Hazte socio/a
Última hora:
Todo sobre la tragedia de Urda, #primeroRD

Monseñor Santiago Agrelo: demasiados señores en una Iglesia que necesita servidores

Cuando quienes deberían estar al servicio de la comunidad se aferran al poder, la Iglesia corre el riesgo de dejar de escuchar a su pueblo. Monseñor Santiago Agrelo denuncia una realidad incómoda: demasiado poder amparado en el Evangelio y demasiados cristianos relegados a un segundo plano, como si no tuvieran voz ni derecho a participar en una Iglesia que también les pertenece.

Monseñor Santiago Agrelo

Hay palabras que incomodan porque tienen la virtud de señalar aquello que muchos prefieren no mirar. Y hay hombres de Iglesia que, precisamente por no haber perdido el contacto con el Evangelio, se atreven a decir lo que otros callan. Monseñor Santiago Agrelo es uno de ellos. Su reflexión sobre el clericalismo constituye una denuncia valiente, necesaria y profundamente evangélica. No habla desde fuera de la Iglesia, ni contra ella, sino desde una fidelidad al mensaje de Jesús que debería interpelar a todos, especialmente a quienes han convertido el ministerio en una posición de poder.

Cuando Monseñor Agrelo afirma que «el mundo de la Iglesia apesta a clericalismo y no a oveja, a paternalismo y no a fraternidad, a señores y no a siervos, a dueños y no a hermanos», está poniendo el dedo en una herida que lleva demasiado tiempo abierta. Porque el problema no es el sacerdocio, sino la utilización del sacerdocio como instrumento de poder; no es el ministerio, sino su transformación en privilegio; no es la Iglesia, sino quienes parecen haberse convencido de que la Iglesia les pertenece.

Francisco condena el clericalismo.

Y conviene recordar algo elemental: según el Evangelio, la Iglesia no es propiedad de los obispos, ni de los sacerdotes, ni de ninguna estructura jerárquica. La Iglesia somos todos: el pueblo de Dios, hombres y mujeres, laicos y consagrados, quienes presiden las celebraciones y quienes se sientan en los bancos. Nadie tiene el monopolio de Cristo, nadie puede apropiarse del Evangelio y nadie debería arrogarse el derecho de decidir quién merece sentirse parte de la comunidad.

Jesús fue extraordinariamente claro. En Mateo 23, 8-12 dejó unas palabras que parecen escritas para determinados comportamientos eclesiásticos de nuestro tiempo: «Todos vosotros sois hermanos». Y añadió que uno solo es vuestro maestro y que el más importante debe hacerse servidor. No dijo que unos fueran dueños y otros siervos. No estableció una categoría de cristianos con derechos especiales y otra condenada a escuchar, callar y acatar.

Sin embargo, ¡cuántas veces parece que hemos olvidado aquellas palabras!

Hemos construido una Iglesia donde, en demasiadas ocasiones, la autoridad pesa más que la fraternidad, la obediencia más que la conciencia y las normas más que las personas.Una Iglesia donde algunos hablan en nombre de todos, pero no siempre escuchan a todos. Donde se reclama respeto a la jerarquía, pero no siempre se practica el respeto a los creyentes. Donde se predica la humildad desde posiciones que, a veces, parecen intocables.

Y mientras tanto, las iglesias se vacían, las vocaciones disminuyen y una parte importante de la sociedad contempla con creciente distancia una institución que parece más preocupada por conservar sus estructuras que por comprender las necesidades espirituales de las personas.

Iglesias vacías
Y mientras tanto, las iglesias se vacían, las vocaciones disminuyen y una parte importante de la sociedad contempla con creciente distancia una institución que parece más preocupada por conservar sus estructuras que por comprender las necesidades espirituales de las personas.

No podemos ignorar tampoco cuestiones que merecen una reflexión seria: el celibato obligatorio en el rito latino, la exclusión de las mujeres del sacerdocio ministerial y la escasa participación efectiva de los laicos en ninguna decisión. Son cuestiones que pertenecen al ámbito de la disciplina, la tradición y el debate teológico, aunque algunas tengan también importantes dimensiones doctrinales. No todo lo que se ha hecho tradicionalmente es inmutable, ni toda costumbre eclesiástica puede presentarse como voluntad directa de Dios.

El Nuevo Testamento, además, ofrece una realidad histórica que merece ser recordada. Pedro tenía suegra (Marcos 1, 30), y Pablo habla expresamente del derecho de los apóstoles a viajar acompañados de sus esposas (1 Corintios 9, 5). Las cartas pastorales contemplan incluso que los responsables de las comunidades sean maridos de una sola mujer y sepan gobernar bien sus casas (1 Timoteo 3, 2-5). El celibato obligatorio no fue una condición impuesta por Jesús a sus apóstoles. Conviene distinguir entre el Evangelio y las decisiones históricas de la institución.

Pero hay algo todavía más preocupante: el clericalismo que termina convirtiendo a los fieles en simples espectadores, en una especie de clientela religiosa que debe aceptar lo que otros deciden. Y aquí quiero contar algo especialmente significativo. A una persona, por expresar determinadas ideas sobre la Iglesia y su funcionamiento, llegaron a decirle que no podía leer en misa porque sus planteamientos iban contra el espíritu de la Iglesia.

Populismo eclesiástico
Pero hay algo todavía más preocupante: el clericalismo que termina convirtiendo a los fieles en simples espectadores, en una especie de clientela religiosa que debe aceptar lo que otros deciden. Y aquí quiero contar algo especialmente significativo. A una persona, por expresar determinadas ideas sobre la Iglesia y su funcionamiento, llegaron a decirle que no podía leer en misa porque sus planteamientos iban contra el espíritu de la Iglesia.

¿De qué Iglesia estamos hablando? ¿De la Iglesia de Jesucristo o de la Iglesia particular que algunos creen representar en exclusiva? ¿Desde cuándo pensar, discrepar y expresar una opinión razonada constituye una amenaza para el Evangelio? ¿Desde cuándo leer una lectura bíblica en una celebración se convierte en un premio que la autoridad concede a quienes piensan como ella?

¿Qué clase de Iglesia estamos construyendo si se castiga la discrepancia en lugar de escucharla? ¿Qué miedo puede tener una comunidad cristiana a la libertad de conciencia de sus propios miembros?

San Pablo escribió en Gálatas 3, 28 que en Cristo ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos somos uno en Él. Y Jesús, cuando sus discípulos discutían sobre quién era el más importante, les recordó que quien quisiera ser el primero debía hacerse servidor de todos (Marcos 10, 42-45).

No parece que el modelo de Iglesia que Jesús propuso fuese precisamente el de una corte de dignatarios rodeados de personas que deben asentir permanentemente.

Tampoco podemos aceptar que cuestiones históricas, organizativas o disciplinarias se utilicen para levantar muros entre los creyentes y presentar cualquier discrepancia como una falta de fe. La fe no consiste en pensar exactamente como piensa un determinado grupo de clérigos. La fe consiste en seguir a Jesús, vivir su Evangelio y trabajar por una humanidad más justa, más fraterna y más compasiva.

Laicos clericalizados
La fe consiste en seguir a Jesús, vivir su Evangelio y trabajar por una humanidad más justa, más fraterna y más compasiva.

Y es aquí donde la denuncia de Agrelo adquiere toda su fuerza. Porque no necesitamos pastores que se comporten como dueños de las ovejas. Necesitamos servidores que caminen con ellas, que conozcan sus sufrimientos, que escuchen sus preguntas y que no tengan miedo de reconocer sus propios errores.

La frase escuchada de un amigo, médico y creyente, cuyo testimonio de fe es impresionante, resume con una crudeza extraordinaria el hartazgo de muchos cristianos: «Se creen los dueños del chiringuito; pues que se queden con el chiringuito».

Es una expresión contundente, incluso dolorosa, pero encierra una pregunta que la jerarquía debería hacerse: ¿cuántas personas están abandonando la Iglesia porque ya no hallan en ella fraternidad, acogida ni libertad? ¿Cuántas siguen creyendo en Jesús, pero han dejado de sentirse representadas por quienes dicen hablar en su nombre?

Porque una cosa es alejarse de una institución y otra muy distinta abandonar el Evangelio.

No confundamos a Dios con quienes administran sus estructuras. No confundamos a Jesús con quienes pretenden tener su representación exclusiva. Y no confundamos la obediencia cristiana con la renuncia a pensar.

Todos somos sacerdotes, Xabier Pikaza
No confundamos a Dios con quienes administran sus estructuras. No confundamos a Jesús con quienes pretenden tener su representación exclusiva. Y no confundamos la obediencia cristiana con la renuncia a pensar.

Monseñor Santiago Agrelo merece reconocimiento por recordarnos algo que debería ser irrenunciable: el ministerio no es una corona, es una responsabilidad; no es un privilegio, es un servicio; no es una escalera para subir, sino un camino para acercarse a los últimos.

Ojalá hubiera más voces capaces de hablar así dentro de la Iglesia. Ojalá quienes ocupan puestos de responsabilidad entendieran que la autoridad evangélica no se demuestra imponiéndose, sino sirviendo; no silenciando, sino escuchando; no excluyendo, sino acogiendo.

Porque, al final, la pregunta que deberíamos hacernos no es cuántos títulos, cargos o dignidades acumulamos, sino cuánto Evangelio somos capaces de transmitir con nuestra manera de vivir.

Y que nadie lo olvide: Jesús no fundó una comunidad para que unos pocos se sintieran dueños de ella, sino para que todos aprendieran a reconocerse como hermanos.

Una Iglesia que necesita silenciar a sus creyentes para conservar su autoridad debería preguntarse muy seriamente si está anunciando el Evangelio o defendiendo su propio poder.

Libro Xabier Pikaza

 

También te puede interesar

Lo último

Así terminó aquella dura y espléndida jornada misionera

Misión extrema en Yanayacu (2ª parte)