En Isabel se encuentran unidas y conciliadas la esterilidad y la maternidad; y en María, la virginidad y la maternidad. Donde el humano piensa que no hay ninguna posibilidad de vida, Dios saca vida de los lugares, personas y momentos más inesperados.
Muchas de nuestras verdades se descalifican de entrada por la manera como las ofrecemos, por ejemplo, en un tono amenazante o con palabras alejadas de la experiencia de nuestros oyentes.
El Espíritu nunca anula la personalidad, sino que la potencia. Dios nunca actúa sin nosotros. Por eso el Espíritu nos guía hacia la verdad a través de nuestro esfuerzo y de nuestro pensamiento.
Los legistas entienden que es bueno lo que la ley manda y malo lo que la ley prohíbe, mientras que Jesús indica que es bueno lo que favorece al ser humano y malo lo que lo destruye.
Importa notar las dimensiones antropológicas de la fe, porque en algunos ambientes se tiende a considerar la fe como signo de inmadurez, como una ilusión alienante, irracional, infantil y anticientífica.
Cuando lo que importa es “quién lo dice” y no “lo que dice”, la verdad queda desvinculada del bien y de la realidad, y pasa a depender del deseo del dictador de turno.
Hay que dejar de creer a base de signos para creer incondicionalmente. La resurrección no se prueba, se cree. Lo interesante es que Tomás termina por creer en la divinidad del resucitado sin necesidad de ver ni tocar.
Para Jesús las comidas eran algo muy importante, porque apuntaban, señalaban, presagiaban una comida mejor, una comida que quién la gustase ya no pasaría más hambre.
La fe verdadera, dice Francisco, es aquella que incomoda, que arriesga, que hace salir al encuentro de los pobres y capacita para hablar con la vida el lenguaje de la caridad.
En este tiempo de cuaresma sería bueno fijarnos en las obras de misericordia. La misericordia inspira toda la conducta de Jesús. Las obras de misericordia nos recuerdan cuál es la verdadera penitencia que Dios quiere.
Los asuntos importantes no necesitan su día. Porque todos los días son días de fraternidad, del cuidado del enfermo o del rechazo a la trata de personas.
¿Rezamos a un Jesús que, porque es Dios, todo lo puede? Y si no responde a nuestras peticiones es o bien porque no nos escucha o bien porque nos pone a prueba. ¿O rezamos a un Jesús solidario con nuestros sufrimientos?
Una buena acogida del pasado exige acomodarlo y actualizarlo a las nuevas necesidades del presente. Añorar el pasado no sirve si uno no es capaz de hacerlo revivir en lo que se crea nuevo.