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Entretenidos hasta morir o comprometidos con una misión

La cultura contemporánea del entretenimiento permanente y de la aceleración digital favorece el narcisismo, la fragmentación de la atención y la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno. Frente a esta dinámica, el seguimiento de Jesús propone una antropología del compromiso: una vida orientada por la austeridad, el servicio y la compasión, donde la misión compartida con los más vulnerables se convierte en fuente de sentido personal y transformación social.

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Entretenidos o comprometidos

Entretenidos hasta morir o vivir para una misión

Vivimos en una era de aceleración compulsiva: la vida se organiza en ritmos impuestos por notificaciones, ofertas y la urgencia de mostrarse. Ese vértigo no solo roba tiempo; destruye espacios esenciales para el compartir, el silencio y la lectura profunda. Cuando no hay pausa, no hay conversación que sostenga, no hay escucha que permita reconocer al otro; surge un sujeto en permanente alteración, buscando narcisísticamente reconocimiento en redes, compitiendo sin tregua por atención y validación. Esta dinámica erosiona la empatía y convierte el entretenimiento en huida permanente. La vida no tiene sentido, es mortalmente aburrida y de eso hay que huir obsesivamente con diversión.

No se trata de negar el derecho al descanso y al justo esparcimiento. Hablamos de la distracción permanente, anestésica. La búsqueda desaforada de entretenimiento es propia de personas y sociedades saciadas y cerradas sobre sí mismas o su grupo, ciegas a la extensión de la realidad. "Hay que pasar el tiempo", porque detenerse es angustioso.

Como el rico Epulón del Evangelio que vivía de banquete en banquete, pero desconocía al pobre Lázaro, tirado a su puerta. Era una ceguera negligente, no un simple “error” de perspectiva o un olvido pasajero: “había tenido a Moisés y los profetas” para darse cuenta, le dijo Abraham. Había decidido su “opción fundamental”, para siempre. El infierno no es un descuido, es una elección: huir del que tiene hambre, está solo, herido (Mt 25). "El infierno son los otros", decía Sartre y el Evangelio precisa qué tipo de "otros": los necesitados del camino, el enemigo, el que no nos da nada a cambio, etc.

Por eso, seguir a Jesús ofrece una brújula de sentido contracultural. Él vivió en austeridad y entrega: “un ser para los demás”, arquitecto de una "civilización de la austeridad compartida" que llamó "Reino de Dios". Nació en la precariedad, viajó sin ataduras materiales, compartió mesa con excluidos, curó y consoló, lavó los pies de sus discípulos y multiplicó el pan para alimentar a la multitud. Imitar esos gestos —hospitalidad, servicio humilde, compartir lo poco— no es nostalgia, sino terapia del alma: la austeridad libera del peso de la acumulación y la generosidad desplaza la búsqueda compulsiva de estímulos. Los ejemplos evangélicos abundan: el lavatorio de pies (Jn 13) como lección de servicio; la multiplicación de los panes (Mc 6) como ética del compartir; el Buen Samaritano (Lc 10) como modelo de compasión activa. Estas prácticas crean ritmos distintos: silencio, lectura contemplativa, conversación prolongada, presencia real.

Las bienaventuranzas (Lc 6, 20) trazan un nuevo horizonte de sentido: los pobres, los que lloran, los que buscan justicia son el sujeto del Reino. Vivir para una misión es vivir apasionadamente esas bienaventuranzas en la vida cotidiana y en la política: acompañar migrantes, defender víctimas, reparar daños ambientales y sociales. El Papa Francisco, en Fratelli Tutti, nos recuerda que “nadie se salva solo” y nos interpela a la fraternidad concreta, la que nos elige, como son los inmigrantes. Ellos son el gran signo de los tiempos para encontrarnos, los que “nos tiran del caballo”, como a San Pablo, y nos cambian los planes, como al samaritano que se encuentra con el no previsto herido del camino.  En esta última parábola Jesús también critica la religión vivida como entretenimiento piadoso o secta de control social, encarnada en el fariseo y el levita que pasan de largo ante el herido del camino.

Los datos sociológicos y psicológicos confirman la relación entre aceleración, consumismo mediático y malestar. Estudios sobre FOMO (miedo a perderse algo) y otras ansiedades sociales impulsadas por el uso intensivo de redes muestran que la búsqueda constante de aprobación digital aumenta ansiedad, soledad y sensación de vacío; el tiempo de pantalla excesivo se asocia con mayores niveles de estrés y menor capacidad de atención para la lectura profunda y la conversación sostenida. Nuestra aulas están llenas de alumnos TDAH no por casualidad.

La hiperactividad mediada por algoritmos fomenta competencia permanente y una identidad construida sobre apariencias, lo que alimenta el narcisismo y la fragilidad emocional. No importa dónde vamos, lo importante es estar acelerados. La turismomanía nos obsesiona con acumular millas y selfies. La poderosa industria de “conciertos” y recitales multitudinarios nos ofrecen falsas catarsis gregarias por un rato. La alienación lúdica de la mercantilización deportiva, etc. Como resultado final, la insatifacción consumista revela un “pueblo que camina en tinieblas” y “rebaños de ovejas sin pastor”. Ante una época análoga apóstol reclamaba "¿como creerán si nadie les predica?" (Rom 10, 14).

La práctica de la austeridad y la entrega reduce la presión de la comparación y orienta la energía hacia la compasión hacia el otro, disminuyendo así los estados de ansiedad y la necesidad de evasión.

Jesús destacó la dimensión social de la fe que encuentra su sentido en la entrega al necesitado. En cambio, el ritmo vertiginoso impide la formación de sujetos contemplativos capaces de solidaridad. La propuesta cristiana es una espiritualidad encarnada: la trascendencia se vive en el encuentro con el otro y en el Otro, y se expresa en gestos concretos de cuidado que transformen estructuras.

Tres líneas prácticas para articular esta llamada:

Vivir austeramente y entregarse a los demás no es renuncia triste sino liberación: reduce la ansiedad al quitar la presión de la comparación, crea vínculos que sostienen en la adversidad y orienta la vida hacia un propósito mayor. La austeridad cristiana es libertad para compartir; la generosidad es fuente de sentido. Imitar a Jesús —sus gestos de servicio, su simplicidad, su generosidad— ofrece una terapia social y espiritual contra la cultura del espectáculo, la competencia narcisista y la autoayuda egoísta.

Ser profeta hoy implica denunciar la idolatría del consumo y la exclusión, y al mismo tiempo construir alternativas creíbles: comunidades que celebren la vida sin mercantilizarla, prácticas que cultiven la compasión y políticas que reparen. La actitud samaritana es praxis que transforma estructuras y cura heridas. Seguir a Jesús es esperanza de sentido y compromiso con bienaventurados; así construiremos un mundo donde nadie tenga que huir para vivir y donde el silencio, la lectura lenta y el compartir desinteresado recuperen su lugar en la vida humana. Donde lo que de sentido sea el compromiso con el otro en vez del entretenimiento hacia ninguna parte.

poliedroyperiferia@gmail.com

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