Las crucifixiones de una decena de personas volvieron a ser el plato fuerte de la celebración del Viernes Santo en Filipinas, donde la estrella fue Rubén Enaje, un carpintero que rompió su promesa de retirarse y emuló la pasión de Cristo por trigésimo quinta vez
Esa tradición sobrevive en varios pueblos de la provincia de Pampanga, especialmente en la localidad de San Fernando, a 80 kilómetros de Manila, donde unos 20.000 espectadores asistieron bajo un cielo encapotado a la sangrienta recreación de la pasión de Jesucristo en el barrio de San Pedro Cutud
Entre 5.000 y 10.000 personas se flagelaron en las celebraciones del Jueves Santo y el Viernes Santo, azotando sus espaldas hasta sangrar para redimirse de sus pecados y pedir ayuda divina
Estos rituales extremos, que no gozan de la aprobación de las autoridades eclesiales, no surgieron en el país asiático hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando ya la época española comenzaba a olvidarse y Filipinas estrenaba independencia tras liberarse de la dominación estadounidense