Judas y Pedro No Son Tan Distintos Como Creemos
Pedro y Judas tienen mucho en común. Comparten la misma esperanza y la misma confusión: ambos sueñan con un Mesías capaz de liberar al pueblo por la fuerza. Ambos aman a Jesús, pero en realidad solo ven la imagen que se han construido de Él, no al Jesús que tienen delante. Todavía no han descubierto al verdadero, al que va a dar su vida por amor. Y los dos cometen el mismo error.
Judas, como razoné en el artículo "Judas no fue el traidor que siempre hemos pensado", actúa convencido de que entregando a Jesús lo forzará a actuar según sus expectativas de sublevación violenta.Pedro nunca ha pensado en entregarlo, pero comparte con Judas los mismos deseos de liberación usando la fuerza; por eso lleva una espada y promete dar la vida.
Los dos fallan como amigos. Judas entrega a Jesús; Pedro lo negará. Hay que tener en cuenta que la negación destruía públicamente el honor y la confianza entre un maestro y su discípulo. Por tanto, es evidente que las dos acciones son dolorosas y desleales, cada una a su manera.
Jesús no los condena. A Pedro le hace ver que no espera de él que sea héroe, y con eso le abre una puerta a la esperanza, una puerta que podrá cruzar cuando lo niegue y descubra su propio límite. En cuanto a Judas, si hubiera confiado en Él, también le habría mostrado un camino de regreso.
La diferencia trágica es que Pedro pudo reencontrarse con Jesús y descubrir que no lo condenaba y que seguía amándolo sin condiciones y Judas, en cambio, quedó atrapado en la oscuridad de su propia noche, convencido de que su error no tenía perdón, y no le dio a Jesús la oportunidad de salvarlo de si mismo.
Hay sufrimientos tan grandes que la mente humana no puede gestionar, es verdad. Y muchas veces el dolor es tan intenso que no se puede aliviar, sin ninguna duda. Pero si alguna vez hemos experimentado el Amor de Dios, sabemos que puede curar, sostener y devolver a la vida. Por eso faltamos gravemente a la caridad cuando lo encerramos y no lo dejamos actuar.
Un gran sabio supo expresarlo muy bien: Un hombre bueno descubrió el arte de hacer fuego y empezó a compartirlo desinteresadamente con todo el mundo. La gente se lo agradecía porque el fuego les cambiaba la vida. Pero los sacerdotes, al enterarse, tuvieron miedo de perder su poder. Lo mataron y guardaron sus utensilios para hacer fuego en una urna a la que llamaron "sagrada" y que solo ellos podían tocar. Luego construyeron un hermoso templo con un hermoso altar y colocaron allí la urna. Desde entonces todos acudían con devoción a rezar y adorar, pero ya nadie podía hacer fuego, ni el pueblo ni los sacerdotes.
¿No habremos hecho lo mismo con el Amor de Dios?. A lo mejor lo hemos encerrado en ritos, preceptos, normas, moralismos, palacios, ornamentos, prejuicios, dogmas, prohibiciones ... Y hemos aprendido a adorarlo con gran devoción, pero ya no hay fuego.
"¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?"(Lc 24,32)