Coraje para tolerar
“El coraje para tolerar es superior al coraje necesario para pelear…”,
“El coraje para tolerar es superior al coraje necesario para pelear…”,
Necesitamos muchos Ganges en vena, mucha paz en nuestros corazones. Venimos de un pueblo con coraje, pero rebelde en exceso. “El coraje para tolerar es superior al coraje necesario para pelear…”, me lo dice Pilar Quiroga hoy a la mañana justo cuando el té bien cargado de pimienta y canela. Es en una de sus conferencias sin desperdicio de “La escalera de oro”. La cita es del Maestro Parvati Kumar.
No puedo sino dar infinitas gracias a la amiga Pilar. Quisiera subir a zancadas su escalera que es también la de Blavatsky y la de los Grandes Seres. Esa escalera es muy vertical, pero lleva directa a los Cielos que anhelan nuestras almas. Quizás la vida de quien suscribe tan llena de peleas, necesitaba desembocar en esta rotunda sentencia, al pie de esos peldaños de oro. Quizás todo fuera un rodeo, a menudo incluso una deriva, hasta esa base de Comienzo.
Los Maestros no se acercaron cuando estábamos prendiendo las mechas. Sencillamente no les habríamos escuchado. Ahora ya calla el griterío que asonaba las calles, se nos caen las piedras ante los uniformados, se rinde la severa rebeldía juvenil, se acaban las interminables grescas de una edad más adulta. Voy escribiendo por las paredes blancas de mi hogar esta máxima que me ha costado una entera vida asumir. Tolerar, aceptar era la clave que desconocía. Me han convencido, ella y todos los Grandes Seres que la practicaron.
El coraje nunca deberá ser bronco, sino que ha de aprender a esperar. Creo que la tolerancia dejará de esperar, cederá a la lucha siempre serena y desprovista de todo rencor, cuando la vida y los derechos humanos se pongan en cuestión, sobre todo los del otro, que no necesariamente los nuestros, pero hasta entonces hay mucho trecho.
Enciendo la barrita del incienso y la acerco al altar. Las piedras y los cócteles quedaron felizmente muy atrás. Hoy pido una pluma desarmada, colmada del coraje desbordado de la compasión, un teclado rendido para poder seguir cantando a la Gloria infinita de Dios.