Este tiempo de verano es propicio para pararse y contemplar. Por ejemplo, delante de una rosa, para meditar sobre la fugacidad de la apariencia y la eternidad del ahora. Ofrezco para ello este soneto:
¿Por qué nos complicamos la vida con la Trinidad? Primero, porque queremos una foto de carnet de Dios, el completamente Otro, y eso no es posible, porque, da la casualidad de que Dios es trascendente e insondable; por definición, no cabe en nuestros conceptos y palabras humanas. Segundo, porque confundimos el núcleo de la revelación con los moldes culturales de cada época. Tercero, porque solo la mística es capaz de barruntar, intuir el misterio de Dios.
Llegamos a la cumbre de la Pascua. Jesús redondea su promesa. A los cincuenta días –eso significa Pentecostés–, envía su espíritu transformador a sus amigos reunidos con María. Pero el Espíritu Santo, ¿es realmente algo nuevo? ¿En qué se ocupaba el Espíritu antes de aparecer en Pentecostés? ¿Tenía Dios abandonado al mundo antes de este crucial acontecimiento? ¿Qué añade su venida histórica?
Jesús está en el cielo, sí. Pero ¿dónde está el cielo? No arriba, desde luego, no en los espacios siderales, ni en el espacio de los astronautas, sino donde se hace la luz interior, donde se ve claro, desde el despertar a lo invisible gracias a la fe o la contemplación mística. La Ascensión enseña a vivir el no tiempo en el tiempo.
La madre Jesús es el vínculo de ternura más cercano, porque no es una diosa, sino una mujer que, como todas las madres, enjuga el dolor, devuelve la esperanza y acerca a su Hijo en las noches de la vida
José María Guibert, SJ, ha sido uno de esos vascos de una pieza en la escuela de San Ignacio, honesto, libre, humilde, entregado y enormemente capaz.
Puedo dar testimonio de dos aspectos importantes de su identidad: la entereza, aceptación y espíritu profundo con que aceptó su grave enfermedad, y la gran admiración por San Francisco Javier, su alter ego.
Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. En mi opinión, los apóstoles despertaron interiormente: descubrieron que la muerte no existe, que siempre fueron seres sin tiempo en el tiempo, pertenecientes a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, una manifestación de lo inmanifestado; eso les llenó de comprensión y fuerza.
La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida.
A estas horas ya está Judas cavilando cómo va a entregar a Jesús. ¿Qué hay en su cabeza? Aquí nos topamos con el misterio de la predestinación. El tema de cómo somos predestinados y libres simultáneamente enredó en los siglos XVI y XVII a los teólogos, principalmente jesuitas y dominicos, en la famosa controversia De Auxiliis. La Iglesia misma no tiene una solución a esta cuestión, porque es uno de sus más profundos misterios.
El padre Llanos tenía carnet de ciudadano del mundo; levantaba en sus escuelas cada día la bandera de un país distinto y, entre sus muchos libros, dedicó uno al tema: Un plan de paz (Colección Justicia y Paz, PPC, Madrid, 1972). Después de definir lo que no es paz, su escrito se centra sobre todo en la educación. La paz no es el orden público; la paz cristiana es contradicción, prueba, lucha y cruz
«Se hace paz haciendo al hombre» gracias a una educación que no es información o adiestramiento para vivir mejor, sino «haciendo al hombre cada día más él mismo». «El hombre de paz —escribe— no es aquel que puede asemejarse a la bestia mansa que acepta porque no puede sino aceptar el estímulo del látigo, aquello que desde fuera se le impone; el hombre de paz es, en cambio, el que encuentra la paz y la valora desde dentro de sí,
Utilizando esta imagen, el místico experimenta que todo es ola y océano a la vez. Todo es manifestación de la Realidad Una. Y, como todo es revelación de la misma realidad, también hay una compenetración absoluta de todo. El mar son todas las olas, y todas las olas son una unidad”
Es peor ese “miedo” difuso que se cuela por las rendijas de los medios de comunicación al propio deterioro del medioambiente, porque, si este último afecta a la vida del cuerpo, el primero socava la vida del alma