Laudato si 4. LABRAR Y CUIDAR EL JARDÍN DEL MUNDO

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
02 nov 2015 - 01:12
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La romántica escena de Adán y Eva en el Edén, que nos acompaña, parece contradecir a la teología de la creación que algunos creyentes patrocinan al interpretar peligrosamente el inicial relato del Génesis (Gn 1,28), donde Dios invita al hombre a “dominar la tierra”. “Dominar”, en ese contexto, no es un proyecto negativo, de consecuencias desastrosas en la época de la Revolución Industrial y hoy, cosificando, manipulando, degradando el medio ambiente. La misión divina de “dominar la tierra” nos explica que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza y enviado a la creación como vicario suyo, gerente, tutor, administrador responsable del mundo, comprometido con la exigente tarea de inspiración y fermento de una humanidad solidaria.

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LLENAD LA TIERRA Y SOMETEDLA, DOMINAD EN LOS

PECES DEL MAR, EN LAS AVES DE CIELO... (Gn 1,28)

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“No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Esto permite responder a una acusación lanzada al pensamiento judío-cristiano: se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo. Esta no es una correcta interpretación de la Biblia como la entiende la Iglesia. Si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas” (Francisco, Laudato si, 67).

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Y TODO EL MAR SE VUELVE UN MAR DE SANGRE

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El poema “Ballenas”, del prestigioso escritor mexicano José Emilio Pacheco, denuncia líricamente el repetido atropello sufrido por estos gigantescos cetáceos, misteriosos, pacíficos, infatigables migratorios. Durante el siglo pasado, casi tres millones de ballenas fueron exterminadas utilizando métodos que causaban un enorme y prolongado sufrimiento.

En 1986 fue prohibida, a escala mundial, la caza de estos cetáceos. Debido a diversas lagunas en la normativa que regula su prohibición, y con la excusa de “caza científica” se ha continuado su persecución, eliminando anualmente alrededor de 1.500 ballenas. Presentamos, en letra cursiva, la estrofa final del poema, reproduciendo fielmente el texto original que, inspirado en el libro de Job, capítulo 41, describe algunos rasgos de Leviatán, criatura de los océanos que Dios creó y Dios sostiene.

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BALLENAS

Grandes tribus flotantes, migraciones,

áisbergs de carne y hueso, islas flotantes.

Suena en la noche triste

de las profundidades

su elegía y despedida,

porque el mar

fue despoblado de ballenas.

Sobrevivientes de otro fin de mundo,

adoptaron la forma de los peces

sin llegar a ser peces.

Necesitan salir a respirar

cubiertas de algas milenarias.

Entonces

se encarniza con ellas la crueldad

del arpón explosivo.

Y todo el mar se vuelve un mar de sangre

cuando las llevan al destazadero

para hacerlas lipstic, jabón, aceite,

alimento de perros.

Sus ojos son los párpados del alba.

De sus narices sale humo

como de olla o caldero que hierve.

En su cerviz está la fuerza

y delante se esparce el desaliento.

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DIOS LE DEJÓ EN EL JARDÍN DEL EDÉN PARA QUE LO LABRASE Y CUIDASE (Gn 2,15)

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“Es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a «labrar y cuidar» el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras «labrar» significa cultivar, arar o trabajar, «cuidar» significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza.

Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, «la tierra es del Señor» (Sal 24,1), a él pertenece «la tierra y cuanto hay en ella» (Dt 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: «La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra» (Lv 25,23)” (Francisco, Laudato si, 67).

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ABRAZADA A SU TRONCO

Nos habla el texto papal de “una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza”. La poeta murciana Dionisia García nos ofrece un mínimo relato. “Era noche y llovía.” Medio escondido detrás de una valla, la espera su amigo el pino. Cordial, íntima, ella le abraza y besa. Responde emocionado el árbol en este juego de ternuras. La escritora descubre: “Con asombro percibo / que el pino se estremece”.

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DE LOS ÁRBOLES

Enfrente de la casa

el pino es la señal,

si calma o viento.

Su sitio tras la valla,

aislada referencia,

como si nadie viera

su verdor y hermosura.

Era noche y llovía.

De sus aljumas quietas

se desprende el aroma.

Al mirar a lo alto,

un goteo en el rostro

aviva mi sonrisa.

Me acerco más al árbol;

abrazada a su tronco

aproximo los labios

a la corteza húmeda.

Con asombro percibo

que el pino se estremece.

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LO TOMÉ EN MIS MANOS...

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Joaquín Benito de Lucas nos entrega una deliciosa historia de relación poeta–pájaro herido. Intentaba volar un gorrión accidentado bajo la lluvia. “Con los ojos cerrados / le escuchaba llorar, pedir auxilio.” A Benito de Lucas se le ocurre, de pronto, llevárselo hacia el pecho, soplarle amor y vida. ¿La respuesta del ave, su regalo al poeta? Volar, volar, volar “hacia otro cielo...”.

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GORRIÓN HERIDO

Era una primavera lluviosa. El tenue peso

de las gotas caía sobre el ala indefensa

de un gorrión herido que a la orilla

del río intentaba inútilmente el vuelo.

Con los ojos cerrados

le escuchaba llorar, pedir auxilio.

Los niños protegidos

por el dintel sonoro de la infancia

reían contemplando su lucha con la muerte.

(Nosotros no sabíamos

nada de muerte ni de lucha, sólo

habíamos aprendido

a reír bajo un cielo ceniciento).

Y, de pronto, pensé, por qué no hacerlo.

Como si fuera yo quien se mojara

–tan tierno e indefenso como él–

corrí en su ayuda, lo tomé en mis manos

–era algodón mojado– lo apreté contra el pecho,

le soplé con mi aliento entre las plumas

y con las alas vírgenes de lluvia

voló zigzagueante hacia otro cielo.

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LAUDATO SI, Y POESÍA

Encíclica del Papa Francisco sobre la ecología

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0. La casa común

LA CASA, por Magaly Quiñones

FUERA DE PROGRAMA, por Carlos Javier Morales

HE PLANTADO UN JARDÍN, por Pedro Casaldáliga

1. El evangelio de la Creación

RELIGIÓN Y POESÍA, de Luis Alberto de Cuenca

CANTO A LA PIEDRA, de Javier Ciordia

VIDA PERFECTA, de Jorge Carrera Andrade

2. Fuimos concebidos en el corazón de Dios

QUIEN LO HIZO POR AMOR TAN ALTO Y LIBRE, de Mauleón

Y YO EN LA CREACIÓN, de Dámaso Alonso

REQUIEM POR UN HOMBRE, de Carlos Murciano

3. Armonía entre el Creador, la humanidad y la tierra

EL ÁRBOL, de Jan Martínez

EPITAFIO, de María Victoria Atencia

LA ELEGIDA, de Pilar Paz Pasamar

4. Labrar y cuidar el jardín del mundo

BALLENAS, de José Emilio Pacheco

DE LOS ÁRBOLES, de Dionisia García

GORRIÓN HERIDO, de Joaquín Benito de Lucas

5. El misterio del Universo

TRÓPICO, de Roberto Cabral

CUANDO MIRAS DESPACIO, de Eloy Sánchez Rosillo

SEÑOR, ¿ME ECHAS EN FALTA?, de Pilar Paz Pasamar

SEÑOR, ENSÉÑAME, de Rafael de Andrés

6. Liberación o destrucción

FÁBULA DE LAS ROSAS PERDIDAS, de Leopoldo de Luis

UN HOMBRE LLORA, de Leopoldo de Luis

7. Dios en lo más íntimo de cada cosa

UN BIEN, de Claudio Rodriguez

LA VISITA DEL MAL, de Antonio Colinas

ADENTRO, de Sánchez Rosillo

8. Singularidad del hombre en la gran familia creatural

YO LE DIJE A DIOS, de Jesús Mauleón

HERMANDAD, de Octavio Paz

AMANECER, de José Luis Hidalgo

9. La arbitrariedad del más fuerte

EL BURRO, de José Julio Cabanillas

MUERTE DE UN PERRO, de Francisco Brines

MONÓLOGO DEL MONO, de José Emilio Pacheco

10. El fin de la marcha del universo: plenitud en Dios

GRACIAS, DIOS MÍO, POR TU INVITACIÓN, de Rafael Alfaro

LA TIERRA ES TUYA, por Concha Zardoya

YO SOY EL CENTRO, de José Luis Hidalgo

11. Ninguna criatura es superflua

EL HUERTO, de Antonio Pereira

LA FLOR NUEVA, de Joaquín Romero

EL MERCADER DE SEMILLAS, de Gerardo Diego

12. Lugares personalísimos a recordar

MADRE MONTE CORONA, de Pilar Paz Pasamar

MAR DE MI INFANCIA, de Ángela Figuera

13 y siguientes. Cada criatura canta el himno de su existencia

PHILOMENA, TU CÁNTICO, de Pilar Paz Pasamar

TODA LA NOCHE ESTUVISTE, de Pilar Paz Pasamar

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