Jueves Santo. Amaos unos a otros… ayudaos unos a otros, sed compasivos, cargad juntos con el sufrimiento…
Simón de Cirene descubrió a la fuerza que ayudar a otro a llevar su cruz no solo alivia al que sufre, sino que transforma a quien ayuda. Fue el primero en compartir el destino de Jesús.
Estos relatos nacen del silencio que vivimos mi mujer y yo en el Monasterio de Valvanera: cinco meses de oración, trabajo y escucha, viviendo en nuestra camper en el aparcamiento del Monasterio. (leer artículo). Allí, pudimos profundizar en la Pasión de Jesús de una manera muy especial.
La Pasión y la Resurrección son el corazón de nuestra fe. No sabemos cómo sucedió cada detalle, pero sí podemos ponernos en la piel de quienes estuvieron allí: mirar con sus ojos, sentir su miedo, su desconcierto, su amor… y dejar que esa experiencia nos enseñe nuevas formas de amar a Dios y al prójimo.
Los eruditos y los teólogos buscan las palabras exactas, la formulación precisa, la fuente original. Y es un trabajo necesario. Pero mi mujer y yo descubrimos que, más allá de las palabras, hay algo que nadie puede manipular ni falsear: la experiencia humana. Esta permanece intacta a través de los siglos, porque al final todos somos lo mismo: seres humanos con las mismas penas, los mismos anhelos, los mismos temores y la misma capacidad de amar.
Estos relatos no pretenden reconstruir la historia, sino asomarse a la verdad humana que late en ella. Y esa verdad, aunque hayan pasado dos mil años, sigue siendo reconocible. Sigue siendo de todos nosotros.
Ya publicamos El buen ladrón, Judas y Barrabás. Seguiremos acercándonos, personaje a personaje, a este misterio que sigue transformando a quien se deja tocar. Hoy es el turno del buen Simón.