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Xabier Pikaza

Xabier Pikaza

1 feb 2026

De Petro, Colombia: Jesús tuvo relaciones con Magdalena. El problema no es si las tuvo, sino cómo, pues de ellas nació la Iglesia

G. de Petro, presidente de Colombia dice: Jesús tuvo relaciones con Magdalena. El tema no es si las tuvo, sino cómo, pues de de las “relaciones” de Jesús y Magdalena ha nacido el Cristianismo

El tema ha causado revuelo en Colombia, no sé de dónde ha sacado de Petro, Presidente de Colombia, esa teoría, pero merece una reflexión-

1. El tema de las relaciones entre un “macho” y una “hembra” pertenece a la esencia de los animales superiores del día 6 de Gen 1 entre los que se pueden contar monos caballos y toros. No sé si De Petro se refiere a estas.

2. En la segunda mitad del día 6, según la Biblia, Dios creó a los seres humanos Pero ellos, surgiendo en un plano de relaciones sexuales de tipo biológico, estrictamente hablando, no nacen de ellas, sino de unas relaciones distintas, situadas en el nivel de del aliento de vida de Dios (Gen 2, 7) y de la palabra compartida, un tema que atraviesa toda la desde Gen 1-3 hasta Hn 1, 12-14.

3. De estas relaciones de Aliento/Espíritu/Palabra entre Jesús y Magdalena nació la iglesia, como sabe cualquiera que lee algo la Biblia. No sé si D Petro sabe esto, pero en Colombia, su tierra, hay buenas facultades de teología, y podrá aprenderlo si quiere.

4. En este contexto es mucho más importante el tema de “relación de familia” que Jesús quiso instituir, conforme a los relatos del NT. Cualquier lector normal de la Biblia sabe que los familiares de Jesús se opusieron a la forma en que él quiso establecer una familia con Magdalena y otros compañeros, tema del que hoy voy a tratar, en las reflexiones que siguen.

5. En una próxima postal, mañana o pasado trataré del tema clave que está en el fondo de las preocupaciones de De Petro: Qué tipo de relaciones de Jesús y Magdalena fueron causa o medio para el surgimiento de la iglesia.

Radicalismo de amor, nuevo tipo de familia

        No fue patriarca-progenitor (en la línea de Adán, Abraham o los doce padres de las tribus), con hijos carnales/tribales de nueva familia, para crear así una nueva familia “califal” frente a las otras, sino hermano y amigo universal, abriendo espacio de amor y encuentro personal con y para los rechazados del sistema.  No fue garante del orden establecido, ni profeta elitista, sino mensajero de un Reino que debía empezar por los excluidos del sistema, en comunión de vida, desde el margen de la sociedad, iniciando, con los carentes de familia y tierra, un proyecto de comunicación con otros, en amor mutuo (Mc 10, 30-32).  

El radicalismo ético de la tradición sinóptica era un radicalismo itinerante que podía practicarse únicamente en condiciones extremas y marginales.

Sólo aquel que se había desligado de los lazos cotidianos con el mundo; aquel que había abandonado hogar y tierras, mujer e hijos; aquel que había dejado que los muertos enterraran a los muertos y que tomaba como ejemplo los lirios y los pájaros, podía practicar y trasmitir con credibilidad ese ethos…[1] 

 Su amor a los hombres no es negación, sino intensificación  del deseo y comunión de vida, esto es, de encuentro y gozo creador/sanador, de palabra y obra, entre personas, en una línea que culmina en la comida-palabra (en una línea eucarística). De esa forma, en comunión con hombres y mujeres de su entorno, prostitutas, impuros y eunucos, oponiéndose a otros “valores” de excelencia y exclusivismo de una parte de la sociedad, Jesús pudo ser principio y signo de esperanza mesiánica y familia del Reino, sabiendo que en esa familia los primeros son los niños y pobres, carentes de familia (cf. Mc 9, 33-37; 10, 13-16; Lc 6, 20). 

          Su proyecto marcó así el comienzo de una transmutación de la familia, sin patriarcas varones que dominaran sobre el resto de la comunidad. Eso significa que fue célibe por proyecto de vida, en una línea de apertura más amplia al amor, esto es, a un tipo de amor múltiple y “provocador” a los enfermos, posesos, pobres, oprimidos y excluidos de su entorno. No creó una “religión” en sentido actual de sacralidad grupal de elegidos, sino un movimiento de renovación, es decir, de recreación de amor de la familia, desde los estratos amenazados de la sociedad, entre los pobres y excluidos, partiendo de la capacidad más honda de amor y palabra que transforma (eleva, vincula, cura) a las personas, de manera mística

No quiso fortalecer el orden imperante (con sacerdotes/rabinos judíos y soldados imperiales de Roma), sino descubrir, iniciar y promover una comunidad de amor en apertura a todos, hombres y mujeres, en acogida, afecto y respeto. Inició caminos, aunque no los estructuró en forma legal, formó “exorcistas”, sanadores, hombres y mujeres, de nuevas familias. No fue padre superior, con dominio sobre el resto de la casa, no fue marido poderoso, en sentido patriarcal, sino hermano y amigo de todos. No fue esposo mejor que los de su entorno para instaurar muevas formas de relación jerárquica, sino persona (ser humano) para los demás, suscitando y animando un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños, en el que había lugar para personas de tendencias afectivas distintas, incluidos eunucos, a quienes quiso potenciar en amor. En esa línea podemos presentarle como “varón” ejemplar, que fue suscitando experiencias, curaciones y caminos personales de amor.

No mandó a los suyos que se casaran y tuvieran hijos, conforme al mandato de Gen 2-, sino que dijo a todos que se amaran y acogieran unos a otros, empezando por los enfermos pobres, y buscaran la forma de hacerlo, en apertura a los rechazados del sistema. No aceptó las tradiciones dominantes que exigían que tanto varones como mujeres asumieran el matrimonio, para ser así fieles al mandato de la creación que decía: ¡Creced, multiplicaos…! (Gen 1, 28). Ciertamente, no negó ese mandato, y fue a lo largo de su vida amigo y protector (educador) de niños, pero no puso ese mandato en el centro de su mensaje, como hacían otras tradiciones. 

A su juicio, más (=antes) que casarse y tener hijos, él quiso que pudieran vivir todos los hombres y mujeres (casados o no), crecer y vivir todos los niños del mundo), para quienes buscó espacios y caminos de solidaridad personal y de acogida a los pobres y excluidos, esperando así la llegada del Reino, en amor, salud y libertad. Su opción fundamental fue la familia de Dios, abierta a todos los hombres y mujeres, no un tipo de pequeña familia al servicio de sí misma y de sus hijos.

Fue persona de trabajo, artesano (tekton), pero no propuso ni inició una forma deredención laboral. Al contrario, en un momento dado, abandonó su oficio y vida laboral, para compartir la visión de penitencia y juicio del Bautista, y después para crear su propio movimiento de Reino, al servicio de la comunión desde los rechazados o marginados de la “buena” sociedad establecida, pero abiertos al amor. En aquel momento, a su juicio, la prioridad no era crear una comunidad de trabajadores, empeñados en sostener a su familia, sino de iniciar y animar un movimiento de solidaridad recreadora, desde los más pobres, en gesto de amor abierto hacia varones y mujeres, aceptando cada uno su condición personal y afectiva, para amar a los otros y crear comunidades (nuevas familias) abierta a los hombres y mujeres del entorno.

 ‒ Su movimiento surgió en un contexto de desintegración familiar. Los nuevos impulsos sociales y laborales habían destruido un tejido secular de “casas estables”, entendidas como unidad afectiva y laboral, en torno a un padre de familia, con mujer/mujeres e hijos a su servicio, bajo su cuidado. En consecuencia, una parte considerable de la población, es decir, de los varones (sin trabajo estable, ni heredad: casa/tierra) y, más todavía de las mujeres tenían dificultad para fundar una familia en sentido antiguo. Pues bien, en ese contexto él quiso poner en marcha un tipo de familia que rompiera el orden patriarcal, para abrirse en claves de solidaridad y comunión desde los antes excluidos. Eso no implicaba ningún tipo de debilidad, sino más bien de protesta creadora y de sanación, de transformación al servicio de la vida.

Su celibato fue expresión y principio de transformación y curación para el amor. En aquel contexto (Galilea), ser célibe (¡y más aún eunuco!), como dicen algunos, no era un signo de superioridad, sino de carencia, una debilidad o maldición (iba contra el mandato: ¡creced, multiplicaos!: Gen 1, 28). Pero Jesús convirtió esa debilidad y carencia en fortaleza superior y en abundancia, al servicio de la vida, en una forma de expresar la felicidad de Reino y de solidarizarse con los más pobres, abriendo para ellos una esperanza nueva de familia.

De esa forma rechazó una norma que ponía el matrimonio al servicio de la buena “descendencia” (para que no se borrara el nombre de su casa: cf. Dt 24, 5-6). Fue varón, pero no patriarca dominante, tanto en un contexto judío, como griego o romano, pues su celibato  le vinculó con personas sexual y familiarmente marginadas, superando los estereotipos de una sociedad estamental, que se fundaban en la visión de Dios como gran Padre de familia. De esa forma superó los modelos habituales de dominio de los varones sobre las mujeres, para presentarse como hermano de todos, en un gesto de igualdad solidaria,desde los más pobres, no por debilidad, sino por afirmación de vida superior, por desbordamiento de creatividad humana.

Celibato escandaloso. Sus familiares quisieron casarle

          Así entendido, el celibato de Jesús fue un gesto de protesta, como indica Mc 3, 20-21.31-35) un pasaje de durísima disputa de familia que consta de introducción con un espacio propio (oikos o casa: 3, 20), y dos escenas, una intercalada en otra. Al principio y fin está la familia (Mc 3, 21.31-35), en el centro la nación, representado por los escribas (3, 22-30).

-- Introducción: casa-iglesia (Mc 3, 20). Jesús está en su “casa” (no en su casa familiar, con mujer e hijos) sino en su casa de comunidad, rodeado por el pueblo (okhlos) que le busca (3, 20) empezando por la muchedumbre de la orilla del mar (poly plethos: 3, 7-8). Todo lo que sigue se refiere a esta casa donde él se instala con los suyos, a pesar de la condena de unos (escribas) y el intento de rapto de otros (familiares). En ese contexto define Jesús su familia como corro de personas que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3, 34-35) .

-- En los extremos de la escena (Mc 3, 21.31-35) están los familiares (madre y hermanos, no padre) que le toman por loco y pretenden sacarle de esa casa de comunidad escandalosa (de grupo mezclado), que no es buena para él, que no responde a la tradición de Israel, para llevarle a unacasa suya propio, la casa de un buen matrimonio al estilo israelita (de marido y mujer con hijos). Los “familiares” de Jesús se sienten postergados (rechazados) por un Jesús transgresor, que ha roto las tradiciones de Israel, y se creen con derecho para imponerle su criterio de familia, sacándole y de esta familia grupal (escandalosa) y llevándole a Nazaret, donde tendría que estar con su pequeña familia tradicional. Todo nos lleva a pensar que en esta escena de Mc 3, en la que sus familiares (con la madre) quieren que abandone su familia ·escandalosa de Cafarnaúm y vuelva a Nazaret para establecer allí una familia tradicionalde marido y mujer con hijos, dentro de una sociedad estamental como la del judaísmo, hay un recuerdo pre-pascual (un recuerdo de la vida de Jesús, de su celibato histórico), aunque el texto ha podido ser recreado después, tras la pascua.  

-- En el centro queda la acusación de los escribas (Mc 3, 22-30), representantes del judaísmo de ley y templo controlado por Jerusalén (de donde bajan: 3, 22). Creen que Jesús ha roto el orden de la casa de Israel y le acusan (a él y a los suyos), diciendo que su acción y grupo nace de Satán, porque abre la familia, creando una comunidad mestiza, fundada en relaciones de palabra y amor personal, no de pura carne (relación de matrimonio formal) y sange (genealogía) . Asumen así el reto de Jesús (que había curado en la sinagoga al hombre con espíritu impuro: 1, 23), llamándole poseso (3, 22.30); pero Jesús responde acusando a sus acusadores de pecar contra el Espíritu Santo.

Marcos ha vinculado el rechazo de los familiares (extremos del texto) y la condena de los escribas (centro), insistiendo quizá más en la acusación de los familiares que quieren llevar a Jesús, para que se case como (entre) ellos, con lazos de carne, sangre y ley,  pero no pueden condenarle sólo ellos y por eso vinculan su gesto al de los escribas que vienen de Jerusalén (3, 22-30), con los que se unen, y acusan a Jesús de estar poseído por Belcebú. Conforme a la visión de Marcos, en la raíz de la acusación de estos familiares de Jesús se esconde el judaísmo (no mesiánico) de los escribas de Jerusalén, de forma que su texto nos sitúa ante una disputa a tres bandas entre cristianos de la comunidad de Marcos, familiares judeo-cristianos de Jesús y judíos nacionales con escribas de Jerusalén.

         Aquí insisto en laintención de los parientes (para’autou), que piensan tener autoridad sobre Jesús, diciendo que está loco, pues “rompe” el orden de familia, no se casa ni se integra según lay en una familia de sangre (genealogía) y de carne (generación).Entendido así, este texto del celibato grupal, escandaloso, de Jesús (que va en contra del orden familiar de su entorno judío ha sido integrado por el evangelio de Marcos en el contexto de la ruptura más extensa de Jesús con el conjunto del pueblo de Israel.  Marcos vincula así el celibato grupal (escandaloso) de Jesús, que rompe su vinculación con la familia de Nazaret  con su forma de romper la integración legal con la gran familia del judaísmo de Jerusalén, tal como lo empieza a entender el fariseísmo.

        A través de su celibato grupal escandaloso, Jesús se ha separado de sus familiares (es Jesús quien se separa de ellos y no a la inversa, de manera que ellos, en consecuencia, no creen en él no pueden aceptar su mensaje y camino, como dice el evangelio de Juan). Esta ruptura familiar de Jesús va unida a su ruptura israelita. En ese sentido se puede afirmar que sus familiares le excluyen de su familia (porque Jesús se ha excluído de ella), y que los escribas de Jerusalén le excluyen del judaísmo legal, porque ha sido él quien se ha excluido, separado de la ley de Israel.

        Sea como fuere, a Jesús quieren “prenderle” sus propios familiares. Quieren que abandone su pretensión (su casa abierta a los impuros, su familia no tradicional), Por eso quieren agarrarle a la fuerza (kratêsai: 3, 21), a fin de que abandone su nuevo estilo de vida, es decir, que se mantenga fiel a su antigua de familia. De esa forma se ponen de parte de los escribas de Jerusalén, representantes de la ley nacional israelita (Mc 3, 22-30) que acusan a Jesús diciendo: Tiene a Belzebú y con el poder de Belzebu, Príncipe de los demonios, expulsa a los demonios.  

        Eso significa que los dos grupos de antagonistas de Jesús se vinculan (a) Por un lado se alzaba el pueblo legal (la gran nación israelita), cuyos representantes (escribas de Jerusalén) acusan a Jesús de endemoniado, porque está poniendo en riesgo la unidad sagrada de Israel, que ellos defienden. (b) Por otra parte estaban los parientes directos de Jesús, que quieren llevarle a su familia antigua y casarle, para que se someta da esa forma al orden de conjunto de Israel.

          Israel era una familia nacional (3, 22-30), un pueblo separado de los restantes pueblos. Los escribas defienden la sacralidad de Israel. Jesús, en cambio, afirma, con su mensaje y con sus exorcismos, que ese pueblo corre el riesgo de caer “endemoniado”, bajo espíritus perversos. Como los antiguos profetas (Isaías, Ezequiel…), él afirma que ha venido a liberar a Israel de sus demonios. Los escribas le acusan de poseso, él se defiende.

¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?  Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir.   Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir.  

Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin.  Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

En verdad os digo: todo se les perdonará a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan,  pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón; será reo de pecado eterno. Pues decían: ¡tiene un espíritu impuro! (Mc 3, 223-30)

         Le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, señor perverso, dueño malo de la casa del mundo, para destruir de esa manera el judaísmo (esto es, la casa israelita, el buen matrimonio del pueblo de Israel con Dios), diciendo que, bajo capa de piedad (ayuda a unos posesos matinales), Jesús está entregando al conjunto de Israel en manos del Diablo, rompiendo así la unidad de la casa especial israelita.  

          La fuerza sustentante de la nueva comunidad (iglesia) que Jesús está instituyendo con su proyecto mesiánico es el Espíritu y por eso aquellos que impiden y niegan su acción liberadora pecan contra el Espíritu Santo. Dura ha sido la acusación contra Jesús; durísima su respuesta: Rechazando la obra de Dios, los escribas se destruyen a sí mismos!Pues bien, poniéndose al servicio de los excluidos (posesos), Jesús demuestra una autoridad superior a la de los escribas de ley. No se trata de tener a los hombres sometidos por ley, sino de liberarles, por encima de la ley, para la transformación social, para la libertad del Reino.

         La ayuda que Jesús ofrece a los proscritos, su forma de acoger a los posesos, pecadores, publicanos, es el fundamento de la Iglesia, entendida como Casa de Dios, lugar de su presencia (en oposición a los escribas que elevan de hecho una casa del Diablo, expulsando y condenando a los enfermos, pecadores y posesos).

        Para actuar como actúa, liberando a los “posesos de aquella ley”, Jesús debe tener un poder más fuerte que fuerte que el de los escribas, más fuerte que el del diablo El tema no es de “ortodoxia” teórica, en línea de religiosidad separada de la vida, sino de vida y comunión entre los hombres y mujeres en línea de palabra y amor. Los escribas necesitan dominar sobre los hombres, para gobernar de esa manera sobre un tipo de “esclavos”. Jesús, en cambio, no quiere dominar a esclavos, sino liberarles.

 Los escribas acusan a Jesús diciendo que, que al abrir su comunión a los posesos, marginados, pecadores, él destruye la estructura del judaísmo legal, actuando de hecho como ministro de Satán. Pero, Jesús les responde y condena diciendo que son ellos (judíos nacionales) los que construyen una casa de Satán, el Diablo, es decir, de Belzebú mientras que él libera a marginados y enfermos, a pobres y endemoniados oprimidos por el Diablo, abriendo para ellos la puerta del Reino. 

 -- Espíritu Santo. Han acusado a Jesús de poseso, infiltrado de Satán, como muestra el comentario conclusivo: ¡Decían: tiene un Espíritu impuro! (3, 22. 30). Pues bien, hablando así, los escribas pecan contra el Espíritu Santo, rechazando la acción salvadora de Dios que llama, que convoca por Jesús a los posesos y pobres (3, 28-29).Al negarse a liberar a los posesos, los escribas y jueces de Israel se están condenando a sí mismos.

-- Jesús aparece en el centro de la discusión como Fuerte (iskhyros, cf. 3, 27), vencedor sobre Satán, en palabra que recuerda la escena del Bautismo (cf. Iskhyroteros: Mc 1, 7). Jesús no ha venido a repetir u organizar en clave de ley lo que ya existía, como deseaban los escribas (cf. 1, 22), sino a vencer a Satanás y construir sobre el mundo la nueva familia de Dios, con autoridad sobre los espíritus impuros, una familia en libertad, sin dominio de unos sobre otros, de varones sobre mujeres, de padres/patriarcas y maridos sobre el conjunto de la familia (cf. Mc 3, 21-28).  

Verdadera casa/familia de Jesús (3, 31-35).

         Los “familiares” vienen con la madre de Jesús, para “dominarle”, es decir, a exigirle que se mantenga fiel a la ley de familia (de casa, de domus) del judaísmo. Las dos familias(la del gran Israel con los escribas y la del pequeño Israel los parientes de Jesús) son inseparables, de manera que las dos rupturas son en el fondo la misma. (a) Por una parte, Jesús supera el orden nacional de Israel (representado por escribas. (b) Por otra parte, él va en contra del orden patriarcal de sus parientes. Por eso, si le han atacado y han querido condenarle los escribas, vendrán a atacarle y querrán condenarle (encerrarle y casarle) también sus parientes, para que no destruya la estructura de poder patriarcal de Israel (ni la la familia patriarcal de Nazaret)  La escena está perfectamente construida:

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, pues decía que estaba fuera de sí…Y llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar.

La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.  Jesús respondiendo les dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, en corro, añadió: He aquí mi madre y mis hermanos.   Pues quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mc 3,21. 31-35)

     Frente a la multitud que no dejaba a Jesús ni comer, se había elevado, como hemos visto, su antigua familia que quería prenderle, llevándose a casa, es decir, a la casa familiar de su madre y de sus hermanos, casándole en ella, conforme a la ley israelita (3, 21). Esta madre y hermanos quieren “casarle”, esto es, obligarle a construir su casa/familia en el contexto de la ley nacional israelita. Vienen pensando que tienen poder para ello.

   La estructura del texto muestra con claridad que estos “parientes” forman parte de la “nación israelita”, y así quieren que Jesús se someta a la ley social del conjunto de Israel y a la ley familiar de Nazaret, que abandone por tanto sus “exorcismos” (que deje de querer “convertir” a Israel..,), que deje a un lado sus intentos de transformación de de las familias de Nazaret, volviendo al esquema y modelo de familia de su casa anterior en Nazaret donde, según su familia, debería haberse instalado creado una buena familia de poder sobre el mundo, fortaleciendo la estructura familiar de su grupo, en oposición al orden más amplio de la estructura familiar de Roma.

   Eso significa que Jesús debe volver con sus parientes, aceptando la estructura “sagrada” de las casas de Israel. Los parientes vienen a exigir a Jesús se “case” como el resto de sus hermanos, sometiéndose a la ley precedente (sagrada) de la familia de Israel, convirtiéndose en un verdadero “padre de familia” con poder sobre el resto de los familiares, dentro de la estructura israelita, que no busque una familia distinta hecha de enfermos y posesos, de pecadores y marginados, que no intente crear nuevas formas de relación interhumana, formas que se fundan y se centran en la libertad y en la palabra de acogida a expulsados, impuros y endemoniados.

   Significativamente, los parientes vienen sin “padre”, porque el padre israelita de Jesús llamado “José” ha muerto (o no ejerce ya su función antigua) , y porque ello no pueden apelar a un “padre Dios nacional”. Éste es un pasaje central del mesianismo de Jesús. Su madre y sus hermanos vienen a “casarle”, llevarle a la casa/legal de Israel), para que proclame y funde desde ella su mesianismo. Pero Jesús rechaza el mesianismo que le proponen los “hermanos de familia”.

   Conforme al principio de la escena,  estos familiares habían querido llevar a Jesús a la fuerza (kratêsai), diciendo: ¡está loco! (3, 21). Ahora, al final de la escena (Mc 3, 31-35), después de haber presenciado la disputa de Jesús con los escribas (3, 22-30), en vez de renunciar y defender a su hermano, estos parientes de Jesús, que vab su madre, insisten. Parecen gozar de autoridad sobre Jesús; por eso envían a llamarle, (3, 31). No repiten en sentido externo la acusación de los escribas (¡tiene a Belzebú, está endemoniado!), pero la respaldan, afirmando exestê, está fuera de sí, en el doble sentido de la palabra: Es un loco personal (un perturbado) y un peligroso social (es un destructor de la familia). Entre la posesión demoníaca (escribas) y este tipo de locura familiar hay una relación estrecha. Por eso, Marcos ha asociado las razones de los escribas y de los familiares, presentando las dos condenas (de escribas y la parentela) como una única causa condena.

- Los escribas expulsan a Jesús de un tipo de Israel, pero no pueden condenarle a muerte (apedrearle), pues no hay en Israel una ley estricta y clara que lo ermita. En un contexto algo distinto, pero convergente, los sacerdotes de Jerusalén tendrán que acudir más adelante al poder romano de Pilatos para condenarle y ejecutarle (Mc 15 par).

- Los parientes de Jesús declaran que “está loco” y quieren llevarle a su casa, para que allí se case… y deje de buscar otro tipo de familia. Teóricamente podrían apelar, con el respaldo de la madre, a la “ley de castigo del hijo desobediente” (Dt 21, 18-21). Pero, en aquel contexto, parece que el cumplimiento “físico” de esa ley resultaba complejo… Lo único claro es que Jesús resiste y se independiza de su familia, la rechaza y crea una distinta, con los problemas que eso implica

             La gente avisa a Jesús: ¡Tu madre y hermanos están fuera y te buscan (Mc 3, 32). En la casa de la iglesia (cf. oikos: 3, 20.22) está Jesús con la gente sentada en torno a él (peri auton: Mc 3, 32.34), con aquellos a quienes ha llamado, que está met'autou (con él: 3, 14). Fuera (exô) permanecen los familiares (3, 31-32). No entran, no se sientan en corro, ni acogen los nuevos caminos del reino. Desde allí quieren que el mismo Jesús salga, obligándole por fuerza (kratêsai: 3, 21) a dejar la casa de su comunidad, para volver a su familia judeocristiana (cf. 6, 1-6).

             Con la autoridad de su pasado (sangre israelita) y del presente de su institución (ellos representan la iglesia judeocristiana de Santiago y José, con quienes la madre de Jesús parece vinculada en Mc 15, 40.47; 16, 1), estos hermanos de Jesús han venido a llevarle a la casa antigua. Por fidelidad a una familia más extensa y profunda de hermanos, Jesús ha tenido que romper con un tipo de buena familia intra-judía. Ése es el sentido de su amor de celibato. Al final de su camino en el mundo no   estarán sus hermanos de carne, defendiéndole y solidarizándose con él ante la cruz y en el entierro. Sólo unas mujeres amigas, con un discípulo amado, serán su familia. Con ellos comenzará la nueva historia de los hijos de Dios sobre la tierra, en camino de resurrección.

  

30 ene 2026

1.1.26. Domingo de las bienaventuranzas. Cristo y Buda

En la misa de este domingo se proclaman las bienaventuranzas de Jesús según Mateo 5. Vivo en un pequeñísimo pueblo “devoto” de Castilla, cerca de Salamanca. El párroco (de éste y de otros pueblos) celebrará pasado mañana  muy devotamente la eucaristía del domingo con cierta asistencia y proclamará un hermoso sermón sobre las bienaventuranzas de Jesús, pero en las dos calles de mi barrio   han desaparecido o se ocultan los signos cristianos. Nadie ha puesto un Cristo ante de su casa, mientras tres vecinos han plantado en su jardín tres rostros inmensos de Buda como signo de felicidad.

           No es que el tema me inquiete, pues no tengo nada contra Buda, sino todo lo contrario. Pero este nuevo signo del “dios” o religión de la felicidad me hace pensar y por eso quiero comparar la felicidad de Buda y de Cristo.

           

Buda, felicidad más allá del deseo

           Hubo un príncipe llamado Gautama Sakyamuni, que habitaba al norte de la India, bajo el Himalaya. No era un brahmán, contemplativo, experto religioso, sino un noble en busca de felicidad[1].

Conforme a la leyenda de su “iluminación”, él  encontró la luz suprema de la felicidadpor medio de un despojo que le fue llevando desde su palacio a las tierras de los hombres exteriores, con sus pueblos perdidos y sus mil caminos, de forma que así pudo ir descubriendo de un modo directo sus dolores. Buscaba en el mundo felicidad, pero sólo encontró duversos sufrimientos que pueden condensarse en tres más significativos:

‒ Primer dolor, la enfermedad. La guerra puede ser ocasional y, en principio, podría superarse a través de pactos y leyes de justicia. Lo que no se puede superar es todo tipo de malformaciones o de enfermedades que embisten contra el hombre, como el Covid 19, arrojándole en un lecho. Los seres humanos vivimos en riesgo de enfermedad constante, envueltos entre sufrimientos. Ciertamente, podemos acompañar a los enfermos e incluso sanarles por un tiempo, pero el riesgo de la enfermedad, externa o interna, es incurable.

‒ Segundo dolor, la vejez. Arjuna, en héroe de la Bagavad Gita, había quedado impresionado por la guerra, pero Buda descubrió que la violencia es anterior y más extensa, pues se encuentra vinculada a la constitución temporal del hombre con su propio deseo, a su forma de vivir, al paso del tiempo. Supo así que lo más hermoso (vivir muchos años) era en el fondo lo más doloroso (había que sufrir una vejez más extensa).

‒ Tercero y final, la muerte. No necesitó ir a la guerra para encontrar a los muertos, no fue a los campos de tortura, ni a los lugares donde unos son asesinados por otros. Supo que la muerte era lo más extendido, la dolencia y violencia suprema de la vida, aquella guerra con la que todos debemos inexorablemente enfrentarnos.

Esas tres malaventuranzas (enfermedad, vejez y muerte) hicieron que Gautama acudiera ante todo a los monjes para que le enseñaran felicidad, pero no se la enseñaron. Así fue siguiendo su camino, hasta que se puso a descansar junto a la higuera del río Ganges, en Benarés, donde le sobrevino la Luz (=fue alcanzado por ella),descubriendo la esencia de la felicidad, que es la esencia de la vida, con sus cuatro verdades universales:

1. En la base de esta vida no hay felicidad, todo es sufrimiento. El dolor no empieza con la guerra o la enfermedad, que divide y oprime a unos hombres más que a otros, sino que brota de la misma vida, porque es violento nacer y es violento morir, es dolorosa la enfermedad y dolorosa la vejez, de forma que nunca podemos alcanzar aquello que queremos. No existen diferencias entre clases sociales ni entre sexos: hombres y mujeres, ricos y pobres, brahmanes o parias, todos estamos sometidos a una misma violencia originaria, de forma que somos desdichados (no felices) en el mundo.

2, El sufrimiento nace del deseo. El mismo hecho de vivir como resultado de un deseo es ya doloroso. No es castigo de un pecado anterior, pues el mismo hecho de nacer y vivir es ya un tipo de sufrimiento. En el fondo nacemos porque deseamos sufrir y por eso, para superar el sufrimiento hay que superar  todo deseo, retrocediendo más allá de la niñez y del mismo sufrimiento a la vida anterior del no-nacido.

3. Sólo cuando el hombre no desea ya nada emerge (sin desearlo) el todo de la existencia originaria como felicidad más alta. Eso significa que no se puede desear ninguna cosa, ni siquiera la felicidad. Sólo entonces, cuando supere todos sus deseos, el hombre podrá ser un iluminado, un hombre feliz. La felicidad no se debe desear, ni buscar directamente, pero el hombre tiene que prepararse para ella a través de una vida recta, cumpliendo una serie de normas o consejos que el mismo Buda fue exponiendo a sus seguidores, ofreciéndoles así un programa de respeto vital (no-violencia), dominio sensorial (superación de las pasiones), bondad, compasión, alegría, solidaridad etc.

4. No hay programa activo para alcanzar felicidad, ella viene como don, cuando el hombre supera todos los deseos y programas. Esta es la paradoja: Cuando no desea nada, ni siquiera la felicidad, se tiene todo, con la felicidad. El auténtico budista es un muerto en vida, y de esa forma es un viviente superior, sin pretenderlo, un bienaventurado, sea como rostro de absoluta tranquilidad, sea como cuerpo reconciliado consigo mismo.

Felicidad bondadosa, budismo compasivo

En la línea anterior, imitando un título famoso de K. Rahner (Oyente de la Palabra, Hörer des Wortes, 1941), podemos definir al hombre como Oyente de la felicidad, pues la “palabra de felicidad”, no se crea ni conquista, sino que se escucha y acoge, como música más honda de la vida. Por eso, el budista es un iluminado, que reciba, acoge e irradia felicidad, en un proceso en el que suelen distinguirse tres momentos de irradiación de la bienaventuranza:

Maitri o benevolencia feliz. Quien ha sido iluminado, rompiendo así la cadena del destino y de la muerte es internamente feliz: dulce y discreto, cordial y afectuoso. Nada consigue perturbarle, nada llenarle de ira. En medio de una tierra dura y fuerte en la que vive, una tierra destrozada por el odio, las pasiones y deseos, el auténtico budista sabe ser y comportarse con benevolencia, siendo así testigo de felicidad entre los hombres y mujeres de su entorno, a quienes ofrece el testimonio de su felicidad, sin exigirles ni imponerles nada.

Dana, nueva vida como regalo de felicidad. El budista sigue sabiendo que en el mundo todo sufre, se retuerce y gime. Ciertamente, él se encuentra liberado por dentro, es feliz, pero al mismo tiempo reconoce que el dolor es destructor para los otros, y así quiere, en lo posible, remediarlo o, por lo menos, no aumentarlo (con un deseo bueno de bienaventuranza compartida). Por eso hace el bien y remedia a quien está necesitado. Su vida ya no es suya, no le pertenece, pues no la desea ni retiene; por eso puede darla, compartiéndola con todos, en gesto de gratuidad.

Karuna, compasión piadosa. En este gesto culmina el camino de felicidad del budismo, la intuición de que el dolor, que todo lo domina, puede superarse. Sin duda, cada uno ha de asumir a solas su camino y alcanzar la libertad por su concentración y desapego (no deseo). Pero, el bien iluminado sabe, además, que su vida no puede separarse de la vida de los demás sufrientes. Por eso, el budista comparte el dolor de todos, y procura acompañarles (ayudarles) en su vía de liberación, ofreciéndoles el testimonio de su felicidad.

En esta compasión solidaria de felicidad culmina el budismo. Más allá del vacío de la mente y de la voluntad emerge la plenitud de un gozo que se abre hacia los otros. Más allá de la muerte simbólica (nada sentir, nada desear) hay un nuevo continente de vida iluminada, bondadosa, solidaria, de felicidad. Esto es lo que de verdad atrae y da sentido en el camino del budismo. De esa manera, aquello que podía iluminación sin objeto (encuentro con la luz, más allá de todas las circunstancias de la vida de la tierra) se convierte en amor compasivo con objeto, es decir, abierto a cada uno de los hombres y mujeres del entorno.

Budismo y cristianismo. Dos caminos ¿una bienaventuranza?

 Budismo y cristianismo son dos creaciones supremas del espíritu, dos caminos básicos de felicidad. Ambos implican un tipo de revelación o iluminación, vinculada en el cristianismo al Dios personal (Padre) que se encarna en un hombre (Jesucristo) y en el budismo al programa de iluminación y transformación personal de Buda. De esa forma se vinculan (se distinguen y se relacionan) los proyectos Buda y Jesús, que son, a mi juicio, los dos bienaventurados más significativos de la historia humana:

Buda no cree (o no insiste) en la existencia de un “Dios personal”, feliz en su amor y en la irradiación de su felicidad al mundo. Según eso, no busca la transformación (salvación) exterior de los hombres ni insiste en el poder creador y transformante de un amor, que puede expresarse en la comunicación de la vida, con el posible nacimiento de nuevos seres humanos (en la línea del Cantar de los Cantares), de forma que es muy “reservado” ante las relaciones sexuales. No quiere transformar el mundo en amor (ni engendrar nuevos seres humanos), sino liberar (sacar) de este mundo de deseos perversos a los “iluminados”, creando para ello una especie de “orden de monjes”, cuya ley básica es no‒desear y cuyo impulso fundamental en el testimonio de la felicidad, abierta a todos, por encima de las divisiones estamentales que sancionaba en general el hinduismo[2].

Buda quiso superar el deseo que encadena al ser humano en un mundo violento, desgraciado, desgarrado, creando un movimiento de monjes liberados de todo deseo, de forma que ellos, superados sus impulsos y abandonando sus bienes, pudieran formar una shanga o comunidad de liberados. Sólo ellos, los monjes, son auténticos budistas; los otros (los no monjes, aquellos que se casan y administran bienes) sólo son “simpatizantes”, de forma que no pueden alcanzar así el nirvana en esta vida, cosa que harán sólo en nuevas reencarnaciones, cuando vivan plenamente como monjes.

‒ Por el contrario, desde su raíz judía, Jesús cree en el Dios personal feliz (que hace feliz al hombre) y en el valor y tarea (acción externa) de felicidad que irradia el hombre iluminado. Por eso ha insistido en presencia de Dios en la vida de los hombres, en medio de sus relaciones sociales y sexuales, insistiendo en el amor de unos a otros, empezando por los niños (cf. Mc 9, 33‒37; 10, 13‒16), como centro y camino de felicidad. Lógicamente, él no ha creado un movimiento de monjes separados (que han surgido mucho más tarde en la Iglesia), sino un “reino” de hombres y mujeres en el mundo, en comunicación integral de felicidad,

           Por eso, Jesús no empezó negando el deseo, sino afirmando el amor, que es principio de felicidad compartida por todos los que escuchan y cumplen la palabra de Dios. Por eso, él sino un movimiento universal de bienaventuranza, para célibes y no‒célibes, hombres y mujeres, empezando por los niños. En el principio de la bienaventuranza de Jesús no está la negación (no‒desear), sino el amor positivo, de forma que los hombres pueden gozar viviendo y compartiendo lo que son, en un camino de felicidad, dentro de esta misma tierra.

En esa línea se distinguen los proyectos. Buda instituyó un movimiento en principio universal, pero de hecho elitista, de superación del deseo, de manera que su despliegue de felicidad quedó reducido básicamente a los monjes. Jesús se atrevió a ofrecer la felicidad de Dios a los sufrientes, en especial a los pobres y necesitados, iniciando con ellos un camino de bienaventuranza en el amor. En esa línea, en principio, los hombres no son felices por lo que ellos hacen, sino por lo que reciben (siendo amados de Dios), como seguiremos viendo en los dos últimos capítulos de este libo.

Buda concibe la vida del hombre en el mundo como desgracia (caída, pecado), identificando la felicidad con la liberación (salida) del mundo. Jesúsio asume y despliega la tradición bíblica de la creación positiva de Dios, de forma que el hombre puede y debe ser feliz en la tierra. Por eso, su felicidad no es no‒vida (¡vivir más allá de los deseos!), sino vida transformada, cumplimiento superior de los deseos.

‒ Buda tomó como punto de partida el dolor, vinculado al deseo, y buscó la liberación, siendo muy sobrio en sus afirmaciones, tanto en relación con una posible divinidad (que resulta en el fondo innecesaria) como en relación con lo nirvana (paz final que es puro no‒deseo).Su experiencia se concretó en un programa de iluminación y felicidad, abierto a todos los que, superando sus deseos, se atrevan a vivir como iluminados, en felicidad superando así el estado de “caída y deseo” en la tierra. Él no aparece así como liberador de los demás, pues no vivió ni murió por ellos, sino como ejemplo o testimonio de feliz liberación sobre la tierra.

‒ Jesús toma como punto de partida el amor de Dios a quien concibe como Padre, de quien brota la liberación del deseo egoísta y la instauración de un estado de no-violencia activa sobre el mismo mundo. En esa línea, más que su doctrina en cuanto tal importa su vida y su muerte, al servicio de la libertad y felicidad de los hombres. Por eso, sus discípulos le presentaron tras su muerte como felicidad encarnada de Dios. En esa línea, estando por un lado más cercano a Buda, su proyecto de felicidad tendrá elementos que se parecen más al de Crisna, en la línea de un encuentro personal de los hombres con Dios.

[1]Para una visión general del tema,cf. H. Bechert y H. Küng, Budismo, en H. Küng (ed.), El cristianismo y las grandes religiones, Cristiandad, Madrid 1987, 359-520; D. Dragonetti, Unada. La palabra de Buda, Barral, Buenos Aires 1971; N. Mahathera, InitiationauBoudhisme, Michel, Paris 1968; J. Masson, Le Bouddhisme, DDB, Paris 1975; G. Menshing, Buda undChristus, Bonn 1952; R. Panikkar, El silencio de Dios, Guadiana, Madrid 1970;W. Rahula, L'Enseignement de Bouddha, Seuil, Paris 1961; L. de la Vallée-Poussin, Nirvana, Beauchesne, Paris 1925; H. vonGlaseenapp, El budismo, una religión sin Dios, Barral, Barcelona 1974.

[2]En esta línea, el proyecto budista podría compararse con el ideal ético de san Pablo, cuando dice: “No debáis nada a nadie, antes bien amaos mutuamente, pues quien ama al otro ha cumplido la ley. Porque el mandamiento de no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro queda asumido (y cumplido) en el amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor al prójimo no hace ningún mal; porque el amor es la plenitud de la ley (Rom 13, 8-10). Este pasaje supone que hay tres “deseos” concretos y un cuarto que los engloba a todos. (1) Un deseo de adulterio en sentido sexual y posesivo (tener lo más grande que otro tiene, para así y dominarle). (2) Un deseo de homicidio, que nace de la violencia y de la envidia, destruir al otro para ser yo mismo. (3) Hay, finalmente, el deseo de robo y apoderarme de todo lo que tiene el otro, negándole así el fundamento de su vida. (4)Tras esas tres prohibiciones particulares Pablo cita al fin el mandamiento abarcador que los condensa a todos, diciendo no desearás (oukepithymeseis).

El texto del decálogo (Ex 20, 17;Dt 5, 21) citaba el deseo de unos objetos concretos (casa, mujer, siervo, criado, toro, asno); Pablo los condensa y universaliza diciendo «no desearás», presentando así el deseo como “pecado originario”, causa de todos los males, situándose así en una línea cercana a la del budismo, como he venido destacando. Como buen rabino, Pablo ha resumido toda la ley israelita en este último mandato negativo, en una línea cercana al budismo. Pero élsabe que esa barrera del “no desear” resulta insuficiente. Por eso completa el tema y lo plantea en forma positiva, presentando un deseo más alto, no en forma de prohibición o negación, sino de despliegue vital: Amarás a tu prójimo. Más allá de la ley, centrada de forma negativa en el «no desearás», formula Pablo el mandamiento del amor al prójimo, que ocupa de algún modo el lugar del Shema: «Escucha Israel, Yahvé nuestro Dios es un Dios único; amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón...» (Dt 6, 4-5; cf. Mc 12, 29 par).

Allí donde la ley pretendía cerrar con su mandato el camino del deseo, esta exigencia positiva extiende ante los hombres el más alto impulso y camino de un deseo de amor purificado, que les permite realizarse plenamente, siendo lo que son, lo que han de ser en Dios, como invitación y tarea de gracia. En este contexto ha proclamado Pablo la palabra decisiva de la antropología del Nuevo Testamento, que hemos visto ya en el centro de la tradición sinóptica: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Aproximación general al tema del «deseo» en A. Exeler,Idiecicomandamenti,Paoline, Roma 1985, 159-169. Sobre Rom 13, 8-10, cf. C. K. Barret, Romans, Black, London 1973, 249-251; O. Michel, Römer,Vandenhoeck, Gottingen 1966, 323-327; H. Schlier, Romani,Paideia, Brescia 1982, 632-635; E. Käsemann, Römer, HNT 8a, Mohr, Tübingen 1974, 344-348; U. Wilckens, Romanos II, Sígueme, Salamanca 1992, 407-415.

12 ene 2026

Montañas nevadas, mi Amado las montañas

Montañas nevadas… Mi amado las montañas

Me arrancaron de casa a los 13 años, de la vista del monte Gorbea nevado y me llevaron al desierto, haciéndome cantar: Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila. Yo sabré vencer (Cara al sol).

No supe ni quise vencer y aquí estoy, 75 años después, mirando desde mi ventana de atardecer de San Morales, con Mabel,, los montes nevados de Gredos, entre la vieja y la nueva Castilla, que solía mirar Juan de la Cruz (SJC), viendo a Dios en ellos.

Acabo de escribir un comentario a su Cántico de amor CB 14 (=Cántico espiritual 14) y quiero ponerlo en mi página personal. Si alguien desea, si le hace ilusión puede seguir leyendo.

Mi montaña ha sido, pero ya no es vencer, ni conquistar otros continente,  sino compartir en amor montes y valles, ínsulas y ríos del universo de amor que es Dios y que es la vida de unos en otros y con otros  

Mi Amado las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos (CB 14) [1].

 

Recordemos la situación dentro del Cántico Espiritual: La mujer (=persona) amante había buscado los ojos del amado en el espejo dela fuente, lanzándose en un vuelo de paloma; pero, en medio de su movimiento, oyó una voz que le decía ¡vuélvete! mientras su amado aparecía como ciervo herido sobre el otero (CB 13-14).  

El mundo del Amado no es ya una cueva, ni una cárcel, sino todo el universo éxtasis de amor que había comenzado en CB 12 y seguido en CB 13. Pero lo que antes era ensueño o vuelo de imaginación se vuelve aquí descubrimiento del cosmos entero que es Cristo de Dios.

Éste es el primer día del mundo, como la mañana en que Adán asumió  su tarea poniendo nombre a cada uno de los animales y  las cosas (Gén 2).  Lo primero es ver, aceptar y nombrar el mundo   como amado (no como hermano conforme a Francisco de Asís, cántico de las creaturas. La amante enamorada, en vuelo de amor, mira y dice lo que ha visto, recreando en Jesús todo el universo (cf Jn 1, 1-3).

Y en este dichoso día, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes tenía; mas, quedando adornada de los bienes que digo,

comiénzale un estado de paz y deleite de suavidad de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas del amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión de desposorio     (Coment CB 14-15,2).

El alma enamorada: canta y cuenta la grandeza del mundo en el amado, de forma que en un sentido aquí podría terminar la biografía de SJC. Sabe mirar y contar el universo, como poeta de palabras que recrean la verdad y amor de Dios como macrocosmos (montañas y valles, islas y ríos). En las estrofas precedentes parecía que el espacio se achicaba ante el agua de la fuente. Pero luego la fuente se ha expandido, de manera que,, descubriendo al ciervo en el otero, podemos ver y vemos en él todas las cosas, en la línea del Cantar cuyo sentido había expuesto Luis de León

Mi amado es blanco y colorado, se distingue entre millares. Su cabeza es de oro macizo; su melena, racimos de plata de un negro brillante de cuervo. Sus ojos son palomas junto a la acequia, lavadas en leche, posadas junto al canal. Sus mejillas son bancales de aromas, setos de perfumes. Sus labios son lirios que destilan mirra. Sus brazos, modelados en oro, con topacios incrustados. Su vientre, de marfil pulido, cruzado de zafiros. Sus piernas, columnas de mármol sobre plintos de oro. Su figura, como el cedro más esbelto del Líbano. Su paladar, dulcísimo. Es todo deseable. Así es mi amado, mi querido, doncellas de Jerusalén (Cantar 5,5-16).

         Este es el mundo de toda la Escritura contenido en un ser humano el Amado. Vemos su cabeza y su cabello, sus mejillas y sus labios, sus brazos y su vientre, en retrato que empieza por arriba y baja hasta las piernas, para centrarse de nuevo en su boca deseable. SJC conoce de memoria esta visión, pero en su poema cambia totalmente su figura. El lector desprevenido esperaba las palabras del Cantar: "Mi amado es blanco y colorado, su cabeza..." Pero en el hueco del cuerpo deseado que el oyente aguarda introduce el Cántico todo el universo.No   desprecia el cuerpo humano, sino todo lo contrario, en la línea de Jn 1 14, cuando dice que la palabra vida y luz de Dios (Jn 1, 1-3) se ha encarnado en Cristo.  El amado está ahí, personalmente, en el mundo entero, como amor personal, y así lo dice SJC con palabras de belleza desbordante:

 - Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas, hermosas, graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi amado para mí. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi amado para mí.

- Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de (las de) por acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve. Estas ínsulas es mi amado para mí) (cf. CB 14-15,6-8)

Éste es uno de los· lugares donde, expresando su visión del mundo, SJC no ha querido o podido comentar sus versos, limitándose a parafrasearlos en la prosa poética de su comentario. Los críticos y teólogos pueden (hasta deben) buscar el sentido de las expresiones. Posiblemente nunca se pondrán de acuerdo, porque SJC ha condensado las palabras y ha recreado de tal forma los símbolos que, al fin, resulta muy difícil   presentarlos de otro modo. Por eso he renunciado a explicar más por extenso estas palabras. Sólo puedo y quiero situarlas, para que el mismo lector las interprete:

- Línea ascendente. Las estrofas anteriores (CB 1-13) han sido un ejercicio de ascesis: el alma enamorada ha tenido que dejar todas las cosas para subir hacia el amado, en vuelo final que parecía de locura. De esa forma, descubriendo ya al amado, ella prorrumpe en letanía de gozo jubiloso: ha redescubierto en él todas las cosas. El amado es de esa forma todo el mundo de la esposa

- Línea descendente. Entre "mi amado" y "las montañas" puede haber una pausa de silencio... Parece que me engolfo en el amado, que me abismo, que me pierdo en su fulgor callado, más allá de las palabras. Pero, en un momento posterior, el mismo amado me señala y me dirige con su amor al mundo, haciendo que vuelva a descubrir todas las cosas. No soy yo quien las digo; él me las dice de nuevo (dícelas nuevas) y yo las repito, haciéndome y siendo ya eco de sus palabras creadoras.  

La naturaleza viene a presentarse así como lugar y espacio, expresión y hondura del amado, transformando el mundo platónico de Luis de León en tiempo y espacio humano de Jesús de Nazaret, que es Dios todo amor sobre la tierra, dando su vida por los hombres y en los hmbres.   

Dice la esposa que todas estas cosas (montañas, valles...) es su Amado en sí y lo es para ella, porque en lo que Dios suele comunicar en semejantes excesos,

siente el alma y conoce la verdad de aquel dicho que dijo San Francisco, es a saber: ¡Dios mío y todas las cosas!  De donde, por ser Dios todas las cosas  al alma y el bien de todas ellas, se declara la comunicación de este exceso  por la semejanza de la bondad de las cosas...

Que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios, (ella) siente ser todas las cosas Dios, según lo sintió San Juan, cuando dijo: Lo que fue hecho en Él era vida Y así no se ha de entender que lo que aquí dice que siente el alma es como ver las cosas en la Luz o las criaturas en Dios,                          sino que en aquella posesión siente serle todas las cosas Dios…                  

Este tacto de amor en el aire que abraza mi cuerpo, esa voz de silbido del viento que habla y despierta mi oído..., eso es mi amado para mí. Entonces se dice venir el aire amoroso, cuando sabrosamente hiere, satisficiendo el apetito del que deseaba el tal refrigerio; porque entonces se regala y recrea el sentido del tacto, y con este regalo del tacto siente el oído gran regalo y deleite en el sonido y silbo del aire                     (cf. Jn 1, 4; Coment CB 14, 5.6.13).

         La novedad no es que el mundo sea Dios (montes, valles, ríos , islas), sino que, siendo el Amado para mí, las creatura son Dios en sí, el Amado.  En un plan de conocimiento racional, ellas  son diferentes del amado, en dura objetividad. Pero en contemplación de amor son el mismo Amado, quees Dios para sus amantes. Sólo quien ama descubre y sabe que, desbordando argumentos y razones, todos seres son Amado, pues en Dios existen y se hacen presentes (cf. Jn 1, 1-5; Col 1, 15-18)[2].  

          De esa forma, los cinco elementos (montes, valles, islas, ríos, silbo) no son referencia a Dios, sino Dios mismo como amado Por eso, la experiencia de este cosmos no se puede argumentar ni demostrar, sino sólo decir, nombrando y cantando sus momentos como signo y presencia del Amado (en la línea de Gen 1), un amado que es Dios en amor. Hay posiblemente amores que estrechan y reducen la atención del amante, que queda así achicado, cerrado en un mundo reducido en sus visiones. Pero nuestro amor ensancha y amplía la mirada del amante, de forma que ahora puede contemplarlo todo de un modo más hondo, como el primer día de la creación, cuando  Dios fue nombrando las cosas (Gen 1) [3].

-Elección de elementos.  Luis de León evocaba un cielo neoplatónico divino. San Francisco había citado sol, luna y estrellas, con las cuatro esencias o elementos: de la cosmología griega (tierra y agua, aire y fuego). SJC ha prescindido, en un primer momento a los astros y el fuego (que apareceal fin en CB 39) y ha destacado algunos rasgos de la tierra, agua y aire, construyendo un universo simbólico de montes y valles, islas y ríos, para insistir finalmente en el aire que respira y silba (CB 39)[4].

-Naturaleza virgen. Juan de la Cruz no cita ciudades ni plazas militares, ni estados políticos ni pueblos organizados de modo “político” de engaño (corona española, francesa o inglesa, con USA o un tipo de papado). En un momento anterior (CB 3), él había aludido a los fuertes y fronteras, dejando abierta la amenaza de guerras. Pues bien, aquí desaparecen esos rasgos de  cultura ciudadana y militar y nos hallamos ante un mundo virgen, abierto sólo al amor, sin ciudades, castillos ni fuertes militares[5].

-Dios que habla, silbo de amor. Todas las criaturas culminan en el aire hecho llamada, silbo de amor. En esa línea, retomando el  título de un libro de K. Rahner (1904-1984), "Oyente de la palabra"), definimos al hombre como aquel que puede escuchar y escucha el silbo amoroso de Dios.  Los pastores se comunican a veces por silbidos que sólo ellos entienden. También los pastores en la noche silban y así se reconocen, enviando mensajes. Pero sólo los enamorados de Dios escuchan suel silbo divino, de manera que su misma vida es revelación de Dios[6].

         El canto cósmico nos lleva del Amado-Monte, pasando por valles, islas y ríos, al Amado-Silbo, aire amoroso que llama y alienta (Espíritu creador: cf. Gen 2, 6-7).  Eso significa que en sentido muy profundo los elementos del mundo se identifican con el amado, y al identificarse con él se identifican con Dios amado.   

NOTAS

[1] En este contexto ha citado SJC a Francisco de Asís, asumiendo el espíritu y fuerza de su Canto de las Criaturas. Francisco y SJC se elevan, dentro de la conciencia de occidente, como patronos de una ecología fraterna, enamorada, pues han visto a Dios con más intensidad y en él han descubierto la belleza de todo lo que existe.  En esa misma  ha citado y confirmado esta estrofa (CB 14)  e Papa Francisco, en Lodato si (2015), como argumento básico   a favor del sentido divino de la belleza y armonía del cosmos: “San Juan de la Cruz enseñaba que todo lo bueno que hay en las cosas y experiencias del mundo “está en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios. No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así «siente ser todas las cosas Dios» (Lodato si, 234)

[2] Muchos contemplativos, neoplatónicos y renacentistas, sufíes o cabalistas, han tenido una experiencia parecida, en perspectiva filosófica y/o religiosa. Otros como Espinosa, Newton y Schelling, Hegel y Nietzsche, parecen haber vislumbrado esa experiencia de la totalidad divina del mundo (aunque en forma menos amorosa).  

[3] J. Ortega y Gasset, Estudios sobre el Amor, Alianza, Madrid 1980, 22-65, interpretó el enamoramiento como una estrechez de la atención por la que sólo podemos escuchar alamado.

[4] En un momento anterior (CB 4), SJC había contrapuesto montes y riberas, como signo de totalidad; pero había evocado también otras oposiciones (flores y fieras: lo que atrae y lo que aleja). Aquí evoca la totalidad de elementos también contrapuestos (montañas-valle, ríos-islas), que culminan en el silbo del aire.

[5] SJC ha querido llevarnos a la naturaleza primigenia para encontrar allí a Dios en soledad completa. Hoy (2026) resulta quizá más urgente una mística de la ciudad activa. 

[6] En este contexto ha recordado SJC el carácter paciente o receptivo del entendimiento humano, que puede acoger la “inteligencia sustancial” de Dios, como Elías “a la boca de la cueva”, cuando escuchó el “silbo de aire delgado” de Dios (1 Rey 19, 12; cf. Coment 14, 13). Para SJC, el aire tiene otras funciones,  (CB 17 y 39), pero aquí aparece como portador del “divino silbo que entra por el oído del alma”.

Todo el Cántico es un ejercicio de escucha, en la línea de las revelaciones bíblicas, desde Elifaz que recibió en su oído “un susurro” divino (Job 4, 12-16), hasta Pablo “que oyó palabras secretas que al hombre no es lícito hablar” (2 Cor 12, 4). Esta experiencia del Amado nos sitúa en el nivel del "fides ex auditu" (cf. Rom 10, 17), en susurro de amor (cf. Coment 14, 15-17). 

9 ene 2026

Capitalismo imperial como fin de la historia

Capitalismo imperial ¿Una alternativa bíblica?

Estamos asistiendo a acontecimiento fascinante de un capitalismo imperial USA que quiere convertirse en única “religión fáctica”, la última religión del mundo entero.

El capitalismo imperial USA tiene elementos judíos y cristianos, pero en sí mismo no es judío ni cristiano, sino un tipo de nueva religión teista con tres dogmas:

Primer dogma, la libertad del capital entendido como signo y presencia de Dios.  Dios no se ha encarnado en Jesús y el evangelio, ni en la ley judía como tal, sino en el dinero como signo de poder. Así se pone en el Dólar “en Dios confiamos·, identificando en el fondo al libre capital con la libertad de Dios (en contra de Mt 6, 24).

Segundo dogma (ejército), gran empresa humana, no sólo para producir capital, sino para crear medios de vida, sino para destruir vida con armas, para defensa de la liberad del capital…

Tercer dogma, formulado desde el siglo XIX. El capital USA tiene el destino manifiesto de defender e imponer su tipo de democracia sobre el mundo entero. En un sentido el capital, ejército y dominio USA sobre el mudo tiene una función mesiánica, que está por encima de todas las leyes y democracias del mundo. Por eso, el capital, ejército, e intereses USA tienen el deber de vigilar el mundo entero, imponienso su democracia impositiva sobre todas las naciones.

Situación actual

La caída del bloque soviético (1989-1991) supuso el triunfo del neo-capitalismo USA/liberalismo, que extiende su globalización sin competidores: sólo hay un sistema, al parecer sin alternativas, de tal forma que algunos han podido hablar del fin de la historia, como si nada nuevo fuera a darse en el futuro, conforme a una tesis formulada por F. Fukuyama, El Fin de la Historia

LA TRINIDAD AMERICANA. TRES PERSONAS (máscaras), UNO SOLO DIOS

La solución no es un monoteísmo cualquiera: Muchos imperios han sido virtualmente monoteístas, pero han impuesto su dictadura de Dios sobre personas y pueblos[1]. En esa línea avanza el sistema neo-liberal que, tras la caída del marxismo, suele aparecer como único «dios absoluto», que exige adoración monolátrica: permite que existan otros dioses, pero los convierte de hecho en folklore o verdad parcial, al interior de un mercado donde se compran y venden religiones[2].

Éste es a mi juicio el Dios americano. Externamente parece tolerante, y parece dejar en libertad a otros dioses, e incluso se gloría de que existan, distinguiéndose así del comunismo duro, que quería destruirlos Pero de hecho ha impuesto sobre el mundo su falso «monoteísmo trinitario» de Capital-Empresa-Mercado:

- Dios Padre, el Capital. Sólo el dinero es Dios, no hay otro DIOS que el dinero. Parece providente, ofrece beneficios tangibles a sus siervos y devotos, pero, conforme a la acepción que judíos y cristianos daban a ese término, es un «ídolo»: No es fuente de gracia (creador), ni comunicación real, sino Mamona sobre todos los grupos y personas (cf. Mt 6, 24). Vale en sí: es el principio al que todo lo demás se subordina. En ese plano, contra los posibles ensueños politeístas post-modernos, parece que sólo hay un Dios imperante, que no es Yahvé, Allah, ni Padre, sino el Capital todopoderoso.

-Dios Hijo, la Empresa. bienes de consumo y la empresa que los fabrica, al servicio del capital. Hombres y mujeres vivían antaño en contacto inmediato con la realidad, campo y mar, lluvia y cosecha, que eran signo de Dios (hierofanía); las nuevas religiones han destacado la importancia de los enviados de Dios (Cristo o Mahoma, Buda o Krisna). Pues bien, el sistema neo-liberal ha divinizado la empresa productora. Más que los bienes naturales o el trabajo personal, importa la «fábrica», que no crea vida, sino medios de consumo. Ella parece el Cristo actual y se eleva sobre grupos y pueblos, sin fronteras. Procede del Capital y le sirven, ofreciendo trabajo y consumo a sus beneficiados, como Mesías productor.

-Dios Espíritu Santo, libre Mercado para los que tienen capital. Antes había naciones (unidades de generación), iglesias (castas, Shanga, pueblo, comunidad, Umma...) o estados, lugares de manifestación de Dios y encuentro humano. Ahora los hombres tienden a comunicarse de un modo indirecto, a través del mercado, donde van los devotos a ver, admirar y comprar. Su influjo se extiende por doquier, de forma que todo se logra pagando, si uno «dios» está en el otro: capital en empresa y mercado; mercado en empresa y capital... El mundo entero es una feria sin ni trabas, donde se compran incluso personas[3].

 FIN DE LA HISTORIA. ESTO ES LO QUE HAY, NO HAY MÁS “HISTORIAS”

Hegel suponía que su “razón” era el culmen de la historia. Por su parte, Comte, suponía que, una vez que se extendiera el culto de la Humanidad Positivista, por la Religión de la Ciencia, la historia habría terminado. Son pocos los que hoy recuerdan su religión, pero muchos los que, de un modo o de otro, suponen que la historia ha llegado a un tipo de meta, que es el mismo progreso histórico de la actualidad, tal como se expresa en la economía y política neo-liberal imperante desde la caída del modelo marxista soviético (1989-1990).

En este fondo, a modo de apéndice, quiero evocar, por ser más conocida, la obra de un ensayista y agente político como F. Fukuyama.[4] A su juicio, tras la caída del marxismo, con la extensión de la democracia liberal, el avance de la ciencia y la expansión de la libre empresa capitalista y los mecanismos del mercado, puede afirmarse que el tiempo de los cambios traumáticos de la historia ha terminado.

Se ha cumplido el tiempo, ha llegado la etapa final, positiva, de la humanidad, en la que reina la ciencia neo-liberal (vinculada al capitalismo), de manera que sólo quedan sin solucionar sobre la tierra algunos conflictos periféricos (interpretados desde el sistema dominante como terrorismos) y los antagonismos normales (necesarios) del mercado que se ajusta de un modo constante, creando nuevos intercambios, sin mudar ni cambiar su contenido básico.

 Por fin, los humanos han descubierto su lugar en el mundo, han llegado a la meta de su historia, de tal forma que pueden hablar de la sacralidad básica del proceso humano: Lo que Kant anunció se ha logrado (ha llegado la Paz perpetua, fundada en la insociable sociabilidad de los hombres); se ha superado el enfrentamiento hegeliano, de manera que no existen amos ni esclavos, sino sólo intereses comerciales que van ajustándose en el mundo; se ha cumplido el deseo de Marx, pero de un modo distinto, no por la dictadura del proletariado, sino por la libertad del mercado...

Pues bien, en contra de eso podemos afirmar que el tiempo no se ha cumplido. El neo-capitalismo liberal no ha satisfecho ninguna de sus promesas (a no ser la del progreso de la ciencia instrumental pura). Los grandes problemas de la humanidad continúan y, en parte, han aumentado. Sigue habiendo dolor, hay sufrimiento e injusticia sobre el mundo. Ciertamente, crece el bienestar de algunos, pero crece más la opresión del gran parte de los hombres, que viven y mueren en los límites del hambre.

Se consolida, sin duda, un tipo de democracia de los fuertes; pero aumenta el terrorismo de los privilegiados, que toman el mundo como finca particular, al servicio de sus intereses, aunque media humanidad muera de hambre; también crece el terrorismo de los inadaptados, que reaccionan con violencia a la opresión de los dueños del sistema (utilizando a veces sus mismas armas). En medio de esto, se consolida y crece la propaganda y mentira de los grandes medios, controlados por el capital, que quieren convencernos de lo hermoso que es hallarnos sometidos. En ese contexto queremos recordar dos afirmaciones básicas:

Planteada así, la teodicea ha salido del espacio de las grandes teorías ontológicas, para situarse en el campo de la vida social, cosa que sabían ya los autores de la Biblia judía y cristiana. Esta es la lección que recibimos de los grandes ilustrados: Quisieron situar a Dios en un nivel de razón neutral, fuera de las tradiciones religiosas y de la sociedad de las iglesias. Pues bien, ahora vemos que Dios sigue habitando donde antes estaba: En la más experiencia de los hombres y mujeres, en las tareas y conflictos de la sociedad.

Los ilustrados quisieron resolver los problemas de la humanidad con un Dios de razón (o con la razón sin Dios), pero esos problemas continúan: Sigue abierta y sin resolverse (sin hallar sentido o solución) la marcha de la historia. Por eso es normal que, en contra de los idealismos de Kant y Hegel, de Marx y Comte, muchos afirmen que la historia carece de sentido y meta: No sigue avanzando, ni ha culminado, pues no tiene a dónde ir, ni va a ninguna parte. Han pasado (están pasando) los años del fácil optimismo, de fe en el progreso. Aumenta la opresión de millones de perdedores, que mueren cada año, físicamente, de hambre o enfermedad, fuera del sistema. Crece, al mismo tiempo, la angustia y falta de sentido de otros que parecen triunfadores, dentro de un sistema que les da pan, que resulta incapaz de responder a sus preguntas verdaderas, dando un sentido a su existencia.

[1] Así lo quiso Roma, donde algunos emperadores se pensaron representantes de Dios sobre la tierra. Sigue siendo clásico Th. Hobbes, Leviatán,  Nacional, Madrid 1983; ed. original 1651. Cf. E. Peterson, El Monoteísmo como problema político, Trotta, Madrid 2000;.R. Mate, El ateísmo, un problema político, Sígueme, Salamanca 1973.

[2] El sistema comunista, oficialmente ateo, ha fracasado porque ha suscitado ideales de libertad y creación compartida: No ha cumplido lo que prometía. El capitalismo ha resistido a las críticas del marxismo y parece elevarse hoy como único sistema. Tiene elementos positivos, en un plano de libertad formal, creatividad y pluralismo ideológico. Pero en su forma dominante neo-liberal suscita grandes problemas, pues se define por la prioridad del capital, que parece extenderse como único Dios verdadero. En muchos sentidos, el marxismo era más idealista, moderno e ilustrado (incluso religioso) que el capitalismo, pero sus defectos (violencia, imposición burocrática...) le hicieron fracasar, de manera que ahora se eleva el capitalismo neo-liberal, como única como religión e ideología post-moderna, que todo lo convierte en producto y objeto de mercado donde se negocian por dinero las personas (cf. Ap 18, 11-13).

[3] Cf. R. Petrella, «Le Dieu du capital mondial»: Où va Dieu?, Revue de l’Univ. de Bruxelles 1999, 1, pp. 189-204.

[4] F. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona 1992

8 ene 2026

Liberar a Dios, acompañar a Jesús

Liberar a Dios, acompañar a Jesús

1. Liberar a Dios para la vida que es amor. Ciertamente, la Iglesia cristiana apela al Dios de la Biblia, pero en su conjunto la teología y la práctica ordinaria de la jerarquía eclesial sigue dominada por un Dios ontológico (un poder cósmico de fatalidad, que mueve y domina el mundo desde fuera) y de Antiguo Testamento muy poco matizado y sin haber sido reformulado en la línea de Jesús: Un Dios de violencia y talión, Señor de juicio y sacrificio, Poder Dios patriarcal de dominio que somete a los hombres y mujeres desde arriba, a través de una jerarquía eclesiástica que actúa como representante suyo, en línea de poder.

Pues bien, un Dios como ése que no es cristiano, y así debe mostrarlo la vida religiosa, cuya primera tarea será liberarle, para que pueda mostrarse como es, “paternidad de amor” no patriarcalista ni impositiva, paternidad‒maternidad, energía creadora, eros supremo, sin más deseo ni tarea que amar, desde abajo, desde dentro, implicándose y comprometiéndose en la misma trama evolutiva del cosmos y, en especial de la vida y tarea de los hombres y mujeres, sin imponerse desde fuera, sin dominar con violencia, sino que actúa como amor que atrayéndolo todo y juntándolo en amor lo dirige (se dirige) hacia el futuro (esperanza) de la Vida, donde nada se pierde ni destruye, sino que todo se acoge y eleva.

2. Liberar a Cristo para la verdad de su proyecto. Ciertamente, la Iglesia oficial ha “divinizado” a Cristo en los Grandes Concilios (Nicea y Calcedonia, años 325 y 451 d.C.), pero lo ha hecho identificándolo casi, implícitamente (y con él a Jesús) con el Primer Motor y la Primera Causa de Aristóteles, y con un tipo de Señor Sacrificial (impositivo) del Antiguo Testamento, al que los hombres “reparan” con sus holocaustos y expiaciones, y al que obedecen con su sometimiento.

           Pues bien, en contra de eso, con la gran tradición espiritual (representada, por ejemplo, en España, por San Juan de la Cruz) la iglesia actual debe “liberar” a Jesús de ese tipo de falsa divinidad, para que podamos llamarle “Dios”, pero según el evangelio, manteniendo, si hace falta, las declaraciones de los Concilios, pero interpretadas y vividas desde la misma experiencia radical del evangelio, volviendo al lenguaje narrativo, parabólico (no al ontológico), al lenguaje de la vida, que es el amor que encuentra y comparte caminos de comunión, en gesto de vida gozosa, regalada y compartida de un modo gratuito hasta (por encima) de la misma muerte, una muerte manejada como arma de dominio por los poderosos de la tierra, cuyo Dios es el “vientre”, es decir, el poder que se mantiene dominando a los demás.

3. Liberar al Espíritu Santo para la creatividad. Seguimos en la línea trinitaria ya esbozada del empoderamiento para la comunión (es decir, para la relación de amor), conforme a la experiencia y tarea radical de los “votos” religiosos, entendidos por O’Murchu como despliegue de la personal, relación activa, desde la “castidad” que es la experiencia creadora del amor, en forma creadora y gratuita, como hombres y mujeres concretos, en el camino fundante de la vida que es Dios. En esa línea vienen a situarse también los dos votos siguientes que sonel de sostenimiento mutuo (pobreza) y el de colaboración mutua (obediencia).

           De esa forma se despliega el Espíritu Santo, que es la Vida de Dios que se encarna y “existe” (despliega su divinidad) en el movimiento amoroso de la vida, que culmina y se expresa, de un modo especial (desde la perspectiva cristiana) por medio de Jesús, a quien la Iglesia ha visto y confesado como “portador del Espíritu”. Ciertamente, la Iglesia cristiana apela al Espíritu Santo en los momentos esenciales de su desarrollo, pero lo tiene como “secuestrado” en manos de su jerarquía de poder, como si fuera ella misma (la Iglesia jerárquica, no el Espíritu Santo) la portadora y administradora de Dios, con sus dogmas y sus sacramentos oficiales, con la ordenación de nuevos jerarcas y la celebración oficial de la eucaristía y del perdón de los pecados. Pues bien, sin abandonar la Iglesia cristiana, dentro de la gran tradición de Jesús, los religiosos (con todos los cristianos que se sienten liberados para la vida de Dios) quieren retomar y actualizar la experiencia creadora y compartida del Espíritu de Dios.

4. Liberar a la Iglesia para el evangelio. Del plano anterior, de tipo más “trinitario” (liberar al Padre, al Hijo Jesús y al Espíritu Santo), quiero  pasar y pasa al campo más concreto de la Iglesia, entendida como espacio y camino vital de comunicación interhumana, en línea de relación de amor (castidad religiosa), concretada en la colaboración no jerárquica de los hombres y mujeres (obediencia) y en el sostenimiento mutuo del trabajo compartido y de la comunión de bienes (pobreza), al servicio del despliegue divino de la vida humana (y del despliegue humano de la vida divina).  

           No se trata de volver sin más a los tres primeros siglos, que culminaron y de algún modo se cerraron con la llamada “paz constantiniana” (principios del IV d.C.), que vinculó a la Iglesia con el poder greco‒romano, de tipo jerárquico, en línea de pensamiento ontológico y de dominación social (derecho romano). No se trata de reproducir de un modo purista lo que fue al principio, pues en la historia de Dios no podemos volver nunca a lo ya sido, sino de aprender de ese pasado, retomando desde las nuevas circunstancias de vida y muerte de este mundo (principios del siglo XXI) a los principios del evangelio de Jesús, para recordar y recrear desde ellos el camino del Espíritu Santo, retomando así el “arquetipo” de la vida religiosa (que aparece también en otras grandes religiones), en una línea cristiana, religiosa, humana.

5. Liberar la teología, es decir, la palabra, para la narración y el diálogo (enriquecimiento mutuo) entre los hombres, no para el sometimiento dogmático a u tipo de palabra normativa, que viene de fuera y se impone sobre todos, en línea de poder patriarcal, sino para la narración y el diálogo entre todos, es decir, para el testimonio y comunicación de la vida. Ésta es la teología que se expresa en las fuentes cristianas (especialmente en los evangelio)s, la teología que va rastreando en las grandes creaciones de la vida religiosa.

           Un tipo de teología oficial ha querido “imponer” su doctrina como “verdad separada” que vale en sí misma, fuera de la comunicación, de forma que hombres y mujeres no tienen más remedio que someterse a ella, en línea ontológica y patriarcalista, como si el hombre estuviera hecho para inclinarse humillado ante un poder exterior divino, con la obligación de ofrecerle sacrificios que le aplaquen por nuestros pecados y conseguir su favor, a través de ofrendas, en la línea de un duro “talión” (doy para que me des), aunque quizá un poco moderado quizá por un tipo de alianza desigual en la que Dios se impone siempre desde arriba, por sí mismo o por sus representantes en la tierra (que son los sacerdotes y jerarcas).

           Frente a esa “teología” que se establece y cumple por obligación, está la teología (logos o conversación) de la vida de Dios, que despierta en nosotros su Palabra (él es la Palabra), no en forma de imposicióny dogma, sino de conversación, es decir, de narración y testimonio, de llamada y respuesta, en colaboración de amor (castidad), en despliegue compartido de vida (obediencia) y en la comunión de bienes (pobreza). Ésta es la teología de la palabra de la vida que se ofrece (se narra), se dice y se comparte, como hacen los evangelios de Jesús, sin convertirse nunca en dogma impuesto desde arriba y “administrado” por un tipo de funcionarios sacrales al servicio del sistema.

 

CREDO DE NICEA (2025). ACOMPAÑAR A JESÚS

1. Jesús es “Dios” porque realiza y despliega su vida en amor solidario, hacia los hombres y mujeres concretos de su entorno. No buscó el poder para dominar y así “ayudar” desde arriba a los demás (en la línea de cierta jerarquía cristiana posterior), como un Dios patriarcal, ni como un dirigente político. Vivió en amor, y así fue regalando su vida, en forma de palabra sanadora y empoderadora a los pobres y humillados de su entorno, mujeres y niños, enfermos y expulsados sociales. Su amor fue a la vez íntimo (cercano) y universal, abriendo/expresando con su vida un camino de palabra y vida para todos.

No sabemos si estaba “casado” (probablemente no, en aquellas circunstancias), pero su amor fue cercano en cada caso, con niños, con mujeres con varones, creando así una comunidad alternativa de amigos en libertad, capaces de darse la vida y de vivir unos a otros. No sabemos que dejó una viuda tras su muerte, y unos hijos herederos (en una línea califal), aunque parece que “no”, pues la identidad de su esposa y la herencia de sus hijos se hubiera conocido en aquel contexto oriental. No dejó mujer e hijos, pero dejó “amigos”, como saben no sólo los evangelios (especialmente Marcos y Juan) sino también Flavio Josefo, cuyo testimonio (quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererle tras la muerte… Ant., XVIII, iii, 3) resulta esencial para entender el cristianismo.

2. Jesús es Dios (siendo hombre verdadero) porque ha sido capaz de regalar la vida y compartirla con los otros (hasta en la cruz),no por sacrificio (para pagar alguna deuda oscura a un Dios todavía más oscuro), sino por generosidad e impulso de amor. No murió por sacrificio, para dar a Dios algo que los hombres le debían o por castigo (para así pagar alguna deuda divina), sino al contrario, porque él era “como Dios” (o, mejor dicho, porque él era Dios) regalando y compartiendo gratuitamente vida, desde abajo, entre los últimos del mundo, en contra de un poder jerárquico (gobernador de Roma, sacerdotes de Jerusalén) que se mantenía y se mantiene imponiéndose a los demás. Ésta es la novedad de Jesús, ésta su divinidad, no un tipo de sadoquismo martirial, ni una obediencia sacrificial, sino el amor solidario por los hombres, mujeres y niños con quienes había compartido su amor.

En ese sentido, como sabe el evangelio de Juan, la “resurrección” de Jesús se identifica con su misma vida de amor en gratuidad, en libertad, hacia los otros. Sólo en esa línea se puede entender su “celibato”, que no es falta de amor, sino amor generoso y abierto, siempre concreto, hacia los hombres y mujeres de su entorno. Según eso, antes de ser casados o solteros (que son opciones importantes, pero que vienen siempre en un segundo momento) todos los seguidores y amigos de Jesús han de sentirse célibes en ese sentido más profundo de la vida, hombres y mujeres que descubren y expresan en el amor mutuo, unos de otros y con otros.

3. Jesús resucita en Dios, resucitando en la fraternidad (comunión de amor) de la iglesia. Su “tradición” no se ha perpetuado en unos hijos, sino en unos hermanos y amigos, que acogen y ensanchan la experiencia de su vida en amor. De esos amigos y sobre todo amigas de Jesús dice el evangelio que "le han visto" tras la muerte, es decir, que han descubierto y cultivado (expandido) su presencia en forma de amor. Jesús no ha transmitido su herencia a través de una familiar patriarcal, en las que el poder va pasando por generaciones, de padres a hijos, como en las dinastías de reyes y sacerdotes normales del mundo; no dice a los suyos "creced y multipli­caos", como dijo Dios a los hombres al principio de los tiempos (cf. Gen 1, 28), sino "haced discípulos (=extended el discipulado)”, es decir, “sed amigos unos de los otros, como yo lo he sido (cf. Mt 28, 16-20; Jn 15, 15).

Este amor “pascual” de Jesús es amor de afecto concreto, lleno del “erotismo” más hondo del Dios de los profetas, que es padre y amante, que es amigo, impulso y presencia de amor en las diversas circunstancias de la vida, sin padres‒patriarcas, sin señores y siervos, sin hombres sobre las mujeres (cf. Gal 3e, 28), un amor múltiple que puede tomar y toma las diversas formas de afecto y comunión de la tierra (amor paterno y filial, pero sin patriarcalismo ni sumisión; amor homosexual o heterosexual, siempre con intimidad y respeto a todos etc.).

4. Un Cristo hermano que dirige y anima el mundo, sin tomar nunca el poder.Una fuerte tradición antigua, que está en el fondo del monacato oriental y occidental, ha presentado a Jesús como un monje (amigo y/o contemplativo) que se separa en un sentido del mundo, para dirigirlo y animarlo mejor, desde su po­derosa soledad, por atracción y compañía de amor, nunca por poder impositiva, distinguiéndose así de los poderes oficiales o mundanos de imperios e iglesias (gobernadores y obispos) que organizan y go­biernan con leyes y sanciones sus “rebaños”, en el orden externo de la vida.

Sólo un hermano, que sabe moderar su egoísmo , pero no por sacrificio sino por amor a los demás, no para dejar de amaree, sino para amar de un modo más intenso, supera el ansia de tener, y el deseo sexual como dominio sobre otros (pero no el sexo que es lenguaje y presencia de amor), siendo dueño de sí mismo y amigo de otros, en contemplación intensa, puede animar y alimentar en verdad el despliegue y destino de la historia humana. En esa perspectiva, ce­libato y castidad no son signo de alejamiento del amor, ni de dominio sobre los demás, sino potencia de espíritu, que ofrece al monje la verdadera autoridad de amor, en sintonía con los poderes más hondos del cosmos que se expresan en el corazón del hombre.

 5. Un Cristo Amigo del alma, erotismo creador.    Esta visión ha sido más desarrollada por mujeres, pero también por varo­nes, al menos desde la Edad Media. Tiene raíces bíblicas, pues el mismo Nuevo Testamento presenta a Jesús como esposo (en una tradición múltiple, presente en Mt y Lc, en Pablo y Juan), siguiendo una experiencia muy hon­da de los profetas del amor de Dios. En esta línea, la verdadera castidad cris­tiana (monacal) es experiencia de enamoramiento místico y mesiánico con Jesús, quien viene a presentarse como encarnación personal del amor de Dios, tal como lo han puesto de relieve varias santas medievales y, de un mo­do especial, los contemplativos del Carmelo (Teresa de Jesús, Juan de la Cruz).

Esta no es una línea exclusivamente cristiana, sino que puede encon­trarse en ciertas formas de monacato hindú y budista y en la ex­periencia de muchos sufíes musulmanes, que han desarrollado for­mas de contemplación cercanas a la vida religiosa cristiana. El celibato apa­rece así como expresión del enamoramiento supremo, en formas de "erótica" espiritual que constituyen una de las cumbres de la literatura y la mística cris­tiana. Un tipo de monacato cristiano ha desarrollado de forma consecuente esta experiencia y dentro del cristianismo un tipo de vida religiosa, especialmen­te femenina, que ha encontrado en Jesús al esposo cercano, al amigo del al­ma, el amor crucificado y abierto a la resurrección.

 6. Hombre compasivo, hombre para los demás.  La experiencia anterior del amor se ha desarro­llado en una perspectiva diferente, de servicio caritativo, descubriendo y ex­plorando otra faceta de la vida de Jesús: era compasivo, al servicio de los ex­cluidos y oprimidos de su entorno, superando así un tipo de familia clausurada, de tipo exclu­sivista, que intentaba encerrarle en una casa (cf. Mc 3, 31-35), pues su ver­dadera familia eran todos los que cumplen la voluntad de Dios, con el ham­briento y sediento, el exilado, enfermo o encarcelado (cf. Mt 25, 31-45).

En esta línea del Cristo compasivo se inscriben muchas congregaciones religio­sas de la modernidad, para las que el celibato significa ante todo ternura compasiva, em­patía con los pobres, cercanía y solidaridad respecto de los rechazados de la sociedad. También Buda y otros grandes hombres religiosos han podido cul­tivar un tipo de compasión semejante, pero ellas se ha desarrollado de un modo es­pecial en el cristianismo. En esta línea, el celibato es libertad y entrega al servicio de los demás.  

4 ene 2026

6.1.26 Epifanía. Los niños, primera autoridad en la iglesia

Adoración de los magos. Reyes al servicio de niñp

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. 10Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. 11Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra (Mt 2)

PRIMER EVANGELIO, EL EVANGELIO DE LOS NIÑOS

1. Niños, la mayor autoridad (Mc 9, 33-37)

El texto se sitúa en la casa eclesial de Cafarnaúm, donde ha llegado Jesús tras haber caminado con los discípulos que le han seguido a distancia, discutiendo sobre quién será el primero. Jesús les habla de entrega de la vida, ellos quieren tomar el poder. En ese contexto les propone el ejemplo de los niños, que han de ser la primera autoridad en la familia de la Iglesia.

1. Discusión en la Iglesia. Un tema de poderes. Deberían acoger la enseñanza de Jesús; pero se han separado de él, y argumentan por su cuenta, sin entender su mensaje. Piensan que no les oye, pero lo hace y, al llegar a casa  les pregunta: ¿De qué hablabais en el camino? (Mc 9, 33). Éstos podrían haber sido sus temas:

Podían haber hablado de la dureza del seguimiento de Jesús, con la exigencia de seguirle, superando los lazos de una vieja familia donde todos (incluidos los niños) tienen un lugar asegurado (cf. Mc 1, 16-20). Supongamos que unos padres siguen a Jesús, dejándolo todo. ¿Qué pasará a sus hijos, quién les cuidará? ¿No será Jesús un duro profeta de la muerte a cuyo lado es imposible el juego y canto de los más pequeños, la aventura de la vida y el gozo espontáneo de la infancia?

Podían hablar del destino de su vida. Jesús acaba de anunciarles que será entregado (Mc 9, 31), pidiéndoles que se nieguen y tomen la cruz para seguirle (cf. 8,34-9, 1). En ese contexto, ellos podrían suponer que el evangelio exige gente arriesgada, capaz de buscar los primerospuestos. Desde ese fondo, alguien habría añadido quizá que un grupo como el de Jesús no ofrece verdadero lugar para los niños. El evangelio sería cosa de hombres maduros, expertos capaces de dejar todo, especialmente la vida de familia  con los niños…

Pero los discípulos habían discutido sobre quién es (o debe ser) el más grande (9, 34). Es evidente que han surgido envidias, deseos de liderazgo, disputas sobre privilegios. Suele suceder: Jesús no es dictador, no impone su dominio por la fuerza, pero, lógicamente, su grupo tenderá a escindirse en grupitos de influjo o prestigio (como en el principio de Israel, en el camino del desierto: cf. Núm 14 y 16).Pero también puede tratarse de una discusión de principios: precisamente allí donde Jesús, partiendo de su propia utopía sentimental, poco ajustada a la realidad, parece haberse inhibido (no organiza las cuestiones de poder), de manera que sus discípulos tienen que organizar el grupo, estableciendo los necesarios liderazgos.

Jesús había presentado su proyecto en claves de ruptura social, diciendo que sólo crea verdadera humanidad quien se entrega en manos de otros. Jesús no domina, ni se impone, sino que busca espacios de gratuidad y ayuda mutua, abiertos a los más necesitados, desde una perspectiva de entrega de la vida  (cf. Mc 9, 30-31). Su proyecto puede resultar luminoso, pero humanamente hablando parece inviable, pues todo grupo humano debe organizarse, y los discípulos de Jesús deben hacerlo, creando así los puestos clave de la comunidad.

No es que sean torpes (ignorantes) ni malos, como puede suponer una lectura parcial del evangelio, sino todo lo contrario. Son precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita  liderazgo, una autoridad que pueda aunar esfuerzos y vencer resistencias. Conocen la situación; por eso quieren fijar las autoridades como siempre han hecho los seres humanos (antes y después de Jesús, incluso dentro de su iglesia). Ellos podrían entregar la vida (como les ha pedido Jesús), pero no como corderos indefensos sino como líderes bien organizados de un movimiento liberador. Así dice el pasaje:  

Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande. Y sentándose llamó a los doce y les dijo: El que quiera ser el primero, hágase el último de todos y el servidor de todos. Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado (Mc 9, 33-37)

Están siguiendo a Jesús, y eso supone que aceptan de algún modo su ideal de reino. Pero, como realistas deben traducir ese ideal en cauces de organización y poder. Hacen lo que han hecho y lo que siguen haciendo las instituciones sacrales (iglesias): acogen a Jesús, pero deben traducir su movimiento en una línea de realismo social. Por eso conspiran a su espalda,  para bien de Jesús, introduciendo un correctivo en su proyecto. Es como si fuera necesaria una doble verdad, un doble lenguaje: Para que pueda triunfar, el evangelio mesiánico (que es pura gratuidad), sin poder alguno, requiere organización y ellos parecen dispuestos a crearla.

2. Gesto y palabra de Jesús. Pues bien, Jesús destruye esos sueños de autoridad mundana y así presenta con realismo lo que implica seguirle en el camino del Reino. Sólo superando la lógica y deseo de poder se pueden plantear las cosas como él hace, abriendo un nuevo espacio de familia donde los niños puedan ser acogidos, como muestra la continuación de la escena. Jesús llega a la casa de su grupo, signo de la iglesia (cf. Mc 3, 20-35), y allí se enfrenta con sus seguidores, rechazando su visión de autoridad y su deseo de ocupar los primeros puestos:

a: Inversión: Ser el primero (9, 35). Jesús se sienta en la cátedra de su magisterio, convoca a los Doce (poder eclesial) y les dice: ¡Quien quiera ser primero hágase el último...!). Habían empezado a construir una iglesia sobre bases de poder, desde el mayor y primero  (meidson, prôtos), y Jesús invierte ese modelo no necesita mayores ni primeros, sino últimos y servidores  (eskhatoi, diakonoi). Quiere personas que sepan ponerse al final, para ayudar desde allí a los otros, superando la lógica del mando. Al hablar así, no ha criticado un simple vicio de egoísmo de unos pobres discípulos torpes sino que ha invertido la misma estructura de la vieja sociedad, edificada a partir de los poderosos.

– b: Gesto simbólico: Pone a un niño en el centro del grupo y le abraza  (9, 36). Los discípulos se creen importantes para ejercer su poder y dirigir la vida de otros, desde los primeros puestos, organizando la estrategia del reino de Dios. Saben que  para funcionar un grupo humano necesita dirigentes. Pero donde ellos se elevan sobre los demás, los otros (inútiles, niños) quedan dominados, en segundo plano. Por eso, para invertir ese modelo y crear una familia distinta, Jesús toma a un niño y realiza un signo doble: (1)  De autoridad: le coloca en el centro (estêsen auto en mesô autôn); los discípulos discutían sobre ese centro, pero ahora descubren que está ocupado ya por el niño a quien Jesús coloca en pie, convirtiéndole en jerarquía máxima, en medio del corro donde él mismo estaba en Mc 3, 31-35. (2)  De amor: le abraza (enankalisamenos), en gesto de cercanía y cariño. Buscaban los discípulos poder, habían empezado a conspirar. Pues bien, Jesús descubre y vence su conspiración ofreciendo (abrazando con) amor a un niño. De esa forma, interpreta la autoridad a partir de la ternura: el niño es importante porque está a merced de los demás y necesita cariño; así lo muestra  Jesús poniéndole en el centro de la iglesia, y abrazándole en gesto de autoridad y ternura.

a': Enseñanza conclusiva: Quien reciba a uno de estos niños (9, 37). Reasume la doctrina del principio (el que quiera ser primero), enriqueciéndola a partir de los dos signos (poner al niño en el centro, abrazarle). El servicio (ser último, hacerse servidor) se expresa como acogida familiar del niño. El mundo exterior (dominado por un duro proceso de comercialización elitista) era un lugar donde los niños sufrían las consecuencias de la lucha por el poder, como último eslabón de una cadena de opresiones, de forma que al final ellos podían quedar sin casa (sin familia, sin comunidad). Contra esa situación habla Jesús: ¡Quien reciba (dexêtai) a uno de estos niños...!  Ellos, los niños, aparecen así como signo mesiánico, expresión de autoridad, presencia de Dios sobre la tierra. En ese contexto, recibir significa acoger a los niños en la casa-familia de la iglesia. 

 Había en aquel tiempo niños sin familia, necesitados de acogida y afecto. Pues bien, con su gesto y palabra, Jesús les declara corazón y autoridad suprema de la iglesia. De esa forma, lo que empezaba siendo pregunta jerárquica sobre el poder, entendido como signo de Dios sobre el mundo (¿quién es más grande?), desemboca en una exigencia práctica de inversión del poder, de anti-jerarquía: ¡la esencia de la iglesia consiste en abrir espacios de vida y crecimiento, de afecto y maduración, para los más necesitados, y de un modo especial para los niños! 

Como hemos visto (y veremos con más detención), este Jesús de Marcos ha superado un modelo de familia patriarcalista, fundada en ancianos o presbíteros, garantes de estabilidad social (que expulsa a los pobres y excluye a los distintos), para crear un corro de oyentes que buscan juntos la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35; cf. 7, 5). En esa línea había realizado su tarea, abriendo una mesa para todos en fraternidad (6, 6-8, 26), poniendo de relieve la exigencia de entrega de la vida por el evangelio (8, 34‒9, 1). Pues bien, siguiendo en esa línea, él afirma ahora que el primer lugar de la iglesia, entendida como casa de familia, ha de ser para los niños, no por el valor de sus padres y su genealogía, sino porque están necesitados.

3. Iglesia, una comunidad para niños. El problema no está en saber quién domina, controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino en si recibe a los niños. De esa forma pasamos del ámbito más privado de un pequeño hogar(con unos padres que se ocupan de sus hijos) al espacio compartido de la iglesia o familia grande donde los niños (unas veces con padres, otras sin ellos) han de formar el centro de identidad y cuidado de todos. La misma comunidad viene a presentarse de esta forma como ámbito materno, casa donde los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos. 

La comunidad no es un grupo de sabios ancianos, sociedad de poderosos o influyentes, asociación de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (y también incompetencias). Conforme a este pasaje, la iglesia es hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños.

De esa manera culminan y se entrelazan los diversos aspectos del mensaje de Jesús. Precisamente allí donde el Bautista anunciaba el fin del mundo (en fuerte crisis social, que parecía destruir toda familia) empieza para Jesús la exigencia de crear espacios de acogida para los niños. La Iglesia no ha de hacer teorías sobre los niños, sino acogerles, ofreciéndoles espacios de maduración humana, en dignidad y ternura.   

Los primeros son los niños. No tienen que hacer nada. No deben alcanzar con su decisión ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr unainfluencia por encima de los otros, pues tienen valor porque están necesitados, es decir, porque su forma de aprender y su misma vida “física” dependen de aquello que les ofrezcan los mayores. Su valor está en su propia pequeñez, es decir, en su dependencia. No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son por sí mismos, por hallarse (como se hallan) en manos de los otros.  

Esa debilidad suscita un compromiso, como indicaban las normas fundamentales de la Ley sobre huérfanos, viudas y extranjeros (cf. cap. 4). Pues bien, en ese contexto, Jesús insiste en la importancia de los niños, como seres que dependen de la acogida de los otros. Los miembros de la nueva casa cristiana han deofrecerles lo que son y lo que tienen, es decir, su casa, haciéndose de esa manera su familia. La ruptura familiar del evangelio (donde debe superarse la misma figura del padre patriarcal) ha de traducirse en un gesto de ayuda hacia los niños. Ellos son lo que importan; a su servicio ha iniciado Jesús su mensaje.

La iglesia como grupo especializado en recibir a niños. La palabra clave (recibir-acoger: dekhomai) había aparecido en Mc 6, 11: los misioneros quedaban en manos de aquellos que podían recibirles o rechazarles. Ahora son los discípulos de Jesús, los que deben acoger a los demás, de un modo especial a los niños. Frente a la institucionalización del poder que ellos proponían (¿quién es mayor?), instituye aquí Jesús una familia al servicio de la acogida integral de los pequeños.

3. Autoridad de los niños. Jesús supera de esa forma todo sacralismo eclesial y toda autoridad interpretada como signo de Dios (en la línea que propugnan los discípulos), para poner de relieve la autoridad de los “más pequeños”, que dependen de los otros. Los niños a quienes alude el texto no tienen importancia por ser judíos (de buena raza), ni por ser cristianos (iniciados, bautizados) sino simplemente porque son pequeños (necesitados) y dependen de la acogida de otros.  Frente a una sociedad de presbíteros patriarcas donde los hombres y mujeres  importan por sexo, ley y autoridad surge aquí una sociedad materna, es decir, de madres y hermanos que se ocupan ante todo del bien y de la felicidad, es decir, de la acogida y del crecimiento más hondo de los niños (necesitados).

Es evidente que Jesús funda su iglesia como hogar materno para niños, de manera que podríamos hablar de una iglesia de mujeres, cuidadoras de niños. Él no es mujer ni madre, en el sentido convencional del término; pero ha dado primacía a la función tradicional de la mujer al servicio de la vida. Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón mediterráneo y judío, educado para el sexo y honor, la autoridad y trabajo, y, en esa línea, él aparece como un hombre escandaloso, mesías de ternura que no sólo abraza a los niños en medio del grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y reino.

El mismo niño necesitado es autoridad, signo del mesías (¡quien le recibe a mi me recibe!). En el espacio central de la iglesia, abrazado a Jesús, encontramos a un niño, es decir, a un ser humano que depende de la acogida y ayuda de los otros. Ellos, Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Desaparecen los modelos de dominio (ser más grande, ser primero), el mayor y primero es el niño, no hace falta buscar más. A partir de ahí se puede hablar de iglesia: ¡Quienes acogen al niño, ofreciéndole espacio para el abrazo en el centro de la casa, esos son comunidad cristiana!

El tema biológico o de pequeña familia (centrado en la madre o en los padres del niño) sigue estando en el fondo, pero no ocupa ya el primer plano. Lo que importa y crea iglesia es la acogida social. La comunidad cristiana debe ofrecer espacio humano, lugar de acogida y crecimiento al niño que ya existe. No es cuestión de dogmas más o menos sagrados, ni de grandes estructuras. La tarea de la iglesia es ofrecer  lugar para los niños. Es evidente que en ese contexto el mayor pecado de la familia cristiana será “escandalizar” a los niños, es decir, utilizarles al servicio de los propios intereses personales o grupales, en plano afectivo, laboral o social (cf. Mc 9, 41-50 par).

Desde ese fondo ha de entenderse la función de los Doce a quienes el texto presenta como paradigma de la comunidad. Ciertamente, ellos han salido a ofrecer evangelio como misioneros (Mc 6, 6-13), pero Jesús les hace ahora guardadores de familia; evidentemente, han de cambiar mucho para ello. Frente a unos discípulos patriarcalistas que buscaban el dominio (ser grandes, conquistar con riesgo los primeros puestos) ha elevado aquí Jesús el modelo de una iglesia que es familia, hogar materno al servicio de los más pequeños.

2. Niños de Jesús, una iglesia-cuna (Mc 10, 13-16)

   Este pasaje reasume y completa el tema del anterior, en perspectiva de camino (cf. Mc 10,1), en los bordes de la tierra de Israel, de forma que los niños a quienes alude son de fuera,  pero, al mismo tiempo, parecen estar cerca de  la casa  de la comunidad (cf. Mc 10, 10). En el cruce entre el exterior y el interior de la Iglesia emergen ellos,  como destinatarios del mensaje de Jesús, en un contexto donde se resalta la fidelidad matrimonial, pero insistiendo, al mismo tiempo, en la comunidad como familia/hogar para los niños (10, 1-12).

1. Ser familia, importancia de los niños. Hay en la Iglesia otros problemas (y deben plantearse en su lugar), pero en el camino de Jesús ha destacado Marcos la responsabilidad de conjunto de la iglesia ante los niños ya nacidos. Es posible que nosotros, cristianos del siglo XXI, hubiéramos planteado otros motivos (paternidad responsable, número de hijos, anticonceptivos, aborto y superpoblación), pero lo que este pasaje resalta, en la línea del pasaje anterior (Mc 9, 33-37), es  la vida y cuidado de los ya nacidos.

             Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y, abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16).

Éste es un “apotegma”, es decir, un relato simbólico con una enseñanza. Puede tener un fondo histórico, pero su mensaje es básicamente eclesial, y define a la iglesia como casa (lugar de acogida) para los niños, sean o no cristianos:

Traen niños para que los toque (Mc 10, 13a), en una perspectiva que en su origen puede ser mágica (al tocarles, el santón, curandero o profeta transmite a los pequeños buena suerte), pero que en el contexto actual del evangelio ha de verse en clave de vinculación mesiánica. Quienes traen niños (se supone que no pueden andar por sí mismos) son los padres o familiares. Quieren que Jesús entre en contacto con ellos, en gesto muy propio de Marcos (Jesús toca y cura en 3, 10; 5, 27-28; 7, 33; 8, 22). Posiblemente, son los padres o familiares, que no forman (todavía) parte de la iglesia, pero conocen de algún modo a Jesús y le piden ayuda.

Los discípulos quieren impedirlo (10, 13b). No pueden permitir que Jesús pierda el tiempo, que abandone sus ocupaciones importantes, para dedicarse a los niños, en tarea que parece poco digna, propia de mujeres. Es claro que en el fondo del pasaje sigue habiendo una disputa eclesial, como en Hech 6, 1-6 (los grandes de la comunidadno atendían a las viudas y mesas de los pobres): los discípulos centrales (los Doce) no permiten que Jesús se ocupe de los niños; como en Mc 9, 33-37, ellos quieren formar un grupo de poder, bajo su control, y por eso forman una especie de guardia pretoriana o círculo de seguridad en torno a Jesús, impidiendo que traigan a los niños. En esa línea, la iglesia corre el riesgo de volverse grupo de personas importantes, sin corazón ni tiempo para los menores.  

Dejad que los niños vengan a mí... (10, 14-16). Frente a  un tipo de comunidad convertida en espacio de poder controlado por los “grandes”, Jesús reivindica el valor primario de los niños: Son signo del reino, los más importantes; no hay tareamás valiosa que acogerles, tocarles, bendecirles. Entendida así, la Iglesia viene a presentarse como familia abierta a los más pequeños. En medio de su gran ocupación mesiánica, cuando parece que debía dejar a un lado otros temas secundarios, Jesús afirma con solemnidad que esos niños son objeto, centro y meta de su reino.

  Los niños no son sólo objeto del cuidado de los padres, sino de la comunidad entera que, en esa perspectiva, ha de entenderse como hogar (familia) que se abre a los niños como necesitados, sean hijos de creyentes o de no creyentes. De esa manera la Iglesia se abre, superando el nivel de la familia (y de la misma comunidad de los creyentes), apareciendo como casa que acoge por (con) Jesús a los niños. La palabra clave es dejad que...  (Mc 10, 14). Jesús quiere que los niños formen parte de su propuesta mesiánica, diciendo a los dirigentes no se lo impidáis (mê kôlyete), como en 10, 39 donde exigía tolerancia para un exorcista  no comunitario al que quieren prohibir que actúe en su nombre. Ahora les manda que no se opongan, y que la comunidad acoja a los niños, que son signo privilegiado de Dios, pues de quienes son como ellos (toioutôn), es el reino de Dios, y de ellos debe ocuparse, por tanto, la Iglesia. Su respuesta se puede entender y se entiende de dos formas: hacerse niño y acoger a los niños:

Aplicación más intimista: hacerse niño (Mc 10, 15). El texto de Jesús puede entenderse de dos formas. La primera toma al niño como sujeto, y puede traducirse así: Quien no reciba el reino como lo recibe un niño…, suponiendo así que los seguidores de Jesús han de hacerse niños para recibir el Reino de Dios. Frente a un tipo de exigencia activa (conquistar el reino por la ascesis, la ciencia o la violencia) aparece  aquí una experiencia más honda de receptividad: Los seguidores de Jesús han de ser como niños que reciben la vida, en actitud de pequeñez, de aceptación, de acogimiento gratuito, volviéndose pequeños (cf. Mc 9, 35). Ésta es la lectura que ha destacado Mt 18, 1-5 y 19, 13-19, espiritualizando el tema: ¡Debemos hacernos ante Dios como niños!  

Lectura más social: recibir al niño. Pero en el contexto de Marcos, la frase puede y debe interpretarse tomando al niño como objeto. Quien no reciba el reino como se recibe a un niño... Ciertamente, importa "hacerse" niño (=pequeño), pero sobre todo recibir, acoger, ofrecer casa a los niños. El Reino es una realidad que me “recibe” (soy como niño en manos del Reino de Dios, pero, al mismo tiempo, es una realidad que nosotros debemos recibir, como se recibe a un niño. En ese contexto, la Iglesia ha de ser una comunidad especializada en acoger a los niños, un hogar de cariño y amor donde ellos encuentran acogida y pueden madurar, como indicaba ya el texto anterior (Mc 9, 33-37). El reino de Dios se hace presente en los niños, y se recibe (se deja construir y se construye) al recibirlos.

Las dos lecturas (ser como un niño ante el Reino, y acoger a los niños) son buenas y es posible que Marcos haya querido vincularlas, para mostrar así la implicación del aspecto receptivo (ser como niños) y el activo (ofrecer casa a los niños), pero el conjunto de su evangelio y el mismo gesto final de Jesús, que acoge al niño (10, 16), insisten quizá más en la segunda: la iglesia ha de abrirse como espacio de amor y crecimiento humano para los niños.

2. Jesús, mesías de los niños. Este pasaje ha expresado los elementos esenciales de su proyecto mesiánico en relación con los niños. No emplea el término amor  (agapaô), ni el de familia-casa, pero es claro que todo ha de entendersedesde su trasfondo de amor y casa (familia). Jesús, varón mesiánico, realiza aquí un triple gesto de afecto y dignificación respecto de los niños, tanto en plano personal como social: les abraza, bendice e impone las manos (10, 16):

1. Como en Mc 9, 36, Jesús abraza también aquí al niño (enankalisamenos), en gesto de cariño y comunicación vital, propia de esposos, amigos, familiares. El abrazo es la palabra de la piel que acaricia, de las manos que tocan, de los brazos que sostienen, del cuerpo que dice su verdad a otro cuerpo, el compromiso de acoger y defender a otra persona. En este primer nivel se ha situado Jesús, regalando a los niños  la alegría de su vida y recibiendo la ternura y gozo que ellos le transmiten con la suya, en gesto generoso de entrega y donación, para que el otro sea, para que el niño pueda crecer en humanidad.  .

2. Jesús bendice al niño (kateulogei), deseándole y ofreciéndole un futuro de vida, como el mismo Dios hacía a los hombres al principio (Gén 1, 28). No les abandona en su pequeñez, no les deja en su infancia por siempre; quiere que crezcan y gocen, para poseer los bienes de la tierra, pues eso significa bendecir: Regalar a los demás un espacio y camino de vida y palabra, de educación y esperanza. Crear un mundo donde la vida de los niños merezca la pena, eso es bendecir. 

3. Les impone las manos (titheis tas kheiras ep'auta). Este gesto final ha de entenderse como iniciación sanadora (cf. 5, 23; 7, 32) y consagración mesiánica. Imponer las manos significa transmitir a otra persona un poder. Así hacían los que “ordenaban” a los sacerdotes de Israel (cf. Núm 27, 18; Dt 34, 9), así harán después los obispos cristianos, transmitiendo su carisma a otros jerarcas. Pues bien, en gesto que rompe los esquemas de poder israelita, Jesús impone las manos a los niños, ofreciéndoles su autoridad. Ellos, los más pequeños, son desde ahora los verdaderos presidentes de la iglesia.

De esta forma, Jesús ha situado en el primer plano de la iglesia algo que parecía propio de mujeres: las tareas del hogar, el cuidado de los niños. Su comunidad mesiánica es lugar donde no sólo es posible el amor de los mayores, sino también la vida de los niños, pues ellos pertenecen en algún sentido a toda la comunidad que ha de ofrecerles su cuidado. Frente a una posible gerontocracia (mando y control de ancianos), frente a una sacralización de los presbíteros  que fijan desde antiguo la ley y tradición de la comunidad (cf. Mc 7, 3), Jesús ha establecido el gesto sorprendente y amorosa de los niños que, dejándose querer, son principio de vida para la comunidad.

Resumen, niños en el evangelio      

           A menudo hemos creado una Iglesia de mayores (grandes, sabios, dirigentes), mientras los niños han de hallarse sometidos, bajo el dominio de los adultos, en silencio. Pues bien, el evangelio de Marcos ha invertido de manera programada esa tendencia, haciendo de los niños el principio y centro de la comunidad. El mensaje de Jesús abre así un camino de vuelta a la infancia (neotenia), para que los niños puedan crecer, ser familia y comunidad:

Niños en la familia. Los padres están al servicio de los niños y no al revés. Así lo muestran los tres milagros citados, en los que el padre y/o madre debe cambiar y curarse él primero para curar de esa manera al niño: el Archisinagogo y su hija (5, 21-24.35-43), la sirofenicia y su hija (7, 24-30), el semicreyente y su hijo (9, 14-29). Estos pasajes condensan la misión esencial de los padres que han de ser una familia sana, que ofrece un espacio de salud y futuro para los niños.

Niños en la comunidad (10, 13-16). Frente a los discípulos que quieren construir una iglesia de mayores (sin lugar para los niños) presenta Jesús su programa de acción con (para) los niños, en gesto que incluye el cariño (abrazo), la educación (bendición) y el poder (imposición de manos). La iglesia posterior ha ratificado esa opción de Jesús bautizando a los niños, es decir, ofreciéndoles la mayor dignidad cristiana, pero ese gesto no basta si es que no se ofrece a los niños espacios de acogida y crecimiento humano.

Quien escandalizare a uno de estos pequeños… (Mc 9, 42). Esta sentencia que pasa de los paidia (niños por edad) a los mikroi (menores en conocimientos o influjo, sin excluir a los niños) nos sitúa ante el mayor pecado de la comunidad y de los cristianos, que consiste en utilizar y/o destruir a los niños.  

Bibliografía (además de comentarios a Marcos y de “vidas” de Jesús):   

Bunge, M. (ed.), The Child in Christian Thought, Eerdmans, Gran Rapids 2001

Cáceres, H., Jesús, el varón. Aproximación bíblica a su masculinidad, Verbo Divino, Estella 2011

Moxnes, H., Poner a Jesús en su lugar,  Verbo Divino, Estella 2005

Pikaza, X., Historia de Jesús,  Verbo Divino, Estella 2013;  El evangelio. Vida y Pascua de Jesús,  Sígueme, Salamanca 1989, 33-143.

Crossan, J. D. "Kingdom and Children. A Structural Exegesis": JBL, Sem. Papers 1982, 63-80

Légasse, S., Jésus et l'enfant, Paris 1969

Robbins, V. K. "Pronouncement Stories and Jesus Blessing of the Children. A Retorical Approach": JBL Sem. Papers, 1982, 407-435

30 dic 2025

Navidad. Primer sacramento de Jesús. Bodas con vino

Primer sacramento de Jesús. Bodas con vino  (Jn 2, 1-12)

 Presenté hace dos días el tema del “celibato” (no matrimonio) de Jesús según el evangelio de Marcos 3, 31-35. En contra de la opinión y deseo intenso de su madre María y de sus familiares, que querían que se casara al modo tradicional (como Adán-Eva en Gen 2-) y como el mesías judío de Sal 44), rompiendo la tradición más sagrada de Israel, Jesús no se casó, sino que creó una nueva familia de madres, hermanos y hermanas, extendida a los pobres y marginados de la tierra.

El evangelio de Juan 2, 1-11 (bodas de Caná) retoma y recrea ese motivo, de forma escandalosa, sorprendente y recreadora, que la iglesia, en general no ha querido entender ni cumplir hasta el momento (año 2025), aunque el evangelio lo dice con meridiana claridad: Este fue y sigue siendo el primero de los signos, sacramentos y obras de (sêmeia) de Jesús: Que la gente se case y viva en vino de amor y de gracia.

Esta es la navidad de Jesús, si se quiere utilizar este lenguaje. Falta el niño (el niño vendrá, o es ya Jesús) que viene a transformar las bodas del mundo. Para entender este signo de identidad del cristianismo quiero empezar situándolo en su contexto:

1. Éste es el comienzo del evangelio de Juan, el evangelio del nacimiento de nueva humanidad. Lo anterior(Jn 1) ha sido un prólogo: Jesús viene de Dios y ha superado la religión penitencial de Juan Bautista, sacando de allí (del bautismo de penitencia ayuno y devociones particulares a sus discípulos, trayéndoles a Cana de Galilea, la ciudad de las bodas sin vino.

2. El evangelio de Juan quiere recrear la historia del principio de la Biblia, tal como se cuenta en Gen 1-3: La creación de Adán y Eva, con sus bodas frustradas, es decir, con serpiente, veneno o demonio. Jesús quiere empezar de nuevo, con un hombre y una mujer, que son signo de toda la humanidad: Quiere que ue hagan casa, que sean paraíso uno para el otro y en el otro, se quieran, que puedan iniciar una nueva humanidad, pero ellos no pueden. Sólo tienen agua de purificaciones.

3. Este es el evangelio de la Encarnación, es decir, del Dios (=de la Palabra de Dios) hecho carne, en la línea de Jn 1, 1-18. Dios se hace carne, es decir humanidad, Adán-Eva, todos los seres humanos. Encontrar a Dios es encontrar la humanidad, vivir en ella descubrirla como “bodas”, comunión de carne-tierra y del aliento de Dios. Estos novios de Caná son toda la humanidad.

4. El camino de Israel, el camino de la humanidad, concretada y culminada en el agua de penitencia de Juan Bautista (Jn 1, 19-51) no ha bastado, no ha llegado a su meta. Jesús ha ido donde Juan, ha estado con él, pero ese no ha sido el camino de Dios. Por eso busca y encuentra con Juan a siete discípulos y los lleva consigo para iniciar el verdadero camino en Caná de Galilea…donde encuentran a la humanidad real, un hombre y una mujer celebrando unas bodas frustradas, sin vino de amor, de vida, de Dios.

5. Discípulos de Jesús, ciegos. La mujer, madre de Jesús descubre el problema. Los discípulos de Jesús (apóstoles, jerarcas…) no tienen mano para resolver el tema, no logran entender lo que pasa. Pero está allí la “mujer” (Gyne), que es la madre de Jesús, principio de nueva humanidad. Esta es la mujer que en el Génesis ha sido tentada por el diablo, esta es la mujer-madre que en el entorno de Jesús (en la gnosis religiosa) ha sido marginada, condenada, separada de la jerarquía de la iglesia, vinculada con el Diablo. Pero el evangelio de Jesús, según Juan, la rescata y presenta como iniciadora de boda.

6. Esta es la mujer de Gen 3, 15, aquella que aparece como iniciadora de evangelio (proto-evangelio), luchadora contra Satán, signo de maternidad (madre de los vivientes, Gen 3, 20). Ella va poner en marcha el movimiento cristiano, asumido, proclamado y realiza por Jesús, el Hijo de Dios. Que los novios frustrados, sólo con agua para purificarse, tengan vino para hacer casa de amor, para poner en marcha la vida de Jesús, el matrimonio, es decir, el amor concreto, como principio de salvación.

7. Lo que sigue se entiende desde este principio. Aquí se hace presente Dios, empieza el vino/amor de las bodas, se celebra la Navidad, comiza en camino de Pascua… Así dice Juan, así comienza al evangelio, éste el el primer signo, el sello y garantía del principio del Cristianismo: Dios está las bodas de vida, no está arriba, fuera, en cada uno de los amigos de bodas, novios y novias, para amarse. El vino son ellos, unos para el otros. La ley de vida es el amor (el monte del amor). Esta es la primera lección de Jesús a sus discípulos, el reino y camino de la nueva humanidad. Puede empezar ya la historia, suban a Jerusalén para decir que el tiempo y lugar del antiguo templo ha terminado.

EXPLICACIÓN DEL PRIMER SACRAMENTO CRISTIANO

         La explicación normal será seguir leyendo el evangelio y celebrando nuestras bodas de vino en la tierra que empieza a convertirse en cielo. Pero si alguno quiere y tiene tiempo puede seguir leyendo y concretando mi explicación, la explicación que sigue.

         Los restantes  sacramentos de la iglesia (bautismo, confirmación, orden, eucaristía… extremaunción…) vendrán después o serán  innecesarios. El sacramento e identidad del cristianismo son las bodas de amor y vino entre hombres y mujeres. El sacramento de la vida de Dios en el mundo es la misma vida, la palabra encarnada en la humanidad, esto es, las bodas de amor de unos hombres y mujeres, bodas de vino de palabra, de auténtica descendencia[1].

         El tema es el punto de partida de la nueva creación y así lo ha sentido el cuarto evangelio. Por eso, tras hablar de Juan Bautista (Jn 1), es decir, de los temas penitenciales y del agua del bautismo pasa a las bodas, un tema importante para este tiempo en que la gente sigue viviendo en pareja, pero quizá sin boda de Iglesia, esto es, sin invitar a Jesús. ¿Qué sentido tiene invitarle o no invitarle Jesús para las bodas? ¿Qué sentido tiene la oración de bodas.         

         Aquí no puedo responder a esas preguntas, sino comentar el texto de Jn 2, 1-12, evocando la opción de Jesús a favor de bodas, con la madre de Jesús presente como iniciadora y la transformación del agua de la Ley en vino del Reino, pasando así de las purificaciones legales a la experiencia Mesiánica del Reino, con la Humanidad como Novia del Cordero (cf. Ap 20‒21).

A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. 3Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». 4Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? (Τί ἐμοὶ καὶ σοί, γύναι; οὔπω ἥκει ἡ ὥρα μου.) Todavía no ha llegado mi hora». 5Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». 

HHabía allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. 7Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. 8Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron.

 9El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo 10y le dice: Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora. Este fue el primero de los signos, que Jesús realizó en Cana de Galilea, revelando así su gloria, y los discípulos creyeron en el (Ταύτην ἐποίησεν ἀρχὴν τῶν σημείων ὁ Ἰησοῦς ἐν Κανὰ τῆς Γαλιλαίας καὶ ἐφανέρωσεν τὴν δόξαν αὐτοῦ, καὶ ἐπίστευσαν εἰς αὐτὸν οἱ μαθηταὶ αὐτοῦ.( Jn 2, 1-11)

No tienen vino

Había una boda en Caná de Galilea y la Madre de Jesús se hallaba allí (Jn 2,1). Esta anotación causa cierta sorpresa. Podía parecer en el principio que, según el evangelio de Juan Jesús carecía de padres de la tierra, pues había provenido como Palabra de Dios (Jn 1, 1-18). Después se nos ha dicho casi de pasada que era el hijo de José de Nazaret, en afirmación cuyo sentido no quedaba claro (1, 45; cf. 6, 42). Pero el texto añade: La madre de Jesús estaba allí.

La Madre es importante, se la conoce por su título (Mujer, γύναι; cf. Jn 19, 25-27, lo mism que a Eva), que identifica en el fondo a María, madre de Jesús con Eva, mujer de Gen 3, 15, principio de toda la humanidad, Gen 3 20). Ella pertenece al espacio y tiempo de las bodas. No era necesario invitarla: ¡Estaba allí! Las bodas eran para ella un espacio normal (natural), forman parte de su preocupación y de su historia. No está fuera, como invitada, en actitud pasiva; está muy dentro, actuando como supervisora, atenta a lo que pasa y diciendo a Jesús: “No tienen vino·.

Jesús, en cambio, empieza siendo un invitado, viene de fuera, no pertenece al espacio de bodas antiguas: Él y sus discípulos son de un mundo aparte, están como de paso. Lógicamente, no se preocupan de los temas de organización, al menos en un primer momento. Esta es la paradoja de la escena: Jesús viene como por casualidad, per luego actúa como guía y autor (proveedor) de vino de bodas.

Y faltando el vino le dijo la madre de Jesús: ¡No tienen vino! (2,3). Situemos los rasgos de esta frase. Lo primero es la carencia: ¡faltando el vino! Todas las explicaciones puramente historicistas de ese dato quedan cortas: los novios serían pobres, se habrían descuidado en la hora del aprovisionamiento, habrían llegado (con los discípulos de Jesús) demasiados invitados, diestros bebedores... El mensaje y conjunto de la escena es demasiado importante como para contarlo a ese nivel. El tema es que hay bodas de y que falta vino.

Esa carencia es un elemento constitutivo de la escena en aquella situación de bodas. Hombres y mujeres se casan, celebran bodas, tienen hijos… Pero la madre de Jesús sabe que falta vino, gozo de fiesta, celebración, abundancia feliz. Hombres y mujeres se unen forman casas, se relacionan, pero no son felices, de manera que pasan por la vida sin saberlo, sin saberse (saborearse), conocerse y comunicarse de un modo radical, como ha mostrado la parte anterior de este libro al tratar de la eucaristía de Jesús y del vino de las fiestas de la vida humana

 Como si supera que su hijo es especialista en vida humana (eucaristía, comunión), la madre/mujer dice a Jesús “no tienen vino”, falta vida de evangelio, falta humanidad. Esto es lo que sabe y dice la madre. Si Jesús no hubiera esta allí, si no hubiera sido invitado, no se hubiera notado a falta: ¡Por siglos y siglos los hombres se habían arreglado sin (buen) vino! Sólo ahora, cuando llega Jesús, se nota la carencia, la ruptura entre lo antiguo (bodas sin vino) y lo nuevo (vino de Cristo).

Daba la impresión de que nadie había descubierto esa carencia. Jesús está de incógnito. Rueda normalmente la vida y, al no tener más referencia, los esposos (y todos los invitados) se contentan con poco. Sólo la madre (estando Jesús allí) nota la falta, en gesto de vidente o profetisa, en una línea que se puede comparar con la de Juan Bautista. María pertenece al mundo antiguo, de bodas sin vino, pero sabe que su hijo forma parte de un mundo distinto con vino de boda en las bodas.

En esa línea, ella (la madre de Jesús, mujer originaria) se puede comparar con Juan Bautista, que había descubierto y destacado la carencia de los hombres en plano religioso, a la vera del Jordán (río de purificaciones), para decir a todos que la respuesta era Jesús: ¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Jn 1, 29). Avanzando en esa línea, la Madre de Jesús ha descubierto que en las bodas de esta humanidad falta vino (2, 3). Pero ella no ha empezado diciendo eso a los hombres; se lo dice a Cristo en palabra de riquísima advertencia, oración iluminación y velada petición (queriendo que Jesús remedie la carencia).

Para decir ¡no tienen vino! ella, la madre de Jesús,ha de estar (¡y está!) en las fronteras de la vida, entre la humanidad amenazada por la serpiente (sin vino) y la humanidad de Bodas de Dios, en el lugar donde se pasa del día sexto de la creación antigua (bodas sin vino) al séptimo de la plenitud, del día segundo de la muerte al tercero de la resurrección.

Por un lado, la Madre de Jesús es mujer del mundo antiguo, de las bodas sin vino, pero ella conoce y comparte los problemas y preocupaciones de aquellos que no logran gozar el verdadero matrimonio de la vida, el lugar donde debiera desplegarse el vino de las bodas. Ella sabe lo que falta y no lo puede conceder por sí misma, pero sabe que su hijo puede y le dice “no tienen vino.

Siendo mujer del mundo antiguo, la madre de Jesús es, al mismo tiempo, mujer del mundo nuevo: pues sabe que hay un vino distinto de bodas (=Dios) y sabe quién puede concederlo y así se lo dice. La impaciencia del Reino de Dios late en su vida y tiene que expresarla, diciendo a Jesús reverente: ¡no tienen vino!

Esas palabras de petición velada condensan todas las formas de necesidad humana (incluyendo las que vio y destacó Buda en la India unos siglos antes: Hombres y mujeres enferman, envejecen y mueren sufriendo. ¿Cómo responder? ¿Hacerse monjes, casarse por un tiempo?). Buda se hizo monje y siguió caminando hasta la higuera de Benares (junto al Ganges). Jesús ha ido a las bodas de Caná, donde está su madre, que sabe que en la sala del banquete hay seis vasijas de piedra para el agua de las purificaciones, pero que no hay vino[2].

         Haced lo que él os diga (Jn 2, 5) La Madre conoce el problema, pero no puede resolverlo, no puede conceder por sí misma lo que Dios había querido conceder a los hombres, ahora que culmina el día séptimo de la creación!). Ella sabe que su hijo ha venido a traer plenitud al mundo y por eso le confía reverente ¡no tienen vino! (el vino de la Pascua del día 3º, cf. Jn 15: Yo soy la vid). Recordemos que Jesús no es novio, en contra de una perspectiva que muy pronto (cf. Ef 5) se hará común en el conjunto de la iglesia. Su Madre tampoco es esposa, sino iniciadora mesiánica del Cristo. Los esposos son dos desconocidos cuyo nombre no interesa recordar, dos cualquiera, todos los humanos, judíos y gentiles, que al buscarse y al casarse (para vivir) están buscando plenitud, felicidad, sobre la tierra.

Iniciadora mesiánica. Ella ha vivido, ha sufrido, conoce, Dios le ha confiado el encargo de educar al Hijo eterno en la vida de los hombres, y esa educación culmina precisamente ahora: desde su misma madurez, en el momento primero y más solemne de su iniciación, en el centro de la crisis y pecado (carencia) de la historia, tiene que enseñar y enseña al Cristo, su Hijo, aquello que los hombres necesitan (vino de bodas), algo que Jesús no pudo aprender en el templo (cf. Lc 2, 41-52).

La madre indica el problema enseña a Jesús y parece que Jesús empieza protestando (no necesita que nadie le enseñe, ni su madre ni la mujer siro-fenicia de Mc 7), de manera que parece distanciarse de ella: ¿Qué hay entre yo y tú, mujer? ¡Aún no ha llegado mi Hora! (Jn 2, 4): ¿Qué nos importa a ti y a mí! ¿Qué tenemos en común nosotros?... Es normal que en una situación como ésta Jesús se distancie de su madre a quien llama, de forma significativa, mujer del primer paraíso de Gen 3,  como la mujer celeste de Ap 12, 1-7 en la culminación de la historia).  

- Jesús parece distanciarse de de su madre para marcar su autonomía mesiánica: ¡El Hijo de Dios no depende de una madre de la tierra! Él tiene su propio tiempo y verdad, como aparece en el texto convergente de la sirofenicia (Mc 7, 27; cf también Mc 3, 31-35). En un determinado nivel, la madre pertenece aún al pueblo israelita y Jesús tiene que romper con ella y superarla para ser auténtico mesías.

- Jesús la llama ¡Mujer! en palabra que, aludiendo al principio de la creación (Gén 2-3), ilumina y encuadra el sentido de la escena. La madre de Jesús es la verdadera Mujer/Eva de este día séptimo de la creación pascual; por eso, ella no puede apoderarse de la voluntad de Dios, ni encauzar la vida de su Hijo, pero su Hijo tiene que es escuchare, si es Hijo del Dios que escucha las peticiones de los hombres, como he puesto de relieve en la parte anterior de este libro, al centrarme en ese tema (oraciones de petición).

 

La alusión queda velada y debe interpretarse (recrearse) desde el fondo de lo que sigue. Estamos, sin duda, en un momento de suspense. El lector normal no habría esperado esta respuesta de Jesús; es más, la encuentra escandalosa. Pues bien, sólo penetrando en ese escándalo (que en perspectiva teológica resulta necesario)se entiende lo que sigue.

este pasaje puede situarse en el trasfondo de Mc 7, 24-30 donde Jesús y la madre pagana dialogan y aprenden (van cambiando) uno del otro, en diálogo también escandaloso: Jesús rechaza primer a la mujer, para escuchar y realizar después, en un nivel más alto, lo que ella le pedía, como Dios que escucha las peticiones de los hombres.

           -Parece que Jesús rechaza aquello que su madre le ha pedido, marcando su propia independencia mesiánica, distanciándose de ella con palabras que parecen marcadas de dureza: ¿Qué tenemos que ver nosotros? (2,4)

- La madre a quien Jesús llama ¡mujer! acepta su respuesta y cambia de actitud. No puede exigir nada, no argumenta ni polemiza, pero tiene a su lado a los servidores, diáconos de las bodas, y como primera de todos los ministros de la iglesia les dice: ¡Haced lo que él os diga! (2, 5).

- Por su parte, Jesús, que parecía haberse distanciado de su madre como “mujer” del principio y meta de la historia de la salvación, cumple luego, de modo distinto, por su propia voluntad, que lo que ella le pedía: ¡Ofrece vino abundante y muy bueno a los invitados de bodas! Así realiza y desborda el deseo más profundo de María (2, 6-10)

 

De manera paradójica, desde el mutuo movimiento de gestos y palabras, debe interpretarse la escena, como descubrimiento y más hondo compromiso de la mujer María/en la lucha contra la serpiente,  proclamada por Dios en Gen 3, 15 (el llamado proto-evangelio. Precisamente allí donde pudiera parecer que la madre quiere dominar al Hijo (¡no tienen vino!) ella viene a presentarse como servidora de ese Hijo, pidiendo a los servidores de la boda que escuchen a Jesús y cumplan su voluntad (como en el Padre-Nuestro: Hágase tu voluntad).La palabra de María (¡haced lo que él os diga!) nos sitúa dentro de la teología de la alianza, conforme a la cual los antiguos judíos se comprometían a cumplir la voluntad de Dios (¡haremos todo lo que manda el Señor!: Ex 24, 3).

Ha culminado la historia antigua, ha llegado el tiempo de la alianza nueva,  del vino de Jesús (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25), el tiempo de las bodas que vinculan para siempre a Dios con los hombres, y a los hombres y mujeres entre sí, en celebración y fiesta de vino. Pues bien, como ministro (diácono entre diáconos) de esa alianza está María, Madre mesiánica, ocupando el lugar que en tiempo antiguo, ante el monte Sinaí, tenía Moisés (Ex 24)..

María ha debido renunciar a la palabra directa, que podría sonar a imposición (¡no tienen vino!), para mostrar su voluntad de manera suplicante, indirecta, más profunda. Había empezado educando a Jesús (es su Madre); pero ahora debe hacerse educadora de los servidores de las bodas, pedagoga de los hombres, en la fiesta de la nueva alianza:

 

- Renuncia a dominar a Jesús después de haberle engendrado (siendo como es su Madre). Renuncia a imponerse y dirigirle, como si Jesús no supiera lo que debe hacer, como si ignorara que a los hombres falta el vino.

-No domina porque confía en él: escucha gustosa su respuesta (¿qué hay entre nosotros?) y en amor total acepta lo que él haga. Ha llegado la hora de Jesús, ella queda atrás, está tranquila.

- Por eso se vuelve servidora de la obra de su hijo, pidiendo a los ministros de las bodas que cumplan lo que él diga. Así viene a presentarse como el personaje primero y más valioso de aquellos que preparan las bodas mesiánicas del Cristo sobre el mundo.

Ella no es simple Eva/caída, bajo la serpiente que, conforme a una interpretación extendida (poco fiable) de Gen 2-3); no es la mujer que  tentado a Dios, que ha rechazado su mandato,  comiendo la “manzana”  y dándole a comer a Adán, que come también, rechazando el mandato de Dios. Ella es la mujer que abre el camino de Dios, que es Jesús.

Sin duda, según Gen 3, ella ha iniciado el camino del pecado, pero no se ha mantenido en el pecado, sino que ha recibido la amonestación de Dios, obedeciéndole e iniciando una historia de enemistad, en contra de la serpiente… Esa enemistad no es sólo de la mujer contra la serpiente sino de la semilla/descendencia de la mujer, esto es de su nezer, contra la serpiente (=Dragón) y la descendencia de la serpiente, es decir, los demonios (contra los que ha luchado Jesús, con sus exorcismos).

Eso significa que mujer como tal (Eva y su descendencia) no se  han cerrado enel pecado, sino que se han mantenido en lucha constante contra la serpiente (Dragón, Diablo) y sus demonios. En medio de su comienzo de pecado, como auténtica Eva, la mujer (gynai, ahora es María, madre de Jesús) ha sabido educar a los humanos (varones y mujeres) para el descubrimiento mesiánico del Cristo, es decir, para las bodas.

Esta Mujer/María, nueva Eva, le dice a su Hijo (Cristo de Dios) que hombres y mujeres no tienen vino de bodas, no pueden culminar el camino de la vida, volver al paraíso.  Ella está en las bodas, como invitada importante, como responsable del buen camino de la vida, de la culminación del camino de Dios en los hombres. Ella le habla a Jesús, ella le enseña a descubrir la carencia de la vida (no hay vino de bodas…)y a pesar del primer rechazo aparente de Jesús sigue organizando las bodas

 .Sabe organizar y organiza la tarea de los servidores, diciéndoles que pongan lo que tienen (lo que saben) para que Jesús realice su tarea mesiánica. No es mujer silenciosa que calla en la asamblea (en contra de la glosa anti-paulina de 2 Cor 14, 34 y de carta pastoral también anti-paulia 1 Tim 2, 9-10). Al contrario, la madre de Jersús, en cuanto mujer es la que mejor conoce la carencia de la humanidad diciendo a Jesús ¡no tienen vino!.

         En un primer momento puede parecer que Jesús se opone (¿Qué tengo que ver yo contigo?, pero inmediatamente después hace lo que ella le pide): convierte el agua de las purificaciones legales, el agua del bautismo de Juan Bautista en vino de bodas, esto es, de plenitud humana y de Reino de Dios sobre la tierra

 Del agua de purificaciones al vino de la fiesta, Había seis ánforas de piedra, colocadas para las purificaciones de los judíos (2, 6). Eran necesarias  según ley, y debían encontrarse llenas de agua, para que los fieles de la ley se purificaran conforme al ritual de lavatorios y abluciones. Eso significaba que el matrimonio (las relaciones matrimoniales se consideraban como signo de pecado, en un contexto cercano al de la gnosis

Pues bien, el tiempo de esas ánforas (¡son seis! ¡el judaísmo entero, el tiempo de preparación y penitencia!) ha terminado, pues cuando llega el día séptimo de las bodas mesiánicas, que se expresan e inician en las bodas de este mundo, en el amor pleno entre hombres y mujeres..

         Desde aquí se entiende lo que sigue. Cumpliendo la palabra de Jesús (que anuncia y anticipa el misterio de su Pascua), los ministros de las bodas antiguas (bodas de agua y para el agua) ofrecen a los comensales el vino bueno de la vida convertida en fiesta.

Este es el comienzo (en sentido más profundo de la iglesia, experiencia de la vida como bodas de amor. Así lo declara con máxima solemnidad el evangelista diciendo el primero de los signos mesiánicos, divinos de Jesús (ἀρχὴν τῶν σημείων). Esta es la “puerta” del Evangelio, el punto de partida del mensaje y camino de Jesús. Aquí comienza el camino de la salvación, que seguirá con la subida de Jesús a Jerusalén, para a decir abiertamente a todos que el tiempo del judaísmo ha terminado, que ha llegado el Reino (Jn 2, 13-22).

 Nota final. Manifiesto de conversión cristiana

María, la mujer, la madre de Jesús, sabe aquello que los otros desconocen. Ella es la “mujer llena de la gracia de Dios”, servidora de la Iglesia mesiánica que dice a los restantes servidores de las bodas: ¡haced lo que él os diga! Como mediadora de la alianza, ella pide a los servidores hombres que cumplan lo que Cristo les enseña. Ella ocupa de algún modo el lugar del Dios de la Transfiguración, cuando decía desde la nube a los seguidores de Jesús: ¡Éste es mi Hijo querido, escuchadle! (Mc 9,7 par).

 ¡Sólo ella, la mujer, gynai, puede decir y dice: ¡No tienen vino! (2, 3). Esta es una palabra central del NT y del conjunto de la Biblia. La Madre se la dice en primer lugar al Hijo, pero luego la podemos y debemos aplicar a nuestra historia. ¡No tienen libertad, están cautivos! ¡No tienen salud, están enfermos! ¡No tienen pan, están hambrientos! ¡No tienen familia, están abandonados! ¡No tienen paz, están, enfrentados!

         Nosotros podemos sentirnos ajenos a esa boda judía, que no es todavía la del Cristo de Dios: ¿Qué nos importa a ti y a mí? ¡No es nuestra hora! Pero la Madre conoce a Jesús,  nos conoce a nosotros, y sabe que nos falta vino y que sólo Jesús puede resolver nuestra carencia. Y en ese contexto proclama su palabra: María: ¡Haced lo que él os diga! (2, 5). Esta es la hora marcada por la sabiduría de la Madre de Jesús. Se ha dicho a veces que ella nos separa del auténtico evangelio, que nos lleva a una región de devociones intimistas y evasiones. Pues bien, en contra de eso, ella nos sigue diciendo lo que dijo a Jesús y a los servidores de la historia humana: No tienen vino, haced lo que Jesús os diga. En ese contexto. La palabras de la Madre de Jesús es un manifiesto de conversión cristiana en siete momentos:

1. Un presente estéril. La iglesia/sociedad actual se encuentra en la misma situación de los novios y los invitados de la escena: No tenemos vino. Anunciamos con trompetas nuestra fiesta, pero lo ofrecemos nada. Sólo la apariencia de unas bodas, fiesta externa, incluso músicos pagados, pero nos falta vino. Y sin vino ni los novios pueden pronunciar su palabra de amor, ni los amigos compartirla y celebrarla. Para ellos ha escrito Juan evangelio.

2. Toma de conciencia, la Madre de Jesús sabe… Lo primero es conocer la situación... Nadie se daba cuenta de ella. Los convidados hablan, quizá discuten, pero no logran comprender que su fiesta está vacía. Han preparado seis grandísimas tinajas de agua (leyes, normas para purificaciones, sólo eso: Normas, leyes, prohibiciones, purificaciones y nuevas purificaciones, con leyes nuevas… Una vuelta obsesiva a las normas de poder, simbolizadas por el agua de una liturgia vacía. Sin fiesta de vino, la boda no es boda

3. Primera resistencia de Jesús, de una parte de la Iglesia: No ha llegado mi hora, no ha llegado nuestra hora, mi vino no es tu vino. ¿Quién le dice a Jesús que falta vino? ¿Quién puede decirle ¡es tu hora!? El evangelio concede ese “oficio” a la madre de Jesús, que es el signo de las promesas del judaísmo. No es tiempo de purificaciones, tinajas de normas y normas, y ella se lo dice Jesús parece resistirse, y dejarnos con el agua de los ritos, como si nada hubiera pasado (con templos externos, rituales vacíos, aguas de prohibiciones). Es como si nos hubiera abandonado, dejándonos en manos de nuestros cenáculos vacíos, de bodas que no son bodas, de vino que no es vino… Parte de la Iglesia actual parece resistirse, diciendo que no es todavía la hora.

4. Aceptación de Jesús. Llenad las tinajas… Jesús descubre que ha llegado la hora, Jesús escucha de vedad lo que María, la Mujer, la madre, le dice, en un plano verdadero y pone en movimiento a todos los servidores de las bodas, para que el agua de las urificaciones y leyes se convierta en vino de bodas vino. Por eso pide a los servidores que llenen hasta arriba las tinajas, rebosantes… para que el agua del antiguo rito (purificación, gloria vacía…) se convierta en vino de fiesta. Éste es oficio de todos, de los servidores de la boda y del architriclino. Sólo este paso del agua que nunca limpia del todo al vino del renacimiento a la vida se expresa la novedad de Jesús

5. Celebración. Es vino de “novios”, para celebrar la fiesta de su vida, para beber juntos de una misma copa el vino del amor que crece y crece… Es la fiesta de todos los invitados, entre ellos los discípulos, que deben transformar el mundo a base de buen vino. Cuando abunda el vino, y se aprende a beber en comunión de gozo, la vida renace (Jn 15). Este es el motivo central de la fiesta de los casados por Jesús, hombres y mujeres, invitados al banquete de bodas, sin que nadie quede excluido, sin que nadie lo acapare. Es tiempo de pasar del vino malo al buen vino de fiesta, amor generoso, e bodas de vino para todos, superando las viejas leyes y las purificaciones, para ponernos al servicio de la vida.

6. Expansión: discípulos. El evangelio dice que ellos creyeron y le acompañaron, poniéndose en marcha. Pues bien, también los nuevos ministros han de creer y convertirse en servidores de la fiesta del vino, ellos, los que ahora existen y muchos nuevos. Por eso ha de darse un cambio radical. Ciertamente, muchos ministros de las iglesias (varones y mujeres) siguen siendo portadores de vida. Pero muchos parecen cerrados en leyes de purificaciones, en normas ya antiguas a diferencia de aquello que empezó a realizar Jesús en Caná de Galilea.

7. Compromiso gozoso, siempre vino: Transformar el templo . Las tinajas de las purificaciones no son algo del pasado, forman parte del presente de una Iglesia, hecha de ritos, envidias, cansancios, normativas… que no dejan que el vino se expanda y que corra por todos los sarmientos y cepas de Iglesia y de savia de Jesús (cf. Jn 15).

8. Transformar el templo. La escena estrictamente dicha de Caná (2, 1-11) termina con un breve comentario sobre el sentido del signo (2, 11) y una indicación sobre la estancia “eclesial” de Jesús en Cafarnaúm (con madre, hermanos y discípulos: 2, 12). Luego, sin ninguna preparación, como si fuera obvio, , se añade que era Pascua de los Judíos y que Jesús subió a Jerusalén, para expulsar a los compradores y vendedores, en escena de dura polémica y fuerte simbolismo, referido a su muerte y resurrección (2, 13-22). Las dos narraciones (bodas de Caná y signo del templo de Jerusalén) forman un doblete: dicen lo mismo en perspectivas diferentes; ambas se completan, ofreciendo una preciosa introducción al ministerio de Jesús.

           

         Las bodas de Caná presentan el cambio de Jesús en perspectiva positiva: cumpliendo de un modo más alto el deseo de su madre: Que sea tiempo vino para todos, tiempo de bodas La “parificación” del templo nos sitúa de nuevo ante el agua de los ritos (negocios de templo), ante la necesidad de una transformación social, religiosa, personal (orante) de todos los judíos; se trata de purificar el templo (de cambiar la forma de vida de los hombres y mujeres, su más honda vocación) para que puedan darse bodas de amor.          De esa forma, el evangelio de Juan ha trazado una línea que lleva del vino de Caná al amor supremo de Jesús en la cruz donde dará su sangre como alimento de reino (comparar Jn 19, 34, con 6, 52-59) y hablará nuevamente con su madre, diciéndole, refiriéndose al discípulo amado, ése es tu hijo (19, 25-27). Al decirle a Jesús ¡no tienen vino! ella misma le ha colocado en camino de cruz[3].

[1] Las bodas siguen siendo campo de disputa en la iglesia: (a) Si son sólo de hombre-mujer, o de dos seres humanos, varones o mujeres. (b) Si hay sólo bodas o también divorcio. (a) ¿Qué significa invitar a Jesús, es decir, que se hagan bodas por amor de Jesús, en oración, en un tiempo éste, año 2025, cuando muchos viven en pareja sin casarse por la iglesia.

[2] Las bodas humanas con agua de purificaciones constituyen una promesa de futuro,, libertad y cielo, pero al fin nos dejan en un mundo de opresiones, recelos, envidias y muerte.

[3] Éste ha sido el evangelio de bodas y por eso en el fondo de todo sigue estando la alegría de un varón y una mujer que se vinculan en amor y quieren que ese amor se expanda y que llegue a todos, expresado en el vino de fiesta y plenitud gozosa de la vida. El judaísmo era religión de purificaciones y ayunos (cf Mc 2, 18 par); por eso necesitaba agua de abluciones. Pues bien, en contra de eso, el evangelio empieza siendo (unir Jn 2, 1-12 con Mc 2, 18-22) experiencia mesiánica de fiesta. En medio de ella, como animadora y guía, como hermana y amiga, hemos encontrado a la Madre de Jesús.

28 dic 2025

28.12.25 Sagrada familia. Casar a Jesús

. 12.25

Sagrada familia. Quisieroncasar a Jesús, él se negó

Como he mostrado en mi comentario de Marcos, donde explico el caso con cierta extensión, parece que sus familiares, llevando con ellos a su madre, quisieron casarle. Así lo muestra este pasaje:

Sus familiares  vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. 22Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». 

Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. 32La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». 33Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». 34Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos35El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

-- Introducción: casa-iglesia (Mc 3, 20). En ella está Jesús, rodeado por el pueblo (okhlos) que le busca (3, 20) empezando por la muchedumbre inmensa de la orilla del mar (poly plethos: 3, 7-8). Todo lo que sigue se refiere a esta casa donde él se instala con los suyos, a pesar de la condena de unos (escribas) y el intento de raptarle de otros (familiares). En ella define Jesús su familia como corro de personas que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3, 34-35) .

-- En los extremos de la escena (Mc 3, 21.31-35) están los familiares (madre y hermanos, no padre) que le toman por loco y pretenden sacarle de esa casa, que no es buena, para llevarle a la suya, la del buen matrimonio. Se sienten postergados por Jesús y se creen con derecho para imponerle su criterio de familia. Posiblemente hay en la escena un recuerdo prepascual. Pero el texto se refiere más directamente al tiempo de la iglesia: los parientes de Jesús han querido controlar y mantener su herencia en la iglesia, en el contexto de Jerusalén y de las tradiciones israelitas.

-- En el centro queda la acusación de los escribas (Mc 3, 22-30), representantes del judaísmo de ley y templo controlado por Jerusalén (de donde bajan: 3, 22). Creen que Jesús ha roto el orden de la casa de Israel y le acusan (a él y a los suyos), diciendo que su acción y grupo nace de Satán. Asumen así el reto de Jesús (que había curado en la sinagoga al hombre con espíritu impuro: 1, 23), acusándole de poseso (3, 22.30); pero Jesús responde defendiéndose y acusando a sus acusadores de pecado contra el Espíritu Santo.

Marcos ha vinculado el rechazo de los familiares (extremos del texto) y la condena de los escribas (centro), insistiendo quizá más en la acusación de los familiares que quieren llevar a Jesús, para que se case como (entre) ellos, pero no pueden condenarle sólo ellos y por eso vinculan su gesto al de los escribas que vienen de Jerusalén (3, 22-30) y acusan a Jesús de estar poseído por Belcebú. Conforme a la visión de Marcos, en la raíz del judeocristianismo de los familiares de Jesús se expresa  el judaísmo (no mesiánico) de los escribas de Jerusalén, de forma que su texto nos sitúa ante una disputa a tres bandas entre cristianos de la comunidad de Marcos, familiares judeo-cristianos de Jesús y judíos nacionales con escribas de Jerusalén.

         Israel formaba una familia nacional (3, 22-30), un pueblo separado de los restantes pueblos. Los escribas defienden la sacralidad de Israel. Jesús, en cambio, afirma, con su mensaje y con sus exorcismos, que ese pueblo corre el riesgo de caer “endemoniado”, bajo espíritus perversos. Le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, señor perverso, dueño malo de la casa del mundo, para destruir de esa manera el judaísmo, diciendo que, bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), entrega al conjunto de Israel en manos del Diablo.  

        Esa acusación resulta coherente, pues sólo Dios es para ellos el Señor de la Morada Buena, esto es, de las buenas familias. El Diablo en cambio es Señor de la Morada Mala y quiere destruir la obra de Dios por todos los medios a su alcance. Al servicio del Diablo está Jesús: parece bueno lo que hace; como hombre piadoso que ayuda a posesos y enfermos, pero en realidad engaña a los ingenuos, destruyendo al judaísmo y encerrando a todo bajo el reino implacable de Satán. Esta es la sentencia final de unos letrados oficiales que han venido de Jerusalén. 

         Pues bien, Jesús se opone al argumento de los escribas. Poniéndose al servicio de los excluidos (posesos), pobres y expulsados sociales, Jesús demuestra una autoridad superior a la de los escribas de ley. No se trata de tener a los hombres sometidos por ley, sino de liberarles, por encima de la ley, para la transformación social, para la libertad del Reino.

         La ayuda que Jesús ofrece a los proscritos, su forma de acoger a los posesos, pecadores, publicanos, es el fundamento de la Iglesia, entendida como Casa de Dios, lugar de su presencia (en oposición a los escribas que elevan de hecho una casa del Diablo, expulsando y condenando a los enfermos, pecadores y posesos). Para actuar como actúa, liberando a los “posesos de aquella ley”, Jesús debe tener un poder más fuerte que fuerte que el de los escribas, más fuerte que el del diablo El tema no es de “ortodoxia” teórica, en línea de religiosidad separada de la vida, sino de vida y comunión entre los hombres y mujeres en línea palabra y amor. Los escribas necesitan dominar sobre los hombres, para gobernar de esa manera sobre un tipo de “esclavos”. Jesús, en cambio, no quieredominar a esclavos, sino liberarles.

 Los escribas acusan a Jesús diciendo que, que al abrir su comunión a los posesos, marginados, pecadores, él destruye la estructura del judaísmo legal, actuando de hecho como ministro de Satán. Pero, Jesús les responde y condena diciendo que son ellos (judíos nacionales) los que construyen una casa de Satán, el Diablo, es decir, de Belzebú mientras que él libera a marginados y enfermos, a pobres y endemoniados oprimidos por el Diablo, abriendo para ellos la puerta del Reino.  

En este contexto se sitúa acusación y conducta de los (algunos parientes de Jesús que, tomando como garantes de su conducta a la madre va a Cafarnaúm para “prender a Jesus” y obligarle a volver a su casa (lo que significa casarse y asumir las obligaciones de una buena familia pues ser buen israelita implicaba formar parte de una comunidad de buenas familia, pero, en contra de eso, Jesús estaba formando en Cafarnaúm una familia si arraigo nacional de madre y hermanos:.

        2. Casa/familia de Jesús: hermanos, hermanas y madre (3, 31-35). Aquí se repite el esquema anterior, pasando de la familia grande de Israel (defendida por los escribas de Jerusalén, que condenan a Jesús) a la pequeña de los familiares de Jesús, que vienen con su madre y sus hermanos para llevarle a casa, casándose y cumpliendo así el orden familiar de la nación entera. Vienen a “domar” a Jesús, es decir, a encerrarle en un tipo de casa patriarcal, para tener de esa manera sometido  como al resto de los familiares.

   Al enterarse sus familiares (de que estaba formando una familia distinta en Cafarnáum…), vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí (=loco, endemoniado  (Mc 3, 22-30  Y llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar.  La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: ¡Mira! Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.  Respondiendo les dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?  Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, en corro, añadió: He aquí mi madre y mis hermanos.   Pues quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre (3, 31-35)  .

             La estructura del texto muestra con claridad que estos “parientes” forman parte de la “nación israelita”, y así quieren que Jesús se someta a la ley social del conjunto de Israel y a la ley familiar de Nazaret, que abandone por tanto sus “exorcismos” (que deje de querer “convertir” a Israel..,), que deje a un lado sus intentos de transformación de de las familias de Nazaret, volviendo al esquema de su casa de origan familiar….

   Eso significa que debe volver con sus parientes,aceptando la estructura “sagrada” de las casas de Israel, que se “case” como el resto de sus hermanos, sometiéndose a la ley precedente (sagrada) de la familia de Israel, convirtiéndose en un verdadero “padre de familia” con poder sobre el resto de los familiares, dentro de la estructura israelita, que no busque una familia distinta hecha de enfermos y posesos, de pecadores y marginados, que no intente crear nuevas formas de relación interhumana, formas que se fundan y se centran en la libertad y en la palabra de acogida a expulsados, impuros y endemoniados.

       Éste es un pasaje central del mesianismo de Jesús. Su madre y sus hermanos vienen a “casarle”, llevarle a la casa/legal de Israel), para que proclame y funde desde ella su mesianismo. Pero Jesús rechazael mesianismo que le proponen los “hermanos de familia”. Quizá su padre ha muerto…Pero es muy posible que la madre aparezca aquí como “mujer de poder”, en la línea de las reflexiones anteriores

   

-  Los escribas han dictado sentencia negativa contra Jesús, diciendo que está endemoniado y queriendo expulsarle del pueblo israelita.  Quieren expulsarle de  Israel, pero no pueden condenarle a muerte (apedrearle), pues no hay en Israel una ley estricta y clara que lo permita. En un contexto algo distinto, pero convergente, los sacerdotes de Jerusalén tendrán que acudir más adelante al poder romano de Pilatos para condenarle y ejecutarñe (Mc 15 par).

- Los parientes de Jesús declaran que “está loco” y quieren llevarle a su casa, para que allí se case… y deje de buscar otro tipo de familia. Teóricamente podrían apelar, con el respaldo de la madre, a la “ley de castigo del hijo desobediente” (Dt 21, 18-21). Pero, en aquel contexto, parece que el cumplimiento “físico” de esa ley resultaba complejo… Lo único claro es que Jesús resiste y se independiza de su familia, la rechaza y crea una distinta, con los problemas que eso implica

   La gente avisa a Jesús: ¡Tu madre y hermanos están fuera y te buscan (Mc 3, 32). Jeús responde señalando a los que están sentados a su lado y afirma que su familia (madre y hermanos) son los que cumple la voluntad de Dios. la casa de su comunidad, para volver a su familia judeocristiana (cf. 6, 1-6).   Por fidelidad a una familia radical de hermanos, Jesús ha roto el nivel de la antigua familia intra-judía, pues su misión desborda los muros de la identidad israelita y así lo indica en palabra deíctica, razonada, instituyente: 

 -- Palabra deíctica. Jesús mira a su entorno y descubre a la gente que le busca, le escucha y rodea. Permanecen sentados a su lado, en gesto dialogal: no van y vienen, como transeúntes de la vida, sino que se han establecido en una casa, de forma sedentaria, en corro de igualdad. No están unos sobre otros, unos imponiendo, otros sufriendo, sino todos sentados, mirándose y conversando. Jesús les señala con el dedo y dice: ¡Estos son mi madre y mis hermanos! (3, 35). Por ahora no hace nada, se limita a constatar. No está sólo, necesitado de madre y hermanos que le cuiden. Tiene otra familia, está a gusto con ella.

-- Palabra Razonada: ¡Pues quien cumple la voluntad de Dios....! (3, 35a). De esa ella se habla en la oración del huerto (14, 37; cf. Mt 6, 10). Es evidente que los escribas de Jerusalén y los familiares antiguos de Jesús pueden pensar que Dios quiere mantener la estructura y unidad de la familia israelita. Pero Jesús sabe que Dios quiere ayudar a los posesos, leprosos, expulsados, buscando de esa forma el surgimiento de una fraternidad universal con lugar para todos en el corro fraterno.

-- Palabra instituyente (3, 35b). Jesús no se limita a mostrar (estos son...) y a razonar (pues quien...) sino que él mismo crea lo que dice: ¡Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre! Así suscita la familia de aquellos que se encuentran a su lado. No ha venido a confirmar lo que ya existe sino a proclamar y realizar lo nuevo (reino de Dios) sobre la tierra (1, 14-15), construyendo la familia mesiánica.

Jesús no está sólo. A su lado hay hombres y mujeres que le buscan, le escuchan y acompañan, compartiendo su camino. Por ellos ha podido decir esta palabra de nuevo nacimiento compartido: ¡Sois mi madre! me hacéis nacer, os agradezco la existencia, añadiendo ¡sois mi hermano y hermana, me acompañáis en el camino. No necesita casarse con ellos al estilo antiguo de la comunidad legal de Israel. Jesús está “formando la casa mesiánica, pues “los que cumplen la voluntad de Dios son mi hermano, mi hermana y mi madre”.  

 

-- Esta es una comunidad de gracia, que surge por el don de Dios y la palabra. Jesús ha ido llamando a los carentes de méritos o status, conforme a la ley o estimación del mundo, para compartir con ellos evangelio. Así se van juntando, como nuevo grupo humano, en la casa de la vida compartida, porque Dios les ama y Jesús les invita a compartir con él el Reino. Ni sangre ni dinero les vinculan; ni poder o autoridad social les unen. Sólo la gracia de Dios, expresada como voluntad de Reino.

-- Es iglesia con lugar para la madre. Madre a las personas que le van acompañando (ayudando) en el camino de la vida, expandiendo de esa forma una experiencia fundadora de familia (cf. 6, 3). Así, lo que en un plano puede parecer rechazo viene a presentarse en otro como reconocimiento de su simbolismo materno de la iglesia, como lugar de la madre/madres de Jesús.

-- Es familia de hermanos y hermanas, sin distinción o jerarquía de sexos. Vienen a buscarle madre y hermanos (en perspectiva judía, sin hermanas). Jesús, en cambio, incluye en la respuesta de su grupo a las hermanas, presentando así su nueva comunidad donde se sientan en corro, a su alrededor, hermanos, hermanas y madres que cumplen la voluntad de Dios. Caben por igual varones y mujeres, en círculo que impide la imposición jerárquica de unos sobre otros. Las mujeres/hermanas quedan incluidas en la familia de Jesús más que los varones (hay mujeres madres, no varones padres)38.

-- Es iglesia sin padres (varones patriarcales), en exclusión significativa que volvemos a encontrar en 10, 28-30. Posiblemente había muerto ya José, a quien los otros evangelios presentan como padre (legal) de Jesús. Pero el problema del texto no es biográfico sino teológico/eclesial: en la nueva familia de Jesús hay hermanos, hermanas y madres... pero no padres en sentido patriarcal antiguo de jefes de familia, presbíteros que imponen tradiciones (cf. 7, 3), sacerdotes y escribas que dictan leyes. Como base de esta familia, llenando el hueco que ha dejado la falta de padre, viene a presentarse Dios, voluntad fundadora que vincula a hermanos, hermanas y madres de Jesús.

-- Tampoco se habla de esposos/as, pues el término hermanos/as puede entenderse en sentido matrimonial (cf. 1 Cor 9, 5). Un tipo de matrimonio, que Marcos no precisa, es importante en su evangelio Marcos, pues el mismo Jesús (que ahora aparece como hijo y hermano de todos) aparecía en Mc 2, 19, al menos veladamente, como esposo de bodas del reino, pero en sentido no patriarcal, ni con autoridad para imponer su voluntad sobre la esposa. 

         En el camino que lleva de la muchedumbre desarticulada (okhlos de Mc 2, 20) a este pasaje de la familia mesiánica de madres y hermanos se gesta la comunidad eclesial. Quedan fuera los escribas, pues no aceptan el modelo de Jesús.  

38 Cf. E. S. Fiorenza, En memoria de ella, DDB, Bilbao 1989, 145-204; J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona, 1994, 273-408.