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Barrabás y el Escándalo de Estar Predestinados a La Salvación

Barrabás significa “Hijo del Padre” (Bar: hijo; Abba: padre). Ostentaba, por tanto, el mismo título que Jesús, que murió en su lugar. Con Barrabás, Dios nos liberó a todos nosotros, representados en un delincuente condenado que no entendía por qué le abrían la celda.

Nos invita a la gratitud, la alegría y la confianza en un Dios que nos amó, nos ama y nos seguirá amando siempre.

Y, si nos atrevemos a mirarlo con ojos nuevos y sin prejuicios, podría ser la declaración de la “Predestinación a la Salvación”: ¿Y si nacemos predestinados a heredar la Vida Eterna, en este mundo y en el otro?

Barrabás: Hijo del Padre | Ramon Fandos

Barrabás llevaba días sin ver la luz. La celda olía a humedad y a derrota. Sabía que su final estaba cerca: un juicio rápido, una condena segura y una muerte que nadie lloraría. No era un ciudadano ejemplar; para algunos era un rebelde, para otros un criminal. Pero, en cualquier caso, un condenado.

Aquella mañana escuchó ruido en el patio: gritos, discusiones, pasos acelerados. No le dio importancia; en Jerusalén siempre había alboroto. Hasta que oyó su nombre. “Barrabás”. Le temblaron las manos. Pensó que venían a por él. “Ya está. Se acabó”. Pero lo que ocurrió después no tenía ni pies ni cabeza. Le soltaron las cadenas, le abrieron la puerta y uno de los guardias, con cara de fastidio, pronunció la frase más absurda que había escuchado en su vida: “Puedes irte. Estás libre”.

Barrabás se quedó quieto, como si no entendiera el idioma. Libre. Él. ¿En qué mundo podía ser eso verdad? Lo empujaron hacia fuera y el sol le golpeó en la cara. Entonces lo vio: un hombre destrozado, ensangrentado, rodeado de soldados. Un hombre que no había abierto la boca para defenderse. Un hombre que parecía llevar encima el peso de todos. La multitud gritaba “¡No sueltes a ese, suelta a Barrabás!” como si él fuera un héroe. Pero no se sentía héroe de nada. Solo estaba en el momento y lugar adecuados. Nada más.

Jesús había sido condenado porque incomodaba al poder religioso. Ponía a las personas por delante de las normas, a los débiles por delante de los fuertes, a la compasión por delante del miedo, al pecador por delante del cumplidor. Y eso, para quienes mandaban, era intolerable. El poder no permite que nadie lo cuestione ni que deje al descubierto sus injusticias. Cuando se siente amenazado, no dialoga: actúa. Pero actúa con cuidado, sin mancharse las manos.

Así que hicieron lo de siempre: manipularon al pueblo, torcieron la historia y convirtieron al inocente en un peligro público. Cuando la multitud estuvo convencida, todo fue mucho más fácil. Quitaron de en medio al que molestaba y, además, conservaron intacta su imagen de autoridad justa y necesaria.

Por las fiestas se solía liberar a un condenado, y a esas alturas el pueblo ya tenía muy claro a quién quería soltar.

Barrabás no sabía si sentirse afortunado o maldito. Solo sabía que estaba vivo porque otro, un desconocido, había sido señalado en su lugar. Y en esa escena tan inaudita aparece una de las experiencias más profundas de la fe cristiana: el Amor de Dios es escandalosamente gratuito, tan desbordante que desconcierta incluso a quien lo recibe. Y ahí aparece nuestro verdadero reto como creyentes: aprender a reconocer ese amor para poder recibirlo y abrirle el corazón. Quizás en eso consista la verdadera conversión.

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