Santificar EL DÍA . 3

Santificar EL DÍA . 3
Santificar EL DÍA . 3

Te busco desde siempre

Tras el alba y mediodía, nos asomamos hoy a la tarde. Y escogemos un autor, Juan José Domenchina que, en el soneto “Te busco desde siempre”, se muestra infatigable buscador de Dios. Aunque, más allá de la tarde, parece que sucumbe en la noche a lo Gethsemaní: “Cristo / de mis tinieblas, oye mi jadeo…” Y, esperanzado y casi roto, sueña por fin el salto hacia la Luz que alcanzará y casi ya celebra…: “Te busco desde siempre. No te he visto / nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo con ansia, con angustia, y no las veo. / Sé que no sé buscarte, y no desisto. / ¿Qué me induce a seguirte? ¿Por qué insisto / en descubrir tu rastro? Mi deseo / no sé si es fe. No sé. No sé si creo / en algo, ¿en qué? No sé. No sé si existo. / Pero, Señor de mis andanzas, Cristo / de mis tinieblas, oye mi jadeo. / No sufro ya la vida, ni resisto / la noche. Y si amanece, y yo no veo / el alba, no podré decirte: He visto / tu luz, tus pasos en la tierra, y creo.”

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DOMENCHINA, JUAN JOSÉ (Madrid, 1898 – México, 1959). Aunque con título de maestro, su verdadera profesión fue la literatura, colaborando en periódicos y revistas. Conoció en 1921 a Azaña, de quien, al ser elegido presidente, fue secretario particular. En 1936 se casó con Ernestina de Champourcin, también poeta. Comprometidos con la República, se exiliaron finalmente a México, donde, en octubre de 1959, fallecería de enfisema pulmonar y de tristeza el poeta madrileño. En su antología religiosa “DIOS en la poesía actual” (BAC, 1976), incluye Ernestina once poemas de Juan José que, después de una poesía primera muy intelectual, muy barroca, próxima al surrealismo, tras la brutal experiencia del exilio, evoluciona a poeta existencial, retoma el soneto y la décima, y recupera la esperanza y la fe perdidas.

AHORA ME TIENES TÚ

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Nos encontramos frente a una romanceada confesión de gran intensidad. Con la muerte pisándole los talones a causa de su mala salud, el madrileño Juan José Domenchina, exiliado en México, se sienta, como tantas tardes, a descansar de la fatigosa jornada editorial. Trabajó en el día, “hacedor de cosas fugaces”. Y, como Dios en su creación, ahora le toca reposar. Y sin saber que está rezando Vísperas, le dice a Dios: “Aquí me tienes, Señor..., poca fuerza tengo ya... Me tuve yo solo a mí mismo en horas arduas... Ahora me tienes tú... Ya no puedo conmigo ni con mi sombra... Dejo despreocupadamente, como tú en tu descanso sabático, que las cosas en las que trabajé se muevan por sí mismas... “ Sugerencia: perdonad que en el tema que venimos desarrollando de la oración en la liturgia de las horas, no sugerimos para cada poema nuevas indicaciones: los versos son tan personales y fecundos que nos sacuden la imaginación como si se les volviera ingobernable la luminosa varita de los milagros.

LA TARDE

­La tarde, lacia, se llena
de cansancio. Como sobras
del afán, unos intentos
tardíos se desmoronan
en los rincones. Ya lisas,
las desparramadas formas
huelgan. Todo, reclinado
o repantigado, apoya
su fatiga en un inmoble
silencio. La perezosa
luz se rezaga, y adviene,
como a remolque, la sombra.
El reloj tiene un tictac
moroso, de cuerda floja.
Sin atirantar, el tiempo
se escurre con remolona
lentitud, como quedándose
al irse en pisadas sordas.
Concluso el día, bosteza
el hombre, hacedor de cosas
fugaces. Y, como Dios,
descansa. (La luz, que es poca,
se va yendo y su ceniza
aterciopela las sombras.) 

«Aquí me tienes, Señor.
Sólo tú me tienes. Poca
fuerza tengo ya. Me tuve
yo solo a mí mismo, en horas
arduas, durante mi duro
trajín cotidiano. Ahora
me tienes tú. Ya no puedo
conmigo ni con mi sombra.
Tan sólo desistimientos
gozosos me corroboran.
Terminó, con mi jornada,
mi voluntad codiciosa.
Enajenado, a tu imagen
y semejanza, en las obras
que terminé, y que se mueven
por sí, mi quietud te toca...»

TÚ CUIDARÁS LOS SUEÑOS DE LA NOCHE

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 Nos van a acompañar seguidamente tres poemas para la noche, para el sueño, para Completas. En primer lugar, es J. L. Martín Descalzo quien, en cuatro estrofas, nos apunta útiles sugerencias para la hora de dormir. Lo primero: abandonarnos en las manos maternales de Dios. También: sentirnos seguros porque Dios vela nuestro sueño. Nos bendice Dios Padre, nos consuela Dios Madre: seca lágrimas, endulza tristezas; y, alguna vez, hasta se introduce en los sueños para colorear de arco iris la húmeda lluvia de nuestras penas. Repasemos, finalmente, el día: hubo alegrías y hubo errores; que el próximo amanecer transcurra feliz la jornada, que sea fecunda, que sea viva.

COMO EL NIÑO QUE NO SABE DORMIRSE

 Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tú cuidarás los sueños de la noche,
tú borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva.

A LA SOMBRA DE TUS ALAS

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En este poema de Bernardo Velado lo primero a destacar es “¡Buenas noches, Padre Dios!”, como hacemos en familia cuando nos deseamos una noche feliz. Consideramos a Dios uno de casa y le hablamos en plural: “nosotros”. Esta estrofa se repite al final del poema, facilitando su oración en grupo. Después descubrimos una mirada de reconocimiento por el día de hoy: “Gracias”, y petición de perdón por actuaciones inconvenientes: “infinito es tu perdón”. A continuación miramos al mañana, con propósito de enmienda y atención a la presencia del Dios Vivo. Finalmente, en el aquí y ahora, como sugiere el Salmo 17, nos acogemos a la protección del Señor: “Guárdame como a la niña de tus ojos.  Escóndeme bajo la sombra de tus alas...”   Lindo final: “Quédate junto a nosotros / y danos tu bendición”.


ANTES DE CERRAR LOS OJOS

Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches!, Padre Dios.

Gracias por todas las gracias
que nos ha dado tu amor;
si muchas son nuestras deudas,
infinito es tu perdón.
Mañana te serviremos,
en tu presencia, mejor.
A la sombra de tus alas,
Padre nuestro, abríganos.
Quédate junto a nosotros
y danos tu bendición.

Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches!, Padre Dios.

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