Laudato si 12. LUGARES PERSONALÍSIMOS A RECORDAR

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
12 nov 2015 - 19:48
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Los admiradores de Paz Pasamar llevamos tiempo reclamando una Antología Completa de sus once interesantes poemarios, varios de ellos difíciles de conseguir. Se ha publicado ya. Sostengo en mis manos la generosa y elegante edición de 632 páginas en formato 168x240, a precio muy asequible: 12 euros. ¿Título? Lo podéis leer en la diapositiva de la izquierda: “Ave de mí, palabra fugitiva (poesía 1951–2008)”, edición conjunta del Ayuntamiento y la Diputación de Cádiz. Otra buena noticia: el Centro Andaluz de Letras (CAL) ha designado a la jerezana Pilar Paz Pasamar como “Autora del año 2015 (pulsar aquí). A lo largo de próximas entregas reproduciremos alguno de sus excelentes poemas. Hoy nos estrenamos con uno de ellos: “Madre Monte Corona”.

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NACÍ EN JEREZ

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Nací en Jerez –informa Pilar–. Durante mis primeros cuatro años viví allí con mi abuelo en medio del campo y del olor de las viñas, que no he olvidado.” Se traslada la familia a Madrid y allí vivirá nuestra protagonista una adolescencia feliz, incluso muy feliz, porque, con solo 18 años, dio a conocer su primer poemario, prologado por Carmen Conde, “Mara” (1951), muy celebrado por la intelectualidad de la época, incluyendo a Juan Ramón Jiménez que así se refería a sus versos:Hay una muchacha, Pilar Paz Pasamar, que ha escrito un poema excelente, magnífico, sobre Dios... Este poema es una joya, esa niña es genial.” La sensible poeta se enamora de un interesante muchacho, Carlos Redondo, y se casará con él en 1957 (la joven escritora contaba 24 intensos años).

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De pronto, la inesperada noticia: Pilar, en la cumbre del éxito, se escapa de Madrid a su añorada Andalucía. En Cádiz se radicará definitivamente, sin abandonar la creación lírica. Se irá poblando su corazón de nombres: Pilar, Mercedes, María Eugenia y Arturo, sus cuatro hijos. La escuchamos, en entrevista de Ana Sofía Pérez–Bustamante: En el sur era donde yo lo vivía todo más de cerca. La pobreza también. En Madrid mi vida estaba bastante limitada a los estudios. El sur era en cambio la libertad. Recuerdo cuando los “plateros” [amigos reunidos en torno a la revista “Platero”] hacíamos nuestras escapadas nocturnas. Íbamos a Puntales, y allí nos bañábamos a la luz de la luna, con una Angelita Revuelta que había sido campeona de natación. Y nos leíamos versos... Luego volvíamos ya al alba, entre los eucaliptos, y cerca de mi casa andaban pastando las vacas de doña María. Parecía que nos esperaban...”

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EL SUELO, EL AGUA, LAS MONTAÑAS,

TODO ES CARICIA DE DIOS

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"El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios. La historia de la propia amistad con Dios siempre se desarrolla en un espacio geográfico que se convierte en un signo personalísimo, y cada uno de nosotros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace mucho bien. Quien ha crecido entre los montes, o quien de niño se sentaba junto al arroyo a beber, o quien jugaba en una plaza de su barrio, cuando vuelve a esos lugares, se siente llamado a recuperar su propia identidad" (Francisco, Laudato si, 84).

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Y LA VIDA SE IMPREGNA PARA SIEMPRE

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En “Madre, Monte Corona”, descubrimos una Pilar resuelta, muy segura de su paraíso en el sur. Como escribe Francisco: “Cada uno de nosotros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace mucho bien”. Evocando al abuelo y sus toneles de vino “de madera perfumada” que pudiera haber sido un día penacho silvestre del Monte Corona, se descubre la jerezana soñadora en plenitud de selva fértil evocadora de sensaciones tempranas. Y entonces, oh bendición, predomina el olfato y todos los sentidos, despertando caricias de olor y mirada, de sabor y sonido, de tacto y de confianza...

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MADRE MONTE CORONA

Las duelas de madera perfumada

con que mi abuelo componía

los redondos toneles de esa alquimia purísima

del vino jerezano

(las axilas de un dios en cautiverio,

las glándulas del tiempo detenido

en naves silenciosas y sombrías)

estaban hechas con tus árboles,

madre, Monte Corona.

Así que te he olido desde siempre,

no sólo en aquel día empapada entre helechos y castaños,

no sólo aquella tarde de ermita y clorofila,

los plátanos jaguares,

la manzanilla, el jaramago,

la masticable luz, qué dorada la lluvia,

qué rotundo el sonido de un madroño

al caer junto al río,

qué embriaguez de esmeraldas y tomillos,

qué succión de verdores y frescuras.

Como se huele por primera vez

en la infancia el aroma del mundo

y la vida se impregna para siempre,

yo te olí en las virutas, en el aserradero

de mi ciudad nativa. La calle Pajarete.

Los toneles. El vino.

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OIGO TU ENORME JADEAR, TE VEO

En el poemario “Soria pura” (1949) de la notable escritora Ángela Figuera existe una sección de once poemas que titula “El río”. Páginas adelante se descubre otro breve rincón, “Soñando el mar”, que nos facilita tres nuevos títulos: “Soñando el mar”, “Nostalgia” y “Mar de mi infancia”, que seguidamente reproducimos. Nacida en Bilbao, siempre añoró Ángela jugar en el agua y muy especialmente en el agua de mar sobre arena de playa (“iban mis pies pisándote los labios”). Al olfatear, a la vera de un río, “este menudo olor de río o hierba”, se imagina con pasión estar de nuevo en el Cantábrico como entonces, y le confidencia al mar, como si se tratara de un amigo: “Oigo tu enorme jadear, te veo / mar de mi infancia, ¡mar!, siempre / esperándome”.

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MAR DE MI INFANCIA

Mar, yo estrené mis ojos al mirarte.

Toda yo me estrené. Nací en tu orilla.

Tallos gemelos de mi carne nueva,

iban mis pies pisándote los labios.

Mi sueño, no; mi ensueño se acunaba

en el vaivén antiguo de tus olas.

¡Qué gritos largos iban de mi boca,

inerme de palabras, a clavarse

como ávidos arpones en tu lomo!

Al penetrar en ti, ¡con qué violencia

de urgencia varonil me penetraste!

Lejos de ti, me inclino íntimamente

sobre tu hendido pecho, y en mis noches,

el recio golpear de tus arterias

me vivifica el alma.

Lejos de ti, pisando tierra seca

de la meseta adusta, entre altos pinos,

huelo tu vasto aroma, aprisionando

este menudo olor de río y hierba;

oigo tu enorme jadear, te veo,

mar de mi infancia, ¡mar!, siempre

esperándome.

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LAUDATO SI, Y POESÍA

Encíclica del Papa Francisco sobre la ecología

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0. La casa común

LA CASA, por Magaly Quiñones

FUERA DE PROGRAMA, por Carlos Javier Morales

HE PLANTADO UN JARDÍN, por Pedro Casaldáliga

1. El evangelio de la Creación

RELIGIÓN Y POESÍA, de Luis Alberto de Cuenca

CANTO A LA PIEDRA, de Javier Ciordia

VIDA PERFECTA, de Jorge Carrera Andrade

2. Fuimos concebidos en el corazón de Dios

QUIEN LO HIZO POR AMOR TAN ALTO Y LIBRE, de Mauleón

Y YO EN LA CREACIÓN, de Dámaso Alonso

REQUIEM POR UN HOMBRE, de Carlos Murciano

3. Armonía entre el Creador, la humanidad y la tierra

EL ÁRBOL, de Jan Martínez

EPITAFIO, de María Victoria Atencia

LA ELEGIDA, de Pilar Paz Pasamar

4. Labrar y cuidar el jardín del mundo

BALLENAS, de José Emilio Pacheco

DE LOS ÁRBOLES, de Dionisia García

GORRIÓN HERIDO, de Joaquín Benito de Lucas

5. El misterio del Universo

TRÓPICO, de Roberto Cabral

CUANDO MIRAS DESPACIO, de Eloy Sánchez Rosillo

SEÑOR, ¿ME ECHAS EN FALTA?, de Pilar Paz Pasamar

SEÑOR, ENSÉÑAME, de Rafael de Andrés

6. Liberación o destrucción

FÁBULA DE LAS ROSAS PERDIDAS, de Leopoldo de Luis

UN HOMBRE LLORA, de Leopoldo de Luis

7. Dios en lo más íntimo de cada cosa

UN BIEN, de Claudio Rodriguez

LA VISITA DEL MAL, de Antonio Colinas

ADENTRO, de Sánchez Rosillo

8. Singularidad del hombre en la gran familia creatural

YO LE DIJE A DIOS, de Jesús Mauleón

HERMANDAD, de Octavio Paz

AMANECER, de José Luis Hidalgo

9. La arbitrariedad del más fuerte

EL BURRO, de José Julio Cabanillas

MUERTE DE UN PERRO, de Francisco Brines

MONÓLOGO DEL MONO, de José Emilio Pacheco

10. El fin de la marcha del universo: plenitud en Dios

GRACIAS, DIOS MÍO, POR TU INVITACIÓN, de Rafael Alfaro

LA TIERRA ES TUYA, por Concha Zardoya

YO SOY EL CENTRO, de José Luis Hidalgo

11. Ninguna criatura es superflua

EL HUERTO, de Antonio Pereira

LA FLOR NUEVA, de Joaquín Romero

EL MERCADER DE SEMILLAS, de Gerardo Diego

12. Lugares personalísimos a recordar

MADRE MONTE CORONA, de Pilar Paz Pasamar

MAR DE MI INFANCIA, de Ángela Figuera

13 a 23. Cada criatura canta el himno de su existencia

PHILOMENA, TU CÁNTICO, de Pilar Paz Pasamar

TODA LA NOCHE ESTUVISTE, de Pilar Paz Pasamar

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