Mal que les pese a la fachosfera eclesial (no solo clerical), tenemos el Papa que tenemos. Un hombre afable, cabal, abierto a las sorpresas del Espíritu, que no tiene miedo a pronunciarse aunque duela, y no un ser cuadriculado, lleno de complejos, absurdamente autoproclamado como salvador de patrias, que igual insulta a Francisco, que reza un Rosario en Ferraz, da vivas a Franco o vota a partidos que creen que los inmigrantes son salvajes y delincuentes a los que expulsar sin miramientos. Tenemos un Papa que escucha a todos. Y no sólo a ellos. ¡Mala suerte!
Su obsesión con RD y con Francisco, o con sor Lucía, o con el padre Ángel, o con los teólogos libres, o con... solo se entiende desde el odio y el resentimiento, desde un alma lamentablemente podrida que se atreve a rezar por la muerte del propio Vciario de Cristo. O desde lo patológico, aspecto que no habría que descartar
o han podido frenar la audiencia, ni sembrar el campo de minas como suelen, ni apelar al miedo de los buenos, que todavía -y lamentablemente- existe en nuestra Iglesia y que les permite campar a sus anchas, como el señorito a sus jornaleros. Como si la Iglesia fuera el cortijo y nosotros, Los Santos Inocentes de Delibes