Poemas de nube y Dios 1. "NUBE EN LA MANO" (Salinas)

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
30 jun 2010 - 11:18

En dos o tres entregas presentaremos poemas de nube y su relación con la trascendencia. El invitado de hoy a nuestro círculo de amigos es Pedro Salinas (Madrid 27 de noviembre de 1891-Boston 4 de diciembre de 1951). Como habéis descubierto, el próximo viernes se celebra el aniversario del natalicio del poeta madrileño. Nuestro homenaje de hoy ofrece el texto completo de un original poema, "Nube en la mano", integrado en el póstumo libro "Confianza" (dado a conocer en 1954).

El poema "Confianza", que da nombre a todo el libro, se ha interpretado como síntesis de su obra y remansado epílogo y testamento. En palabras de Raimundo Lida, se trata de "una última profesión de fe, de confianza, un último sí". Señala Díez de Revenga que "la aventura hacia lo absoluto" que era la poesía de 1932 para Pedro Salinas, tiene en este y otros poemas últimos su realidad y su encarnación.

EN ALGÚN JARDÍN ESPERAN A QUE LLUEVA AGUA DE MAYO

Decepcionado del desarrollo tecnológico que con tanto entusiasmo había cantado (cinematógrafo, radiador, bombilla, máquina de escribir...), y que se había desviado del auténtico progreso, hacia la destrucción total (impresionante el extenso poema "Cero" sobre la bomba atómica), vuelve el corazón Pedro Salinas hacia la sagrada naturaleza, intentando descubrir en ella cierto sabor de eternidad. Así, en "Ésta" (¡Cuánto olor en esta rosa!), se pregunta: "¿Marchitos / tantos pétalos pasados? / ¿Muertos? / Nunca muertos. Vivos / ante mis ojos, en esta / rosa que va, con divino / paso, del alba a la noche..."

En el presente poema la nube, inteligente, de buen corazón, no como el piloto asesino que lanzó sobre Hirosima su vómito de muerte, navega, cigüeña con nueva vida en el pico, y va soñando el útil destino de su misión: un jardín, una rosa...

NUBE EN LA MANO

Se siente una lluvia cerca.

A esa nube gris, plomiza,

que por su altura navega,

tan sin prisa soñadora,

se le puede ver el rumbo:

es un jardín;

el sueño se le descifra:

es una rosa.

¡Qué aparente lo marmóreo,

qué indecisa su firmeza!

Su tenue ser vaporoso

con encarnaciones sueña

vislumbradas,

desde arriba, aquí, en la tierra.

Con tiernas formas intactas

que, invisibles todavía,

aún no abiertas,

puras vísperas de flor,

en algún jardín esperan

a que llueva agua de mayo,

a que llueva.

MÁS CELESTE QUE TERRENO

No sobre Hirosima o Nagasaki, sobre cualquier ciudad va descargando la nube su bendito regalo. Atisba el espacio verde de un jardín y acerca a los parterres el fecundo beso de sus gotas de lluvia. En tierra, "la vieja alquimia prepara / su divino arte secreto..." El sueño de encarnación de la silenciosa navegante se realiza relajadamente: "Lento se empapa el jardín / de lo que antes era cielo."

Llueve ya.

La nube inicia su tránsito

por el aire, y la ciudad

se trastorna, cuando llega.

En los llanos del asfalto

luminosa brota yerba

repentina, son reflejos.

Los suelos todos se pueblan

de radiante césped trémulo,

y en la insólita pradera

saltan las ancas brillantes

de las más extrañas bestias,

todas de curvos colores,

que pastan las luces frescas.

Agua de mayo, lloviendo

la nube está.

¿Y ha de quedar todo en eso?

¿Acaba así tanta altura,

en paraguas callejeros?

No. En su oficina, un vergel,

la vieja alquimia prepara

su divino arte secreto.

Esperan botón, capullo,

algo,

aunque de la tierra venga,

más celeste que terreno.

Lento, se empapa el jardín

de lo que antes era cielo.

TALLO ARRIBA, LA NUBE GRIS VA SUBIENDO...

Llegó la nube a su destino final: ser pétalo, ser capullo. Ser rosa, "tan señora de su ritmo / de sin pereza y sin prisa, / tan sin miedo a su destino / de ser breve, que se encuentra / su grandeza allí: en lo mínimo."

Muy despacio, tallo arriba

la nube gris va subiendo.

Su gris se le torna rosa,

lo fosco se vuelve tierno.

Perfecciones que soñara,

errabunda, por los cielos,

la nube se las realiza

en el capullo que ha abierto.

Y aquella deriva lenta,

por los anchos firmamentos,

en suave puerto termina:

en la calma de unos pétalos.

FELIZ ELLA Y FELIZ YO, QUE LA TENGO

Sostiene el poeta en sus manos la rosa, que aún le huele a nube, que ya le pesa levemente. Feliz la nube transmutada en infinita rosa. Feliz el poeta que aspira su fragancia y sueña en las mil rosas de miles "de vergeles escondidos / -Sevillas o Babilonias, / Versalles, quizá, o Egiptos- / en los pensiles del tiempo..."

¿Quién de menos la echaría,

quién va a decir que se ha muerto,

si en el azul absoluto

falta su bulto sereno?

Está aquí, que yo lo siento,

olor de nube, en la flor,

celeste, en tierra, resuello.

Y si ayer vapor la vi,

en mi mano está su peso,

ahora, leve; y sus celajes

en carmines los poseo.

Feliz la nube de mayo,

que en esta o aquella rosa

cumple su sino perfecto.

Feliz ella y feliz yo,

que la tengo.

POEMAS DE NUBE Y DIOS

1. “NUBE EN LA MANO”, de Pedro Salinas

2. ¿QUÉ HACES MIRANDO A LAS NUBES, JOSÉ HIERRO?

EN LA ASCENSIÓN, de Fray Luis de León

LAS NUBES, de José Hierro

SE HAN LLEVADO DE CLASE EL CRUCIFIJO, de Nicolás de la Carrera

3. NUBES, ÁNGELES, HOMBRES...

LAS NUBES, de Carlos Sahagún

EN EL AIRE, de Leopoldo de Luis

COMO AQUELLA NUBE BLANCA, de León Felipe

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