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Cuando la Iglesia se protege a sí misma y olvida sus víctimas

Jesús no construyó una institución para defender su reputación, sino una comunidad para sanar, liberar y dignificar. Por eso, cada vez que el clericalismo de la Iglesia ha optado por encubrir y protegerse a sí misma en lugar de ponerse del lado de las víctimas, ha debilitado su propia credibilidad y ha oscurecido el rostro de Dios que está llamada a transparentar.

omertá clerical | P&P

La Iglesia ha actuado históricamente, en demasiadas ocasiones, para proteger su imagen y evitar escándalos que pudieran debilitar su autoridad moral. En ese proceso, el prestigio institucional ha sido colocado por encima de la seguridad y la dignidad de las víctimas.

La crisis de los abusos no es, por tanto, un simple problema moral o disciplinar. Es una crisis espiritual, eclesial y estructural que interpela el corazón mismo del cristianismo. Y lo más inquietante es que, más allá de declaraciones y gestos, muchas de las estructuras que hicieron posible este sistema siguen intactas.

Pero ¿qué ocurre cuando la verdad permanece archivada mientras las víctimas siguen esperando justicia?

Las investigaciones recientes han vuelto a confirmar algo que ya no puede considerarse una sospecha aislada: Roma sabía más de lo que dijo, antes de lo que admitió y durante más tiempo del que reconoció. Documentos ocultos, protocolos ambiguos, expedientes camuflados… todo revela no solo la existencia de abusos, sino una auténtica gestión del silencio. recientes (https://elpais.com/sociedad/2026-03-19/quemad-todo-los-secretos-de-los-archivos-de-pederastia-del-vaticano-de-la-epoca-nazi-al-caso-ratzinger.html )

Esto no es un fallo administrativo. Es un problema teológico de primer orden. Porque cuando una Iglesia que anuncia el Evangelio opta por protegerse a sí misma antes que a los heridos, se hiere a sí misma en su raíz más profunda.

Jesús no fundó una comunidad para defender su reputación. No protegió estructuras ni encubrió el mal. Se puso del lado de las víctimas y denunció la hipocresía religiosa que las oprimía. Por eso, cada vez que la Iglesia se protege a sí misma en lugar de ponerse del lado de los pequeños, oscurece el rostro de Dios que está llamada a transparentar.

El pecado que el sistema no quiso ver… y teme reformar

Durante mucho tiempo, los abusos no fueron comprendidos como lo que realmente son: violencia contra personas vulnerables. Se interpretaron como faltas morales o debilidades personales que podían gestionarse internamente, evitando el “escándalo”. Así, el problema se abordó como pecado a confesar, no como delito a juzgar. Y en ese desplazamiento se produjo una de las distorsiones más graves: la desaparición de la víctima. para que la institución deje de sentirse interpelada.

Se configuró entonces una lógica profundamente perversa:

No se trataba solo de ocultar hechos, sino de una forma de pensar: una Iglesia concebida como bien superior a proteger, incluso a costa de los pequeños. Pero el Evangelio es claro: “El que escandalice a uno de estos pequeños…” (Mt 18,6).

El problema no es solo lo que se hizo, sino lo que aún no se quiere cambiar estructuralmente.

Clericalismo: la raíz que sigue viva

El papa Francisco ha sido contundente: el clericalismo no es un exceso, es una deformación.

Se trata de una cultura donde el poder se sacraliza, donde algunos se sitúan por encima del resto y donde la institución se vuelve autorreferencial, convencida de actuar “en nombre de Dios” sin necesidad de rendir cuentas. El clericalismo no solo ha permitido abusos. Ha hecho posible algo aún más grave: no escuchar a las víctimas. Las ha silenciado, invisibilizado, desactivado como interpelación. Es una forma de aniquilación simbólica: si la víctima no existe, el sistema no necesita cambiar.

Por eso no sorprende que durante décadas los archivos hayan permanecido cerrados. No se trataba solo de documentos, sino de memoria, de verdad, de justicia pendiente. Se consolidó así una estructura donde:

Esta cultura también se ve reforzada por formas de vida clerical que, en ciertos casos, han generado aislamiento, inmadurez afectiva o dobles vidas. Por ello, resulta imprescindible abordar con honestidad evangélica una cuestión largamente postergada: el celibato obligatorio.

Esta cultura se ve reforzada por formas de vida clerical solitarias, aisladas en la inmadurez afectiva o doble vida. Por eso es imprescindible abordar el celibato obligatorio con serenidad y honestidad. Es indispensable repensar esta disciplina antigua y nunca bien llevada, desde formas más humanas y evangélicas de vivir el ministerio.

En esta línea, emerge también una realidad ignorada: los sacerdotes casados. Miles de hombres que han servido con fidelidad y que hoy viven expulsados a los márgenes institucionales. Su experiencia —familia, trabajo, vida cotidiana— constituye una riqueza pastoral inmensa. Integrarlos no debilitaría a la Iglesia. La haría más humana, sinodal y cercana al pueblo real. Mantenerlos en la marginalidad es desperdiciar un capital humano y espiritual de enorme valor.

Las víctimas: el lugar donde Dios sigue hablando

Lo más escandaloso no es solo lo que se hizo, sino lo que aún cuesta mirar: las víctimas. Durante demasiado tiempo han sido silenciadas, sospechadas o minimizadas. Y sin embargo, desde el Evangelio, ellas son el lugar donde Dios sigue hablando.

El papa Francisco lo ha expresado con claridad: la realidad se comprende desde las periferias, no desde los centros de poder. Esto lo cambia todo. Desde ahí, la Iglesia no puede situarse como juez distante. Solo puede ser discípula:

No basta con gestos simbólicos. Se requieren cambios reales, capaces de impedir que el sistema vuelva a producir víctimas.

Conclusión: la verdad como camino de esperanza

La Iglesia está hoy en una encrucijada histórica. Puede seguir administrando el pasado con silencios parciales y reformas insuficientes. O puede dar un paso decisivo: decir toda la verdad, asumir toda la responsabilidad y transformar sus estructuras. No por presión mediática, ni por estrategia institucional. Sino por fidelidad al Evangelio.

La verdad no destruye a la Iglesia. Lo que la destruye es ocultarla, no reparar el daño y simular cambios que no tocan lo esencial. La credibilidad no vendrá de discursos, sino de una actitud: ponerse del lado de las víctimas sin reservas. Porque allí donde una víctima es escuchada, el Evangelio vuelve a respirar.

Y allí donde la verdad sale a la luz, Dios deja de estar encerrado en los archivos y la Iglesia vuelve a ser confiable.

poliedroyperiferia@gmail.com

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