Permanecer en Su amor o en el de la Iglesia: Dos cosas muy distintas
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor"...
Jesús nos habla de amistad, igualdad y transparencia. La Iglesia nos habla de obediencia, estructura y autoprotección. Él nos llama amigos. Ella nos pide sumisión.
Jesús ofrece una relación libre, sin jerarquías que asfixien ni mediaciones que condicionen y pongan trabas.
El amor verdadero solo necesita dos cosas: amar y dejarse amar. Todo lo demás es interés disfrazado de santidad.
«Permaneced en mi amor». No es una orden ni un moralismo, sino un elemento esencial de la vida espiritual, tan natural como el agua que bebemos o el aire que respiramos. Cuando se ama, se permanece porque nace del corazón. Nunca es una obligación.
Cuando Jesús añade: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor», sigue en la misma línea. No está hablando de un código moral, sino de un único dinamismo interior que se expresa de mil maneras, tantas como formas hay de amar al prójimo: «Amaos como yo os he amado». Es la descripción de lo que ocurre cuando dos personas beben de la misma fuente y viven en completa comunión.
Esto tiene una coherencia profunda: el amor auténtico no se impone desde fuera, brota desde dentro. No nace de la obligación, sino de la misma experiencia de ser amado. Por eso Jesús no apela a la obediencia, sino a la permanencia afectiva, a la estabilidad interior que nace de un vínculo sano.
Este amor no puede encerrarse en normas ni mandamientos. Quien ama no teme dar la vida por sus amigos, porque el amor verdadero integra el miedo, no lo utiliza como herramienta de control. Es un amor que se vive, que se contagia, y cuyos frutos son la alegría y la paz. La culpa tóxica, el miedo y la infelicidad son señales de relaciones disfuncionales; por eso una doctrina que produce esos efectos no puede venir de Dios.
Y donde hay amor, no hay relación de poder. «Os llamo amigos», «a vosotros os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre». Jesús describe una relación horizontal, transparente, sin secretos ni distinciones de élite. No hay información reservada para iniciados u ordenados. No hay una casta aparte. La amistad es el espacio donde desaparece la jerarquía y aparece la confianza mutua.
Jesús no creó un clero. Creó un círculo de amigos que comparten todo. ¡Cuánto nos recuerda esto a San Francisco de Asís! Y ese círculo no es un club privado: cualquiera que viva desde el amor puede entrar. No necesitas ni títulos ni permisos. Tan solo amar y dejarte amar.
Hoy da vértigo ver en qué se ha convertido aquel círculo de amigos de Jesús: una maraña institucional e ideológica, muy lejos de la sencillez del Evangelio. Lo mismo ocurrió con la pequeña reunión de amigos de Francisco de Asís: un grupo nacido de la pobreza y la fraternidad que terminó transformado en una estructura rígida, jerárquica y normativa. Cuando apareció la institución, desaparecieron Jesús y Francisco. El poder siempre tiende a protegerse a sí mismo, incluso a costa del espíritu que lo originó.
Además, Jesús llama sin distinción. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros» es una declaración de universalidad. El amor no se gana ni se negocia: se recibe. Jesús elige porque ama, y no puede dejar de hacerlo. Esta es la base de toda espiritualidad sana.
«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28).
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