El ayuno compasivo nos saca de la burbuja espiritual y nos introduce en la historia. Nos impulsa a mirar el mundo no desde la comodidad del devoto satisfecho, sino desde la vulnerabilidad del prójimo. Ayunar no es solo dejar de comer, sino aprender lo que significa no poder comer; es una experiencia encarnada: para sentir el hambre que otros no eligen y desmontar la ilusión de autosuficiencia.
El ayuno de Jesús no es solo pasar hambre, sino también un rechazo del mesianismo del poder y un compromiso con los marginados, los hambrientos y los desposeídos. Su ayuno es una escuela de compasión.
La ceniza no habla solo de la fragilidad biológica de nuestra corta vida terrena, sino también del destino de una existencia sin otros. Ceniza es el infierno sin prójimo, la pasión inútil de una vida sin amor. Es el destino de la soberbia, de los imperios de pies de barro, de las torres de Babel tecnocráticas y de las religiones convertidas en casta.
Pero también es signo de esperanza. Porque las Bienaventuranzas proclaman la dignidad de quienes han sido hechos polvo por este mundo. Porque Cristo ha vencido la muerte y ha transformado el fracaso en promesa.
La fe siempre es una herida abierta por donde penetra la Gracia (Péguy) y la inmigración es la herida por la que nuestras sociedades pueden ser redimidas… "a los que lo recibieron, les dio el don de llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12)
La Iglesia asume hoy la defensa del inmigrante, pero paradójicamente muchos católicos abrazan discursos xenófobos creyéndose ortodoxos y patriotas. Esto evidencia una deficiente catequesis que durante siglos sacralizó la exclusión —Inquisición, expulsiones, colonialismo—, formando una mentalidad excluyente y de odio.
El auge de los clubes privados y el persistente elitismo intraeclesial son dos rostros de una misma tentación autorreferencial: buscar seguridad cerrando puertas. Frente a ello, el Evangelio propone una alternativa arriesgada: la mesa compartida con los últimos, la palabra que circula y la verdad que se discierne en común, sinodalmente...El acceso a Dios no pasa por la pertenencia a una élite intelectual, mística o moral, sino por la humilde apertura a los “pequeños”
En Davos, donde los nuevos arquitectos del futuro levantan torres de datos y algoritmos, el paradigma tecnocrático denunciado por el papa Francisco revela su idolatría: un progreso que, como Babel, pretende tocar el cielo y termina sacrificando a los pobres y a la tierra...La esperanza cristiana no consiste en demonizar la tecnología ni en idealizar un pasado sin técnica, sino en reorientar el poder hacia el cuidado de la vida.
¿con qué autoridad moral puede la Iglesia hablar sobre la democracia cuando ella misma ha tardado casi dos mil años en comenzar a recuperar formas reales de participación y corresponsabilidad eclesial? Pero la Iglesia puede y debe hablar de democracia, aunque no como quien enseña desde la perfección, sino como quien camina desde la conversión, como Pueblo de Dios que acoge, sirve y samaritanea. De este modo, puede aportar a la democracia aquello que aún no vive plenamente: una pedagogía de convivencia que confiesa humildemente como horizonte evangélico.
No basta recordar cuál es el contenido central de la fe si no se examina el lugar existencial, social y eclesial desde el cual se lo anuncia...No es solo lo que se dice, sino cómo y desde dónde se dice, lo que transforma la experiencia humana... Cuando el cristiano y la Iglesia adoptan como "medio" el camino, la mesa y la cruz, su existencia misma se vuelve anuncio.
Las reacciones indignadas ante invasiones y dictaduras suelen ocultar una violencia más profunda: un orden económico global que vacía la soberanía y vuelve ficticia la democracia. Sin condiciones materiales dignas —pan, salud, techo, trabajo, educación—, la democracia se degrada y prepara el terreno para autoritarismos, migraciones forzadas y conflictos permanentes.
La Doctrina Social y el papa Francisco denuncian que no hay democracia sin justicia social ni soberanía sin justicia económica internacional. Mientras el Norte viva explotando al Sur, las soberanías serán formales y las democracias frágiles. Solo una política justa y solidaria entre pueblos puede convertir la democracia en pan compartido y esperanza real.
Los Reyes Magos eligieron otro camino; no fueron cómplices de Herodes. Hoy también reorientan nuestras ofrendas al Niño Dios: el oro de la economía hacia el desarrollo integral y la justicia social; el incienso para narrativas de encuentro; la mirra para el cuidado hacia las víctimas del sistema y hacia una ecología integral que sane la casa común
Seguir esa estrella hoy es arriesgado, periférico, contracultural. Pero es el único camino que conduce a una paz verdadera, reconociendo al Otro en los Pesebres del mundo, encarnando resistencia profética y desobediencias desarmantes, reorientando ofrendas y tejiendo comunidades de “otro camino”, el de Belén.
Sin Novedad no hay Año Nuevo: cuando el tiempo no se abre al Kairós de Dios, la historia se repite en injusticias maquilladas y la fe se vuelve ideología. Y la novedad es esta: Dios sigue naciendo allí donde alguien se atreve a creer, como María, que las promesas se cumplirán, que su Hijo trae resurrección, misericordia y justicia. Esa fe no nos saca del mundo, pero lo vuelve habitable, lo transforma en Pueblo de Dios.
María, humilde mujer de pueblo, no se resigna a la repetición estéril de lo mismo porque su compasión la vuelve sensible al clamor del Dios de los pobres… Al acoger la Palabra, arriesga su vida y su futuro para dar a luz a Jesucristo, fuente de una esperanza desconocida. Su fe engendra una alegría que no huye del conflicto, sino que inaugura liberación y dignidad para los humildes.
“Una fe que no incomoda al poder ha dejado de ser cristiana” . María incomoda porque revela que Dios actúa sin pedir permiso a los guardianes del palacio y de lo sagrado, aunque las castas del templo pretendan sacarla del Pueblo y hacerla una sumisa estatua de devoción, melodías bobas y milagros mágicos. Por eso su figura sigue siendo subversiva: recuerda que ninguna estructura legal o institucional puede sustituir la fidelidad al Evangelio, la Buena Novedad.
La Navidad irrumpe como don irreductible: no se deduce de la historia ni confirma sus lógicas de poder. Dios nace en la fragilidad de un niño, descolocando religiones, ideologías y mesianismos. No es nostalgia piadosa ni moralina farisaica, sino novedad viva que cuestiona, discierne y humaniza toda realidad que intenta apropiársela.
Esta novedad no se domestica, pero se encarna. La Navidad ilumina sin aplastar, criba sin destruir y se vuelve criterio profético: ¿humanizar o deshumanizar? Allí donde la fe produce miedo, exclusión o superioridad moral, el pesebre se vacía. Dios no madura en sistemas cerrados, sino en procesos históricos de misericordia, justicia y cuidado del vulnerable.
La Navidad no angeliza: humaniza. Dios no huye de la carne ni de la historia; las habita. Frente a sectarismos y fronteras sagradas, inaugura fraternidad sin excluidos. Se identifica con el niño, el pobre, el descartado, y así revela una salvación que no condena, sino que misericordea, abriendo una esperanza siempre incómoda y fecunda.
En Navidad Dios comienza la salvación “desde abajo”. Es su Plan bíblico. Es resistido por las estructuras humanas religiosas o no, que siempre quieren evangelizar o cambiar el mundo “desde arriba”, y desde allí elaborar “cánones”, dar disciplinas, órdenes, corregir, etc., sin compartir ni tener interés real por la vida de los de abajo.
Del pesebre surge una tarea: encarnar la misma kénosis solidaria. Esto significa “bajar” y ensuciarse las manos con la realidad del hermano sufriente (Evangelii Gaudium). Significa desconfiar de toda pretensión de superioridad –moral, intelectual o espiritual– y reproducir la humildad del Niño Dios. Significa desafiar las injusticias y construir comunidades de fraternidad tangibles donde, como en Belén, nadie sea excluido y todos seamos servidores.
La Navidad no se vende, pero los poderosos saben que el marketing requiere una pata religiosa. Por eso acuden a iglesias y clericalismos que silencian su doctrina social a cambio de privilegios. Pasa con los populismos retrógrados y tantos otros, en esta época en que algunos auguran “la vuelta de la religión”, aunque no especifican si es lo mejor o lo peor de ella.
La Navidad es más que el simbolismo piadoso burgués. Es esencialmente un escándalo teológico: el Dios trascendente traspasa su distancia de la humanidad. No se encarna para reforzar la asimetría entre lo divino y lo humano, sino para desactivarla desde dentro. "Una religión que necesita siervos no ha comprendido al Dios de Jesús".
En la Navidad Dios no se revela en la superioridad, sino en la vulnerabilidad compartida. “No se aferró a su igualdad con Dios, sino que se vació de sí mismo”. La kénosis no es una excepción momentánea; es la forma de ser de Dios. “Dios no es más divino cuanto más distante, sino cuanto más capaz de sufrir con el mundo” (Moltmann).
Jesús habla de amistad y subvierte la lógica de subordinación religiosa. No niega la trascendencia divina; la revela desde la igualdad ofrecida, no desde la dominación. La Navidad es la Gracia de una igualdad nueva que el “mundo” no conoce, fermento provocador de todas las desigualdades indignantes que permean las construcciones humanas.
La Navidad no es un paréntesis emocional. Es una revolución silenciosa que desarma todas las asimetrías: entre Dios y el ser humano, entre autoridad y servicio, entre lo sagrado y lo cotidiano. En el pesebre no hay tronos ni castas ni privilegios. Solo vulnerabilidad compartida.
La polarización contemporánea surge del colapso de relatos compartidos y el surgimiento de identidades cerradas que desprecian al diferente. La Navidad irrumpe como un desafío radical a estas lógicas: no es evasión religiosa, sino denuncia profética de todo poder que genere desigualdad y la exclusión. Frente a los muros ideológicos y culturales que polarizan, la Encarnación del Niño Dios propone un horizonte común fundado en la dignidad igual de todos.
En el pesebre, Dios desmantela las asimetrías humanas al asumir la fragilidad como lugar de revelación. La kenosis divina cuestiona todo poder que se justifica por la superioridad moral, social o religiosa. La Encarnación proclama que la verdadera grandeza es el servicio y que la comunión, no la competencia identitaria, es la respuesta cristiana a las polarizaciones que nacen de la desigualdad y el miedo al otro.
Como Pueblo de Dios, la Iglesia está llamada a ser puente y no muralla en un mundo dividido. Sin embargo, el clericalismo reproduce lógicas polarizantes al sacralizar su poder y bloquear la participación. La Navidad revela la incompatibilidad entre la Encarnación y toda estructura eclesial excluyente: donde no hay escucha ni hospitalidad, la comunión bautismal se erosiona y la fe se reduce a identidad defensiva.
La sinodalidad aparece así como práctica concreta de la Navidad en la Iglesia: caminar juntos, escuchar todas las voces y desmontar privilegios que contradicen el Evangelio. La Navidad es profecía de reconciliación porque desarma el odio organizado y abre un futuro de esperanza. Solo una Iglesia humilde, dialogante y compasiva puede ser levadura de unidad en sociedades fracturadas
Adviento es la Esperanza de un Mañana para quienes han sido sometidos a la noche de las opresiones, para las víctimas del mundo y de la Iglesia. Es una esperanza que no se limita a una promesa futura, sino que nos desafía a hacerla presente hoy, en cada gesto de solidaridad, en cada acción de justicia, en cada palabra de consuelo dirigida a los heridos.
La esperanza del Adviento se pone al lado de los sufrientes, desde la perspectiva de las víctimas como Jesús. Todo depende del lugar donde se vea, ésa es la objetividad cristiana que escandaliza a quienes están tan preocupados por el “relativismo” desde sus cómodas poltronas existenciales.
Adviento es más que poesía; tiene una dimensión social y política. Esperar al Mesías complica con la transformación del pecado corporativo de las estructuras injustas. La Iglesia debe ser levadura de liberación para que los excluidos sean acogidos en estructuras de Gracia. Es un llamado a la conversión subversiva, a construir el Reino de Dios desde los márgenes, no desde el supuesto centro de los que mandan.
El Adviento es tiempo de espera compasiva y profética. Confronta a los fabricantes de miedos —religiosos, políticos, económicos— y anuncia un mundo en el que la justicia toma forma de ternura. Mientras algunos buscan un Mesías que confirme sus agendas, Jesús desarma seguridades, sorprende con misericordia y se revela en un pesebre: símbolo de un amor que no domina, sino que se entrega.
La respuesta del Adviento al miedo es el Emmanuel: “Dios-con-nosotros”. El Salmo 23 lo expresa con claridad: “Aunque camine por valles de sombra y de muerte, no temeré, porque tú estás conmigo.” La esperanza no elimina el valle; acompaña en él. Jesús nace en un pesebre, símbolo de precariedad, para recordarnos que la irrupción de Dios en la historia ocurre donde el miedo amenaza la supervivencia.
Esta esperanza arriesgada es profundamente transformadora: “La esperanza cristiana no es evasión, sino anticipación de la realidad futura que ya comienza a transformar el presente” (Moltmann). La esperanza cuestiona el presente, denuncia las estructuras de opresión y propone horizontes alternativos junto a los descartados de todos los Belenes.
El Adviento es así tiempo de espera compasiva y profética. Confronta a los fabricantes de miedos —religiosos, políticos, económicos— y anuncia un mundo donde la justicia toma forma de ternura. Mientras algunos buscan un Mesías que confirme sus agendas, Jesús desarma seguridades, sorprende con misericordia y se revela en un pesebre: símbolo de un amor que no domina, sino que se entrega.
La respuesta del Adviento al miedo es el Emmanuel: “Dios-con-nosotros”. El Salmo 23 lo expresa con claridad: “Aunque camine por valles de sombra y de muerte, no temeré, porque tú estás conmigo.” La esperanza no elimina el valle; acompaña en él. Jesús nace en un pesebre, símbolo de precariedad, para recordarnos que la irrupción de Dios en la historia ocurre donde el miedo amenaza la supervivencia.
Esta esperanza arriesgada es profundamente transformadora: “La esperanza cristiana no es evasión, sino anticipación de la realidad futura que ya comienza a transformar el presente” (Moltmann, Teología de la esperanza, 1964). La esperanza cuestiona el presente, denuncia las estructuras de opresión y propone horizontes alternativos junto a los descartados de todos los Belenes.