El Kerigma y el lugar desde donde se lo anuncia
Mc Luhan y cuando el medio es el mensaje
No basta recordar cuál es el contenido central de la fe si no se examina el lugar existencial, social y eclesial desde el cual se lo anuncia...No es solo lo que se dice, sino cómo y desde dónde se dice, lo que transforma la experiencia humana... Cuando el cristiano y la Iglesia adoptan como "medio" el camino, la mesa y la cruz, su existencia misma se vuelve anuncio.
Introducción: el corazón del anuncio es el medio que lo anuncia
En medio de las tensiones eclesiales contemporáneas, polarizadas entre batallas morales, disputas identitarias y repliegues defensivos, la reciente insistencia del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cardenal Fernández, en recuperar el Kerigma como centralidad de la fe es una llamada imprescindible. El cristianismo no es, en su raíz, un sistema doctrinal ni un código ético, sino el anuncio gozoso de Jesucristo muerto y resucitado, amor primero que precede a toda norma (1 Jn 4,10). Como recuerda el papa Francisco: “En el centro del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros” (Evangelii gaudium, 177). Él nos recordó lo esencial, lo kerigmático, de lo cual nunca debemos apartarnos para que el fuego no se apague: Cristo en la comunidad y en los pobres, Presencia desde el Poliedro y la Periferia.
Francisco nos recordó también que hablar del Kerigma sería incompleto si no se planteara desde dónde se vive, se piensa y se lo anuncia. No basta custodiar el contenido de la fe y escribir bibliotecas enteras acerca de ella si no se examina el lugar social, existencial y eclesial desde el cual se proclama. Aquí, la intuición del filósofo de la comunicación Marshall McLuhan —“el medio es el mensaje”— nos ayuda a entender mejor.
Cuando el medio eclesial se separa del medio original de Jesús —su camino, su mesa y su cruz—, el Kerigma se convierte en ideología opresora. En cambio, cuando el medio vuelve a ser Jesús, el Evangelio recupera su potencia sanadora, liberadora y convocante.
I. El Kerigma como acontecimiento encarnado y no como ideología
El Kerigma no es una idea abstracta sobre Dios, sino un acontecimiento histórico y corporal: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús no solo habló del Reino; lo encarnó en su modo de vivir, de relacionarse y de situarse socialmente. Su palabra impactaba porque era una vida compartida con los pobres, los enfermos, los pecadores y los descartados (Lc 7,22).
Gustavo Gutiérrez percibió esta unión “hipostática”: “el anuncio del Evangelio es inseparable de la solidaridad real con los pobres”. Cuando el Kerigma se separa de la compasión vivida, pierde credibilidad y se transforma en ideología religiosa: “Una fe que no se traduce en liberación concreta se convierte en un discurso legitimador del poder”. (Leonardo Boff).
En la aldea global —ese mundo hiperconectado anticipado por McLuhan— el Kerigma compite con múltiples relatos que pueden reducirlo a identidad cultural, consigna moral o producto espiritual. Cuando se anuncia desde estructuras eclesiales autorreferenciales, clericales o aliadas al poder, el medio contradice el mensaje. Se proclama un Dios encarnado desde prácticas desencarnadas; se habla de misericordia desde la distancia institucional.
Por eso advertía Metz que un cristianismo sin memoria del sufrimiento de las víctimas se vuelve inofensivo. Toda palabra sobre Dios que no nace de la carne herida de la historia pierde su filo evangélico… porque "La Gracia penetra por una herida " (Ch. Péguy)
II. “El medio es el mensaje”: McLuhan como provocación teológica
Marshall McLuhan brinda una intuición profética para el cristiano y la Iglesia. Al afirmar que “el medio es el mensaje”, señaló que los medios no son canales neutros, sino fuerzas que modelan la percepción, la cultura y las relaciones humanas. No es solo lo que se dice, sino cómo y desde dónde se dice, lo que transforma la experiencia. Él demostró cómo los medios de comunicación (desde la imprenta hasta la televisión e Internet) moldean la sociedad y la cultura, pero también podemos extender este concepto como analogía de la fe cristiana.
Aplicado al anuncio del Evangelio, el principio de McLuhan indica que no solo importa el contenido proclamado, sino también la forma y el modo de comunicarlo. El Evangelio se desfigura si se transmite mediante lenguajes autoritarios, excluyentes o meramente técnicos. La credibilidad del mensaje cristiano depende de medios coherentes con Jesús: cercanía, escucha, compasión, testimonio de vida y estructuras comunicativas que reflejen servicio, diálogo y encarnación.
Además, su noción de aldea global describió un mundo interconectado, emocionalmente expuesto y culturalmente fragmentado, con potencial de comunión y de tribalismo. Trasladando esto al ámbito eclesial: ¿desde qué lugar habla hoy la Iglesia? ¿Cuál es su medio real?
Si el Kerigma se proclama desde privilegios simbólicos, desde una casta clerical o desde el miedo a perder poder, el medio deforma el mensaje. Aunque el contenido sea ortodoxo, el Evangelio se percibe como ideología. No hay ortodoxia sin ortopraxis. El mensaje anunciado como medio del poder religioso se llama clericalismo: “una perversión que genera divisiones y daña gravemente el testimonio cristiano” (Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 2018).
El lugar social desde donde habla la Iglesia forma parte del anuncio mismo. Una Iglesia que predica fraternidad, pero reproduce desigualdades internas, que habla sobre los pobres, pero no comparte la vida austera con ellos, que habla de misericordia, pero actúa con lógica defensiva, convierte el Kerigma en otra cosa. En cambio, papa Francisco recordaba que “En el centro del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros” (Evangelii gaudium, 177).
III. El medio original de Jesús: camino, mesa y cruz
Frente a esta disonancia, el Evangelio invita a ver cómo Jesús eligió deliberadamente un medio concreto para su anuncio. Él se hizo “medio” y pan de Pueblo.
El camino: Jesús fue itinerante, no se instaló en las seguridades de este mundo, ni del poder religioso ni político, sino que recorrió la Galilea marginal y mestiza. Su caminar con el pueblo anunciaba un Dios que sale al encuentro. “Jesús pensó que el Evangelio se contagia y se transmite mejor en lo marginal que en lo selecto, en lo secular que en lo religioso…se alejó de todo lo que tiene importancia, religiosidad, autoridad, dinero, fama y notoriedad”. (Castillo, La religión de Jesús, 2016)
La mesa: Las comidas compartidas con pecadores, mujeres y excluidos fueron sacramento del Reino. Comer y comensalidad. La mesa abierta es el mensaje: un Dios cuya misericordia desborda los límites de la pureza legal. Allí se derriban las jerarquías de sus tronos y se enaltece la fraternidad de los humildes.
La cruz: El medio final fue la cruz, lugar de despojo y solidaridad radical con las víctimas del poder. No fue un accidente, sino la consecuencia lógica de una vida vivida desde abajo. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo” (Jn 12,24). En un mundo injusto, el lugar del justo es la cruz y Jesús la asume desde la misericordia para cambiar al mundo.
Francisco afirma esta lógica cuando propone una Iglesia “en salida”, “hospital de campaña”, capaz de tocar las llagas de la humanidad (Evangelii gaudium, 49). Cuando el cristiano y la Iglesia adoptan como "medio" el camino, la mesa y la cruz, su existencia misma se vuelve anuncio.
La sinodalidad, la pobreza evangélica y la cercanía no son estrategias organizativas, sino medios teológicos. Una Iglesia que camina con su pueblo, escucha desde abajo y comparte la suerte de los descartados se convierte ella misma en Evangelio vivido.
Conclusión: esperanza en un Kerigma encarnado y creíble
La esperanza cristiana nace de la identificación entre mensaje y medio. El Kerigma es “fuerza de salvación” (Rom 1,16), pero solo cuando se anuncia desde la cercanía, la humildad y la solidaridad real.
Como afirma el papa Francisco: “El testimonio de una Iglesia pobre y para los pobres es la mejor apologética” (Evangelii gaudium, 198). Cuando el medio vuelve a ser Jesús —su camino, su mesa y su cruz—, el mensaje deja de ser ideología y vuelve a ser Buena Noticia que sana, libera y convoca.