablo de Tarso), el único que habla de sí mismo y se presenta como “fariseo mesiánico”, llamado por Jesús en experiencia de pascua para extender su mensaje. Evidentemente no había sido malo, aunque Jesús le enseñó cosas importantes.

(d) Jesús es un “fariseo que se reía de los fariseos” (es decir de sí mismo, de los riesgos de su mensaje). Una religión o iglesia que no sepa “reírse” de sí misma (que se considere seriamente justa, teniendo siempre la razón) es muy peligrosa. Si volviera Jesús y fuera como entonces haría nuevas parábolas de fariseos cristianos, de seguro que finas, penetrantes.

(d) De la tradición farisea posterior provienen algunos de los chistes mejores de la historia de occidente. Un “chiste” (un relato parabólico) como el del evangelio de hoy sólo lo puede contar un “buen fariseo”.

Ampliación erudita del excurso. Siete tipos de fariseos

Tras la ruina del templo y del estado judío (tras las guerras del 67-70 y del 132-134 d. C.), el fariseísmo de tipo rabínico logró recrear la identidad de Israel, tal como se ha fijado en los grandes libros y tradiciones de la Misná y del Talmud. En ese sentido, los fariseos son los “padres del judaísmo” actual. Se puede decir que el judaísmo antiguo ha quedado y se ha expandido en dos líneas, la línea de Jesús, de tipo universalista, y la línea de los fariseos (de tipo nacionalista). Desde esa perspectiva tenemos que rendir nuestro homenaje a los fariseos.

Pues bien, el mismo Talmud, que es heredero de la tradición farisea (fundado en las tradiciones de los fariseos) ha tenido el humor (y en honor) de presentarnos siete tipos de fariseos. Los cinco primeros son negativos…; sólo el último es totalmente positivo. Será bueno que los recordemos.

1. El fariseo del hombro: lleva la Ley como una carga; por eso va encorvado, bajo el peso de los mandamientos, como si llevara siempre un fardo sobre los hombres. Es un fariseo hipócrita: quiere que todos vean la carga que lleva, el peso de ser “bueno”. Se le puede llamar “fariseo medalla”: es como si llevara siempre una medalla pesadísima… Que todos los vean, que todos le admiren, que todos sepan lo que cuesta ser bueno.

2. El fariseo del cálculo, que obra por interés. Ciertamente, está dispuesto a hacer “obras de caridad”, pero sólo para que le vean. Por eso anda espiando y mirando el momento en que puede venir a la plaza y hacer una obra buena, con bombo y platillo… calculando el provecho que ella puede darle. Lleva una contabilidad espiritual, pero más ante los hombres que ante Dios.

3. El fariseo ciego, fariseo de pared, siempre triste y cabizbajo. Se dice que anda siempre cabizbajo y triste, para evitar las malas obras. Se dice también que cierra los ojos, para no caer en la tentación. Por eso cuando pasa cerca de una mujer hermosa no la mira… no mira nada, de manera que cae en el hoyo o se da contra la pared. Éste es el fariseo que no disfruta, ni deja disfrutar a los demás, que convierte la religión es un pesar constante, en una represión y ceguera. Dios nos ha dado los ojos para cerrarlos cuando algo bueno pasa ante nosotros.

4. El fariseo campanilla, que obra por ostentación religiosa y social. Se viste con vestiduras de religión (filacterias, mantos, capas….) para que le vean… Reza en las plazas en los momentos de más aglomeración, se pone siempre en el centro de las calles, en el centro del templo…. Tiene necesidad de decir a los demás que es religioso y que ellos deben serlo. Van dando siempre buen ejemplo, como si fuera responsable de que los demás vean a través de él la necesidad de la religión. Va tocando siempre a “misa” o a oración.

5. El fariseo contador, el especialista en renta per cápita de tipo religioso. Va preguntando siempre las obras que le quedan por hacer para llegar a ser muy bueno. Calcula sin cesar el haber y el debe de su cuenta religiosa. Lleva un cuaderno de contabilidad, es un capitalista religioso y puede saber los méritos que tiene, el capital espiritual del que dispone.

6. El fariseo temeroso. Se le suele comparar a veces con Job, aunque esta comparación no es del todo buena, pues Job no es hombre de temor sino de protesta ante la injusticia del mundo. Sea como fuere, este tipo de fariseo se deja llevar por el temor de Dios. No es malo, es mejor que los anteriores, pero todavía no ama a Dios por sí mismo, sino que le obedece porque tiene miedo al castigo. Es un fariseo pequeño, pues cree que Dios es pequeño y que nos quiere tener sometidos. Así se somete por miedo al castigo.

7. El fariseo amoroso, que suele compararse con Abrahán. Es el que ama a Dios por el gozo de amarle, es el cumple los mandamientos por el gozo de cumplirlos, es el que puede amar a todos los hombres. Éste es el único fariseo bueno, según el Talmud (Sota). Los cristianos pensamos que Jesús fue un “fariseo” de este tipo.

Este fariseo "amoroso" era un verdadero amigo de Dios, como Abraham. No le bastaba el temor,quería amar, cuidaba a los enfermos, se compadecía de los pobres. De este tipo de “fariseos” ha nacido el mejor judaísmo, tras la gran guerra del 66-70 d.C.

Éste es el único fariseo bueno, según el TALMUD (Sota 22b; TJ Berajot 14 b)

-- éste es el creador del nuevo judaísmo rabínico, de la Misná y del Talmud.

-- Los cristianos pensamos que Jesús fue un “fariseo” de este tipo. Precisamente por eso, este Jesús (fariseo de los de Abraham, amador de Dios) era capaz de hacer chistes (parábolas de humor), sobre el riesgo de su gente, de los “fariseos” de los hombros y medallas, del mortero y de las cuentas de virtudes.

En ese contexto quiero recordar que el Nuevo Testamento recoge el testimonio de buenos fariseos como Nicodemo (Juan 3:1) y José de Arimatea (cf Juan 7:50; 19:39) como Gamaliel, el maestro de Pablo, y como el mismo Pablo (cf. Hecho 23, 6). También habla el evangelio de fariseos que ayudaban a Jesús (cf. Lc. 7, 36; 11, 37; 13, 31; 14, 1 etc.

Bibliografía:

Cf. J. H. CHARLESWORTH (ed.), Hillel and Jesus, Comparative Studies on two major Religious Leaders, Fortress, Minneapolis 1997;

B. CHILTON (ed.), The Missing Jesus. Rabbinic Judaism and the New Testament, Brill, Bos¬ton-Leiden 2002; J. JEREMIAS, Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid 1985;

L. L. JOHNS (ed.) Hillel and Jesus: Comparisons of Two Major Religious Leaders, Fortress, Minneapolis 1997;

J. LEIPOLDT y W. GRUNDMANN, El mundo del Nuevo Testamento, I-III, Cristiandad, Madrid 1973-1975;

J. NEUSNER (ed.), The Social World of Formative Christianity and Judaism, Fortress, Filadelfia 1988; From Politics to Piety. The emergence of Pharisaic Judaism, Ktav, New York 1979;

G. STEMBERGER, Jewish Contemporaries of Jesus: Pharisees, Sadducees, Essenes, Fortress Press, Ausburg 1991.

(Final final: en mi Diccionario de la Biblia tengo una larga nota sobre los fariseos y Jesús. Se veo que el tema interesa la introduzco en un post. Buen domingo).

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