En estos días y en este mes en que celebramos a las mamás, quiero contemplar con ustedes, y con mucha pascua, a las Madres de la Candelaria, esas mujeres de aquí de Medellín, y con ellas tantos otros grupos de Antioquia y de toda Colombia, que buscan a sus seres queridos desaparecidos. Muchas veces, al visitarlas, las veo haciendo sus artesanías, y entre estas las “muñecas abrazadoras”.
Esas muñecas de trapos, como ellas mismas me lo explicaron, son algo más que un producto de su taller de costureras...se me vuelven teología, ellas y las que las hacen me muestran a Dios, a Dios que es mamá.
Esta semana, 26 y 27 de abril, en Ocaña, tuvo lugar una audiencia de la Jurisdicción Especial para la Paz y lo que allí se dijo dejó estremecida a la Colombia sensible. 9 militares y un civil que colaboraba con ellos confesaron crímenes de lesa humanidad.
Víctima es la palabra que usamos para designar lo que se sacrifica en un altar, lo que se le ofrece a un ídolo. Sólo los ídolos piden víctimas, Dios que es padre, no las quiere y no quiere la sangre de nadie; Si hay víctimas en Colombia es que hay ídolos puestos sobre nuestros altares.
Todo esto de los “falsos positivos” es para los creyentes, para los que seguimos a Jesús, no sólo un problema de política, sino sobre todo un problema de fe; no es un problema de los militares, sobre los que cae una tremenda responsabilidad, es un problema de todos los que hemos adorado este ídolo con la indiferencia...
Al recibir hoy la noticia de la muerte de doña Fabiola Lalinde, una mujer de fe, símbolo de la búsqueda de los desaparecidos, de resistencia y de la dignidad de las víctimas, les propongo de nuevo este artículo que ya había compartido hace un buen tiempo.
En los últimos tiempos hemos estado oyendo noticias sobre bautismos nulos, sobre todo en los Estados Unidos, y esto porque algunos ministros han cambiado, “creativamente”, la fórmula del rito.
En cada caso, se desata sin falta un efecto dominó...
La realidad que extraño en estas historias de hoy, y en la forma como administramos el bautismo en la actualidad, es la mistagogia, ese arte de la Iglesia para introducir en el misterio, en el amor de Dios, a los que se acercaban a la comunidad de los cristianos...
La historia que les cuento en estos párrafos de hoy es vieja, sucedió a finales de los años 90, aunque la acabo de escuchar de labios de Teresita Gaviria, la misma señora que con su lucha y tesón dio origen a las madres de la Candelaria.
Y fue en el metro de Medellín, que por esos tiempos se estrenaba, donde las madres de la Candelaria, experimentaron rechazo y exclusión...
Tengo que decir que un metro así limpio no lo quiero; enorgullecernos de una cultura que desecha seres humanos nos quita dignidad a todos.
Y esto que pasó en el metro es apenas un iceberg de lo que pasa en Antioquia y en toda Colombia, un departamento y un país, donde se habla de “limpieza social” y las personas se clasifican como se clasifica la basura y después de asesinarlas se botan a los basureros.
Visité al padre Federico Carrasquilla en su casa en Medellín, en el barrio La Camila, y encontrarme con él fue encontrar un discípulo de Jesús.
Nunca, como en este caso, había visto un sagrario que fuera a la vez biografía del que se acerca a él para adorar, es que este sacerdote de Jesús ha vivido siempre en la olla con su maestro, en los barrios populares, en los márgenes.
Estamos en Colombia en plena contienda electoral y no han faltado estos días, en las homilías y en los avisos parroquiales, los llamados a votar por candidatos de fe católica y a descartar a los que se profesan ateos o agnósticos. Quiero reflexionar sobre este llamado, esta especie de cruzada política, a veces tan común en nuestros templos y en los grupos eclesiales.
El llamado a votar sólo por católicos y a descartar a los que se profesan agnósticos o ateos no tiene asidero en el Evangelio.
Hay gobernantes y políticos que hablan de Dios y que predican...De ese Dios del que ellos hablan nosotros los cristianos somos ateos, como fuimos ateos en los tiempos del imperio romano y por eso fuimos perseguidos y asesinados.
La conclusión es que el deseo de muchos cristianos, exhortados por algunos jerarcas, de ir a las elecciones a votar lo católico y por los católicos, no es otra cosa que nostalgia de paganismo, un olvido de Jesús.
En la política de Dios los votos no son para él, son para reconocer la autoridad de los que sufren.
Su memoria sigue siendo un desafío para la Iglesia.
Gerardo se llamó a sí mismo, así firmaba sus cartas y sus documentos, hermano, el hermano Gerardo.
Un obispo que se dejó tocar por el Vaticano II y por Medellín, o mejor, que dejó soplar al Espíritu Santo.
Y después de llamarse hermano y dejarse llamar así, el obispo Gerardo, pasaba a los hechos.
Cuentan los que lo conocieron que se llegó a quitar la camisa y la dio a uno que se encontró en la calle: como Cristo en la cruz, allí en el clímax de su sacerdocio, llegó a tener como único distintivo la piel desnuda y sin añadidos.
Es curioso que estas cosas, tan propias de Jesús, llamarse hermano y vivir la fraternidad, que leemos todos los días en los evangelios, hayan causado escándalo y sigan causándolo en nuestra Iglesia.
Hace más de un año, julio 9 de 2020, en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, el presidente Iván Duque Márquez difundió en Twitter sus sentimientos religiosos y su devoción a la Virgen.
En estos últimos días, el mandatario hizo otro comentario sobre Luis Alfredo Garavito, un hombre sobre el que pesan terribles crímenes y ya condenado, y se refirió a él como "bestia" y "rata apestosa".
Esperaría que la Iglesia, así como en su momento defendió la manifestación pública de la fe de su feligrés de la Casa de Nariño y que para hacerlo habló del lienzo precioso de Chiquinquirá, ahora saliera al paso y le hablara a este de la imagen indeleble de Dios en todo ser humano, también en Garavito.
El lienzo precioso de Nuestra Señora de Chiquinquirá es nada comparado con la imagen de Dios en Luis Alfredo Garavito.
Hace ya un siglo, el padre Ezequiel Pérez, entonces párroco de Jardín, cambió nombre a uno de los territorios ocupados por el pueblo Emberá Chamí, y así lo que antes se llamaba Karmata Rúa, Tierra de la Pringamoza, pasó a llamarse Cristianía.
En los últimos años, después de reflexión y desde una recobrada consciencia de su identidad, los habitantes de ese lugar han decidido recuperar su nombre y llamar a su territorio como lo hicieron sus ancestros.
Todos los nombres, así no hayan sido dados por cristianos, dicen Cristo y dan pistas para intuir a Dios..
Sí, el pueblo Emberá Chamí quiere seguir siendo cristiano y, al mismo tiempo, llamar uno de sus territorios Karmata Rúa.
Hace poco leí “La Sombra de Orión” de Pablo Montoya, una novela linda y dura que nos hace caminar por los barrios y entrar en las casas y hablar con la gente de la Comuna 13 de Medellín en los tiempos en que la fuerza pública se unió a grupos al margen de la ley para señalar y asesinar a muchos de los nuestros, especialmente jóvenes.
Como cristiano y como sacerdote, no pude leer este párrafo de la novela sin pensar en el canon de la misa y sin sentir en la voz de Machuca la misma voz de Cristo: “Este es mi cuerpo”.
En Machuca y en todas esas víctimas que nombra el autor, veo a Cristo buscando su carne en esos cuerpos masacrados y botados en el basurero; buscando su cuerpo para completar su misa.
He aquí el rito sagrado para todos: ir al altar de las calles y elevar esos cuerpos ninguneados, palpar la pascua en sus cicatrices, pronunciar sobre ellos las palabras de consagración, reconocer a Cristo y adorar en ellos a Dios.
Una de estas tardes en Medellín tuve la oportunidad de visitar a Lolita Londoño, ella estaba en su casa que es además taller de costura y almacén; sus relatos, de un dolor que se va volviendo alegría, siguen resonando a mis oídos como buena noticia y aquí se los comparto.
El perdón, como una flor, se fue abriendo despacito y sin que nadie lo forzara.
Lolita además decidió adoptar a tres de los antiguos victimarios y así recuperar en ellos a sus hijos perdidos.
Lolita se parece a Dios porque, así como Él, ella también da vida incluso a los que dieron muerte a sus hijos.
Qué bueno que la Iglesia, así como Lolita, fuera en el mundo como el útero de Dios y guardara a todos en su intimidad sin moralismos ni prejuicios...
Cuenta el primer libro de Samuel que el rey Saúl tenía muchos miedos de perder el poder y andaba ansioso y muy estresado; para aliviarlo de estos males alguno de sus funcionarios le aconsejó que se trajera a su palacio al joven David que tenía fama de sonar el arpa y cantar bien. Sin embargo, las melodías del muchacho no le entretenían más y más bien alborotaban sus miedos, su ansiedad, su estrés y sus demonios.
La historia de David se repitió en Colombia, el pasado domingo, 13 de junio; el poder, no sé sabe todavía si el poder legal o el ilegal, porque aquí en este país hay de los dos y no raramente son cómplices y se mezclan, se fastidió con la música de Junior Jein, un cantante del pueblo negro.
Este país, es doloroso escribirlo, parece no resistir el arte, nunca ha oído lo que un día apuntó Dostoievski y es que la belleza salvará el mundo.
Saúl no pudo callar la música de David, los poderes de aquí tampoco la de Junior Jein. La belleza es lo más revolucionario y esto porque nadie la puede matar.
Hace apenas unos días, en la Fundación Aulas de Paz, en Medellín, me encontré con Oscar, uno que en el pasado se hundió en la guerra y que, según el mismo, causó mucho dolor y mucha muerte. Les quiero hablar de él y esto porque en su historia puedo intuir cómo nos mira Dios.
La mirada de Dios no hace cuentas del pasado y se ahonda en el presente y lo que somos; nunca nos estrecha en nuestros límites, siempre nos posibilita en su amor; a sus ojos, todos, hasta los más caídos y tocando fondo de mal, podemos recomenzar.
Quiero recordar en esta nota al sacerdote Héctor Gallego, asesinado y desaparecido hace 50 años, un día como hoy, 9 de junio de 1971.
nacido en Salgar-Antioquia, se formó como sacerdote en el Seminario Mayor de Medellín, se fue como misionero, ya antes de su ordenación.
Era el año de 1967 y, después del Vaticano II, había inquietud en la Iglesia latinoamericana y se preparaba la Conferencia de Medellín, la de la opción por los pobres.
La policía lo sacó de su casa, se lo llevaron en un jeep, lo torturaron y lo expulsaron de la tierra de los vivos, nunca más apareció. Eran los tiempos del régimen de Omar Torrijos y Manuel Antonio Noriega era el encargado de la Guardia Nacional.
Sospecho que, debido a un déficit de Espíritu Santo, nuestra Iglesia colombiana, la parroquia de Salgar donde nació, el Seminario de Medellín donde se formó sacerdote, no puedan en esta fecha recordar.
Ana, Antonio y sus niños, eran una familia de pescadores, vivían a orillas del río Cauca, allá por Peñalisa, y hoy, día de la Trinidad, los estoy recordando de modo especial. Es que de ellos aprendí mucho sobre Dios y su misterio, esto de dar y recibir, esto del Espíritu Santo.
Ha sido una semana de marchas y de paro. Muchos nos fuimos a las calles a protestar y a decir que, aunque hayan retirado la reforma tributaria, las cosas en Colombia están mal.
Cuando me sumergí en la multitud que hacía su plantón en el parque y después cuando me dejé llevar en las calles por el río de gente, me supe celebrando con toda esa multitud un rito sagrado.
Ese plantón y esas protestas eran una misa y allí el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo de la gente, eran los sufrimientos de este pueblo crucificado en la pobreza.
Era un misterio que una manifestación que reventaba de tanto dolor llegara a ser tan gozosa y que propiciara una fiesta de vida.
Y la multitud anónima se hizo familia, la diversidad de los manifestantes se fundió en un abrazo.
Esta semana ha sido agitada en nuestro país: la gente, aun sabiendo de los riesgos de la pandemia, se botó a las calles a protestar. Es verdad que ahora que los hospitales están a tope y que no hay UCI disponibles, salir en masa es un riesgo enorme, pero es que el pueblo es sabio y se da cuenta de que hay en las políticas del gobierno cosas más peligrosas y letales que el virus Covid-19.
En esta misma semana viví una experiencia que me hace también gritar ¡no se puede!, se las cuento aquí.
¡No se puede! gritábamos esta semana los colombianos y ¡no se puede! escribo aquí en este texto; sí, no nos podemos resignar a un sistema, no sólo de salud, sino de todos los servicios esenciales, que deja excluidos a los que no tienen dinero y que “ningunea” a los pobres.