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El cristianismo no glorifica el sufrimiento: proclama un Dios que lo habita y una resurrección que transforma las heridas en esperanza.

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¡Qué dolor y qué feo! Aún quedan quienes nos ven a los cristianos como los doloristas, los que dan un valor al sufrimiento en sí mismo, aunque nos vean sudando por el trabajo de aliviarlo. A estos, no les basta la verdad. Prefieren el pasado para descalificar. Y yo, me siento ofendido.

El Nuevo Testamento propone algo aún más radical. El Evangelio no responde a Job —paradigma del hombre sufriente de siempre— con más preguntas: lo responde con la cruz. Con la imagen de un Dios que no contempla el sufrimiento desde fuera, sino que lo habita desde dentro. Que no explica el dolor de los inocentes, sino que se convierte en uno de ellos.

El teólogo Jürgen Moltmann, en El Dios crucificado, desarrolló esta idea con una radicalidad que sigue siendo incómoda para muchos teólogos: “Un Dios que no puede sufrir es un Dios que no puede amar. Si Dios es amor, tiene que ser capaz de sufrir. Y si sufre, es que el sufrimiento humano no le es ajeno”.

Esto no es una teodicea. No explica por qué hay sufrimiento. Dice algo diferente: que el sufrimiento ha sido habitado por Dios mismo, y que eso le da una densidad diferente.

La resurrección en la que creemos los cristianos no es la anulación del sufrimiento. Es su inversión. Jesús resucitado no aparece sin las heridas: aparece con ellas. Las heridas están ahí, en el cuerpo resucitado, transformadas pero presentes.

Esto es teológicamente extraordinario. La resurrección no borra la cruz: la integra. Las heridas no desaparecen: se convierten en signo. En el cuerpo glorioso, las marcas del sufrimiento son reconocibles. Y son, paradójicamente, la prueba de identidad.

Esta imagen propone que el sufrimiento atravesado no desaparece, sino que se transforma. Que las heridas no son errores a corregir, sino parte de la identidad que permanece. Que nada de lo que se ha vivido —ni siquiera lo más oscuro— queda fuera de la posibilidad de redención. Un misterio, pero fuente de esperanza y consuelo. Y de motivación para la compasión.

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