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Judas No Era Tan Malo

Judas es el retrato de la desesperación que no acepta ser amado al extremo, sin límites.

No es “el malo” para que los demás nos sintamos buenos. Es el espejo de una tentación muy común: querer un Mesías útil, que se adapte a nuestras necesidades. Y esta tentación, como a cualquiera de nosotros. se le reputó como justicia.

La traición de Judas | Ramon Fandos

Durante mucho tiempo, Judas había caminado al lado de Jesus. Había oído palabras que ensanchaban el corazón. Había visto enfermos levantarse. Había visto a gente llorar y volver a reír. Había visto pan multiplicado, miradas que perdonan, muertos que vuelven a la vida. Pero todo eso no le bastaba. Porque Judas esperaba que Jesús hiciera realidad su sueño de libertad.

Para ello necesitaba un Mesías que pusiera las cosas en su sitio y que hiciera justicia por la fuerza. Judas podía tolerar la ternura… siempre que condujera al triunfo. Pero una pregunta lo perseguía: ¿y si Jesús terminaba fracasando?

Ese pensamiento lo atormentaba, porque para él lo decisivo era su ideología, su proyecto de liberación. Sin embargo, Jesús hablaba de amar al enemigo, de perder la vida para encontrarla, de ofrecer la otra mejilla. Y, para colmo, se acercaba a los pobres, a los impuros, a quienes el sistema había descartado.

Judas soñaba con una revolución; su maestro buscaba algo radicalmente distinto.

Cuando comprendió que Jesús no iba a demostrar nada con ningún superpoder, que iba hacia el desastre absoluto, a la derrota, a la cruz, fue más de lo que pudo soportar.

Y tomó una decisión que se parecía mucho a la del mal ladrón, pero con traje de discípulo: «Si no haces lo que quiero, te forzaré». Estaba más que convencido de que, una vez arrinconado, a Jesús no le quedaría más remedio que actuar; entonces, por fin, echaría mano de los ejércitos celestiales.

La noche de la entrega Judas caminó hacia el huerto con una antorcha delante y una sombra detrás, la de la traición. Los soldados iban con él, pero él estaba solo, como todo traidor. 

Cuando vio a Jesús, se dio cuenta de algo que lo conmocionó: estaba esperándolo.

Fue un momento devastador: el instante en que Judas comprendió que Jesús aceptaba ser entregado. Entonces cayó en la cuenta de que había condenado a muerte al amigo que más amaba.

Se acercó y lo besó. Para Judas, aquel beso debía ser una señal discreta, casi un código entre ellos, una forma de decirle que su intención nunca fue ponerlo en peligro. Estaba convencido de que Jesús no se dejaría atrapar, que en el momento decisivo se impondría con su autoridad y frustraría cualquier intento de detenerlo.

Pero ese gesto, que él había imaginado como un simple aviso, se convirtió de pronto en una herida abierta: perdóname, Maestro; acabo de cometer el error más grande de mi vida.

Jesús lo miró con ternura. Lo sabía todo. Y aun así, no lo convirtió en un monstruo, ni lo rechazó, ni dejó de amarlo. Su mirada fue, incluso en ese momento, un abrazo silencioso.

Y cuando lo prendieron, Judas se quedó allí un instante. No hubo rayo. No hubo ejército de ángeles bajando. No hubo despliegue. Jesús se dejó atar.

El corazón se le partió en mil pedazos, y entró en una profunda desesperación.

La culpa lo abrumaba, y devolvió las monedas. Aquellas monedas que no habían sido más que un pretexto, un gesto para que todo pareciera normal, para que los fariseos no sospecharan el verdadero motivo por el que lo entregaba. Judas nunca pensó en vender a Jesús por dinero; pidió la recompensa solo para que su entrega pareciera creíble, convencido de que todos morirían bajo el brazo poderoso de Dios.

Pero eso no le hizo sentirse mejor, en absoluto. Y cuando vio que el daño era irreversible e irreparable, descendió al peor de los infiernos. Habia condenado a la tortura y muerte a su amado Maestro. Y decidió borrarlo todo desapareciendo.

Judas es el retrato de la desesperación que no acepta ser amado al extremo, sin límites.

No es “el malo” para que los demás nos sintamos buenos. Es el espejo de una tentación muy común: querer un Mesías útil, que se adapte a nuestras necesidades. 

El Paraíso empezó precisamente cuando un condenado escuchó "hoy estarás conmigo…”

Y la tragedia de Judas es que, aun teniendo esa palabra cerca, se convenció de que no era para él.

Señor,

cuando me parezco a Judas y me pierdo en mis propios planes,

 cuando te exijo que seas como yo quiero,

 cuando me asusto porque no entiendo tus caminos,

 no me dejes solo.

 Cuando me hundo en la culpa y me convenzo de que ya no hay vuelta atrás,

 búscame tú.

 Recuérdame que tu amor no se retira,

 ni siquiera cuando yo me aparto de ti.

 Que tu “hoy estarás conmigo” también puede ser para mí,

 aunque me cueste creerlo.

 Y cuando mi corazón se cierre por miedo,

 ábreme un resquicio, aunque sea pequeño,

 para que entre tu mirada

 y me devuelva la vida.

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