Los tres poderes concentrados en uno solo: La buena voluntad de la Jerarquía nunca será suficiente
La Iglesia defiende públicamente la democracia, la dignidad humana y la igualdad entre todas las personas. Denuncia los autoritarismos que oprimen a los pueblos y se posiciona contra la injusticia social. Sin embargo, en su funcionamiento interno mantiene una estructura de monarquía absoluta. En nombre de Dios, la jerarquía concentra los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y los ejerce sin contrapesos reales.
Ahí está el núcleo del problema: mientras los laicos sigan siendo meros espectadores o consejeros sin capacidad real de decisión, nada cambiará. En los tribunales eclesiásticos, los laicos deberían tener la posibilidad de actuar como jueces junto con los clérigos, con la misma autoridad y responsabilidad.
Si algo me marcó en mis años de estudiante de Derecho fue darme cuenta de hasta qué punto era innegociable que los tres poderes —legislativo, ejecutivo y judicial— estuvieran separados y fueran completamente independientes. Lo primero que hace un gobierno cuando quiere el poder absoluto es absorberlos, poner el legislativo y el judicial a su servicio. Ese es el final de la democracia y el comienzo de la dictadura, aunque se vista de apariencia democrática. Podrán seguir celebrándose elecciones, podrá seguir habiendo partidos de todas las tendencias, pero todo estará sustentado sobre una gran mentira.
La Iglesia defiende públicamente la democracia, la dignidad humana y la igualdad entre todas las personas. Denuncia los autoritarismos que oprimen a los pueblos y se posiciona contra la injusticia social. Sin embargo, en su funcionamiento interno mantiene una monarquía absoluta. En nombre de Dios, la jerarquía concentra los tres poderes. Esto provoca que las decisiones se tomen siempre dentro del mismo círculo y que los asuntos incómodos se gestionen de forma interna, sin transparencia y con escasas consecuencias reales. La historia ofrece numerosos ejemplos de este modo de proceder, y la actualidad lo confirma de forma dolorosa en la gestión de los casos de abusos.
El 16 de marzo de 2026, el Papa León XIV presidió la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores. Insistió en que la prevención es “dimensión constitutiva” de la misión eclesial, pero una investigación internacional reveló que el Vaticano había acumulado durante décadas información sobre pederastia clerical, gestionándola con una opacidad que protegía a la institución antes que a las víctimas.
El 22 de abril de 2026, la Corte Suprema de Colombia condenó a dos sacerdotes a más de veinte años por abusos continuados a un menor. La justicia civil logró lo que la estructura interna no pudo.
Las propias víctimas del Sodalicio han tenido que salir al paso de una publicación de InfoVaticana que intenta desacreditarlas.
Este sistema no necesita personas malintencionadas para producir injusticias. Basta la lógica interna: la lealtad al grupo y el miedo al escándalo. Un obispo que protege a un sacerdote denunciado sabe que nadie de su propio entorno le pedirá explicaciones. La estructura premia el silencio y penaliza la transparencia. Pero si existiera un consejo de laicos con poder real de supervisión, si cada decisión tuviera que justificarse ante personas que no pertenecen al clero, el cálculo cambiaría de inmediato. La mera existencia de un control externo obligaría a actuar con responsabilidad, claridad y justicia.
Aquí está el núcleo del problema: mientras los laicos sigan siendo meros espectadores o consejeros sin poder de decisión, nada cambiará. No basta con ser consultados. Es necesario que tengan el mismo poder que la jerarquía. Que en los sínodos su voto valga igual que el del obispo. Que en los tribunales eclesiásticos los laicos actúen como jueces junto con los clérigos, con la misma autoridad y responsabilidad. Que en las diócesis existan consejos de laicos con capacidad de veto real sobre las decisiones que afectan a la comunidad.
La justicia solo llega cuando interviene un poder externo al Vaticano, como en Colombia. Cuando la Iglesia actúa por sí misma, el resultado es demasiado a menudo el silencio o el encubrimiento.
El Camino Sinodal alemán lo propuso: paridad entre clérigos y laicos. Roma ha respondido con cautela, pero los hechos se imponen. Cada nueva condena de un tribunal civil, cada archivo que se ordena abrir, cada investigación que destapa viejos secretos nos dice lo mismo: la transparencia no llega desde dentro mientras el poder sea de una sola casta. Las víctimas lo ven claro: la justicia solo llega cuando interviene un poder externo al Vaticano, como en Colombia. Cuando la Iglesia actúa por sí misma, el resultado es demasiado a menudo el silencio o el encubrimiento.
La hora de la reforma estructural no es mañana. Es hoy. Porque mientras los laicos no tengan el mismo poder que la jerarquía, el poder seguirá protegiéndose a sí mismo. Y las víctimas, siguen esperando.
fandosrj@gmail.com