La Inquisición invisible: Cómo la Iglesia sigue devorando conciencias
El recurso más eficaz que emplean las sectas y tantos movimientos dentro de la Iglesia para manipular conciencias, como denuncié en su día, nace siempre la misma raíz: la idea de que solo la Iglesia «inspirada» posee la verdad cuando se trata de interpretar el Evangelio, la fe y la el grado de moralidad de la vida de los fieles. Esta idea estuvo detrás de todos y cada uno de los actos de manipulación que sufrí en mis 20 años de pertenencia al Camino Neocatecumenal. Una idea de la que se apropiaron mis "queridos" catequistas y a la que le confiere autoridad la misma Iglesia que la respalda con el solo hecho de mantenerla, no solo vigente, sino como uno de los pilares del catolicismo, especialmente en España.
No bastan la doctrina, los ritos ni dos mil años de historia. Debemos comprobar los efectos reales que la acción de la Iglesia produce en la vida de la gente. Y hoy los frutos muestran que algo profundo está enfermo. El árbol que debería dar vida está produciendo frutos amargos. Y lo más grave es la hipocresía de quienes se aferran a la doctrina como palabra de Dios para los demás, mientras esconden vidas que contradicen lo que predican a gritos.
Muchos sacerdotes, obispos y cardenales defienden una doctrina rígida (celibato obligatorio, condena del deseo homosexual, rechazo al divorcio, etc.) mientras mantienen en secreto relaciones afectivas o sexuales. Yo creo que permitir que los sacerdotes puedan casarse no haría más que normalizar una realidad que ya estamos viviendo.
Muchos sacerdotes, obispos y cardenales defienden una doctrina rígida (celibato obligatorio, condena del deseo homosexual, rechazo al divorcio, etc.) mientras mantienen en secreto relaciones afectivas o sexuales, tanto heterosexuales como homosexuales. El problema no son esas relaciones, sino que el sistema las fuerza a la clandestinidad. El resultado es una pérdida absoluta de autoridad moral que se convierte en escándalo cada vez que la verdad sale a la luz.
Yo creo que permitir que los sacerdotes puedan casarse no haría más que normalizar una realidad que ya estamos viviendo, aunque —eso sí— en secreto, como le gusta a la Iglesia Institución. Da la impresión de que lo que ocurre en secreto, aunque sean secretos a voces, en realidad no ocurre.
Lo más doloroso es el abuso de menores. No son casos aislados, sino un fenómeno masivo, encubierto sistemáticamente durante décadas. Informes oficiales (Francia, Irlanda, Australia, Chile, Estados Unidos) hablan de decenas de miles de víctimas. El sistema antepuso la protección de la institución y la reputación del clero a la justicia y la sanación de los más débiles. El resultado: infancias destruidas, familias rotas, suicidios y, de nuevo, una pérdida de confianza irreparable en la moralidad de la jerarquía católica.
Durante siglos, se ha ejercido un control de conciencias a través de confesiones invasivas, culpabilización extrema por actos naturales (masturbación, deseo sexual, dudas de fe), amenazas explícitas o veladas del infierno y rechazo comunitario a quienes no encajan
Menos visibles que los abusos físicos, pero igualmente devastadores son los psicológicos. Durante siglos, se ha ejercido un control de conciencias a través de confesiones invasivas, culpabilización extrema por actos naturales (masturbación, deseo sexual, dudas de fe), amenazas explícitas o veladas del infierno y rechazo comunitario a quienes no encajan (divorciados vueltos a casar, personas LGTBI+, madres solteras, disidentes teológicos). Estos abusos los cometen tanto clérigos como laicos que se limitan a repetir lo aprendido. El resultado: personas con heridas psicológicas profundas, escrupulosidad patológica, abandono de la fe y, en muchos casos, ateísmo como reacción al horror vivido.
El catolicismo oficial se presenta como abierto al Espíritu Santo, pero bloquea cualquier novedad que cuestione su estructura de poder. Las mujeres sacerdotes se descartan sin permitir un debate serio, aunque existan argumentos históricos y teológicos para hablarlo. Los sacerdotes casados se tratan como una anomalía, cuando en los ritos orientales católicos —en plena comunión con Roma— es algo normal. Con la cuestión LGTBI+ ocurre lo mismo: se repite la palabra “respeto”, pero en la práctica se mantiene la exclusión y se pide una castidad que no se exige a nadie más. Y con los laicos, lo de siempre: se les invita a participar, a dar su opinión pero quedan excluidos de la toma de decisiones, por lo que nada cambia. El resultado: una iglesia más preocupada por las formas y por mantener el poder que por seguir a Jesucristo.
En cuanto al tema del dinero, el sistema predica la pobreza evangélica, pero mantiene una inmensa fortuna, con un poder económico que no se parece en nada al de Jesucristo. Sostiene una estructura financiera opaca y una gestión patrimonial que tampoco tiene que ver con la Iglesia que Jesús instituyó.
También hay frutos buenos, por supuesto. Pero si los frutos podridos no se reconocen, no se confiesan públicamente, no se reparan las estructuras que los producen y no se pide perdón sin excusas, entonces la frase «por sus frutos los conoceréis» se convierte en sentencia. Y cada día más personas —dentro y fuera de la Iglesia— están haciendo su propio balance.
Lo bueno de creer en el Dios de Jesús es que seguirá amándonos y cuidándonos aunque la Iglesia desaparezca. Es el propio Espíritu Santo quien sopla en esta dirección: una vez agotado todo intento por sanar lo que está enfermo, lo mejor es dejar que se derrumbe, para poder construir de nuevo sobre las ruinas.
Lo bueno de creer en el Dios de Jesús es que seguirá amándonos y cuidándonos aunque la Iglesia desaparezca. Al final, los únicos que tienen algo —o mucho— que perder son precisamente quienes bloquean todo intento de reforma para mantener su estatus. Al resto, cansados y agotados ya de esforzarnos por ayudar y sostener lo que se está derrumbando, creo que nos está empezando a dar igual. Es más, tengo la impresión de que es el propio Espíritu Santo quien sopla en esta dirección: una vez agotado todo intento por sanar lo que está enfermo, lo mejor es dejar que se derrumbe, para poder construir de nuevo sobre las ruinas.
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