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El Evangelio frente a la lógica de la dominación

Cristianos confundidos con el colonialismo

La Iglesia reconoce hoy que el Evangelio no puede legitimar conquistas ni supremacías. Frente a las heridas del colonialismo, reconoce las sombras de la historia y promueve la recuperación del Evangelio como camino de servicio, diálogo intercultural, justicia histórica y fraternidad humana.

Evangelio y Colonialismo | P&P

Introducción: cuando la fe fue utilizada para justificar el poder

Durante siglos, buena parte de la historiografía occidental presentó el colonialismo europeo como una supuesta “misión civilizadora”. La conquista de territorios, la subordinación de pueblos y la explotación de continentes enteros fueron justificadas frecuentemente mediante discursos sobre el progreso, la evangelización y la superioridad cultural de Occidente. Se hablaba de llevar “civilización” mientras millones de personas eran esclavizadas, despojadas de sus tierras o sometidas a estructuras permanentes de dependencia.

Sin embargo, especialmente a partir del siglo XX y con mayor claridad después del Concilio Vaticano II, la Iglesia comenzó un profundo proceso de revisión crítica. Papas y documentos eclesiales empezaron a cuestionar no solo los excesos individuales cometidos durante la expansión colonial, sino también las estructuras ideológicas que identificaron cristianismo con supremacía occidental.

La crítica actual de la Iglesia no niega los aportes positivos de Occidente a la humanidad —la ciencia, los derechos humanos, el pensamiento democrático, la universidad o la medicina moderna—, pero sí rechaza con firmeza que el colonialismo pueda ser presentado como una expresión legítima del Evangelio.

Hoy, en medio de nuevas formas de colonialismo económico, cultural y tecnológico, esto sigue siendo actual. La Iglesia reconoce que la memoria histórica no debe servir para alimentar resentimientos eternos, ni tampoco para glorificar injusticias. Solo una memoria crítica y honesta, expresada con sinceridad y mucho tacto, puede abrir caminos de reconciliación verdadera.

san hernan cortés | P&P

I. El gran cambio de perspectiva: del eurocentrismo a la dignidad de los pueblos

El gran giro eclesial comenzó con el Concilio Vaticano II. En el decreto Ad Gentes (1965), la Iglesia afirmó algo revolucionario para su tiempo:

“La Iglesia no está ligada exclusiva e inseparablemente a raza, nación o sistema alguno”.

Con esta afirmación se desmontaba la lógica colonial que identificaba evangelización con europeización. La Iglesia comenzaba a reconocer que las culturas poseen valores propios y que la gracia de Dios actúa también fuera de Occidente.

Este cambio ya había sido anticipado décadas antes por Benedicto XV en la carta apostólica Maximum Illud (1919), donde criticó duramente la confusión entre misión cristiana e intereses imperiales. Allí afirmó que el misionero debía ser “embajador de Cristo, no de su nación”. El documento proponía formar cleros locales y romper con el eurocentrismo que había acompañado a muchas empresas coloniales.

Era una transformación profunda: el Evangelio dejaba de ser concebido como exportación de un modelo cultural único para convertirse en diálogo con los pueblos.

Más adelante, Pablo VI, en Populorum Progressio (1967), denunció las “nuevas formas de colonialismo” económico. El Papa advertía que muchas independencias políticas mantenían estructuras internacionales profundamente injustas, donde países enteros continuaban subordinados a intereses externos.

En esa misma línea, Juan Pablo II impulsó una memoria crítica de la conquista. Durante el V centenario de la llegada europea a América, afirmó que la Iglesia debía acercarse a esa historia “con humildad y verdad”. Reconoció violencias, destrucción cultural y contradicciones entre Evangelio y conquista. Posteriormente, durante el Jubileo del año 2000, pidió perdón por las complicidades históricas de cristianos con sistemas opresivos.

Pero fue Francisco quien profundizó esta revisión sin dar tantas vueltas: “Se cometieron graves pecados contra los pueblos originarios en nombre de Dios”. (Bolivia, 2015)

Con estas palabras, el Papa cuestionó frontalmente toda romantización de la colonización como simple empresa evangelizadora.

Francisco insistió además en que: El cristianismo no tiene un único modelo cultural”. Hoy diríamos que no tiene una "prioridad nacional".

Y en Evangelii Gaudium advirtió: No haría justicia a la lógica de la Encarnación pensar en un cristianismo monocultural”. La verdadera evangelización, según el magisterio, no destruye culturas ni aplasta identidades: dialoga, escucha y reconoce la dignidad de cada pueblo.

Fue significativo que en 2023, el Vaticano rechazara oficialmente la “Doctrina del Descubrimiento”, utilizada históricamente para justificar la apropiación de territorios indígenas por potencias cristianas europeas. La declaración afirmó que aquellos conceptos no reconocían los derechos de los pueblos originarios y que esas bulas habían sido manipuladas con fines políticos. (sic)

La Iglesia reconocía así que, cuando el cristianismo fue instrumentalizado por proyectos imperiales y muchas veces traicionó el Evangelio que decía anunciar.

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II. Colonialismo ayer y hoy: la persistencia de nuevas formas de dominación

La crítica eclesial no se limita al pasado. Los recientes Papas insisten en que el colonialismo continúa bajo formas nuevas y más sofisticadas.

Francisco habla frecuentemente de “colonización ideológica” para denunciar sistemas que uniformizan culturas, destruyen identidades y convierten a pueblos enteros en piezas subordinadas del mercado global. Ya no predominan las administraciones coloniales clásicas, pero persisten mecanismos de dominación económicos, financieros, tecnológicos, mediáticos y culturales.

Corporaciones multinacionales explotan recursos naturales dejando pobreza y destrucción ambiental. Sistemas financieros perpetúan endeudamientos históricos. Industrias culturales imponen modelos únicos de consumo y pensamiento. Grandes plataformas digitales concentran poder global sobre la información y las identidades culturales.

En Fratelli Tutti, Francisco denuncia una globalización que debilita la conciencia histórica y produce descarte humano. La lógica colonial sigue viva cuando algunos países o grupos consideran que su bienestar puede construirse sobre la explotación de otros.

Por eso resulta tan preocupante el resurgimiento contemporáneo de discursos nacionalistas que intentan reconstruir orgullos identitarios glorificando imperios coloniales o minimizando sus consecuencias.

El debate reciente en torno a ciertas exaltaciones acríticas de la conquista en América Latina refleja esta tensión. Presentar el colonialismo exclusivamente como “evangelización y mestizaje” corre el riesgo de invisibilizar genocidios, esclavitud, saqueo y destrucción cultural. El mestizaje existió, ciertamente, pero muchas veces dentro de relaciones profundamente desiguales de poder.

La Iglesia actual insiste en distinguir entre:

Una nación madura no necesita idealizar injusticias históricas para valorar sus aportes reales. La memoria crítica no significa odio al propio país, sino honestidad ética.

También el papa León XIV ha retomado esta línea crítica. En Camerún, en 2026, denunció a quienes utilizan el nombre de Dios para intereses militares, económicos o políticos: “¡Ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses!

Y añadió: “Dios rechaza siempre la guerra”.

Su mensaje resulta claro: el Evangelio libera; el colonialismo domina.

León XIV insiste en una Iglesia:

Porque la verdadera civilización no se mide por la capacidad de conquistar, sino por la capacidad de reconocer al otro como plenamente humano.

La opción de un Papa

Conclusión: memoria crítica para construir fraternidad

La revisión histórica impulsada por la Iglesia no busca alimentar culpabilidades eternas ni resentimientos ideológicos. Busca algo más profundo: recuperar la verdad del Evangelio frente a las manipulaciones del poder.

El colonialismo dejó heridas que todavía atraviesan continentes enteros:

Reconocer estas heridas no implica negar los aportes positivos de Occidente sino defender mejor los valores universales que Occidente también ayudó a formular: la dignidad humana, la libertad de conciencia, los derechos humanos y la igualdad fundamental entre todos los pueblos.

El gran cambio del magisterio contemporáneo consiste en escuchar cada vez más a las víctimas de la historia y recordar que el cristianismo auténtico no puede ser instrumento de supremacía cultural.

Jesús no envió discípulos a conquistar imperios. Los envió a servir, sanar y anunciar esperanza.

Por eso la Iglesia está llamada hoy a ser:

Solo una fe capaz de reconocer sus propias sombras podrá anunciar creíblemente la luz del Evangelio y construir un mundo donde ninguna cultura necesite dominar a otra para sentirse valiosa, y donde la memoria histórica deje de ser arma de confrontación para convertirse en camino de justicia, verdad y fraternidad entre los pueblos.

poliedroyperiferia@gmail.com

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