Homilía del Cardenal Cobo para el Camino Neocatecumenal: El pastor se sigue aliando con el lobo
Análisis crítico de la homilía del cardenal Cobo en el 60 aniversario del Camino Neocatecumenal
Cobo no miente. Hace algo peor: dice algunas verdades de un modo calculadamente ineficaz. Sabe lo que ocurre — las correcciones lo demuestran — y elige un registro que garantiza que esas correcciones no produzcan consecuencias. En ética del discurso eso tiene un nombre clásico: mentira por omisión cualificada, o más técnicamente, "adiáfora retórica": dejar dicho lo justo para no poder ser acusado de no haberlo dicho, sabiendo que no va a tener repercusiones reales. Exactamente la misma técnica empleada por José Antonio Satué en su reciente intervención ante más de medio centenar de Comunidades Neocatecumenales en el Palacio de los Deportes Martín Carpena.
Una institución que conoce abusos y responde con homilías de doble fondo no está protegiendo a las víctimas: está protegiéndose a sí misma. Por respeto a quienes han sufrido, y siguen sufriendo, asumimos el compromiso de seguir cada intervención institucional con una mirada crítica y constante.
El discurso del cardenal Cobo en el 60 aniversario del Camino, leído con calma, deja ver una distancia inquietante entre lo que afirma y lo que los Estatutos y la práctica real del movimiento Neocatecumenal contienen. Y, más allá de esa distancia, el propio texto —que se presenta como una felicitación afectuosa— pone en marcha resortes retóricos que terminan reforzando justo aquello que finge corregir.
Conviene mirarlo en dos planos: las contradicciones entre palabra y realidad, y los mecanismos que la homilía deja operando dentro del grupo.
1. "Respetar exquisitamente la libertad y la conciencia de cada persona"
«Dios nos abraza en Cristo y nos pide respetar exquisitamente el camino, la libertad y la conciencia de cada persona. […] Nadie puede suplir la conciencia de nadie ni impostar la voz de Dios con la suya propia.»
Y, sin embargo, los "Escrutinios" de los Neocatecumenales son justamente eso: un catequista interpretando en voz alta la vida del hermano, separando lo que es "hombre viejo" de lo que es "obra de Dios". Llámese como se llame, es una suplantación ritualizada de la conciencia ajena. El "sagrario íntimo" del que habla el Concilio queda abierto al juicio del catequista. (Leer testimonio)
A eso se suma el sometimiento por obediencia ciega del miembro al "discernimiento" del catequista" en decisiones que solo le pertenecen a él: con quién casarse, cuántos hijos tener, dónde vivir, si ser sacerdote o entrar en un convento, si postularse o no como familia en misión. Cuando una autoridad humana decide por ti esas cosas, ahí está exactamente la voz impostada que la homilía dice rechazar.
Lo único que nos podrá salvar es que muera el Papa (Benedicto XVI) porque estábamos ya perdidos”... “Y no murió, dimitió, ¡gracias a Dios!” Kiko Argüello, marzo de 2017
2. "Los carismas no son propiedad exclusiva de quienes los reciben"
«Los carismas no son propiedad exclusiva de quienes los reciben y ejercen, sino que están regalados para el bien común.»
Pero los Estatutos del Camino Neocatecumenal dicen otra cosa. El artículo 3 entrega al Equipo Responsable Internacional —Kiko, Carmen en su día, Mario Pezzi— la potestad de nombrar y remover a todos los equipos nacionales, regionales y diocesanos "hasta que lo considere oportuno". No hay elecciones, ni mandatos limitados, ni rotación, ni rendición de cuentas hacia los hermanos. El artículo 2 somete además todo el itinerario a las "líneas propuestas por los iniciadores".
Eso es, por escrito, tratar el carisma como propiedad de quien lo fundó. La frase del obispo describe un ideal que los propios Estatutos contradicen.
3. "Lejos de todo encerramiento"
No hay rejas, claro. Pero hay confinamiento. La vida se reorganiza alrededor de las convivencias, la eucaristía del sábado por la noche, los hermanos de comunidad, los matrimonios dentro del grupo... Las amistades de fuera se van apagando solas. Y, sobre todo, opera un miedo difuso a marcharse: la convicción profunda de que fuera no hay vida cristiana de verdad, de que el que se va vuelve al mundo y se juega la salvación y la Vida Eterna. (Leer testimonio)
Eso es estar encerrado, aunque la puerta esté abierta. Pedir que no haya encerramiento sin nombrar lo que lo produce es pedir poco.
4. "Evita toda división, enfrentamiento u oposición a lo diverso"
El vocabulario habitual del Camino se mueve con dos categorías muy nítidas: "los hermanos" y "los del mundo". Los católicos "que no caminan en la Comunidad", cristianos de segunda; los obispos que ponen pegas, perseguidores; los que se van, demonizados. La identidad se construye por contraste con todo lo demás. Pedir que se evite la oposición a lo diverso, en un grupo que se define por esa oposición, es pedir una reforma que la homilía no se atreve a nombrar.
Tengo que decir que, como exmiembro del Camino, ya he sido etiquetado y condenado como endemoniado por ejercer mi libertad de expresión. Según ellos, todo lo que escribo proviene del demonio. Lo grave no es que lo digan: es que lo creen de verdad.
5. "La Iglesia, siempre madre y maestra, siempre cercana para animar y a veces para corregir"
La historia documentada cuenta otra cosa. Suspensión del Camino en diócesis japonesas. Conflictos serios en Estados Unidos, Filipinas, Guam. Dos instrucciones específicas de Roma sobre la liturgia del Camino, en 2005 y 2012, porque las celebraciones se habían apartado del rito. Pleitos con párrocos y obispos en España. Y la respuesta del Camino, casi siempre la misma: resistencia, apelación directa a Roma, descalificación del obispo local.
Decir que la Iglesia ha corregido "a veces" describe un deseo, no lo que ha pasado. Y presentarlo como hecho cumplido es blanquear sesenta años de fricción que están en los archivos.
"Si empezáis a juzgarnos todo se destruye, si juzgáis a vuestros catequistas se acaba el Camino" Kiko Argüello
6. Lo que la propia homilía hace mientras habla
El discurso no necesita mala intención para producir efectos discutibles. Basta con que el lenguaje pastoral, sin medidas concretas detrás, opere como lubricante de las dinámicas que dice corregir. Y aquí pasa varias veces.
I. La alabanza como vínculo. Cuando el cardenal agradece y habla de "gestos de santidad entre vosotros", el efecto en el oyente del Camino es inmediato: gratitud, pertenencia, lealtad reforzada. La duda interna queda emocionalmente descolocada antes incluso de poder formularse. Si el cardenal nos bendice, ¿quién soy yo para dudar?
II. La obediencia presentada como colaboración. "Ayudadme como obispo en esta tarea…". No es una invitación entre iguales, es una llamada a alinearse bajo la autoridad. La cadena queda intacta: Dios, obispo, catequistas, hermano. La conciencia individual aparece nombrada en el texto, pero en la práctica se la sitúa como ejecutora de algo ya decidido más arriba.
III. La misericordia como cierre de la crítica. Esta es seguramente la pieza más eficaz del discurso:
«Frente a la tentación de juzgar a quienes piensan o viven la fe de manera distinta, estamos llamados a recordar que la misericordia es el fundamento.»
Cualquier denuncia de abusos, asimetrías o disfunciones puede recolocarse de inmediato como "juicio" o "dureza de corazón". El que señala el problema se vuelve sospechoso de sí mismo. Es el mecanismo por el que tantas víctimas, en grupos de este tipo, terminan callando: hablar pasa a ser pecado del que habla.
IV. Salir al mundo sin tocar el grupo."Duc in altum", abandonar la orilla segura, no tener miedo al mar abierto. Suena audaz, pero la orilla que hay que dejar es la comodidad personal del miembro, nunca la estructura. Se manda a la base hacia fuera —misión, evangelización, familias en misión— mientras se mantiene intocable lo de dentro. Mucha actividad exterior, cero crítica interior.
V. El fracaso reinterpretado como mérito."Nuestro premio no son los números". Suena evangélico, y en otro contexto lo sería. Aquí cumple otra función: desactivar cualquier dato negativo. Abandonos, denuncias, salidas traumáticas, vocaciones rotas en los seminarios Redemptoris Mater, crisis familiares por abandono de familias en misión, explusión arbitraria de personas y familias enteras con niños (Leer testimonio)... Todo eso puede leerse como signo de fidelidad a la cruz. Si duele, será que vamos bien. Y un sistema en el que el sufrimiento confirma el acierto es un sistema imposible de cuestionar desde dentro.
La contradicción de fondo
Y, mientras dice esas cosas, el propio discurso refuerza lo que dice corregir. La alabanza institucional cohesiona. La llamada a colaborar con el obispo consolida la jerarquía interna. La misericordia funciona como tapón frente a la crítica. La oposición entre lo espiritual y lo mundano deja al grupo fuera del alcance de cualquier verificación externa. La lógica sacrificial transforma cada problema en señal de pureza. No hace falta suponer mala fe en el cardenal: basta con que el lenguaje pastoral, sin medidas concretas de transparencia, reparación y reforma, esté haciendo el trabajo de blindaje en lugar del trabajo de cuidado.
La incoherencia última, la que se ve cuando se aparta uno un poco del texto, es esta: se invoca a la Trinidad como comunión de amor mientras se bendice una estructura diseñada por escrito para el control vertical y la fidelidad perpetua a los iniciadores.
Si la jerarquía conoce los problemas —y las advertencias intercaladas demuestran que los conoce—, ¿por qué la respuesta institucional se reduce a frases generales en clave de fiesta, en lugar de investigación, reforma de Estatutos y atención a las víctimas? Esa pregunta, que el discurso evita, es la medida real de su honestidad.
“¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!… Coméis la grasa, os vestís con la lana… pero no apacentáis al rebaño. No fortalecéis a la débil, no curáis a la enferma, no buscáis a la perdida.” Ez 34, 2-4.
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