Laudato si 10. EL FIN DE LA MARCHA DEL UNIVERSO: PLENITUD EN DIOS

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
02 nov 2015 - 01:21
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Repite a menudo Teilhard de Chardin que se siente al mismo tiempo un “hijo de la Tierra” y un “hijo del Cielo”. Así afirma: “Yo amo apasionadamente al Mundo, pero yo amo con el mismo apasionamiento al Dios que se expresa a sí mismo en Cristo”. La base de su espiritualidad está, por lo tanto, en la síntesis de estos dos amores que se realiza en el Cristo-Universal. Los dos procesos para realizar esta síntesis son Cristificar el Universo y Universalizar a Cristo. Por un lado el universo necesita de Cristo para llegar a su última perfección. Sin Cristo el universo está sin cabeza, le falta la pieza clave que culmine y aguante todo el edificio.

Por otro lado Cristo solo puede entenderse del todo como, precisamente, el Alfa y Omega de este Universo. Es decir, Cristo está como creador y, a través de su Encarnación, como fin último o Punto Omega al que tiende el universo y hacia el que el universo es atraído para su culminación. Cristo encarnado no puede entenderse separado del universo material en el que se ha hecho presente. Para iniciarse en la grandiosa cosmovisión teilhardiana, pulsar aquí.

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DONDE CRISTO RESUCITADO ABRAZA E ILUMINA TODO

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"El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración universal. Así agregamos un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador" (Francisco, Laudato si, 83).

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LAS MONTAÑAS, LOS BOSQUES Y LOS PRADOS

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El sacerdote Rafael Alfaro nos invita a asociarnos a su alegría acompañándole en la celebración de “la Misa mas grandiosa del cielo y de la tierra”, canto cósmico de la creación a su Jardinero Mayor, liturgia verde de los bosques y las aguas y los jardines, húmedos de belleza, polifonía jubilosa del hermano planeta azul y los hermanos hombres en coro eucarístico de agradecimiento por su bondadosa Presencia. No sentimos muy alejada esta Misa campesina de la cosmológica “Misa sobre el Mundo” de Teilhard (pulsar).

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GRACIAS, DIOS MÍO,

POR TU INVITACIÓN

Gracias, Dios mío, por tu invitación

a celebrar la Misa más grandiosa

del cielo y de la tierra.

El mar nos ofrecía su mantel

con el bordado encaje de sus playas.

Las montañas, los bosques y los prados,

sus flores y floreros.

El sol y las estrellas y la luna

los cirios encendidos de su Pascua.

El canto de los pájaros y el son

de los ríos, su coro más grandioso.

Y las nubes, su incienso en la gloriosa

bóveda de los cielos, bendecida

por la aspersión preciosa de una lluvia

canonizada por el arco iris...

Y Tú, Señor, el Pan

partido y repartido y compartido.

Tu mesa relucía en la llanura

inmensa de la Historia, conducida

por tu Padre en el ritmo del Espíritu.

Aquí y ahora y siempre

y por los siglos de los siglos, hoy

te alabamos y te glorificamos.

Mara na tha. Amen. Alleluia!

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CON EL SOL EN LAS SIENES,

CON LOS PIES EN EL AGUA

La tierra es tuya, Dios. Lo saben los hombres, aunque duden o renieguen. Lo sabe el mar, la lluvia, el sol, las flores, hasta los árboles cuando crecen hacia el cielo o exploran en lo hondo... Gracias, el Misterioso, de quien nadie conoce su verdadero nombre. Gracias por la Belleza y el Amor, por la Vida que respiramos, por la Ternura y tu Misericordia...

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LA TIERRA ES TUYA

La tierra es tuya, Dios: lo saben nuestros huesos,

lo sabe nuestro polvo -¡oh «polvo enamorado»!-,

lo saben nuestros muertos con las manos cruzadas,

lo saben las raíces de los vetustos árboles.

Y las gracias te damos por dejarnos amarla

-esta roca, este monte, este prado tan verde-,

porque nuestros abuelos ya trazaron los surcos

y sembraron el trigo de este pan que comemos.

Llamarte Dios, Señor, Naturaleza, Cosmos,

es sólo una manera de nombrar la Belleza

que transluce esta tierra, con gozo reverente.

Con el sol en las sienes, con los pies en el agua,

recorren nuestros ojos, con vasto amor, el mundo:

respiramos un aire ya fuera de la muerte.

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TODOS LOS ANIMALES QUE CANTAN AL

AMANECER, ESTÁN CANTANDO A DIOS

Las urracas y chocoyos hablan de Dios, y es Dios quien les enseñó a hablar. Todos los animales que cantan al amanecer, están cantando a Dios. Los volcanes, las nubes y los árboles nos hablan a gritos de Dios. Toda la creación nos grita estridentemente, con un gran grito, la existencia y la belleza y el amor de Dios. La música nos lo grita en los oídos, y los paisajes nos lo gritan en los ojos” (Ernesto Cardenal en "Vida en el amor").

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VIENEN CONMIGO: SABEN QUE ALGO CELESTE ME CORONA

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En una familia muy unida, los problemas, las alegrías de cada uno, son dolor y gozo de todos. Hasta el perro, el canario y micifuz participan de las grupales emociones. Si la Tierra es una inmensa Casa de ternura (”Laudato si. Sobre el cuidado de la Casa Común”), ¿por qué no decir "Nosotros" al referirnos a los animales y a las cosas? José Luis Hidalgo, en su poemario de últimas voluntades “Los muertos”, invita, como el flautista de Hamelín, a todos los seres del Universo a un desfile cósmico hacia la Luz, a una danza de Definitiva Alegría:

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YO SOY EL CENTRO

Ya no es posible detenerme

para saber lo que retorna.

Y la tierra viene conmigo,

viene conmigo la mar honda,

vienen conmigo los rebaños

de vagas nubes que el sol dora,

vienen los árboles del bosque

que se despiertan en la sombra.

Yo voy desnudo. Nada digo.

Ando despacio entre las rocas.

Mis pies descalzos, gravemente,

rozan las aguas silenciosas.

Tras las montañas impasibles,

poso mis plantas en la aurora...

Ando delante, y ellos siguen

todas mis huellas y las borran.

Vienen conmigo, porque saben

que algo celeste me corona

y que en mi pecho Dios ha hundido

una semilla misteriosa.

Yo soy el centro, donde todo

ha de volver en cada cosa.

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LAUDATO SI, Y POESÍA

Encíclica del Papa Francisco sobre la ecología

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0. La casa común

LA CASA, por Magaly Quiñones

FUERA DE PROGRAMA, por Carlos Javier Morales

HE PLANTADO UN JARDÍN, por Pedro Casaldáliga

1. El evangelio de la Creación

RELIGIÓN Y POESÍA, de Luis Alberto de Cuenca

CANTO A LA PIEDRA, de Javier Ciordia

VIDA PERFECTA, de Jorge Carrera Andrade

2. Fuimos concebidos en el corazón de Dios

QUIEN LO HIZO POR AMOR TAN ALTO Y LIBRE, de Mauleón

Y YO EN LA CREACIÓN, de Dámaso Alonso

REQUIEM POR UN HOMBRE, de Carlos Murciano

3. Armonía entre el Creador, la humanidad y la tierra

EL ÁRBOL, de Jan Martínez

EPITAFIO, de María Victoria Atencia

LA ELEGIDA, de Pilar Paz Pasamar

4. Labrar y cuidar el jardín del mundo

BALLENAS, de José Emilio Pacheco

DE LOS ÁRBOLES, de Dionisia García

GORRIÓN HERIDO, de Joaquín Benito de Lucas

5. El misterio del Universo

TRÓPICO, de Roberto Cabral

CUANDO MIRAS DESPACIO, de Eloy Sánchez Rosillo

SEÑOR, ¿ME ECHAS EN FALTA?, de Pilar Paz Pasamar

SEÑOR, ENSÉÑAME, de Rafael de Andrés

6. Liberación o destrucción

FÁBULA DE LAS ROSAS PERDIDAS, de Leopoldo de Luis

UN HOMBRE LLORA, de Leopoldo de Luis

7. Dios en lo más íntimo de cada cosa

UN BIEN, de Claudio Rodriguez

LA VISITA DEL MAL, de Antonio Colinas

ADENTRO, de Sánchez Rosillo

8. Singularidad del hombre en la gran familia creatural

YO LE DIJE A DIOS, de Jesús Mauleón

HERMANDAD, de Octavio Paz

AMANECER, de José Luis Hidalgo

9. La arbitrariedad del más fuerte

EL BURRO, de José Julio Cabanillas

MUERTE DE UN PERRO, de Francisco Brines

MONÓLOGO DEL MONO, de José Emilio Pacheco

10. El fin de la marcha del universo: plenitud en Dios

GRACIAS, DIOS MÍO, POR TU INVITACIÓN, de Rafael Alfaro

LA TIERRA ES TUYA, por Concha Zardoya

YO SOY EL CENTRO, de José Luis Hidalgo

11. Ninguna criatura es superflua

EL HUERTO, de Antonio Pereira

LA FLOR NUEVA, de Joaquín Romero

EL MERCADER DE SEMILLAS, de Gerardo Diego

12. Lugares personalísimos a recordar

MADRE MONTE CORONA, de Pilar Paz Pasamar

MAR DE MI INFANCIA, de Ángela Figuera

13 y siguientes. Cada criatura canta el himno de su existencia

PHILOMENA, TU CÁNTICO, de Pilar Paz Pasamar

TODA LA NOCHE ESTUVISTE, de Pilar Paz Pasamar

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