Cuando lo que importa es “quién lo dice” y no “lo que dice”, la verdad queda desvinculada del bien y de la realidad, y pasa a depender del deseo del dictador de turno.
Hay que dejar de creer a base de signos para creer incondicionalmente. La resurrección no se prueba, se cree. Lo interesante es que Tomás termina por creer en la divinidad del resucitado sin necesidad de ver ni tocar.
Para Jesús las comidas eran algo muy importante, porque apuntaban, señalaban, presagiaban una comida mejor, una comida que quién la gustase ya no pasaría más hambre.
La fe verdadera, dice Francisco, es aquella que incomoda, que arriesga, que hace salir al encuentro de los pobres y capacita para hablar con la vida el lenguaje de la caridad.
En este tiempo de cuaresma sería bueno fijarnos en las obras de misericordia. La misericordia inspira toda la conducta de Jesús. Las obras de misericordia nos recuerdan cuál es la verdadera penitencia que Dios quiere.
Los asuntos importantes no necesitan su día. Porque todos los días son días de fraternidad, del cuidado del enfermo o del rechazo a la trata de personas.
¿Rezamos a un Jesús que, porque es Dios, todo lo puede? Y si no responde a nuestras peticiones es o bien porque no nos escucha o bien porque nos pone a prueba. ¿O rezamos a un Jesús solidario con nuestros sufrimientos?
Una buena acogida del pasado exige acomodarlo y actualizarlo a las nuevas necesidades del presente. Añorar el pasado no sirve si uno no es capaz de hacerlo revivir en lo que se crea nuevo.
Pasado, presente y futuro son tres dimensiones de toda vida, que están íntimamente relacionadas. Las tres se influyen mutuamente. Los cristianos somos personas de memoria y personas de futuro. Una memoria y un futuro que influyen y condicionan nuestro presente.
El bautismo de Jesús por Juan, que administraba un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, resulta un tanto sorprendente, porque Jesús es aquel que no ha cometido pecado
Bien podemos decir que José es padre espiritual de Jesús. Pues ser padre no es sólo engendrar; es cuidar, educar, proteger, alimentar, formar en la libertad. En el rostro de José, Jesús vio reflejado el rostro del buen Padre del cielo que vela por su hijo.
En este adviento estamos invitados a descubrir la permanente presencia del Señor en los hermanos y a buscar en la oración estímulo y fuerza para ser no sólo sus testigos, sino también sus manos, sus pies, su corazón y su mente allí donde haya una necesidad.