"Pide perdón, pero sin mencionar a ninguna persona dañada ni reconocer daño concreto alguno" El Testamento Espiritual de Benedicto XVI: "Una condena absoluta del aggiornamento eclesial"

Benedicto
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"Mira hacia atrás y, según dice, lo primero que le viene a la cabeza es cuántas razones tiene para dar gracias. Y es lo primero que hace, dar gracias"

"Le preocupa que eso cambie, y confiesa que reza a Dios para que su tierra “siga siendo tierra de fe” y para que sus compatriotas no se dejen distanciar de ella"

“A todos aquellos a los que haya de cualquier modo hecho daño, les pido de corazón perdón.” No añade nada más. No menciona a ninguna persona dañada ni reconoce daño concreto alguno que haya hecho

“¡Permaneced arraigados en la fe! ¡No os dejéis confundir!”. Eso es lo que quiere que, tras su muerte, le escuchen decir quienes lean sus palabras. Considera que existe un serio riesgo de que ambas cosas ocurran y lo advierte, para tratar de evitar que se materialice

"Qué lejos queda este mensaje de la actitud de escucha a las ciencias naturales y a las investigaciones históricas en general y a las exegéticas en concreto promovida por Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II"

A raíz del fallecimiento de Benedicto XVI, el 31 diciembre pasado, es mucho lo que se ha escrito y dicho en los medios de comunicación sobre su vida y su obra. Pero su Testamento espiritual, que muchos medios han publicado, no ha suscitado tantos comentarios y análisis como cabía esperar. Sin embargo, pese a su brevedad, una página y media, es un  documento importante. Quiso Benedicto XVI que fueran las últimas palabras que se dieran a conocer de su magisterio y que eso ocurriera cuando ya estuviese muerto. Las pensó sin duda mucho y, por ello, leídas con atención, ayudan a comprender y a valorar al hombre que era y al teólogo, obispo y papa que fue.

El documento tiene dos partes muy distintas, separadas tan sólo por una breve y genérica petición de perdón. En la primera encontramos una amplia y múltiple acción de gracias. En la segunda Joseph Aloisius Ratzinger hace un llamamiento teológico, razonado, explícito y contundente, a todos aquellos que en la Iglesia fueron, según su propia expresión, confiados a su servicio. 

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Lo escribió, según hemos sabido ahora, el 29 de agosto de 2006. Sorprende que lo hiciera tan sólo un año y cuatro meses después de consagrado como sucesor de Pedro. Quizá pensaba que su pontificado iba a durar poco, aunque no era muy mayor, tenía setenta y nueve años. De todos modos, sorprende más aún que desde esa fecha no lo modificara. Y eso que seis años y medio después su situación personal y, sobre todo, la situación de la Iglesia en sus más altas esferas le llevaron a renunciar al ejercicio del papado. Pudo rehacerlo para incluir, también, algún tipo de reflexión en torno a lo que había vivido y visto en la Iglesia desde finales de agosto de 2006 hasta finales de febrero de 2013, cuando hizo efectiva su renuncia, pero no lo rehízo. El sabría por qué.

“Si en esta hora tardía de mi vida miro atrás, a las décadas que he recorrido, en primer lugar veo cuántas razones tengo para dar gracias”. Así comienza Benedicto XVI su Testamento espiritual. Dante escribió su Comedia cuando creía andar en la mitad de la vida. El papa alemán, que había nacido en Marktl, un municipio alemán perteneciente a la Alta Baviera, escribe, sentado posiblemente en sus aposentos de Castel Gandolfo,  cuando se encuentra en una hora tardía de su vida y es el Sumo pontífice de la Iglesia Católica. Mira hacia atrás y, según dice, lo primero que le viene a la cabeza es cuántas razones tiene para dar gracias. Y es lo primero que hace, dar gracias.

Esta parte de su Testamento espiritual refleja profundos y particulares sentimientos suyos. Y como tales hay que tomarlos. Da gracias, en primer lugar, a Dios mismo, porque “me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión”. Incluso en los tramos oscuros y fatigosos, dice, “Él me ha guiado bien”. Acto seguido da gracias a sus padres,  Joseph  y María, “que me han dado la vida en un tiempo difícil… y me han preparado una magnífica morada…”, y a sus hermanos, María y Georg, ambos mayores que él. A cada uno de ellos le dedica unas palabras de elogio. Elogia “la luminosa fe” de su padre y “la profunda devoción y la gran bondad” de su madre. Agradece la asistencia que “desinteresadamente y con afectuosa premura” ha recibido de su hermana. Y se deshace en elogios hacia su hermano, cuatro años mayor y sacerdote como él: “Sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la vía justa”.

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Acto seguido da de corazón gracias a Dios “por tantos amigos, hombres y mujeres, que Él me ha puesto siempre al lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los maestros y alumnos que Él me ha dado”. Y, a continuación, da gracia a Dios por su patria, situada “en los Prealpes bávaros”, “en la cual siempre he visto transparentarse el esplendor del Creador mismo”, y por su gente, en la que, dice, una y otra vez, ha podido “experimentar la belleza de la fe”. Le preocupa que eso cambie, y confiesa que reza a Dios para que su tierra “siga siendo tierra de fe” y para que sus compatriotas no se dejen distanciar de ella. Anticipa, de este modo, lo que va constituir el núcleo de la segunda parte de su Testamento espiritual. Pero, antes, aún le queda algo más que agradecer. “Doy gracias a Dios por todo lo bello que he podido experimentar en todas las etapas de mi camino, especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.”

Concluida esta amplia acción de gracias, dedica una frase, sólo una, a pedir perdón: “A todos aquellos a los que haya de cualquier modo hecho daño, les pido de corazón perdón.” No añade nada más. No menciona a ninguna persona dañada ni reconoce daño concreto alguno que haya hecho. Y, de pronto, el hilo de su discurso, hasta entonces amable, da un giro importante. Toma con decisión y con claridad meridiana un derrotero inesperado por la dureza de la crítica que contiene. Aunque ésta no resulta sorprendente si se conoce la trayectoria de Joseph Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y si se recuerda su trayectoria como Presidente, en razón de su cargo, de la Comisión Teológica Internacional y de la Pontificia Comisión Bíblica, así como si se tiene presente la manera como ejerció el papado desde 2005 hasta su renuncia en 2013.

Benedicto XVI se dirige “a todos aquellos que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio”, es decir, a los católicos del mundo entero, para hacerles un doble requerimiento, similar al que hemos visto que hace a sus compatriotas: “¡Permaneced arraigados en la fe! ¡No os dejéis confundir!”. Eso es lo que quiere que, tras su muerte, le escuchen decir quienes lean sus palabras. Considera que existe un serio riesgo de que ambas cosas ocurran y lo advierte, para tratar de evitar que se materialice.

Hay, a su juicio, quienes quieren alejar a los católicos de la fe que les enseñaron sus padres, de la fe que se profesaba y vivía en sus países de origen, y tratan de conseguirlo haciéndoles creer que eso es lo que conviene hacer. Pero no deben alejarse de ella, no deben dejar que les confundan. Eso quiere Benedicto XVI que hagan los católicos de todo el orbe. Pero no se queda ahí. Explica de dónde proviene ese peligro y por qué medios buscan tener éxito quienes lo generan. Proviene, dice con total seguridad, de la ciencia, de “las ciencias naturales, por un lado”, y de “la investigación histórica (en particular la exégesis de la Sagrada Escritura) por otro”.

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¿Y cómo es eso? ¿Cómo es que la ciencia en general, y particularmente la exégesis bíblica, puede provocar que los católicos se aparten de su fe? De su fe católica de siempre, de la fe que a los hermanos Ratzinger les enseñó su padre, de la fe que se vivía en los Prealpes bávaros y en tantos otros rincones del mundo. La ciencia puede provocar ese alejamiento porque “a menudo parece que estuviera capacitada para ofrecer resultados irrefutables en contraste con la fe católica”. Y, al hacerlo, puede ocurrir que algunos católicos incautos, dejándose confundir por quienes sostienen tales críticas, acaben alejándose de la profesión y de la práctica de la fe católica de siempre.

Benedicto XVI dice que ha vivido “las transformaciones de las ciencias naturales desde tiempos lejanos” y que ha podido constatar cómo “aparentes certezas contra la fe” (…) “se han desvanecido, demostrando ser no ciencia, sino interpretaciones filosóficas sólo aparentemente pertenecientes a la ciencia”. Admite, no obstante, que “en el diálogo con las ciencias naturales” “también la fe ha aprendido a comprender mejor el límite de la aportación de sus afirmaciones, y, por ello, su especificidad”. Pero lo que no dice es cuáles eran esas certezas contra la fe que se han desvanecido. ¿La teoría del Big Bang, tal vez? ¿O la de la multitud de galaxias y su expansión, o la de la evolución de las especies, o la de la incertidumbre cuántica? No menciona nada de eso.

Lo que sí afirma es que en el ámbito de las investigaciones históricas, y en concreto en el de la exégesis bíblica, ha ocurrido otro tanto. Y da el nombre de algunas corrientes bíblicas y teológicas y el de algunos de sus defensores. Dice, refiriéndose a todos ellos: “Son ya sesenta años los que sigo el camino de la Teología (…) y con el sucederse de las diferentes generaciones, he visto quebrar tesis que parecían inquebrantables, demostrando ser simples hipótesis”. Pero tampoco en este caso explica qué tesis eran las que defendían los historiadores en general y los exégetas bíblicos en concreto que han quebrado. ¿Tal vez la tesis de que la Biblia ha sido escrita por muchas manos, en épocas distintas y con espiritualidades diferentes? ¿O quizá la tesis de que los evangelios  y las primeras comunidades para los que fueron escritos sostenían interpretaciones distintas de la vida y de las enseñanzas  de Jesús de Nazaret? Nada dice al respecto, pero proclama con seguridad: “He visto y veo cómo del ovillo de las hipótesis ha emergido y vuelve a emerger la racionabilidad de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo”.

Libro de Benedicto XVI
Libro de Benedicto XVI

Dicho lo cual Benedicto XVI concluye su Testamento espiritual de este modo: “Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, no obstantes todos mis pecados e insuficiencias, me acoja en las moradas eternas. Para todos aquellos que me han sido confiados, día tras día va de corazón mi plegaria”. 

El mensaje teológico con que se despide de los católicos es, como se ve, claro: Digan lo que digan las ciencias, no hay nada que cambiar en el entramado dogmático, moral y estructural de la Iglesia católica. Todo debe ser conservado. Los que le han sido encomendados a su servicio deben permanecer arraigados en la fe de siempre, sin dejarse confundir por quienes les piden que la modifiquen o se aparten de ella. Qué lejos queda este mensaje de la actitud de escucha a las ciencias naturales y a las investigaciones históricas en general y a las exegéticas en concreto promovida por Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II. Qué condena más absoluta del aggiornamento eclesial. Sólo eso parecía preocuparle a  Benedicto XVI en “esa hora tardía” en la que escribe. De los problemas que hacen sufrir a la humanidad y de los escándalos internos de la Iglesia no dice una sola palabra. El constante defensor de “la Verdad” no admite que se ponga en duda lo que la Iglesia católica proclama como cierto y bueno, aunque se haya demostrado que en algunos casos no es ni lo uno ni lo otro. ¡Qué lástima! Pero bueno, así ha querido pasar a la historia.

El Papa y el féretro de Benedicto
El Papa y el féretro de Benedicto

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