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Xabier Pikaza

Xabier Pikaza

28 jun 2026

Salmo 82. Dios se levanta para juzgar a los malos jueces

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Salmo 82 (81). Contra los malos jueces. Dios se levanta de su trono para juzgar

Este salmo de Asaf retoma el motivo de Sal 72, donde se decía que el “ungido” de Dios defenderá a los oprimidos y socorrerá a los pobres, estableciendo un reino de salvación para afligidos e indigentes desde el Mar Occidental al Gran Río de Oriente.

Este motivo (que Sal 72 exponía de manera mesiánica) ha sido desarrollado aquí en perspectiva judicial como acusación y condena de los jueces perversos que no defienden a los oprimidos, sino que han puesto su falsa justicia al servicio de los opresores.

Junto a esos dos salmos (72 y 82) se pueden citar otros (cf. Sal 16, 18, 32, 34, 40, 58, 68, 69, 82, 91, 107, 142, 145, 146, 147) que insisten en la prioridad de la justicia y, sobre todo, en el servicio a los pobres (huérfanos, viudas, extranjeros: Ex 22,20-23; Dt 16,9-15; 24,17-22), como atributo esencial de Dios y principio de salvación.

Empleando un lenguaje simbólico (mitológico), este salmo presenta a los jueces/gobernantes como “dioses subordinados”, bajo Yahvé, Dios supremo. Les llama “dioses” en sentido irónico, pues no lo son, sino que han querido serlo (divinizarse a sí mismos, dominando sobre otros), pero Yahvé, único juez y poder verdadero, se lo impide, destronando a los falsos dioses (reyes, cadillos militares, hombres ricos…) que oprimen con su poder a los pobres. Dios ha decidido expulsarles (derribarles), a fin de que los hombres puedan vivir y orar en libertad.

Este salmo supera y destruye toda sacralización divina del poder, para insistir en la justicia liberadora, que consiste en proteger a los débiles. Conforme a la experiencia orante de este salmo, cuya verdad culmina, según los cristianos, en la vida y obra de Jesús, Dios se identifica con los pobres y oprimidos no con el poder de jueces (gobernantes) opresores .

1 Salmo de Asaf.

Dios se levanta en la asamblea divina; rodeado de dioses, juzga:

2 «¿Hasta cuándo daréis sentencia injusta, poniéndoos de parte del culpable? (Pausa)

3 Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido y necesitado, 4 defended al pobre y al indigente, sacándolos de las manos del culpable».

5 Ellos, ignorantes e insensatos, caminan a oscuras, mientras vacilan los cimientos de la tierra.

6 Yo declaro: «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo, todos

7 moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos».

8 Levántate, oh Dios, y juzga la tierra, porque tú eres el dueño de todos los pueblos.

α

Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido

a. Justicia de Dios: Contra los jueces injustos (82, 1-4). Se ha reunido (como en Job 1-2) la asamblea divina Rodeado de los Elohim dioses inferiores, poderes angélicos, gobernantes, el verdadero Dios se eleva sobre todos y ratifica su autoridad proclamando su juicio contra todos esos opresores.

b. El salmista no describe con más precisión la identidad de esos elohim (gobernantes cósmicos, reyes y jueces auto-divinizados), sino que proclama sobre todos ellos su autoridad como verdadero Dios que eleva y libera a los hombres, destronando a todos los dioses y poderes opresores. Éste es el gran juicio: Dios condena a los dioses y poderes que oprimen a los hombres.

c. Ésta es la más honda de las liberaciones, mucho más honda que la de los hebreos esclavos de Egipto. Ésta es la liberación teológica por excelencia: Se eleva el Dios del salmo (Yahvé, el que hace ser) y destrona a todos los dioses falsos, a todos los que se imponen sobre los hombres. La verdadera religión no es someterse a los dioses, sino liberarse de ellos, proclamando la grandeza del “Dios divino” que se eleva en la “asamblea de los dioses” para juzgarles, destronarles, porque en vez hacer justicia a los pobres les han oprimido, y se han hecho ellos “culpables” .

Ésta es la paradoja o, mejor dicho, la revolución de Dios, que condena a los poderes que han usurpado su nombre para oprimir a los pobres. Por eso se eleva, rodeado por aquellos que gobiernan-juzgan el mundo y, en vez de avalar su poder y agradecerles su servicio, les condena porque se han puesto de parte de los opresores. Eso significa que los poderosos del mundo (reyes, grandes gobernantes, jueces), no son representantes de Dios, sino anti-dioses.

Este salmo proclama la revolución del cielo: El verdadero Dios se levanta en la Asamblea divina, condena a todos sus representantes falsos y les expulsa de sus tronos, de forma que ellos quedan sin poder sobre la tierra. Sólo el Dios justo gobierna sobre el mundo; los restantes dioses cósmicos o sociales que oprimen a los pobres son falsos, de forma que Dios les destrona y destituye .

d. Condena: Moriréis, caeréis… (82, 5-7). Estos versos declaran la sentencia de Dios, que se expresa de modo tajante. Por más que se crean y digan representantes de Dios (ángeles, reyes, jueces…) los poderes del mundo son simples mortales, pues sólo Dios es el Viviente (dador de vida) y los que se oponen a su justicia a favor de los pobres se destruyen, cayendo en manos de la muerte530.

Este Dios no condena, sino que se limita a recordar a los jueces/reyes injustos que están condenados, que no tienen poder ninguno. No tiene que matarles, pues, haciendo lo que hacen, se condenan y matan a sí mismos. Se creen poderosos, esto es, dioses (hijos del Altísimo, ), pero son simplemente mortales. Esta es la palabra clave que el salmista, dirige a los príncipes del mundo recordándoles el destino de muerte que ellos han originado.

e. Petición: “Levántate, oh Dios, y juzga la tierra… (82,

. El texto anterior nos ponía ante Dios, que debía alzarse para juzgar a los jueces poderosos. Ahora escuchamos la voz del salmista o de los creyentes que le piden que lo haga, que se levante para realizar su juicio sobre todos los pueblos, condenando a los que han usurpado la autoridad de Dios para oprimir a los pequeños.

Los que así piden a Dios son, por una parte, los israelitas fieles, que le dicen que condena a los “gentiles” (~yI)AGh;). Pero en un sentido más amplio son todos los oprimidos del mundo (pobres, huérfanos, necesitados…), sin distinción de pueblo o raza (judíos y gentiles), pidiendo a Dios que condena y destituya a los jueces opresores (cf. Ap 6, 9).

Ω

Este salmo proclama la revolución del “palacio de Dios”, que condena a los dioses y gobernantes perversos que se han venido presentando y actuando como divinos, no siendo más que príncipes demoníacos de opresión. La religión del poder y la injusticia, que ha querido aparecer como “divina” y salvadora, era y sigue siendo una falsedad corrupta.

En contra de esa “religión del mundo”, el Dios bíblico viene a presentarse como justicia de gracia, por encima de los “dioses” y poderes opresores, que han usurpado e invertido su autoridad. Éste es el mensaje radical de la teología y de la apocalíptica judía, tal como culmina en Jesucristo.

Sin ella carece de sentido la teología de Israel y el evangelio .

Ѱ 82 (81). A los malos jueces: Aunque seáis dioses moriréis

Este salmo de Asaf retoma el motivo de Sal 72, donde se decía que el “ungido” de Dios defenderá a los oprimidos y socorrerá a los pobres, estableciendo un reino de salvación para afligidos e indigentes desde el Mar Occidental al Gran Río de Oriente. Este motivo (que Sal 72 exponía de manera mesiánica) ha sido desarrollado aquí en perspectiva judicial como acusación y condena de los jueces perversos que no defienden a los oprimidos, sino que han puesto su falsa justicia al servicio de los opresores.

Junto a esos dos salmos (72 y 82) se pueden citar otros (cf. Sal 16, 18, 32, 34, 40, 58, 68, 69, 82, 91, 107, 142, 145, 146, 147) que insisten en la prioridad de la justicia y, sobre todo, en el servicio a los pobres (huérfanos, viudas, extranjeros: Ex 22,20-23; Dt 16,9-15; 24,17-22), como atributo esencial de Dios y principio de salvación.

Empleando un lenguaje simbólico (mitológico), este salmo presenta a los jueces/gobernantes como “dioses subordinados”, bajo Yahvé, Dios supremo. Les llama “dioses” en sentido irónico, pues no lo son, sino que han querido serlo (divinizarse a sí mismos, dominando sobre otros), pero Yahvé, único juez y poder verdadero, se lo impide, destronando a los falsos dioses (reyes, cadillos militares, hombres ricos…) que oprimen con su poder a los pobres. Dios ha decidido expulsarles (derribarles), a fin de que los hombres puedan vivir y orar en libertad.

Este salmo supera y destruye toda sacralización divina del poder, para insistir en la justicia liberadora, que consiste en proteger a los débiles. Conforme a la experiencia orante de este salmo, cuya verdad culmina, según los cristianos, en la vida y obra de Jesús, Dios se identifica con los pobres y oprimidos no con el poder de los jueces (gobernantes) opresores .

Para meditar

Dios se levanta en la asamblea divina; rodeado de dioses, juzga:

2 «¿Hasta cuándo daréis sentencia injusta, poniéndoos de parte del culpable? (Pausa)

3 Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido y necesitado, 4 defended al pobre y al indigente, sacándolos de las manos del culpable».

5 Ellos, ignorantes e insensatos, caminan a oscuras, mientras vacilan los cimientos de la tierra.

6 Yo declaro: «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo, todos

7 moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos».

8 Levántate, oh Dios, y juzga la tierra, porque tú eres el dueño de todos los pueblos.

α

Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido

a. Justicia de Dios: Contra los jueces injustos (82, 1-4). Se ha reunido (como en Job 1-2) la asamblea divina Rodeado de los Elohim dioses inferiores, poderes angélicos, gobernantes, el verdadero Dios se eleva sobre todos y ratifica su autoridad proclamando su juicio contra todos esos opresores.

b. El salmista no describe con más precisión la identidad de esos elohim (gobernantes cósmicos, reyes y jueces auto-divinizados), sino que proclama sobre todos ellos su autoridad como verdadero Dios que eleva y libera a los hombres, destronando a todos los dioses y poderes opresores. Éste es el gran juicio: Dios condena a los dioses y poderes que oprimen a los hombres.

c. Ésta es la más honda de las liberaciones, mucho más honda que la de los hebreos esclavos de Egipto. Ésta es la liberación teológica por excelencia: Se eleva el Dios del salmo (Yahvé, el que hace ser) y destrona a todos los dioses falsos, a todos los que se imponen sobre los hombres. La verdadera religión no es someterse a los dioses, sino liberarse de ellos, proclamando la grandeza del “Dios divino” que se eleva en la “asamblea de los dioses” ), para juzgarles, destronarles, porque en vez hacer justicia a los pobres les han oprimido, y se han hecho ellos “culpables”

Ésta es la paradoja o, mejor dicho, la revolución de Dios, que condena a los poderes que han usurpado su nombre para oprimir a los pobres. Por eso se eleva, rodeado por aquellos que gobiernan-juzgan el mundo y, en vez de avalar su poder y agradecerles su servicio, les condena porque se han puesto de parte de los opresores. Eso significa que los poderosos del mundo (reyes, grandes gobernantes, jueces), no son representantes de Dios, sino anti-dioses.

Este salmo proclama la revolución del cielo: El verdadero Dios se levanta en la Asamblea divina, condena a todos sus representantes falsos y les expulsa de sus tronos, de forma que ellos quedan sin poder sobre la tierra. Sólo el Dios justo gobierna sobre el mundo; los restantes dioses cósmicos o sociales que oprimen a los pobres son falsos, de forma que Dios les destrona y destituye .

d. Condena: Moriréis, caeréis… (82, 5-7). Estos versos declaran la sentencia de Dios, que se expresa de modo tajante. Por más que se crean y digan representantes de Dios (ángeles, reyes, jueces…) los poderes del mundo son simples mortales, pues sólo Dios es el Viviente (dador de vida) y los que se oponen a su justicia a favor de los pobres se destruyen, cayendo en manos de la muerte530.

Este Dios no condena, sino que se limita a recordar a los jueces/reyes injustos que están condenados, que no tienen poder ninguno. No tiene que matarles, pues, haciendo lo que hacen, se condenan y matan a sí mismos. Se creen poderosos, esto es, dioses (hijos del Altísimo, pero son simplemente mortales. Esta es la palabra clave que el salmista, dirige a los príncipes del mundo (~yrIåF'), recordándoles el destino de muerte que ellos han originado.

e. Petición: “Levántate, oh Dios, y juzga la tierra… (82,

. El texto anterior nos ponía ante Dios, que debía alzarse para juzgar a los jueces poderosos. Ahora escuchamos la voz del salmista o de los creyentes que le piden que lo haga, que se levante para realizar su juicio sobre todos los pueblos , condenando a los que han usurpado la autoridad de Dios para oprimir a los pequeños.

Los que así piden a Dios son, por una parte, los israelitas fieles, que le dicen que condena a los “gentiles” (~yI)AGh;). Pero en un sentido más amplio son todos los oprimidos del mundo (pobres, huérfanos, necesitados…), sin distinción de pueblo o raza (judíos y gentiles), pidiendo a Dios que condena y destituya a los jueces opresores (cf. Ap 6, 9).

Ω

Este salmo proclama la revolución del “palacio de Dios”, que condena a los dioses y gobernantes perversos que se han venido presentando y actuando como divinos, no siendo más que príncipes demoníacos de opresión. La religión del poder y la injusticia, que ha querido aparecer como “divina” y salvadora, era y sigue siendo una falsedad corrupta.

En contra de esa “religión del mundo”, el Dios bíblico viene a presentarse como justicia de gracia, por encima de los “dioses” y poderes opresores, que han usurpado e invertido su autoridad. Éste es el mensaje radical de la teología y de la apocalíptica judía, tal como culmina en Jesucristo.

Sin ella carece de sentido la teología de Israel y el evangelio

25 jun 2026

José Chamorro, Librería Santos Ochoa, Salamanca. El viejo artesano, 25.6.8 Siete tarde

Charla y libro con Jose Chamorro. "El viejo artesano"(20+) Facebook

jueves 25 de junio 2026    

19:00 - 20:30

Santos Ochoa. Gran Vía, 10-12. Salamanca

En un mundo saturado de ruido, prisa y posverdad, El viejo artesano propone un retorno a lo esencial: silencio, naturaleza y conciencia.

OFICIOS BÍBLICOS….

 Pastor, agricultor, músico,, metalúrgico, minerosminero, alfarero, albañil, carpintero

Primer oficio de varones : David, rey guerrero. Los giborrim… geber hayl; Rico que podría tener una armadura, una espada….

ECLESIÁSTICO….

Eclo Artesanos en Eclo 36. 39. Agricultor, pastor, herrero, albañil, carpinteros, alfarero…Son fundamentales para el mantenimieno de la vida externa….. faltan navegantes, comerciantes (camelleros…) pero son subordinados… al estilo “hele. nista”… Lo que importa es el sabio,, el hombre que domina le ley la administración de ls ciudad.

JESÚS ARTESANO,  no es guerrero, si terrateniente, ni sabio profesional (letrado…) sino tekton: artesano…Carpintero, albañil/canero y herrero…

 Es un tekton al servicio de otros… Es un Tekton en unn mundo de pobres y excluidos…. EN UN MUNDO INDIPIENTE DE LUCHA DE  

  Las cosas que Jesús sabe hacer ¿construir?

  Las personas con las que se rodea: Enfermos, excluídos, impuros. Un             tipo de prostitutas…. El celibato de Jesús: Un tipo de libertad            afectiva

 Curación, sanación: Curandero, terapeuta, exorcista…Una artesanía sanadora….

 Como Sócrates….A Sócrates le juzgan peligroso en el Areópago… en un tiempo de predominio de “Sofistas” (pone la palabra al servicio de los privilegiados

CLASES SOCIALES EN GALILEA, SIGLO I. d.C ( Lenski)

Para entender la situación social de Galilea en tiempo de Jesús puede y debe utilizarse el esquema desarrollado ya hace tiempo por G. E. Lenski, Poder y privilegio. Teoría de la estratificación social, Paidós, Buenos Aires 1993[1].

1. Gobernantes.

Forman la clase superior, representada en principio por los reyes y sus familiares. Tienden a presentarse como delegados de Dios, concentrando todos los poderes, dentro de una estructura piramidal, en cuya cumbre está Dios. Desde ese fondo, ellos vienen a convertirse en dueños del conjunto de las tierras, que habrían recibido de Dios, para ofrecer después una parte de ellas, de un modo “generoso”, a sus mejores subordinados, que deben “agradecerles” su favor por medio de tributos.

De esa forma, los gobernantes reciben no sólo los productos directos de las tierras que se han reservado y cultivan por sí mismos (por sus siervos y colonos), sino también una parte considerable (un tercio [=tributo] o incluso la mitad) de los ingresos agrícolas de todos los “propietarios” de los campos. Normalmente, ellos emplean lo así recibido para su propio disfrute, sus edificaciones y sus empresas militares y sociales. En tiempo de Jesús, esta clase gobernante estaba representada en Israel por el imperio romano y por los reyes vasallos de la dinastía herodiana, que gobernaban en nombre del imperio. En algún sentido, los mismos sacerdotes de Jerusalén formaban parte de esa clase gobernante, como aparecerá en la muerte de Jesús.

    2. Ministros y/o funcionarios superiores.

Forman las jerarquías militares y burocráticas, sacerdotales e intelectuales que sostienen y acompañan a los gobernantes propiamente dichos. Son aproximadamente un 5%de la población y suelen estar muy vinculados al monarca (como “servidores”). Ellos reciben en Israel unos rasgos especiales:

Muchos de los conflictos entre judíos y romanos se relacionaban con el hecho de que los soldados romanos llevaban estandartes religiosos, con efigies “idolátricas”, prohibidas por la Ley israelita. Por eso, la situación habitual era de conflicto. Parece que en tiempo de Jesús no existía un “ejército celota” (anti-romano) propiamente dicho, como el que surgirá en los años que preceden a la guerra (del 67-70 d. C.). De todas maneras, había un conflicto militar latente entre Roma y el judaísmo: gran parte de los judíos palestinos, incluso los no-nacionalistas, tendían a ver el ejército como signo demoníaco, más que como instrumento de Dios. Jesús no reclutará un ejército, ni planeará un alzamiento militar, pero morirá condenado por el comandante del ejército romano (Poncio Pilato).

A través de su pacto con Roma, los sacerdotes de Jerusalén podían considerarse, en algún sentido, como servidores del imperio romano y de esa manera se hallaban vinculados con los gobernantes, los militares y administrativos del imperio, de manera que formaban parte del “sistema oficial”. Pero, en otro sentido, ellos tenían una gran autonomía, pues se consideraban depositarios y garantes de la palabra de Dios. Poseían además un pequeño ejército propio (la guardia para-militar del templo) y controlaban una parte considerable de la economía del entorno de Jerusalén, como veremos al tratar de la muerte de Jesús, condenado por los sacerdotes de Jerusalén, aliados como es lógico, de Roma.

    En Israel ha surgido también (o está surgiendo, en tiempo de Jesús) una clase intelectual muy importante, formada por los “escribas”, que interpretan y recrean las tradiciones antiguas del pueblo, fijadas en la Escritura, pero abiertas a las nuevas necesidades del conjunto de la población. Esa clase se encuentra vinculada con los sacerdotes, pero, al mismo tiempo, disfruta de una gran autonomía: los “escribas”, apoyándose en el texto sagrado (la Escritura), poseen una gran capacidad para motivar y organizar la vida del pueblo, de tal forma que serán los promotores del despliegue del judaísmo rabínico, a partir del siglo II d. C. De todas maneras, en aquel tiempo, había también otro tipo de intelectuales “carismáticos” (profetas, sanadores…), entre los cuales podrá situarse de algún modo Jesús.

3. Clase mercantil.

No había sido importante en la sociedad más antigua de Israel, donde los campesinos desarrollaron una agricultura de subsistencia, con gestión y comercio casi directo, de intercambio de bienes… No había entonces una clase superior de comerciantes, que controlara los excedentes agrícolas y organizara los intercambios económicos, entre otras razones porque apenas había excedentes. Pero, en un momento dado, cuando un sector significativo de la población dejó de producir sus bienes de consumo, cuando las relaciones entre los campesinos dejaron de ser directas e inmediatas, surgió una clase especial de burócratas mercantiles, al servicio del sistema político-militar y de las élites ciudadanas, que controlaban la mayor parte de las riquezas del país.

Estos “comerciantes” que no son productores de bienes de consumo, sino que dirigen e intercambian los bienes producidos por otros, quedándose con una parte considerable de los excedentes, constituyen un elemento esencial de la nueva economía de Galilea. En el fondo son ellos los que, aliados con los gobernantes y los ciudadanos ricos, controlan gran parte de la economía del país, de manera que han sido rechazados al menos de manera implícita por Jesús, que apela a las tradiciones originarias de Israel, que implican el contacto directo de las familias entre sí. 

Jesús vive en un mundo que se encuentra dominado, de hecho, por una clase mercantil que ha separado ya el dinero (capital) de la vida real, es decir, del trabajo inmediato y de las necesidades concretas de los hombres y mujeres. Ciertamente, no parece que Jesús haya sido un “purista” estricto, ni tampoco un “reformador económico”: no ha condenado en principio a todos los “comerciantes”, ni ha rechazado a los “publicanos” (recaudadores de impuestos, al servicio de un orden socio/económico que era, a fin de cuentas, romano), a los que gran parte del pueblo consideraba impuros. Pero, mirando las cosas a mayor profundidad, él ha querido poner el comercio y dinero al servicio de los pobres, de un modo “gratuito” (por comunicación directa entre los hombres), de manera que su proyecto implicaba un cambio total en la manera de ver la economía. En ese sentido decimos que ha sido más que un reformador

En línea de reforma se movían gran parte de los fariseos del tiempo, hombres que querían “mejorar” la economía, de un modo racional, dentro del sistema, sin condenar sus elementos más significativos. En contra de eso, Jesús ha sido un profeta de la encuentro inmediato entre personas (hoy podríamos decir: del trabajo directo) y de la gratuidad, apelando para ello a los principios de la tradición israelita, pues, a su juicio, el dinero que no está al servicio de los hombres se convierte en “mamona”, poder demoníaco. Jesús no ha rechazado el dinero en sí, sino un tipo de sociedad que convierte al hombre en siervo del dinero, como indicaremos en todo lo que sigue.    

4. Clase campesina.

En su principio, el pueblo de Israel formaba una “federación o liga” de hombre de campo: clanes de agricultores y pastores libres. Todos compartían una parcela de tierra, un trabajo, de manera que no había una clase de campesinos inferiores que pudieran separarse de otra clase “superior” de gobernantes-soldados-mercaderes, pues no se habían separado todavía las funciones y los grupos (no había “clases” en sentido estricto). No existían reyes (jerarquía social sagrada), ni sacerdotes separados (todos los hombres libres eran sacerdotes), ni soldados profesionales (todos debían defender la tierra y vida de los otros en caso de agresión), ni comerciantes que controlaran los excedentes alimenticios al servicio de gobernantes-sacerdotes-soldados (pues no había clases no-productivas).

No podía oponerse, según eso, una clase campesina (de agricultores dominados) y una clase ciudadana (de reyes, soldados, comerciantes) que impusiera su control sobre los campesinos, sino que había una comunidad o federación de agricultores-pastores libres, autosuficientes y capaces de defenderse por sí mismos (sin soldados profesionales) y de intercambiarse bienes y servicios básicos (sin comerciantes, sacerdotes o intelectuales independientes).

En sentido estricto, como “clase” o grupo especial de agricultores subordinados, el campesinado nace en el momento en que se introducen y triunfan los poderes anteriores (gobernantes, soldados, sacerdotes), vinculados a la trama de las ciudades, que ofrecen una serie de servicios, pero no produce bienes de consumo (y que por tanto viven de lo producido por los campesinos). Conforme a la visión ideal de la Biblia, Israel había sido siempre (=debe ser) un pueblo de “agricultores libres”, que se gobiernan y defienden a sí mismos, sin necesidad de estructuras clasista (sin distinción entre poderes superiores y campesinos inferiores).

Según eso, en el momento inicial (e ideal) de la historia israelita, no había clases sociales, pues ellas nacen con la división entre grupos superiores (gobernantes-soldados-comerciantes-terratenientes) e inferiores (agricultores sometidos, que se vuelven campesinos). Pero las cosas han ido cambiando y Jesús ha nacido y vivido en uno de los momentos más significativos de ese cambio, es decir, del paso de la “federación de agricultores libres” al campesinado sometido (en Galilea). Conforme al imaginario bíblico, tendría que haber una sociedad sin clases; pero de hecho había un fuerte antagonismo de clase. Por eso reaccionará, no para volver sin más a un ideal pasado, sino para crear un tipo de sociedad nueva, de “Reino de Dios”.

    A lo largo de la historia de Israel, muchos agricultores se habían ido convirtiendo en campesinos, en un proceso que, en Galilea, ha culminado en tiempos de Jesús. Una parte considerable de los “agricultores independientes” no pudieron mantener su independencia, la autonomía de su vida y trabajo, de manera que tuvieron que ponerse (les han puesto) al servicio de una estructura política y comercial, centrada en las ciudades (que forman parte de un reino o imperio más grande: el de Roma).

         En general, los agricultores han venido a quedar “controlados” por los mercaderes (comerciantes), pues la mayoría de sus tierras han pasado a ser propiedad de esos mismos comerciantes o de otros grandes propietarios (terratenientes ricos, vinculados a los gobernantes, militares, comerciantes y/o sacerdotes). En el tiempo de Jesús, la mayoría de los hombres del campo se han vuelto campesinos en el sentido técnico: gentes del campo que han perdido su autonomía, de manera que dependen de unas ciudades y/o de unos comerciantes, que controlan, dirigen y consumen gran parte de su producción. Dando un paso más, muchos de esos campesinos se han vuelto artesanos.

Conforme a este proceso, los campesinos del tiempo de Jesús son agricultores que han perdido su autonomía, de manera que trabajan y producen al servicio de una estructura social clasista, presidida por comerciantes, ciudades y/o reyes, que no producen los bienes de consumo, pero los controlan. El conjunto de los hombres y mujeres no viven según eso en igualdad y comunión (económica, social y/o religiosa), sino que unos dependen de otros.

Los campesinos (agricultores proletarizados) constituyen el ejemplo más significativo de esta “sociedad de clases”. Ellos, que en otros tiempo fueron libres y autónomos (autosuficientes), al menos en sentido imaginario, han venido a formar el primer estrato de los sometidos o dependientes de la población. Ciertamente, algunos siguen trabajando su campo, pero ya no lo hacen para sí mismos, sino bajo dependencia de otros (de un “Estado” de funcionarios y comerciantes); así producen alimento para todos, pero están bajo el “poder” de otros estamentos sociales. En esa situación elevará Jesús su mensaje y promesa de Reino.

5. La clase de los artesanos. Como venimos diciendo, son en general campesinos que han perdido la propiedad y el uso de sus tierras, de manera que no pueden cultivarlas por sí mismos, sino que se están obligados a vender su trabajo, poniéndolo y poniéndose al servicio de ciudades o templos, de comerciantes o propietarios ricos. Por no tener, no tienen más propiedad que su trabajo y deben venderlo para así vivir.  

Siempre ha habido “artesanos” (carpinteros, herreros, alfareros, albañiles, expertos en pozos y riegos…), pero, normalmente, antes de la división de clases, ellos eran agricultores que, además de trabajar su tierra, tenían más capacidad o experiencia que otros para realizar algunas funciones especiales. Por eso, en ciertos momentos, colaboraban con otros agricultores en algunas tareas ocasionales que requerían una habilidad particular o el concurso de muchas personas, sin abandonar por eso sus trabajos de campo. Pues bien, cuando la mayoría de los agricultores se vuelven campesinos sometidos y algunos pierden su tierra (por confiscación, deudas, movimientos migratorios o super-población) empiezan a multiplicarse los campesinos “sin campo”, que no tienen más remedio que “vender” su trabajo como renteros, braceros para todo o artesanos más especializados (carpinteros etc.). 

Desde aquí se entiende la situación del “artesanado sometido”, condenado a trabajar en un nivel de subsistencia, al servicio de una que, en tiempos de Jesús (primer tercio del siglo I. d. C.), se hallaba dominada por los privilegiados de las nuevas ciudades ricas de Galilea. Las zonas rurales habían mantenido por mucho tiempo su agricultura de subsistencia, que de alguna forma reflejaba la situación del principio de la historia de Israel. Pero los cambios de los nuevos tiempos, vinculados a la urbanización y al lujo de las ciudades, convertía a los hijos de agricultores no sólo en campesinos sometidos, sino en artesanos aún más sometidos, como era Jesús[3].

 En el último escalón de la sociedad se sitúa una serie de grupos y gentes que están fuera del esquema anterior: ellos no pueden llamarse ni siquiera pobres, es decir de trabajadores con pocos recursos (que eso significa penes, penetes,  que se suele traducir por pobre), pues no tienen libertad ni medios para ejercer su trabajo, de manera que son ptojoi (pobres por-dioseros, mendigos sin propiedad alguna). Dentro de esas clases podemos distinguir tres grupos:

Estas seis “clases” sociales más significativas del entorno de Jesús nos sirven para situar mejor no sólo su mensaje, sino su mismo aprendizaje vital. Como venimos indicando, él no aprendió su doctrina estudiando la Escritura o en un entorno elitista (como el de F. Josefo), sino en el taller del trabajo y de las contradicciones laborales y sociales de su tiempo. Así lo indica Mc 6, 3 al decir que es tekton (artesano) y lo ratifica Mc 13, 55 al añadir que es “hijo de artesano”. En ese trasfondo se debe situar su conocimiento, tal como ha destacado Mc 6, 3: «¿Qué sabiduría es ésta que ha sido dada? ¿No es éste el carpintero?».  

[1] Cf. también H. Kerbo, Estratificación social y desigualdad. El conflicto de clases en perspectiva histórica, comparada y global, McGraw-Hill, Madrid 2003; R. Crompton, Clase y estratificación, Tecnos, Madrid 1994; J. Littlejohn, La estratificación social, Alianza, Madrid 1975.  

[2] Como estamos señalando, el Señor de Israel es el Dios del trabajo directo, de la tierra compartida. En contra de eso, Mamona es el Dios del comercio, que no está al servicio del hombre, sino de sí mismo (del dinero). Pienso que desde esta perspectiva ha de entenderse el mensaje de Jesús y su herencia en la Iglesia.

[3] Podemos distinguir tres tipos de trabajadores. (1) El agricultor libre, heredero de un campo de labranza, depende de la tierra/clima y del trabajo propio, sin tener que someterse a nadie, aunque vive en sintonía con otros agricultores, dentro de una federación de iguales. (2) El agricultor campesino sigue trabajando en principio su tierra, pero no es autosuficiente, sino que está al servicio de una estructura clasista (estatal, comercial) que controla su producción a través de impuestos y otros tipos de intervenciones. 2. El  artesano campesino es alguien que no ha podido mantenerse como agricultor independiente ni como campesino sometido, sino que ha perdido las tierras, por presión fiscal u otras razones. Depende de queotros le contraten y paguen, no es autosuficiente: no tiene asegurada la comida para la familia. En un momento posterior de la evolución social (en la Edad Moderna) los mismos braceros/artesanos, convertidos en obreros, han podido volverse una clase productora importante, de manera que pueden vivir mejor que los campesinos, a los que dejan en el último escalón de los grupos sociales… Pero en el tiempo de Jesús, en general, los artesanos carecían de organización y constituían el escalón más bajo de la sociedad de manera que, para vivir, dependían totalmente de otros. 

[4] «La mendicidad se halla atestiguada en el Nuevo Testamento (Mc 10, 46ss; Lc 14ss y passim) y en el Talmud (Pea VIII, 8-9). La mayoría de los enfermos y endemoniados debían de vivir de la mendici­dad. Si por aquel entonces hubo una verdadera oleada de posesión dia­bólica, este hecho podría estar relacionado con una crisis de la socie­dad judeo-palestinense. En ella había perdedores y ganadores. Por eso, semejante crisis puede interpretarse en dos direcciones. (1) Allá donde hay muchos mendigos, hay también personas que los socorren. El judaísmo conocía una cultura de la misericordia y del socorro. (2) Pero es igual­mente verdad que allí donde hay muchos mendigos, es que hay mucha miseria que desarraiga socialmente a las personas. Es evidente el con­dicionamiento económica de la mendicidad (cf. Lc 16, 3). Esto hay que admitirlo también para formas más elevadas de con­ducta subsidial, para los adventistas que aguardaban un gran milagro inminente a corto plazo. Los encontramos como adeptos de los nume­rosos profetas que surgieron durante el siglo, que prometían una re­petición de los milagros de la Antigua Alianza y que conducían a sus seguidores al desierto. Procedían del pueblo sencillo (Ant 10, 169) y eran «personas sin recursos (Bell 7, 438)». Cf. G. Theisssen,  El Movimiento  de Jesús,  Sígueme, Salamanca 2005, 144-146.  

23 jun 2026

24. 6. 26. San Juan Bautista 1. Mística del templo de templo de Jerusalén

Juan Bautista 1. Mística del templo de Jerusalén (20+) Facebook

Hay diversas interpretaciones de la vida y obra de Juan Baustista. A mi juicio, según mi narración sibre Juan Bautista y Magdalena, él empezó siendo un místico de la escuela de videntes del templo de Jerusaléén. Así le presento en ca 2 del libro

JERUSALÉN, SACRIFICIO DE LA TARDE

El César era Tiberio (sucesor de Augusto); Herodes Antipas era tetrarca (rey) de Galilea; Poncio Pilato, gobernador de Judea, y Caifás Sumo sacerdote del templo de Jerusalén,

El templo tenía varios patios. Al más externo, llamado de los gentiles, podían acceder todos, varones y mujeres, para conversar o adquirir dinero y animales puros para el sacrificio. Al segundo, de las mujeres, accedían sólo los judíos y judías en pureza legal, y desde allí, asomados a la balaustrada, podían contemplar los ritos de los patios interiores. El tercero estaba reservado a la oración de los judíos varones en estado de pureza. Tras un pequeño muro se extendía el cuarto patio, para sacerdotes y levitas, con altares para sacrificios. Al fondo, en el centro, se alzaba el santuario, con dos estancias, separadas por cortinas .

Juan sacerdote

Como todas las tardes, se realizaba la Ofrenda Perpetua, un cordero de holocausto para expiación. La Suerte había caído sobre Juan, hijo de Zacarías, que, a su vez, había oficiado una tarde ya lejana (cf. Lc 1, 5-25), quedando mudo cuando entró en el Santo, con el incensario y el aceite para el candelabro. Fue entonces cuando Dios le habló y, tras nueve meses, Elisabeth, su esposa, dio a luz a Juan, que oficiaba esta tarde el mismo rito.

Zacarías le había educado como sacerdote y profeta, para interpretar los libros y aplicar las profecías Su compañero Caifás, Sumo Sacerdote, le había ofrecido el cargo de Capitán de la Guardia Para-Militar del templo. Pero él se había excusado. Zacarías había querido casarle con una mujer de su estirpe, pero él quedó soltero. No parece que hubiera tenido aventuras amorosas, aunque algunos murmuraban que una vez había ido con Caifás al migdol de Jope; pero eso era hace tiempo, y nadie podía asegurarlo.

Veníavestidocon túnica blanca, ceñidor dorado y sandalias de hebilla refulgente. Sobre su tiara pendía una verde perla, signo de la tierra, con una esmeralda por cada tribu, y en su centro el Nombre, Ha-Shem (יהוה, Yhwh), a quien él representaba. Era sacerdote y celebraría el rito del Dios que mata para vivir. Pero, al mismo tiempo, era profeta, contrario a ese rito que, debía ser abrogado.

Con ese pensamiento entró en el atrio de los sacerdotes, seguido por ocho levitas para la Liturgia. Se escuchó un murmullo cuando le vieron encabezando el cortejo, con la cabeza inclinada, como si no quisiera que vieran el Nombre de su tiara. Venía con Caifás, Sumo Sacerdote, de la estirpe de Boeto, que le decía “hemos sido y seremos amigos”, mientras los levitas cantaban:

Eres el más bello de los hombres, de tus labios fluye gracia...

Cíñete al flanco la espada, valiente: es tu gala y tu orgullo.

Cabalga victorioso por la verdad y la justicia… (Sal 45).

Había esperado este momento, como miles de sacerdotes, pero, al mismo tiempo, sintió un fuerte rechazo ante los sacrificios, mientras Caifás a su lado le decía:

Los levitas seguían cantando: "Cíñete al flanco la espada, valiente..." (Sal 45) … Pero no le dieron espada de guerra, sino un cuchillo de animales, y no le esperaba una mujer (¡princesa bellísima, con oro de Ofir!), sino un levita con cordero, que él debía degollar sobre la piedra, para que la sangre manara sobre el altar de Dios.

Muchos profetas dijeron que Dios no necesita sangre, pero él iba a derramarla. ¿No sería mejor ofrecer el agua limpia de la lluvia y de las fuentes? Así pensó, mientras agarraba el cuchillo en su mano derecha y sentía por su izquierda el latido de sangre de la yugular del cordero. Era un suavísimo latido, pero a Juan le pareció toda la sangre del mundo, desde Caín hasta ese mismo instante.

- ¿Por qué debo matar? ¿Por qué matamos, nos matamos, unos a otros, como si así celebráramos la gloria de Dios?

Escaleras y altar de fuego

No tenía que hacer nada, lo hacían por él los levitas subalternos. Unos limpiaban sus manos, encarnadas de sangre, otros desangraban al cordero, para desollarlo y limpiar sus entrañas...

Le habían quitado el cuchillo, tenía de nuevo manos limpias y bajaron todos por la escalinata hasta el altar de fuego en el centro de atrio. Se dejó guiar y así avanzaron con un cántaro de vino, tortas de pan amasado en aceite y sangre del cordero, mientras cantaban los levitas:

Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que tropiece tu pie, tu Guardián no duerme,

No duerme ni reposa el Guardián de Israel (Sal 121).

Subieron cantando al gran altar, arriba el cielo, abajo la tierra y al frente la Casa de Yahvé, cuyo pensamiento le inundaba en oleadas, mientras seguía bajando la escalera. Le habían dicho que cielo y tierra dependían de su rito. Pero el mundo exterior parecía indiferente. Los levitas auxiliares habían colocado el cordero desollado, limpio de sangre, brillante de grasa, sobre un gran vertedor: “Sólo tienes que empujar y voltear la pala de forma que la carne caiga al fuego”. Hizo así que el vertedor se ladeara sobre el borde del ara ardiente, mientras caía el cordero desollado al centro de la llama, y los salmos de los fieles ascendían como humo de plegaria.

Los levitas le dieron después una jarra de plata con vino que fue derramando, en libación circular, sobre el fuego, donde puso también tortas de pan con aceite y resinas que perfumaron el viento. No había nada que añadir ni explicar, todos lo habían visto, y todos parecían entender lo sucedido, menos él, sacerdote, que seguía elevando sus manos y ofreciendo la oblación que expía y alimenta a Dios con manjares de tierra.

Un día más se había celebrado el sacrificio perpetuo y seguía latiendo de vida la tierra, hasta que cesó el silencio y muchos empezaron a gritar y a cantar y a bailar como posesos, por el éxtasis sagrado del vino y la carne, del aceite y los sabores del cordero que Dios había olido y consumido.

Sacrificio de comunión

Concluido el rito de expiación, quedaba el de comunión, con otro cordero, también macho, sin defecto, sobre un altar pequeño. Esta vez le pareció más fácil, no permitió que giraran preguntas en su mente. Fue casi una rutina. El cuchillo a la yugular, la sangre al altar y a la vasija de las aspersiones, con la limpieza posterior, para que todo fuera en orden, sin que las huellas de muerte mancharan sus manos de funcionario de templo.

Sus auxiliares volvieron a desollar el cordero y vaciarlo, dejándolo limpio sobre el altar, para que Juan lo troceara: riñones y grasa para Dios, sobre un barreño, también la paletilla derecha; el resto para los compañeros oficiantes, saciados de cordero, como Dios, mientras el pueblo, hambriento de carne, parecía estar muy satisfecho, con tal de que Dios comiera.

LA CÁMARA SECRETA

Primera morada

Juan comenzaba a subir los escalones del Santo, Primera Cámara sagrada. Muchas veces le había contado su padre la historia, cuando el Ángel de la Presencia se le apareció en esa cámara, anunciándole el nacimiento de un hijo que era él, subiendo los mismos escalones. Le habían puesto en la mano izquierda una alcuza de aceite para el candelabro, y en la derecha el brasero de carbones encendidos y la cesta de los panes de la proposición, ofrecidos ante Dios cada semana. El coro cantaba:

El Señor es mi pastor: nada me falta,

en verdes praderas me hace recostar.

Me conduce hacia fuentes tranquilas,

repara mis fuerzas (Sal 23).

Escuchó el salmo y pensó que él había matado corderos, en vez de llevarlos a fuentes tranquilas. Por eso, en lugar de un cayado de guía y protección, llevaba en su mano las brasas, y con ellas entró en el Santo, atravesando la cortina menor, mientras los fieles externos seguían cantando. Se acostumbró a la penumbra y vio el Candelabro y a mesa, con doce panes de proposición, que él recogió en su cesta, poniendo en su lugar los nuevos. Ya sólo le quedaba limpiar y renovar el altar de incienso.

Dejando el brasero en el suelo, llenó de aceite las lámparas, limpió la estancia y colocó sobre el altar las brasas, esparciendo sobre ellas el incienso, según rito. Había cumplido su tarea y, según norma establecida de siglos, podía salir al exterior donde esperaban los fieles. Pero, en vez de salir, entró al Santísimo, donde sólo entraba el Sumo Sacerdote una vez al año, en el Yom Kippur.

Segunda y séptima morada

Esperó un momento para acostumbrarse y adivinó vagamente unos muros desnudos, un Cubo de silencio y aire enrarecido. El Lugar donde antaño reposaba el Arca, con el Propiciatorio sobre el que Yahvé tomaba asiento entre querubines, estaba vacío, como hueco de tiniebla, pero él preguntó, en voz alta: “¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí?”.

Le respondió el silencio y pensó en los sacerdotes iniciados, que entraban en secreto en esta cámara Santísima para para realizar sus ritos, siendo raptados (decían) hasta la Séptima Morada, en noches sin luna. Algunos le habían descrito sus métodos de ascenso, queriendo iniciarle en sus secretos (como en el betilo de Jacob, cf. Gén 28, 10-19), pero él nunca había querido acompañarles a escondidas. En eso pensaba, cuando tuvo la certeza de que estaba siendo elevado desde la Segunda morada (Santísimo del templo) hasta la Séptima o Hekal del Cielo, como si la mano de Dios le alzara y así, mientras subía, a velocidad de rayo, se encontró gritando:

‒ ¡Yahvé Yahvé! (הוהי הוהי), Dios de Jacob, muéstrame tu rostro.

Retumbó su voz, pero no obtuvo respuesta, nadie le escuchaba, mientras crecía la tiniebla, pues se había cerrado la cortina y no entraba luz de fuera, a medida que él subía hasta el Origen sin origen (en sof). No iba sólo, se elevaban con él los cuatro muros, el suelo y el techo del Cubo Vacío, y así, cuando sintió que el gran Carro se paraba, porque habían llegado al Corazón de Dios, se oyó a sí mismo gritando, con más fuerza:

‒ ¡Yahvé Yahvé! (הוהי, הוהי), Padre de mi padre ¿Dónde estás?

Tampoco esta vez le respondieron, y supo que seguían subiendo sin parar y que Dios, la Oscuridad suprema, le sumergía en su misterio, le aplastaba y le soltaba al mismo tiempo, le cegaba y deslumbraba sin dejarle ver su rostro, ni decirle su palabra, cada vez en más tiniebla, mientras la cámara santa seguía ascendiendo sobre los astros de todo el universo.

En un momento infinito supo que el ascenso había terminado, y quedó en silencio oscuro, ante la Puerta bruñida de duro metal que no llevaba a ningún lugar, pidiendo a Dios que le abriera, con gritos y golpes de puños, por siglos de siglos. Quizá sólo duró una millonésima de instante, pero fueron milenios de gritos y llamadas sin respuesta, en absoluta tiniebla, con los puños sangrando, hasta que de pronto, otra vez, supo que la Cámara Santa, con la que había subido al Corazón cerrado de Dios, bajaba nuevamente y se posaba en el suelo del templo de tierra.

Sólo entonces pudo alzarse y encontrar a tientas la cortina, para apartarla, pensando que el Santísimo era igual que otras cámaras o habitaciones de familia donde se amaban, convivían padres e hijos con, a la luz de una lámpara de aceite, invocando al sueño.

Aquí no había mesa, ni lámpara de aceite, ni tálamo de amor, ni horno de pan, sólo silencio. Había ascendido por la Infinita Escala hasta la puerta del Hekal del cielo, pero no pudo entrar y como signo del ascenso le quedaban unos hilos de sangre de los puños que habían golpeado sobre el muro. Despertó aturdido, como si viniera (y venía) de un sueño de siglos, sabiendo que los iniciados secretos se engañaban, pues nadie había conseguido entrar por la Puerta y volver de nuevo al suelo.

Pero ahora no podía pensar, mientras sus manos seguían sangrando. Mañana o mejor, esta misma noche, debería empezar una vida distinta, para que Dios le respondiera al fin cara a cara. Lo había intentado aquí en el templo, pero había sido inútil. El muro no se abrió ante el golpe de sus puños. Debería buscar y llamar de otra manera, sin puños para golpear, sin gritos de mayor sabiduría. Así preguntaba y pensaba, queriendo salir del Santísimo, cuando escuchó una voz airada, no de Dios, sino de alguien que bien conocía:

– ¿Qué haces? ¿Qué dices? ¡No puedes entrar donde has entrado, ni nombrar lo que has nombrado!

Era Caifás, Sumo Sacerdote, que había entrado al Santo, cuando algunos comenzaban a inquietarse por la tardanza. También, Zacarías, padre de Juan, se retrasó, pero nadie sospechaba, ni Caifás qu era Sumo Sacerdote.

22 jun 2026

Ciro el persa. Hace 2500 años nació Israel por “gracia” de Irán ¿Puede repetirse aquella historia

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Los acontecimientos externos no se repiten, pero hay unas constantes históricas significativas. Lo que hoy llamamos “judaísmo” (Israel) nació por gracia de Irán, por obra de Ciro el persa y sus sucesores. Los líderes del judaísmo (empezando por el profeta Isaías II) aceptaron el poder iranio en oriente se constituyeron como pueblo “autónomo” hasta el día de hoy: (a) Crearon una conciencia de unidad nacional que antes no tenían. (b) Fijaron una o constitución nacional (Pentateuco) que los poderes iranios aceptaron como ley de Estado. (c) Crearon la figura más alta de una nación religioso/cultural, sin necesidad de estado imperial.

Se dice hoy (21.6.2026) que americanos, judíos e iranios se han dado 60 días de negociaciones para pactar y crear en oriente un orden político-militar girando sobre dos ejes (Irán e Israel, bajo supremacía USA). No estoy seguro de que el plan triunfe y se matenga, pues ni americanos, ni judíos ni iranios parecen tener la cordura de los antepasados de hace 2500 años.  Pero el tema el clave y quiero ofrecer unas reflexiones.

En un momento de máxima convulsión política, entre riesgo y ruina (exilio sin retorno), con el peligro de ser destruidos como pueblo, algunos judíos, con una conciencia religiosa nueva y más honda, sintieron/supieron que el protagonista de su historia era Dios, no los dioses imperiales de Egipto o Babilonia, y descubrieron, al mismo tiempo, que ellos, los judíos, con la tarea que Dios les había confiado, eran representantes (servidores, testigos) de Dios en el mundo. Así se concibieron como “pueblo teóforo”, portador de una nueva tarea universal de vida y testimonio de esperanza para todos los pueblos.

No conocemos ningún otro pueblo que haya formulado de manera no sólo teórica, sino práctica, una visión semejante de la historia, proclamando al Dios Creador y presente (recreador), como principio de identidad del pueblo en su conjunto (Israel) y de cada uno de sus miembros, desde su situación de “derrota”, con riesgo de destrucción, siendo, al mismo tiempo, Dios del mundo entero, es decir, de todos los pueblos.

En ese contexto, con esa certeza, los judíos han podido reinterpretar las tradiciones anteriores de su historia, desde los patriarcas y el Éxodo, con la entrada en Canaán, hasta la vuelta del exilio, con la promesa de la reconciliación final de la humanidad. Sólo así, a partir de esa reinterpretación monoteísta (yahvista) de su identidad, descubriendo la caída de Jerusalén y el exilio como “castigo” terapéutico y amoroso, pudieron sentirse (reconocerse a sí mismos) como pueblo elegido, a quien conciben no sólo como Señor más alto, sino como Amigo cercano, comprometido en la tarea y ser de los hombres que les ha confiado a ellos (los judíos) la misión de ser sus “testigos” entre los pueblos.

Desde ese fondo, a partir de Ezequiel e Isaías II, los israelitas han podido descubrir y proclamar la verdad de Dios, como testigos de su identidad y presencia como creador, esto es, como portador de vida desde el sufrimiento creador (desde el don y regalo de su Vida).En este momento, desde el “reverso” de la historia (vencidos, desterrados, amenazados…), con riesgo de diluirse y perder su identidad como individuos y pueblo en la espiral de los imperios vencedores (egipcios y asirios, babilonios, persas, helenistas), los israelitas reinterpretaron y superaron su catástrofe apelando a Yahvé como inspirador y amigo, espíritu de vida, principio de identidad de todos los pueblos.

De esta forma pudo darse en Israel una interpretación “teísta” de la historia, desde la derrota del pueblo, no desde su victoria. No hubo primero un descubrimiento del Dios único y después una interpretación teísta de la historia, sino que ambas revelaciones se dieron al mismo tiempo, pues de hallaban radicalmente implicadas: Su misma experiencia histórica, su forma de entender su presente y futuro como pueblo, hizo que los judíos vieran a Dios de un modo distinto y más alto, como ningún otro pueblo lo había experimentado (ni los chinos de Confucio o del Tao, ni los hindúes de la Bagavad Gita o de Buda, ni los griegos de Platón…).

 Dios, camino para derrotados

No descubrieron a Dios a pesar de su derrota, sino precisamente en ella, no como un Dios superior a otros, sino como no-Dios, fuente y servicio de amor para todos. Esta visión del Dios monoteísta (único, creador, salvador, en todos, para todos, no sobre todos) sólo puede entenderse como interpretación y respuesta al riesgo de muerte de Israel, en oposición a la ideología teológica de unos triunfadores político‒sociales (asirios, babilonios…) que creían que Dios les había concedido la victoria y la buena religión como dominio sobre los pueblos.

Esos pueblos vencedores (con Dios del Triunfo político‒militar y económico) fueron incapaces de entender su destino (la identidad divina de la humanidad) y , de interpretar su historia, de vincularse en gratuidad (pacto) con los restantes pueblos. En contra de eso, los israelitas vencidos descubrieron la mano de Dios (recibieron su máxima enseñanza) en la derrota, abriendo así una conciencia universal de la vida como amor mutuo y presencia de unos en otros. Ésa fue la “filosofía” los israelitas, su mayor revelación: Ellos sintieron la mano de Dios en su derrota, no para morir y terminar, sino para iniciar desde la misma derrota una historia y camino superior de vida para el conjunto de la humanidad, en forma de amor solidario y de esperanza de resurrección.

Los babilonios del año 578 a.C (con Nabu-codonosor) habían ganado la guerra (conquistaron Jerusalén, llevaron cautivos a muchos judíos…), pero “perdieron” su conciencia, su identidad como pueblo germen de humanidad, para actuar como destrucción de humanidad. Por el contrario, muchos  judíos derrotados (desde Ezequiel e Isaías II) entendieron la derrota como presencia amorosa de Dios y como oportunidad de renacimiento, en un Dios que es “Uno”, no por exclusión de otros, sino como inclusión y acogida amorosa de todos.  

En este contexto podríamos hablar de una “metanoia” o inversión (=conversión) radical de la vida, en paz y servicio mutuo, desde los vencidos”, y entenderla desde una perspectiva de compensación (resurrección) psicológica. Éste fue su cambio de mentalidad. Derrotados y casi destruidos por otros pueblos (asirios, babilonios, persas, helenistas…), los israelitas respondieron diciendo que en realidad, su Dios había sido el auténtico vencedor de los restantes pueblos y dioses. La derrota y destrucción de un tipo de Israel triunfante (reinos) había sido y era la verdadera recreación de Israel. Ellos, judíos, habían perdido la batalla de la vida en un plano externo (militar, político), pero habían triunfado en un nivel más hondo y verdadero, en el nivel de su identidad nacional y de su conciencia de pueblo.

Así lo fue descubriendo y proclamando Isaías II en la línea de  Isaías I (740-700 a.C) unos años antes de la Caída de Babilonia (539), mientras evocaba la marcha triunfal de Ciro, rey de Persia, que venía avanzando desde el oriente y el norte Babilonia, como delegado (ungido) de un Dios de libertad.

       Isaías II presenta a Ciro, rey de Persia, como enviado de Dios, con la misión de superar la opresión político‒religiosa de los babilonios, dejando en libertad a los diversos pueblos antes oprimidos, en especial a los judíos, y en ese sentido su profecía (su visión de Dios) resulta inseparable de su forma de entender el despliegue y triunfo del imperio persa. Pues bien, en el fondo, según Isaías II, el verdadero representante de Dios, su signo y portador en el mundo, no ha Ciro ni Persia (por más beneficioso que su influjo haya podido resultar), sino el pueblo israelita, representado como “siervo” (=ministro) humano de Yahvé.

De esa manera, los israelitas vencidos aparecen como la más alta conciencia divina, no en un plano de teoría cósmica (como pensaban los griegos), sino de despliegue histórico de la humanidad de Dios. Desde ese fondo, partiendo de la situación de derrota de los israelitas, Isaías II descubrió y proclamó el sentido de Dios “redentor” de los derrotados y de Israel, primogénito de los oprimidos:

Así dice Yahvé el rey de Israel, y su redentor, Yahvé Sebaot:

Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios.

¿Quién como yo? Que se levante y hable… Que diga lo que sucede y lo revele... (cf. Is 44, 6-8). Yo soy Yahvé, no hay ningún otro  (cf. 45, 5-8).

Estos y otros pasajes nos sitúan ante la revelación (la más honda conciencia) de un Dios que, habiendo dicho “soy el que soy” (cf. Ex 3, 14), puede añadir ahora “soy el que actúa”, soy el que hace que cambie y resucite el orden de los pueblos trazando un camino de vida a partir de los vencidos (no de los imperios vencedores).

Ciertamente, ese Dios de Isaías II tiene elementos cósmicos (cercanos al de un tipo de monoteísmo de algunos filósofos griegos como Jenófanes, siglo V a.C.), pero su distintivo esencial no fue su dominio sobre el cosmos,  sino su forma de entender la historia de los hombres y los pueblos a partir de los derrotados.

Este Dios de Isaías II no interpreta la historia desde el triunfo de los vencedores (ni como expresión de unidad cósmica, en clave de poder), sino desde los vencidos, ofreciendo así una visión unitaria del despliegue y sentido de los acontecimientos históricos, que culminarán en la caída de Babilonia y el triunfo de los persas.

Isaías II establece una continuidad entre aquello que “Dios” ha dicho y realizado a través de los profetas anteriores y aquello que realizará en el futuro. De esa forma, sus profecías trazan una línea de “lógica teísta” (recreadora) de la historia, que desemboca en el triunfo de los derrotados (israelitas).

  Isaías II no concede a los judíos un poder militar más alto para ganar guerras o alcanzar un poder superior al de otros pueblos, sino una capacidad más alta para conocer (interpretar) su historia, es decir, una conciencia o conocimiento más hondo de intervención y presencia de Dios en ella. De esa manera, ellos, judíos, derrotados y humillados, pudieron “elevarse” sobre las naciones, pero no a través de un poder militar más alto o de una sabiduría superior, de tipo filosófico o científico, sino de una más honda conciencia de vida de los perdedores, no para vengarse de los vencedores, sino para iniciar un camino nuevo de inter-comunión humana[1].

1. Normalmente, la fe de Israel (Israel) tendría que haber desaparecido en las “garras” de Babel y después en las del Dios helenista de los macabeos, siglo II a.C.). Pues bien, en contra de eso, en el momento de caída y ruina de su estado y templo nacional de Jerusalén, los judíos llegaron al convencimiento de que Yahvé, su Dios, había guiado no sólo la historia de Israel, sino la historia de todos los pueblos, primero de los babilonios y después de los persas y todos[2].

2. Inversión de Dios, nueva conciencia divina, la humanidad entera. De esa forma, los judíos descubrieron que el verdadero Dios se manifiesta, en contra de lo esperado, no en la victoria de los pueblos, sino en la derrota de los justos, en línea de nueva y más alta humanidad, no de progreso político‒militar como el de los grandes imperios de oriente. Esa experiencia de fondo había aparecido ya en los oráculos de Jeremías y Ezequiel, pero sólo se expresa con toda fuerza a través del Segundo Isaías[3].

 Con esa visión de Dios, los israelitas pudieron recrear su pasado (libros deuteronomistas) y fijar su identidad presente (Pentateuco), revisando los oráculos de los profetas, siempre con una misma intención, con una misma tarea de fondo: Confesar la presencia de Dios en la historia del pueblo, abriéndose, al mismo tiempo, hacia un futuro de salvación universal partiendo del impulso divino, que se revela en Israel (y por Israel) en la humanidad entera.

 Este descubrimiento del Dios Uno en la Historia Una de los hombres, en línea de compromiso activo, desde los oprimidos y vencido, constituye la aportación suprema de Israel y de la Biblia a la cultura universal. Sin esta novedad   de Isaías II no podría hablarse de una historia unitaria de los hombres, partiendo de los derrotados, ni podría hablarse del nuevo arquetipo como expresión de una conciencia superior de dignidad y de esperanza humana, desde los más pobres, en línea de nueva inteligencia y plenitud humana.  

[1] Cf. G. Theissen, Fe Bíblica en Perspectiva Evolucionista, Verbo Divino, Estella 2002.

    [2] Frente a los otros pueblos, que han tendido a interpretar la historia en claves de poder militar o de fatalidad (o simplemente han negado la misma existencia de una historia humana), los israelitas fueron capaces de entenderla en línea de transformación personal y social, desde la derrota.

[3] De esa forma, los judíos “recordaron” (reinterpretaron) las profecías antiguas, no sólo las de Amós y Oseas, que hemos evocado, sino las de Isaías I, Miqueas o Jeremías, descubriendo que ellas se estaban cumpliendo ahora. Toda la profecía antigua podía resumirse, conforma a la visión de Isaías II, en la amenaza de destrucción para los perversos y opresores, tanto en Israel como en los imperios del entorno. Ahora se iba a cumplir (se estaba cumpliendo) lo que había sido anunciado y preparado desde antiguo: Los triunfadores injustos venían a manifestarse como enemigos de Dios, aniquilándose a sí mismos. Iban a triunfar (estaban triunfando) de un modo distinto los antes perdedores.

Nota

La llamada Religionsgeschichtliche Schule (escuela de la religiones) ha sabido situar la Biblia y la historia de Israel  en el transfondo o crisol (algunos darían matriz) de las culturas del Oriente. Es evidente que han existido exageraciones: así se habla de un panbabilonismo, que pretende derivar todos los temas importantes de la religión israelita de los temas o motivos paralelos de Mesopotamia; otros han defendido un tipo de panegiptismo o paniranismo, situando así en otro contexto la matriz de los grandes misterios de la biblia[1].

Esta escuela no ha muerto en el siglo XIX, aunque en ciertos momentos ha venido ha quedar algo silenciada. Los descubrimientos de mediados del siglo XX (biblioteca con los mitos cananeos de Ugarit, rollos de Qumrán en el mar muerto con mucho material apocalíctico, libros gnóstico de Nag Hammadi en el alto Egipto) Han ofrecido nuevo material a los investigadores que destacan este tipo de convergencias y paralelos religiosos. Sigue influyendo esta escuela, aunque es posible que no surja ya ningún panugaritismo o pangnosticismo con la fuerza que pudieron los planteamientos totalizantes de finales del siglo XIX[2]

[1] Una y otra vez se ha destacado la conexión egipcia; el ejemplo más significativo en es el de S. Freud (1856-1939) que en Moisés y la religión monoteista quiso relacionar el monoteismo israelita con un tipo de represión de una experiencia monoteista anterior, cultivada por ciertos grupos religiosos y políticos de Egipto. La conexión mesopotamia vuelve ciclicamente, sobre todo en referencia a los "mitos" de la creación. No podemos desarrollar aquí los temas, baste con haberlos evocado.

[2] Los ideales y en gran parte los temas de la antigua escuela de la historia de las religiones siguen vivos en la actualidad. La novedad de nuestro tiempo está en la abundancia de textos descubiertos y publicados en los últimos decenios , relacionados con los momentos estratégicos del surgimiento bíblico: los poemas y mitos de Ugarit nos llevan a eso que pudiéramos llamar la "cuna" de la religión israelita; los manuscritos de Qumrán con la literatura intertestamentaria nos sitúan en el momento de cruce entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento; finalmente, los evangelios y libros gnósticos nos ofrecen una visión distinta y complementaria de eso que pudiéramos llamar "el otro desarrollo" del cristianismo. Es evidente que no podemos ofrecer aquí una bibliografía sobre esos temas, pues resulta inabarcable. Baste recordar sobre Ugarit la valiosa edición de G. del Olmo Lete, Mitos y leyendas de Canaán según la tradición de Ugarit, Cristiandad, Madrid 1981; sobre Qumrán la también valiosa edición de F. García Martínez, Textos de Qumrán, Trotta, Madrid 1992.

21 jun 2026

Ni matri-monio, ni patri-monio, sino ágapo-nomio (iso-nomio), pareja de amor entre personas iguales.

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Las parejas de amor que Jesús envía a proclamar su evangelio, de dos en dos (Mc 6, 7-13 y paralelos, hasta los dos de Emaús, Lc 23) pueden ser de diverso o del mismo sexo. Lo que importa es que se quiera y que su amor sea como tal testimonio de evangelio, no patri-monio (munus o tarea al servicio del dinero o poder del varón-patriarca), ni matri-monio (munus o tarea al servicio de la generación de la matriarca).

       Por eso hablo aquí de agapo- o iso-nomio, de un amor que surge y unifica cono nomos superior de amor en pareja a dos personas, encontrando cada una su vida y amor en la otra (cf. Lev 19, 18 y Mc 12, 28-44). Ciertamente, somos varones y mujeres (sabe Gal 3, 28), pero no nos definimos esencialmente por eso, sino por ser persona, palabra y carne (Λόγος σὰρξ, Jn 1, 14), siendo espíritu, alma y cuerpo (πνεῦμα,   ψυχὴ  y σῶμα).  

       Sería bueno precisar estos matices, tanto en Jn 1, 14 (palabra y carne) como en 1 Tes 5 (espíritu, alma y cuerpo), evocar el tema de conjunto de amor en pareja,  de comunicación radical, libre, variada y creadora, entre personas, varones y mujeres, como he mostrado en La Familia en la Biblia, VD, Estella 2014. Aquí sólo ofrezco una breve introducción, desde la perspectiva de Jesús. Éste es un tema que las iglesias oficiales han interpretado en general al servicio del poder de algunos, sin llegar a la raíz del evangelio, que nos sigue dando miedo, como a los fariseos antiguos.

¿Puede el varón expulsar a la mujer?  

Y acercándose unos fariseos, para ponerle a prueba,le preguntaron si era lícito al varón despedir a la mujer.Y respondiendo les dijo: ¿Qué os prescribió Moisés?

-Moisés ordenó escribir un documento de divorcio y despedirla

.- Por vuestra dureza de corazón (σκληροκαρδίαν ὑμῶν) os prescribió Moisés ese mandato.Pero al principio de la creación Dios los hizo macho y hembra.Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una carne.Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mc 10, 2-9) [1].

      Una parte de la tradición judía había tendido a concebir el matrimonio como un contrato de dominio insistiendo en que el varón podía expulsar/repudiar a su mujer sin más obligación que la de expedirle un libelo/documento de repudio, renunciando a su poder sobre ella. Desde ese presupuesto, unosfariseos tientan a Jesús, para mostrar que su ideal de fidelidad resulta imposible y que, además, va en contra de una Ley (Dt 24, 1-3)., que concede al esposo el poder de repudiar a su esposa.

1. Apoyarse en la Escritura. Los fariseos apelan a Dt 24  y Jesús les responde con textos dos anteriores (Gen 1, 27 y 2, 24-25), que serían palabra original de Dios, no comentario de Moisés Como buen hermenéutica, Jesús sitúa las palabras originales (Gen 1, 27, varón y mujer los creó, y Gen 2, 24-25,  serán una sola carne-sarx) por encima de la ley  de Moisés (Dt 24: el varón puede expulsar a la mujer)

 El un plano de ley, Jesús admite el divorcio (Mc 10, 3-4), concedido o presupuesto por Moisés (Dt 24, 1-3), a modo de concesión legal (¡por la dureza de vuestro corazón...!). Pero en un sentido más hondo rechaza esa concesión pues va contra la Escritura (Gen 1, 27; Gen 2, 24-25) y niega la igualdad de mujeres y varones (en la que Pablo insistirá, en Gal 3, 28.

De esa manera, para rechazar una ley que reprime o regula la vida humana en línea jerárquica (patriarcal), Jesús apela a la experiencia original de Dios que ha hecho iguales a varones y mujeres,  para unirse en comunión de amor como personas, para siempre. Al negar al varón el derecho de expulsar a su mujer, Jesús sitúa a varones y mujeres ante las fuentes de la creación, propias de un Dios que ama a los seres humanos y quiere que ello se vinculen en amor por siempre: 

- Jesús establece y estabiliza la humanidad en forma de parejas (unidades binarias,   de amor y vida), como indicando que la misma unidad del Dios que dice “yo soy” ha de entenderse en forma de comunión, de forma que las personas humanas forman al unirse un mismo cuerpo.

‒En contra de esa unión de pareja, que responde a la voluntad de Dios  se alza el deseo (=dureza) de los aquellos varones (cf. Mc 10, 5) que quieren regular y ratificar por casamiento y divorcio su autoridad sobre las mujeres, expulsándolas cuando les conviene («separando aquello que Dios ha unido»: Mc 10, 9). Esos varones piensan al modo de los hombres egoístas, no al de Dios como decía Jesús a Pedro, (cf. Mc 8, 33). En esa línea, Jesús afirma que algunos aspectos de la Ley de Moisés son una “concesión” (un mal menor), pues no responden a la voluntad original de Dios y en esa línea el divorcio impuesto por el varón sobre la mujer es un “falso remedio”, una “excepción” anti-divina de muerte, no de vida[2].

 En las fuentes de la vida. El modelo de amor de Jesús

 1. Entender la Escritura. Jesús no rechaza a Moisés, pero, como otros apocalípticos, él ha querido fundar su movimiento mesiánico en un principio anterior, más allá de Moisés (e incluso de Henoc, de Matusalén o de otros patriarcas antidiluvianos), para retomar el ideal y camino básico de Gen 1-2 (como hará Pablo en Rom 5)

‒ Según Gen 1, 27, Dios no creó a unos con poder sobre otros (como suponen los fariseos que le tientan, sino en igualdad para el amor, varones y y mujere (arsen kai thêly: Mc 10, 6; cf. Gen 1, 26-27). Según eso, no hay  varón primero y luego mujer.  sino que ambos han surgido al mismo tiempo, como pareja de amor, sobre la base biológica del sexo (macho-hembra), pero  como vida y amor de personas en pacto de comunión, uno con otro, en palabra y carne, en cuerpo y alma.

         Según Gen 2, 24, el anthropos/varón dejará al padre/madre y se unirá a su gynê/mujer y serán ambos una sarx o humanidad dual, uno inseparable del otro (Mc 10, 7-8).  Pues bien, en contra de usa unión de personas que forman una sola carne-vida en comunión de amor, Moisés ha introducido, por dureza de corazón de los varones, un derecho de expulsión de ellos sobre sus mujeres.  Su ley nació según eso para regular el amor en forme de imposición de dominio de varones sobre mujeres, de los judíos sobre gentiles, de ricos y libres sobre pobres y siervos. Pues bien, al criticar el “derecho” de Moisés, Jesús destruye la espina dorsal del patriarcado, no para dejar las cosas a merced de cada uno, sino para fundr  el matrimonio en la fidelidad mutua de varones y mujeres, en libertad de amo

         Parejas de varones y mujeres forman según una sarx (carne), es decir, una relación personal  de fidelidad de amor, por encima de la ley Al decir que no pueden separarse, Jesús no les encierra en una “cárcel legal”, sino que les ofrece la posibilidad de unirse para siempre en comunión de vida, por fidelidad de amor, como don personal, no como expresión de un deseo de la naturaleza biológica. 

 ‒ Jesús restablece así el matrimonio en forma de comunión de personal y voluntaria de de amor, por encima de una ley biológica de sexo. Superando ese nivel de ley, Jesús funda el matrimonio en aquello que pudiéramos llamar la esencia originaria de la vida humana como unidad  de comunión de amor entre personas.  

- Matrimonio en amor. Sólo a través de la entrega mutua de varón y mujer, surge ese matrimonio, pero de tal forma que no matronimia (prioridad de mujer-madre), ni patronimia (superioridad de varón padre), sino iso-nimia igualdad y comunión de amor entre personas.

           La razón masculina de los fariseos, como ley y como fuerza, en unión con la ley imperial de Roma, es comprensible en perspectiva de poder que se impone y se repite en cada matrimonio legal, con superioridad del varón. Pero Jesús nos reconduce al principio de la “creación”, a la estructura original del ser humano, allí donde varones y mujeres emergen como iguales en su diferencia para el amor personal no por ley, ni como obligación, sino como experiencia concreta de libertad en el amor.

Esta libertad y “unidad de carne” en ternura y conversación de espíritu y palabra, de voluntad y gozo mutuo, responde al proyecto creador, no es algo que varón y mujer puedan tomar o dejar a su antojo, sino expresión de la fidelidad originaria de Dios (en creatividad mutua) que se materializa en forma de matrimonio “indisoluble” (es decir, duradero, siempre en camino), como pacto de amor entre personas. Jesús revela de esa forma la tarea de los seres humanos como  fidelidad dual, en forma de pacto, encontrando cada uno su verdad y gozo en el otro.

Conforme a la reflexión de Dios (no es bueno que Adam esté a solas: Gen 2, 18) el surgimiento humano culmina allí donde un ser humano se encuentra y descubre a sí mismo encontrando a otro ser humano y compartiendo con él su deseo y voluntad de vida. Los esposos aparecen así como personas en comunión, cada uno responsable de sí mismo, desde el otro y con el otro, de manera que ambos forman una misma carne (alma, vida) en diálogo de reino de Dios,  encarnado en el amor de unos seres humanos. En ese sentido   el varón patriarca pierde un tipo de independencia al vincularse a la mujer pero en otro sentido gana en libertad e independencia, descubriendo su verdadera realidad e independencia en otra persona.

Eso mismo se puede y debe decir de una mujer qie se encuentra a sí misma al encontrarse y ser en otro, de manera forma que ambos son en sí mismos, siendo cada uno en el otro, conforme Lev 19, 18 (cf. Mc 12, 28-35): Amarás a tu prójimo como a ti mismo, de manera que te amarás y encontrarás a ti mismo en el otro, siendo los dos una carne y   comunión de vida y alma de corazón y pensamiento.

Esa relación de pareja entre personas (varones y mujeres), en palabra y carne, en vida y cuerpo) no es una comunión pasajera, sino compromiso permanente de maduración en pareja de varones y mujeres  en cuanto personas, es decir, vivientes de palabra que per-sonan (de per-sonare), es decir, que se hablan y se comunican entre sí, de manera que la vida de cada uno “suena” en el otro y viceversa.

El varón deja de dominar sobre la mujer con el divorcio y en un sentido parece que pierde), pero en otro más profundo se encuentra y se “gana” en la persona a la que ama, de manera que ambos ganan en afecto, pensamiento y vida, como iguales en su diferencia, como distintos en su comunión, de manera que cada uno es tesoro de vida para el otro, ganancia verdadera, en fidelidad, como personas. Para ello, el varón debe abandonar a sus padres…), de manera que varones y mujeres (anthropos kai gynê) se vinculen a nivel de carne (realización vital), al unirse como personas en forma de palabra compartida.

Amor de fidelidad, persona a persona

 Ésta ha sido la novedad deJesús, quizá su mayor aportación antropológica, en un camino que otros judíos habían explorado y entrevisto (buscando un matrimonio monogámico en libertad de amor sobre la ley), un camino que  sólo él ha llevado que sepamos a las últimas consecuencias, atreviéndose a reformular en esa línea el sentido de la creación (Gen 1-2), antes del pecado (Gen 3) o, mejor dicho, por encima del pecado, en forma de comunión de amor entre personas, no por ley jerárquica presidida e interpretada desde fuera por varones patriarcales (fariseísmo) o por leyes igualmente patriarcales de una iglesia convertida en ley por encima (y a veces en contra) del evangelio..

. En contra de esa intención básica de Jesús (desde una interpretación deficiente de Pablo: Rom 5, 1 Cor 7), algunos han seguido viendo en el matrimonio un resto de pecado, una especie de concesión al deseo sexual. (mejor casarse que abrasarse: 1 Cor, 7, 9, ρεῖττον γάρ ἐστιν γαμεῖν ἢ πυροῦσθαι).Para Jesús el matrimonio no es una concesión al deseo, sino una revelación de la fidelidad de Dios que es amor (deseo de dar/darse, de comunicar y compartir su vida).

Dios no es negación plana de vida, ni indiferencia hesicasta, sino amor expansivo y comunión, buscando, ofreciendo y compartiendo fidelidad y felicidad al comunicarse, arriesgándose a ser unos en otros,  de forma que vivan, se muevan y existan (=alcancen plenitud) al darse entre sí, en camino de resurrección (Hch 17, 28-31).

En contra de un tipo de “ley” anti-gnóstica   y de una demonización del deseo, que lleva al dolor y a la muerte según la iluminación budista de Benarés, Jesús descubre y expresa con su vida y mensaje el deseo bueno de Dios, deseo gratuito del amor, que consiste en ser recibiendo, dando y compartiendo vida unos en otros, como palabra de comunicación personal, de varones y mujeres, judíos y gentiles, libres y siervos que son dándose y compartiendo vida unos en otros, en gratuidad de amor hasta (=sobre) la muerte. El pecado no es desear, sino cerrarse en el deseo  egoísta del matrimonio..

‒   Jesús asume una larga tradición monogámica, expresada de un modo especial en el comienzo de la Biblia, para descubrir allí la voluntad original de Dios (apo arkhês ktiseôs: Mc 10, 6). Por eso, siendo nuevo, su mensaje retoma lo más antiguo, el principio de la creación, que no se centra en una ley particular, ni en un pueblo separado de otros (Israel), sino en la humanidad en cuanto tal, expresada en forma de personas, varónes y/o mujeres en comunión de vida.

Jesús recupera  el camino de amor de la vida humana, antes de las diferencias introducidas por la ley israelita y por la historia de los pueblos. De esa forma, el Reino de Dios, siendo lo más nuevo, es lo más antiguo, lo originario. Por encima de otros temas y motivos, lo que importa es la vida humana, como pacto personal del hombre y la mujer, capaces de suscitar en su misma la realidad más alta definida como sarx, una misma carne, encarnación de la palabra, logos/dabar (/verbo) que se hace carne viva, unión de amor entre varones y mujeres.

Varones y mujeres se re-conocen y re-crean, como quiere Dios (en el querer de Dios) como iguales en el matrimonio, que es valioso en sí, como manadera de amor, encuentro del uno en el otro (amarás a tu prójimo como a ti mismo: Leb 19, 18). Sólo amando a otro uno se encuentra y conoce (puede amarse a sí mismo), en comunión que en principio no está al servicio servicio de la generación, de una “familia posterior”, sino que es ya familia,  institución fundante de la vida humana, promesa de resurrección, pues sólo al vivir uno en otro y los dos (todos) en el Cristo de Dios podemos ir abriendo caminos de resurrección. Entendido así, el matrimonio no deriva del patriarcado (poder del padre sobre los hijos), ni del matriarcado (la mujer para los hijos) , sino de la unión (amor) de los esposos formando una vida, una palabra, una carne.

[1] Para un estudio más extenso del tema, cf. Comentario de Marcos, 2012.

[2] Al interpretar así la Ley, Jesús choca con la exégesis normal de muchos escribas judíos de su tiempo, declarando que una parte de su Ley (que está al fondo de Dt 24, 1-3), es creación de hombres varones, y no expresión de la voluntad original de Dios, pero con eso no destruye la ley de fondo sino que la confirma en su raíz, que es el amor, la fidelidad personal, de vida de unos en otros, por encima de la muerte.

20 jun 2026

21.6.26. No tengáis miedo a lo hombres. Victoria de los que saben perder. Dom 12 TO, Mt 6.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea….

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… No pueden matar vuestro mensaje, vuestra esperanza, vuetra vida verdadera (sigue) 

Biblia, manual de perseguidos.

   No es un manual de vencedores, sino al contrario: una guía para perdedores y excluidos. Precisamente en ellos, en los perdedores del mundo, se revela la justicia y el futuro de Dios. Así dice Jesús a sus seguidores:

Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán, os llevarán ante gobernadores y reyes. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis. Pues no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre…. El hermano entregará a muerte a su hermano, y el padre a su hijo. Se levantarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (cf. Mc 13, 9-13; Mt 10, 17-22).

Jesús ha superado los modelos de poder que actúan en el mundo, modelos de talíón o justicia violenta donde, estrictamente hablando, no hay persecución sino violencia de todos contra todos.

La persecución estrictamente dicha empieza cuando uno (algunos) de los componentes del grupo social no tiene poder para oponerse con violencia o no quiere hacerlo, quedando así en manos de los violentos. En ese momento, lo que era lucha por la vida, probablemente en un nivel de equilibrio (de grupos iguales que combaten entre sí), se convierte en persecución de todos (de los fuertes) sobre los débiles o, mejor dicho, sobre aquellos que renuncian a defenderse.

En ese sentido, la persecución implica un desequilibrio radical, es una especie de desnivel donde algunos, los que se creen dueños del poder, lo ejercen y despliegan imponiéndose sobre los otros La persecución es el gesto propio de los portadores de un poder o ley que se sienten capaces de imponerse sobre los que piensan y viven de un modo distinto, quizá porque tienen miedo de ellos.

Pueden hacerlo de un modo que parece legal: el hermano entrega al hermano, el padre al hijo, poniéndole en manos de la autoridad competente, para que le juzgue y/o mate. Pero pueden hacerlo también de un modo incontrolado: se alzarán los hijos contra los padres y los matarán…; estos hijos no siguen un proceso legal, sino que se dejan llevar por el vértigo de la violencia y para mantener su autoridad deben linchar a los padres que la ponen en riesgo, repitiendo el asesinato primigenio.

Contra el  evangelio

Los grandes movimientos sociales, tanto en un plano social como político y militar, han sido creados y están entrenados para la lucha, una lucha entre grupos más o menos semejantes. Pero Jesús no ha preparado a sus discípulos para la lucha, sino para el amor gratuito; y de esa manera les ha dejado, gratuitamente, en manos de aquellos que poseen el poder, que se sienten amenazados y se defienden a sí mismos, defendiendo con violencia su propia realidad sagrada, sea en plano judío (sanedrines), sea en plano gentil (reyes).

Jesús sabe que toda persecución es en el fondo una lucha familiar, dirigida por aquellos que buscan el poder y que se instituyen a sí misma como instancia de poder frente a los que buscan y exploran caminos distintos de vida, en gratuidad, más allá del poder, por encima de la violencia.

Allí donde unos y otros apelan al poder y responden con violencia no hay persecuciòn, sino batalla, un tipo de guerra de todos contra todos. Sólo allí donde algunos renuncian a la guerra (porque no quieren, porque no pueden) viene a darse la persecución. Esto es lo que Jesús ha prometido a sus discípulos. Por eso les dice: «Os mando como ovejas en medio de lobos; guardaos de los hombres; sed inteligentes como las serpientes, sencillos como las palomas» (Mt 10, 17).

En un mundo hecho de lobos, los que quieren comportarse como ovejas tienen que ser y son como palomas, en manos de las águilas rapaces. Pero pueden y deben ser también phronymoi, inteligentes, como las serpientes, es decir, capaces de esconderse, de actuar de un modo distinto: la inteligencia de los perseguidos es la inteligencia que se vincula a la debilidad y a la supervivencia, a la adaptación bondadosa y creadora.

              Esta inteligencia está vinculada al deseo de no imponerse, de no sobresalir en los foros y en los campos de batalla del poder; esta es la inteligencia de los grupos que con-spiran desde abajo, pero no para destruir el sistema (desde el resentimiento de los cobardes o desde el doble juego de los grupos secretos), sino para introducir amor en el sistema y para trasformar la realidad, como semilla oculta, sin que se vea (Mc 4, 26-29).

Jesús dice a los perseguidos que no se preocupen de preparar su defensa con las razones sabias del mundo, pues tienen alguien que les defiende de manera más profunda: tienen la fuerza del Espíritu de Jesús que les asiste e inspira, haciéndoles testigos de su pascua (Mc 13, 11).

Los perseguidores tienen la fuerza bruta. Los perseguidos tienen la palabra, que se puede expulsar, pero que no puede ser vencida (Jn 1, 10-13). El evangelio no necesita defenderse por la fuerza externa, porque tiene la palabra. Vale por sí mismo, sin apoyarse en ejércitos ni juicios. Posee la autoridad del Espíritu Santo, que es fuente de gracia salvadora, actuando a través de la palabra de los perseguidos.

Este descubrimiento de la Racionalidad superior (Verdad) del Espíritu Santo como presencia de Dios en los perseguidos, que se opone a los hombres que persiguen a Jesús (a sus creyentes), constituye la experiencia básica del evangelio y vincula, de manera sorprendente, la inteligencia (casi astucia) de la serpiente, que actúa desde abajo, con la claridad y amor del Espíritu Santo, que actúa desde el mismo centro de la vida paráclito). De esa forma se expresa la más alta verdad de la víctimas, la verdad de los que han sido sacrificados a lo largo de la historia, que, según el evangelio, ha sido revelada por Jesús:

«Por tanto, mirad; yo os envío profetas, sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad, de manera que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar» (Mt 23, 34-35).

Éste es el mensaje que Jesús dirige a las autoridades de Israel (o de cualquier poder del mundo). Este es el mensaje de sus profetas-sabios-escribas, es decir, de los hombres y mujeres que no tienen más poder que la palabra que revela y dialoga, que dice y comparte. Frente a esa palabra débil se eleva el poder de los que matan, de todos los que han matado y siguen matando, desde el tiempo de Abel hasta el tiempo de Cristo.

Pues bien, los que matan a otros se destruyen en el fondo a sí mismos, mientras se eleva sobre el mundo, por la fuerza del Espíritu santo, desde el mismo Cristo, el perseguido, la voz de amor de los perseguidos, que no responden con violencia a la violencia, sino que pueden crear y crean un mundo más alto de gratuidad, que no se funda en el veneno de las serpientes destructoras (cf. Mt 23, 33), sino en la capacidad de aguante de las buenas serpientes de Mt 10, 17, que con-spiran en el mejor sentido de la palabra: que comparten el Espíritu de vida, desde el subsuelo de los condenados de este mundo.

Pablo, perseguidor perseguido. Retomar el evangelio

 La segunda carta de Pablo a Timoteo ofrece una visión de conjunto de la historia y sufrimientos de Pablo que, para transmitir a los creyentes su aliento de evangelio, vuelve a recordar sus primeros «trabajos»:

Tu seguiste mi enseñanza, mis proyectos, mi fe y paciencia, mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos, como aquellos que me ocurrieron en Antioquía, Iconio y Listra. ¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me sacó el Señor. Pues todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido» (2 Tim 3, 10-12). Pablo recoge así unos recuerdos y sufrimientos que conocemos por Hechos (cf. Hech 13-14) y que ahora se pueden condensar en la sentencia final: «Todo el que se proponga vivir como cristiano será perseguido».

De esa forma asume este pasaje tardío de 2 Tim el argumento de Col 1, 24-25, donde se afirmaba que Pablo debía «completar» los sufrimientos de Cristo. Ciertamente, sigue siendo un hombre bien concreto. Han sido reales sus dolores, recordados para siempre en la memoria de la iglesia. Pero más que su figura aislasda, importa ahora su ejemplo y enseñanza, en la línea de aquello que Cristo había dicho: «Yo le mostraré todo lo que él debe padecer por mi nombre» (Hech 9, 16).

Mártires de la UCA (El Salvador)

El justo sufriente. La experiencia del Siervo de Yahvé, Segundo Isaías.

Ésta ha sido la revelación fundamental de la espiritualidad judía y cristiana. Isaías II ha descubierto y proclamado que la historia verdadera avanza desde la conciencia y tarea de unos hombres y mujeres como los derrotados de Israel, que reinterpretan su historia como revelación de Dios y promesa de futuro para el conjunto de la humanidad. Precisamente ellos, los vencidos, que se elevan sobre sí mismos como testigos e intérpretes de Dios, son la auténtica “conciencia divina” de la historia, que se expresa a través de los sacrificados, representantes de Dios (arquetipo de la nueva humanidad).

Yahvé quiso aplastarlo con sufrimiento y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, vivirá por muchos años.  El justo, mi Siervo, justificará a muchos porque cargó con sus culpas. Por eso lo haré heredar con muchos y con los poderosos repartirá el botín; porque expuso su vida a la muerte y fue contado con los criminales; él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los criminales (Is 53, 10-12).

      En un momento anterior, los triunfadores habían sentido la necesidad de pensar que los demás (los fracasados) eran culpables, de manera que les “sacrificaban”, identificando a Dios con el triunfo del poder. En nombre de Dios, ellos, los vencedores, expulsaban y mataban a los otros, de manera que la vida de esos sacrificados aparecía como un tipo de holocausto necesario y positivo: El Dios de la guerra de la vida triunfa sometiendo y destruyendo a los “culpables”. En contra de la visión, estos poemas del Siervo muestran que Dios no triunfa sacrificando a los otros (imponiéndose sobre ellos su poder), sino amando a los pobres y humillados, y realizando por ellos (desde ellos) una obra de salvación al servicio la humanidad entera.

De esa forma, asumiendo y transformando antiguas categorías sacerdotales, Isaías II descubre que los derrotados de Israel (exilados, fracasados, muertos) no son culpables, no sufren y mueren por su culpa, para satisfacer la ira de Dios, sino que son representantes de un Dios-Amor, que se “encarna” (se expresa y actúa) precisamente en/por ellos. Estos “siervos de Dios” no mueren porque son culpables y tienen que ser sacrificados, sino porque son inocentes, porque han sido derrotados y así aparecen como signo de un Dios amor, que no es violencia sobre los demás (para tenerlos sometidos), sino Conciencia de amor que regala su vida (se regala a sí misma) para que otros sean.

Según eso, el Principio divino de Israel (Yahvé) no se individualiza (no se revela) en los emperadores y conquistadores poderosos, sino en aquellos que sufren y son oprimidos, manteniendo la conciencia de su identidad, como los hebreos esclavizados en Egipto, como los judíos cautivos en Babilonia. En este contexto no tiene sentido la ley del talión o venganza por la fuerza, ni se puede decir que los sacrificados mueren por sus pecados, pues ellos no son responsables del pecado ajeno, ni autores de un pecado propio, sino víctimas inocentes en las que Dios expresa su identidad sobre el mundo. Ellos sufren y mueren por el pecado ajeno, pudiendo aparecer así como representantes (portadores) de una conciencia más alta de vida, es decir, de la conciencia de Dios que se revela y actúa a través de los que se piensan y descubren (aceptan) su identidad desde el sufrimiento activo de la historia humana.

Los sacrificados son signo de la nueva creación, avanzadilla de una humanidad no violenta donde el mismo Dios viene a expresarse como gracia y manantial de vida, regalando así su propia vida en medio de la muerte. Éste es el centro de la mutación israelita, aquí se produce la gran revelación/revolución de la Biblia: Quizá por vez primera, superando a un Dios que parecía principio de violencia (defensor de los más fuertes), viene a revelarse el Dios más alto de una gracia no violenta, de un nuevo sacerdocio entendido como don de la vida, no como principio de destrucción de otros.

Este Siervo no realiza su liturgia sobre el templo (no es sacerdote ministerial), no vive de la sangre de animales muertos (ni de hombres a quienes tiene que sacrificar), sino que eleva (entrega) su vida ante Dios como signo de esperanza, garantía de justicia. No expulsa a nadie, ni hace guerra para destruir a los contrarios: no pide venganza ni quiere que su muerte (si le matan, como harán) sea principio de una nueva cadena de violencias. Por eso, acepta el sufrimiento y la derrota como signo de vida, de forma que allí donde reinaba un (el) dios de la violencia viene a revelarse ahora un Dios Yahvé que es principio de vida, de gracia, de futuro, precisamente desde la derrota y muerte de los pobres.

-Mi siervo triunfará (Is 52, 13-15) Pero triunfará sin dominar, sin expulsar ni sacrificar a nadie, y puede hacerlo así porque conoce (reconoce) en su vida el sentido de Dios, la fuerza de la vida, apareciendo como portador de una nueva sabiduría divina, al servicio de los demás. En otro contexto, los hombres habían insistido en una sabiduría triunfal, vinculada a la victoria externa, con la derrota de los contrarios, creyéndose así enviados de un Dios de poder. Pues bien, en contra de eso, Isaías II insiste en el Dios se revela precisamente en los derrotados y expulsados, como Siervo Sufriente de todos, Dios en persona.

-El brazo de Yahvé actúa (Is 53, 1-3).Pero no de forma militar como Asiria y Babilonia, sino como palabra de vida, presencia de Dios, a través de los hambrientos, pobres y oprimidos, como podrán de relieve el Magníficat de María, el primero de los Cantos del Nuevo Testamento, que Lucas 1, 46-55 ha puesto en boca de la Madre de Jesús, como signo de continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (como pondré de relieve en el primer tema de la tercera parte de este libro. Dios despliega el poder de su brazo (Lucas 1, 51) a través de sus siervos israelitas, en una historia de espiritualidad de amor que culmina en Jesucristo. Otros textos de la Biblia, como Lev 16 (chivo expiatorio) y Ben Sira o Eclesiástico (con su canto a los triunfadores: Eclo 45‒50) parecían seguir buscando a Dios a través del triunfo social, militar o religioso. Pues bien, los cánticos del Siervo invierten ese modelo y afirman que el Dios (principio de toda realidad) se revela a través de los derrotados y expulsados (cf. Hbr 11).

-Ha cargado con nuestros sufrimientos (Is 53, 4-6). Paradójicamente, el Siervo es revelación de nuestra verdadera identidad. Antes, en general, los hombres pensaban que los culpables eran los otros, los sacrificados, desgraciados, expulsados, que cargan con sus crímenes y expían por sus culpas. Pues bien, Isaías II ha invertido esa visión diciendo que el Siervo no es culpable. No sufre por sus culpas sino por las de otros, viniendo a presentarse así como un catalizador donde se condensan y descargan las violencias del conjunto social. Ésta es la novedad del texto: El Siervo que sufre es inocente, y al serlo, al aceptar su “destino”, él viene a presentarse como portador de un “conocimiento” más alto, del conocimiento de Dios con quien se identifica.

-Cordero inocente (Is 53, 7-9). Leyendo este pasaje, el eunuco de Candace pregunta a Felipe el “diácono” cristiano: “Quien dice estas cosas ¿habla aquí de sí mismo o se refiere a otro? (Hech 8, 32-34). El mismo Canto responde de forma indirecta, describiendo paso a paso los momentos y matices del sufrimiento (muerte) del Siervo. Es evidente que en su descripción confluyen varios factores: (a) Puede haber un recuerdo histórico, con el asesinato de un inocente concreto (Zorobabel, un profeta...). (b) El texto puede referirse al mismo pueblo de Israel, condenado, en proceso de exilio, dispersión y muerte... Sea como fue, es claro que el Canto del Siervo constituye un paradigma invertido de la violencia humana. Los inocentes como el Siervo no viven a costa de los otros, no se imponen por envidia, no pretenden destruir a los demás. Esta es la manifestación suprema de Dios en la vida (en la nueva conciencia) del inocente, que no responde con violencia, según el talión, ni no grita venganza. El Canto lo dice de un modo muy transparente, sin juicios ni valoraciones retóricas. [1]

El pueblo que ha escrito estos poemas del Siervo ha llegado a la más alta experiencia: ha conocido a través del sufrimiento, ha madurado en comprensión y no en venganza, en bondad y no en resentimiento, en apertura a los demás y no en violencia. Aquí han venido a confluir las aguas más profundas de la vida israelita: la experiencia sacrificial, la ley del pacto y, sobre todo, la certeza de que Dios asume el camino de los pobres (derrotados) de la historia. Es como si pudieran recrearse los orígenes: el dolor de Abrahán, la opresión de los hebreos en Egipto y, de un modo especial, la angustia del exilio en Babilonia (con la caída de Judá y Jerusalén, tras 587 a-C). Ellos, los sufrientes y expulsados, fueron (siguen siendo) el valor supremo de la tierra: el mismo Dios se encuentra y triunfa allí donde parecen fracasados.

Aquí se ha dado la gran inversión. El chivo expiatorio (Lev 16) era signo de todos los males; por eso quedaba expulsado al desierto, dejando tranquilo al sistema. Vivimos Sobre la tumba y muerte de otros caminamos: sólo sabemos avanzar aa costa de otros sacrificando. Pues bien, aquí el signo se invierte y descubrimos que el siervo derrotado y expulsado es inocente. Antes habíamos sentido la necesidad de pensar que los demás (los fracasados) son culpables: identificábamos a Dios con el triunfo del sistema; en nombre de Dios expulsábamos, matábamos... La vida entera se venía a convertir en sacrificio. Pues bien, ahora advertimos que esa ley del sacrificio no consigue responder a los problemas planteados por la historia.

 Este Siervo no realiza su litigia sobre el templo, no vive de la sangre de animales muertos. Pero, en sentido mucho intenso, es verdadero sacerdote y sacrificio: eleva ante Dios su sufrimiento como signo de esperanza, garantía de justicia. No debe expulsar a nadie: no pide venganza ni quiere que su muerte se convierta en principio de una nueva cadena de violencias. Por eso es víctima: su mismo sufrimiento y muerte se han venido a presentar como señal y experiencia de una vida no violenta. Allí donde reinaba un (el) dios de la violencia viene a revelarse ahora un Yahvé signo de gracia.

Esa respuesta no violenta del Siervo es la mayor revelación de Dios Este es el milagro de la no violencia: el inocente se deja matar (como cordero llevado al sacrificio...). No se defiende, no grita venganza, no se justifica. El Canto lo dice del modo más sencillo. No utiliza demasiados adjetivos, no juzga, no valora. Simplemente va mostrando le que hacen (hacemos) los hombres con el débil e inocente. Descubrimos con sorpresa que en todo este pasaje no se dice nada de Dios. No hay lugar para sacralidades aparentes, no hay templos ni oraciones especiales. La muerte de un pobre, este es el misterio. Al fondo de toda la historia, cono enigma supremo, aparece un inocente asesinado. Éste es el mejor prólogo para entender la espiritualidad de Jesús. Y con esto podemos pasar al NT[2].

[1] Normalmente, los triunfadores se han mantenido y elevado matando u oprimiendo a otros (a los que condenamos por culpables), para aparentar así que somos justos, apelando además a Dios a quien identificamos con un tipo de violencia pavorosa, en la línea del análisis de R. Otto (Lo santo, 1917). En contra de eso, el canto dice que aquellos que se consideran justos, capacitados para matar a los culpables, son los verdaderos culpables, de forma que lo divino no se identifica con un tipo de violencia pavorosa, sino con todo lo contrario, es decir, con la superación de la violencia. En esa línea el Siervo no se ha defendido ni quiere vengarse de otros, sino ofrecerles el regalo de su vida.

[2] Ante ese descubrimiento pasan a segundo plano las preguntas historicistas (¿quién era ese Siervo?) y las disculpas retóricas (¡no sabíamos! ¡ha sido un accidente!). El texto muestra que no fue un accidente y añade que, en el fondo, nosotros lo sabíamos. Este es el saber ontológico (si es que vale esa palabra), el conocimiento que por siglos hemos reprimido: La divinización de la violencia, que el Canto del Siervo ha desenmascarado.

Esa divinización “ontológica” de la violencia es el “pecado original” de la humanidad. Las religiones “imperiales” (de China a Roma, de los Aztecas a los Incas), que se siguen imponiendo sobre el mundo, con el capitalismo y el imperialismo moderno. Estos cantos han sido y siguen siendo la primera gran protesta “occidental” (bíblica) en contra de esa religión que se dice creada para “liberar” a los hombres pero que de hecho les oprime.

17 jun 2026

X. Pikaza, dos narraciones noveladas sobre Juan Bautista y Jesús

Xabier Pikaza: el Dios que habita en los pobres y la revolución silenciosa del amor compartido

Dios no está donde lo encerramos, sino donde duele la vida. Xabier Pikaza abre una fe que arde y despierta.

Xabier Pikaza

José Carlos Enríquez Díaz

17 jun 2026 - 08:53

Hablar de Xabier Pikaza es adentrarse en una voz valiente, profundamente espiritual y a la vez incómoda, que no se conforma con repetir fórmulas religiosas, sino que busca desvelar el rostro auténtico de Dios en medio de la historia humana. Su obra no es solo narrativa, es una interpelación directa al lector, una llamada a despertar del adormecimiento religioso y a redescubrir una fe viva, encarnada y comprometida. Pikaza escribe desde las entrañas del Evangelio, pero también desde la herida del mundo, mostrando que la verdadera experiencia de Dios no se encuentra en el poder ni en las estructuras, sino en la vida compartida con los más pobres.

En sus novelas sobre Juan Bautista y Jesús de Nazaret, el autor construye un relato profundamente humano donde lo divino no aparece como algo lejano o inaccesible, sino como presencia viva en los cuerpos heridos, en las historias rotas, en las personas descartadas. La primera novela se abre con una escena de gran intensidad: María Magdalena es llevada, condenada como prostituta, humillada, atada, rota, camino de Cesarea. Desde ese comienzo en la fuente de Caná de Galilea, la historia se despliega como un camino de dolor y transformación, atravesando una Galilea marcada por la injusticia hasta llegar a Jerusalén, donde el poder imperial vigila incluso la muerte. La narración nace en una sinagoga rural, envuelta en el misterio de siete ángeles que anuncian el nacimiento de Jesús, y culmina con soldados romanos custodiando un sepulcro en la gehena, como símbolo de un mundo que pretende controlar incluso lo sagrado.

Juan Bautista. Xabier Pikaza

En sus novelas sobre Juan Bautista y Jesús de Nazaret, el autor construye un relato profundamente humano donde lo divino no aparece como algo lejano o inaccesible, sino como presencia viva en los cuerpos heridos, en las historias rotas, en las personas descartadas.

En medio de ese recorrido emerge con fuerza la figura de María Magdalena, cuyo encuentro con Jesús constituye uno de los momentos más hermosos y reveladores de la obra. Jesús no la juzga, no la condena, no la define por su pasado. La mira, la acoge, la dignifica; le pone sandalias, la cubre con una túnica bordada de espigas y le devuelve la belleza que el mundo le había robado. Ese gesto no es solo compasión: es revelación. Porque en ese instante se manifiesta una verdad radical: Dios no habita en la pureza impuesta ni en el juicio moral, sino en la dignidad restaurada de quien ha sido humillado. A partir de ese encuentro, Magdalena no vuelve a ser la misma; su interior se transforma y aprende a mirar a los demás con la misma compasión con la que ella fue mirada. El encuentro con Jesús no puede pasar desapercibido, deja huella, despierta una forma nueva de vivir.

A lo largo de la novela, Pikaza lanza una crítica profunda a una religión vacía de humanidad. Dios no acepta sacrificios de un templo manchado ni la falsa pureza de quienes se creen elegidos despreciando a los demás. El verdadero pecado no está en la debilidad humana, sino en el uso del nombre de Dios para elevarse sobre otros, para dominar y excluir, impidiendo que los pobres de todas las naciones puedan encontrarse y amarse. Frente a ello, la verdadera ley es la de los profetas: acoger a huérfanos y viudas, ayudar a pobres y extranjeros, y no dejarse contaminar por el deseo de poder y la violencia del mundo. No conocen la justicia de Dios quienes construyen sistemas que separan, que excluyen, que convierten la dignidad humana en una jerarquía donde unos dominan y otros son descartados.

La novela culmina con un momento de profunda intensidad: Magdalena participa en el entierro del Bautista, cerrando un ciclo de muerte que, sin embargo, abre una esperanza nueva. Porque la voz del desierto no muere, se transforma en anuncio.

Jesús de Nazaret. Novela de Xabier Pikaza

En la segunda novela, centrada en Jesús de Nazaret, aparece un momento decisivo que marca su ruptura con la religión institucional. En el templo le dicen que ya es mayor, que debe ocuparse de las cosas de su Padre. Pero al volver a casa comprende algo distinto y profundamente liberador: las cosas del Padre no son el templo ni una estructura religiosa, sino el mundo entero. Desde esa intuición comienza su camino.

En la segunda novela, centrada en Jesús de Nazaret, aparece un momento decisivo que marca su ruptura con la religión institucional. En el templo le dicen que ya es mayor, que debe ocuparse de las cosas de su Padre. Pero al volver a casa comprende algo distinto y profundamente liberador: las cosas del Padre no son el templo ni una estructura religiosa, sino el mundo entero. Desde esa intuición comienza su camino. Sale con José, como artesano sin oficio propio, campesino entre campesinos, ofreciendo su trabajo a quien lo necesite. Jesús no se instala en el poder religioso, sino que se mezcla con la vida, con la dureza del trabajo, con la fragilidad de quienes viven al día.

Ahí comienza también su pregunta radical: ¿por qué hay pobres?, ¿por qué hay hambre?, ¿por qué hay huérfanos, viudas y extranjeros abandonados? Los sabios le responden con religión, con normas, con oración. Pero Jesús no se encuentra a gusto en esa respuesta. Se levanta, se marcha y comienza a caminar con un grupo de amigos, hombres y mujeres, dejando atrás las estructuras cerradas para abrir una comunidad nueva. Esa es la Iglesia que propone Pikaza: no una institución de poder, sino una comunidad abierta donde nadie queda fuera, donde no hay dominación de unos sobre otros, donde cada vida es acogida.

En ese camino, Jesús encarna una actitud que recuerda con fuerza el testimonio de Hélder Câmara: “Si doy de comer a los pobres, me llaman santo; si pregunto por qué los pobres no tienen comida, me llaman comunista”. Jesús no se limita a aliviar el sufrimiento, sino que cuestiona sus causas. Por eso incomoda, por eso no encaja en los sistemas, por eso su mensaje sigue siendo peligroso.

Hélder Câmara

Jesús encarna una actitud que recuerda con fuerza el testimonio de Hélder Câmara: “Si doy de comer a los pobres, me llaman santo; si pregunto por qué los pobres no tienen comida, me llaman comunista”. Jesús no se limita a aliviar el sufrimiento, sino que cuestiona sus causas. Por eso incomoda, por eso no encaja en los sistemas, por eso su mensaje sigue siendo peligroso.

Jesús se presenta como pan y vino compartido, como revelación de un Dios que es de todos, carne y sangre de vida eterna. Y esa afirmación no es un rito vacío, sino una experiencia viva: nosotros mismos somos la tierra prometida, somos pan unos para otros, somos vida compartida en Dios. Magdalena lo comprende y tiembla de emoción, porque descubre que el Reino no es poder ni dominio, sino comunión.

El Reino es vida de Dios en nuestra vida, pan compartido, de manera que cada uno es vida para los demás. Jesús no ha llamado a sus seguidores para darles poder sobre el mundo, sino para enseñarles a vivir de otra manera. Por eso dice que cada vez que se reúnan lo hagan en su memoria, no como un gesto vacío, sino como un acto de vida: ser amor en todos, comer su cuerpo y beber su sangre como compromiso de entrega mutua.

Pan compartido

Hacer memoria de Jesús no es repetir palabras, sino vivir como él, compartir la vida, hacernos pan unos para otros. Porque, al final, el verdadero milagro no es el poder, sino la humanidad compartida, el amor vivido, la dignidad reconocida en cada persona. 

Frente a eso, el poder propone silencio. Pilatos, en la novela, le ofrece retirarse, estudiar en Qumrán, desaparecer. Es la misma lógica que sigue actuando cuando se silencian voces incómodas, cuando se prohíbe hablar o escribir a quienes cuestionan el sistema. Pero Jesús no acepta, porque su camino no es el del silencio, sino el de la verdad vivida.

Uno de los símbolos más bellos es el de los panes y los peces. Jesús da de comer a todos y manda recoger lo que sobra. Nada se tira, nadie sobra. En ese gesto se revela una verdad esencial: en la sociedad que él anuncia, como en ese pan compartido, nadie puede ser descartado.

Las novelas de Xabier Pikaza no son cómodas, pero precisamente por eso son necesarias. Nos obligan a replantearnos la fe, la Iglesia, la justicia y la vida. Nos recuerdan que Dios está del lado de los pobres, que la verdadera religión es la compasión y que el Reino es vida compartida, sin dominación, sin exclusión, sin poder.

Y nos dejan una llamada abierta, exigente y luminosa: hacer memoria de Jesús no es repetir palabras, sino vivir como él, compartir la vida, hacernos pan unos para otros. Porque, al final, el verdadero milagro no es el poder, sino la humanidad compartida, el amor vivido, la dignidad reconocida en cada persona.

 

16 jun 2026

Soltero y casado a la vez. Jesús, celibato mesiánico

El mensaje de Jesús en Galilea se condensa en dos lemas  centrales. Amar a los enemigos, no juzgar. Ese mensaje, encarnado en forma de celibato mesiánico), se expande y recrea en varios amores fundantes: niños, casados por amor y excluidos de la tierra (cojos, mancos, ciegos, ciento por uno en casas-tierras, con madres, hermanos niños...) de los que seguirá hablando en días sucesivos.

Hoy comienzo con Jesús, celibato mesiánico. Tras separarse de Juan Bautista, para anunciar, provocar e iniciar el Reino de Dios, Jesús centró su camino en los pobres, excluidos, enfermos y hambrientos de Galilea,  desde su identidad como nazoreo.

         Jesús no era un judío galileo sin más, sino un nazoreo, “descendiente” de David, pero eso no le daba superioridad, sino que le hacía ponerse al servicio de los otros, especialmente de los pobres y marginados (sin familia), a quienes anunciaba y ofrecía el Reino.  

Para ellos, para los otros vivió, fue hermano y familiar de los carentes de familia, sanador de vidas destrozadas, de forma que tras su muerte en cruz «aquellos que antes le habían amado, no dejaron de hacerlo…» (Josefo, Ant. XVIII, 63-64). En esa línea decimos que fue célibe, varón de familia extensa.

 1. No fue célibe por pureza o espiritualismo (huída del mundo), ni para cultivar una “virtud” superior, sino para desarrollar mejor su amor e identificarse con los pobres, en especial con aquellos que no podían crear familia estable según ley, pues no contaban con “medios” materiales, sociales o personales para ello (= para mantener una casa).

En principio, pudo haberse casado antes de ser discípulo de Juan  Bautista, pero la tradición no ha conservado recuerdo de ello, en un contexto donde su matrimonio no hubiera creado problema para una Iglesia posterior, que tuvo, sin embargo, dificultades para aceptar el hecho de que su madre y hermanos habían querido casarle al modo tradicional del patriarcado.

 Un texto de tradición antigua (Mc 6, 4) le presenta como artesano (tektôn), pero ignoramos su identidad más precisa, y el conjunto del Nuevo Testamento (que sabe que su madre y hermanos formaron al fin parte de su Iglesia) no cita a su mujer y a sus posibles hijos, como hubiera hecho de saber que los había tenido. Un pasaje muy significativo le sigue presentando como “eunuco por el Reino” (Mt 19, 12), en un contexto donde esa palabra tiene matiz peyorativo y polémico.

 No fue célibe  por oponerse al amor humano, sino por más intenso amor humano, por experiencia y voluntad de comunión con miles de personas que no podían mantener (fundar) una familia patriarcal, creando comunión con excluidos, enfermos,, abandonados, eunucos” y prostituidas. En esa línea, su celibato  se define  por la forma concreta de vivirlo, como expansión y consecuencia de su opción de Reino, en una espedie de poli-amor d gratuidad sanadora

 No fue célibe por alejamiento y soledad, sino por experiencia de palabra y vida (comunicación), que le permitió descubrir y suscitar una familia de comunión abierta, superando las limitaciones del orden patriarcal, para convivir con hombres y mujeres de diversos estratos personales sociales y afectivos, sin capacidad o medios para establecer una casa (=casamiento) tradicional de patriarcado, esto es, de poder del varón, esposo y padre, sobre la mujer y los hijos.   Sólo así pudo crear solidaridad y comunión (cf. Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41) desde la vida entera, no sólo desde lazos de carne y sangre (Jn 1, 12-14).

 ‒ Trató en amor servicio de vida con varones y mujeres dentro y fuera de su grupo: Amó al rico dispuesto a seguirle (Mc 10, 21), acogió al centurión que, al parecer, mantenía relaciónes homo-erótica con su siervo (cf. Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10) y se fijo de manera especial en el “aguador” (Mc 14, 13) del cántaro, posiblemente “afeminado” que condujo a sus discípulos a la sale del banquete de pascua (última cena). El joven que le seguía y que escapó desnudo del huerto donde le arrestaron (Mc 14, 51-52) puede ser una figura simbólica del mismo Jesús o de los creyentes, pero incluye rasgosabiertos a diversas interpretaciones.

‒ Amó a sus discípulos (=se vinculó con ellos), con fuerte intimidad dramática (cf. Mc 4, 10-12), vinculando su vida con la de ellos. En ese contexto es significativo (luminoso y perturbador) el modo en que Jn 13, 21-26; 19, 26: 20, 22; 21, 7. 20 ha planteado su relación afectiva con “un discípulo al que amaba”. Esa relación ha de entenderse en un contexto donde la relación entre maestro/ y discípulos aparecía marcado con tintes afectivos. Pero esa fórmula hubiera sido imposible si Jesús no hubiera mantenido una relación de amor con sus discípulos (cf. Flavio Josefo, Ant XVIII, 63-64).

‒ Se relacionó de un modo especial con mujeres. Jn 11, 5 afirma que amaba a Marta y a su hermano Lázaro, y Lc 10, 38-39 supone que amaba de un modo especial a María, hermana de Marta, que escuchaba su palabra. Las pretendidas relaciones matrimoniales de Jesús con Magdalena han sido objeto de especulaciones de poca base, pero en el fondo de ellas se conserva el recuerdo de una amistad especial, que la tradición no ha podido (ni querido) borrar, insistiendo en que María Magdalena, con otras dos “marías” (entre las que emerge la madre del mismo Jesús) mantuvieron su fidelidad de amor por él hasta después de la crucifixión, de forma que sólo por ellas (tres mujeres) pudo iniciarse la experiencia pascual de la iglesia. Estos y otros datos muestran que Jesús no ha sido célibe por despecho (represión o miedo), sino para establecer relaciones de intimidad y diálogo en un contexto patriarcal[1].

-  No fue varón de patriarcado y protección de dominio, en forma de poder sexual, político, social, religioso o ideológico, como avala su oposición al dominio masculino reflejado en el el divorcio (Mc 10, 1-7), con su manera de referirse a los “eunucos”, solidarizándose con ellos (Mt 19, 10-12). Su opción social y afectiva ha de entenderse como potenciación personal y social de  amor, en relación personal, íntima y abierta, pero no realizada desde arriba, de un modo impositivo ni por rechazo de todocompromiso afectivo, sino por comunicación real de unos con otros y por solidaridad con aquellos que vivían en los márgenes de la sociedad establecida, en un plano de vinculación personal, no simplemente biológica, de carne y sangre.

- Fue hombre de amor compartido y múltiple, en intimidad y variedad de niveles, aceptando así la comunicación dual de matrimonio, en pareja de amor), hasta la paternidad-filiacion, la hermandad y la amistad de grupo,  como seguiré indicando. No quiso mejorar una estructura patriarcal, con superioridad de varones (maridos y padres), sino crear comunidades personales e afecto donde cupieran varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores, por comunión personal entre todos. Sólo en ese trasfondo se entiende su opción, no es por carencia o debilidad, sino por abundancia y vinculación con los pobres económico/sociales, abriendo para y con ellos un camino de familia en amistad abiert(Mc 12, 15), no cerrada en lo biológico.

No es mucho más lo que podemos afirman con base, en contra de algunos que se atreven a sostener que, si hubiera tenido éxito (si no hubiera sido ejecutado) se hubiera casado oficialmente, creando (instituyendo) un matrimonio modélico (de Reino)… Esa afirmación no puede apoyarse en las fuentes del NT, en las que aparece el modelo de familia de Jesús, que iremos viendo. Lo único cierto es que en el tiempo de su ministerio, desde su misión con Juan Bautista, pasando por su mensaje en Galilea, hasta su muerte, él vive y actúa  como “célibe”, no en solitario, sino en comunidad, no para dedicarse de un modo ascético  a las cosas de  un Dios separado, sino para centrarse en un Diosde comunión mesiánica. 

Su celibato concreto fue por opción, no  por obligación. Algunos investigadores han supuesto que, si Pablo hubiera sabido que Jesús fue célibe, hubiera citado ese dato para defender su postura en 1 Cor 7 y que, al no hacerlo, se puede suponer que estuvo casado. Pero ese argumento no prueba, pues Pablo apenas apela a Jesús para defender sus opciones misioneras. En sentido cristiano, Jesús podría llamarse Hijo de Dios y Redentor si hubiera estado casado, con mujer e hijos, dentro de una familia establecida, pues la tradición ha mantenido  la memoria de sus parientes, casados o solteros (cf. Mc 3, 20.31-35; 6, 1-6), que recibieron en Jerusalén el título honorífico de «hermanos del Señor», reconocido por el mismo Pablo (cf. Gal 1, 19; 1 Cor 9, 5). Por otra parte,  María, su madre, recibe el título de Gebîra o Madre del Señor (Lc 1, 43) muy significativo en el contexto semita. Su esposa y sus hijos, de haberlos tenido, hubieran sido valorados y destacados en un tipo de “califato cristiano”., del que no existe rastro en los evangelios

‒ No porque el mundo acaba, aino porque empieza el reino. Parece que Juan, su maestro, había sido célibe por su misión escatológica (¿Cómo crear familia si este mundo acaba?), y así puede haber sido célibe el mismo Pablo (cf. 1 Cor 7, 29-31). En contra de eso, Jesús ha sido célibe porque empieza un tiempo distinto de Reino, abierto a nuevas formas de amor y familia. No rechazó el matrimonio por ascesis, sino por fidelidad de Reino, no para aislarse como solitario, sino para compartir vida y palabra con otros varones y mujeres, no por carencia, sino por desbordamiento de amor.

En un tiempo de disgregación que se extendía en Galilea tras la ruptura del orden socil antiguo, no sólo por crisis de tierra, casa y trabajo de muchos, sino también (y especialmente) por su forma de entender el Reino. Los nuevos impulsos sociales y laborales habían destruido un orden secular de estabilidad y autonomía de familia, entendida como unidad de convivencia y generación patriarcal para varones y mujeres. En consecuencia, una parte considerable de población (sin heredad, oficio estable, ni casa firme tenía dificultades personales y obstáculos sociales para fundar una familia patriarcal. En ese contexto, Jesús buscó y promovió una forma distinta de acogida, comunicación y sanación de familia, al ciento por uno en madres, hermanos e hijos (Mc 3, 31-35; 10, 28-31), buscó y creó ua familia de buscadores de Reino, de amor abierto y concreto, en tiempos de ruptur de familia.g

           No fue patriarca-progenitor (en la línea de Adán, Abraham o los doce padres de las tribus), con hijos carnales/tribales de nueva familia, sino hermano y amigo de comunidad, abriendo espacio de amor y encuentro personal con (para) los rechazados de un poder socio-religioso. No fue garante del orden establecido, ni profeta elitista para privilegiados, sino mensajero de un Reino que debía empezar por los excluidos del sistema, en comunión de vida, desde el margen de la sociedad, iniciando, con los carentes de tierra y familia, un proyecto de comunicación radical, en amor mutuo (Mc 10, 30-32), de tipo itinerante, que se refleja en los evangelios sinópticos.

  El radicalismo ético de la tradición sinóptica era de tipo itinerante y podía practicarse únicamente en condiciones extremas y marginales. Sólo aquel que se había desligado de los lazos cotidianos con el mundo; aquel que había abandonado hogar y tierras, mujer e hijos; aquel que había dejado que los muertos enterraran a los muertos y que tomaba como ejemplo los lirios y los pájaros, podía practicar y trasmitir con credibilidad ese ethos (forma de vida y conducta). Ese ethos sólo podía practicarse dentro de un movimiento de marginados. No es de extrañar que en la tradición encontremos incesantemente marginados: enfermos y discapacitados, prostitutas y “tunantes”, recaudadores de impuestos e hijos perdidos. Por su estilo de vida, los carismáticos eran personas marginadas en su sociedad; pero, por sus convicciones, representaban valores centrales de dicha sociedad: el mensaje acerca del solo y único Dios, que se impondría pronto en contra de todos los demás poderes (G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005, 81).

  Su amor a los demás no fue por negación, sino por intensificación del deseo de amor  y don de vida, esto es, de encuentro y gozo creador/sanador, de palabra y obra, en una línea que culmina en la comida-palabra (de tipo multiplicación en el campo, de eucaristía en la iglesia). De esa forma, en comunión con hombres y mujeres de su entorno, prostitutas, impuros y eunucos, pescadores y labriegos, oponiéndose a los falsos “valores” de excelencia y exclusivismo de una parte de la sociedad, Jesús fue soltero y casado a la vez, principio y signo de esperanza mesiánica y familia del Reino, sabiendo que en esa familia los primeros son los niños y pobres (cf. Mc 9, 33-37; 10, 13-16; Lc 6, 20).

  Revolución de familia

Su proyecto marcó el comienzo de una transformación social, sin patriarcas varones dominando sobre de mujeres y niños.  Fue célibe en apertura múltiple de amor en gratuidad, gozo y servicio a los necesitados, esto es, de amor cercano y “eficiente” a los enfermos, posesos, excluidos.

 No creó una “religión” de sacralidad grupal de elegidos superiores, sino de recreación de la familia, desde los estratos amenazados de la sociedad, entre menores pobres y excluidos, partiendo de la capacidad más honda de amor y palabra que transforma (eleva, vincula, cura) a las personas.

No quiso fortalecer el orden imperante (con sacerdotes/rabinos judíos y soldados imperiales), sino descubrir, iniciar y promover una comunidad de amor en apertura a todos, en acogida, afecto y respeto. Inició caminos, aunque no los estructuró en forma legal, formó “exorcistas”, sanadores, hombres y mujeres, de nuevas familias.

No fue jerarca, con poder sobre el resto de la casa, ni marido poderoso, en sentido patriarcal, sino hermano y amigo de todos. No fue esposo mejor que los de su entorno para instaurar nuevas formas de relación jerárquica, sino hermano y amigo,  suscitando y animando un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños, en el que había lugar para personas de tendencias afectivas distintas, incluidos eunucos, a quienes él quiso potenciar en amor. En esa línea podemos presentarle como “varón” ejemplar, que fue suscitando experiencias, curaciones y caminos personales de amor.

No mandó a los suyos casarse y tener hijos, sino amarse en apertura a los rechazados del sistema, en libertad, sobre las leyes religiosas y sociales imperantes en su entorno. No aceptó las tradiciones dominantes que exigían que tanto varones como mujeres asumieran el matrimonio, para ser así fieles a un supuesto mandato de la creación que decía:¡Creced, multiplicaos…! (Gen 1, 28).

- Aceptó  el mandato de “crecer, multiplicaos, pero no lo puso en el centro de su mensaje, como hacían otras tradiciones, ni lo entendió en forma genital (tener más hijos), sino en forma evangélica, como buena nueva de creación de familia en amor desde y con los pobres. A su juicio, más (=antes) que casarse y tener hijos de  familia importante importaba crear espacios y redes de solidaridad personal de acogida a los pobres y excluidos, esperando así la llegada del Reino, en amor, salud y libertad. Su opción básica fue la familia de Dios, abierta a todos los hombres y mujeres, no una familia separada, al servicio de sí misma y de sus hijos “propio” por encima de las otras.

Fue persona de trabajo, artesano dependiente (tekton), pero no propuso ni inició una forma de redención particular por el trabajo sobre los demásl, sino por la comunicación persona de todos, desde los excluidos socialesl. Por eso, en un momento dado, abandonó su oficio y vida laboral de pequeña familia, para compartir la visión de penitencia y juicio del Bautista, y después para crear su propio movimiento de Reino, al servicio de una comunión extensa  abierta en amor a todos, casado con todos, desde los rechazados o marginados de la “buena” sociedad establecida, a quienes él acogió en sus grupos más extensos de amor

         A su juicio, la prioridad no era crear una comunidad de trabajadores independientes, empeñados en sostener a pequeñas familia autónomas sino iniciar y animar movimientos más amplios de solidaridad recreadora, desde los más pobres, en gesto de amor abierto a todos, varones y mujeres, aceptando cada uno su condición personal y afectiva, para así promover y animas (nuevas familias, asociaciones) abiertas a los hombres y mujeres del entorno, como he mostrado en mi libro sobre Magdalena y Jesús el Cristo (San Pablo, Madrid 2026).  

  Quisieron casarle a la fuerza (Mc 3, 20-35).

           El celibato de Jesús fue un gesto de ruptura, como indica ele pasaje de disputa de familia e institución de iglesia que consta de introducción con escenario (oikos o casa: 3, 20), y dos escenas, una intercalada en otra, con el paso de la antigua a la nueva la familia (Mc 3, 21.31-35), en el centro la nación, representado por los escribas de Jerusalén, que rechazan la familia y camino de comunicación de los seguidores de Jesús (3, 22-30) .

-- Introducción: casa-iglesia (Mc 3, 20). En ella está Jesús, rodeado por el pueblo (okhlos) que le busca (3, 20) empezando por la muchedumbre de la orilla del mar (poly plethos: 3, 7-8). Todo lo que sigue se refiere a esta casa donde él se instala con los suyos, a pesar de la condena de unos (escribas) y el intento de raptarle de otros (familiares). En ella define Jesús su familia como corro de personas que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3, 34-35) .

-- En los extremos de la escena (Mc 3, 21.31-35) están los familiares (madre y hermanos, no padre) que le toman por loco e intentan sacarle de esa casa para llevarle a la suya, la de un buen matrimonio patriarcal al servicio de la nación elegida. Se sienten deshonrados por Jesús y se creen con derecho para imponerle su criterio de familia. Posiblemente hay en la escena un recuerdo prepascual, pero alude especialmente al tiempo tempo de la iglesia

-- En el centro queda la acusación de los escribas, que se cierran, en contra de Jesús,  (Mc 3, 22-30), representantes del judaísmo de ley y templo controlado por Jerusalén (de donde bajan: 3, 22). Creen que Jesús ha roto el orden de la casa de Israel y le acusan (a él y a los suyos), diciendo que su acción y grupo nace de Satán. Asumen así el reto de Jesús (que había curado en la sinagoga al impuro: 1, 23), declarándole poseso (3, 22.30); pero Jesús responde defendiéndose y acusando a sus acusadores de pecado contra el Espíritu Santo.

Marcos ha vinculado el rechazo de los familiares (que aparecen en los extremos del texto) y la condena de los escribas (en el centro), insistiendo en la acusación de los familiares que quieren raptar a Jesús y llevarle a Nazaret para que se case como (entre) ellos, formando familias de poder y esposo/padre patriarcal, pero ellos no pueden hacerlo a solas por eso vinculan su gesto al de los escribas que vienen de Jerusalén (Mc 3, 22-30) y acusan a Jesús de estar “loco” (fuera de sí), en una línea de imposición diabólica, de Belcebú[2].

          Resulta decisiva la intención de los parientes que acusan a Jesús de estar fuera de sí (para’autou), que piensan tener autoridad sobre Jesús, acusándole de loco, pues “rompe” el orden tradicional (patriarcal) de vida, no se casa ni se integra en la familia nacional israelita Quieren “prenderle”, para que abandone su pretensión (su casa abierta a los impuros, su familia de ilegales, enfermos  y locos), agarrarle a la fuerza (kratêsai: Mc 3, 21), a fin de que abandone su estilo de vida (que rechace su ruptura de familia tradicional) y se someta forma al orden de poder establecido. Pero como los antiguos profetas (Isaías, Ezequiel…), Jesús defiende su opción y afirma que ha venido instaurar el amor verdadero de Dios contra Satán:

    ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa. En verdad os digo: todo se les perdonará a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno. Decían: ¡tiene un espíritu impuro! (Mc 3, 23-30)

          Le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, señor perverso, dueño malo de la casa del mundo, para destruir de esa manera el judaísmo, diciendo que, bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), entrega al conjunto de Israel en manos del Diablo.

  - Los escribas que vienen de Jerusalén (Mc 3, 22), acusan a Jesús diciendo que está poseído por Belcebú (3, 22), Señor de la casa, morada demoníaca, pues acoge en su familia a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. Mc 1, 21-2, 17), diciendo que expulsa a los demonios con poder del Príncipe de los demonios (3, 22).

- Jesús se defiende preguntando ¿Cómo puede Satanás luchar contra sí mismo?  Si Satanás luchara en contra de sí mismo indicaría que su reino será pronto destruido) y una acusación (rechazando el perdón de Dios, los escibas se condenan a sí mismos).

          Dura ha sido la acusación, fuerte la respuesta de Jesús, pues dice a los escribas que, rechazando la obra de Dios, se destruyen a sí mismos y dice a sus familiares que él tiene otra familia en nombre de Dios! En esa línea, poniéndose al servicio de los excluidos (posesos), Jesús demuestra una autoridad superior a la de los escribas de ley y creando una familia distinta de amor múltiple él condena, rechaza y supera la familia antiguo de control y dominio social.

          La acogida y presencia familiar que Jesús ofrece a los excluidos, posesos, pecadores, publicanos, su comunidad extensa de liberados para el Reino, es el fundamento de la Iglesia, entendida como familia de Dios, lugar de su presencia (en oposición a los escribas que elevan de hecho una casa del Satán/Belzebú, expulsando y condenando a los enfermos, pecadores y posesos). Sólo el amor de Jesús libera a los endemoniados de Satán.

 Los escribas le acusan diciendo que, que al ofrecer su comunión a los posesos, marginados, pecadores, él está destruyendo la estructura del judaísmo legal, actuando de hecho como ministro de Satán, rompiendo la familia de ley sobre la tierra. Pero, Jesús les responde y condena diciendo que son ellos (judíos nacionales) los que construyen una casa de Satán, el Diablo, es decir, de Belzebú mientras que él libera a marginados y enfermos, a pobres y endemoniados, oprimidos por el Diablo, abriendo para ellos la puerta del Reino.

-- Discusión sobre Dios. Sólo rechazando a los escribas, Jesús puede ofrecer un mensaje de Dios y su amor liberador a los proscritos, carentes de amor. Por eso emplea la fórmula de revelación solemne (¡amen legô hymin!), mostrando (en pasivo divino) que Dios perdona amando,, mientras que aquellos que niegan el perdón y amor a los excluidos  stán negando en realidad a Dios, y se están condenando a sí mismo.... (3, 28).  

-- Espíritu Santo. Han acusado a Jesús de poseso, infiltrado de Satán, como muestra el comentario conclusivo: ¡Decían: tiene un Espíritu impuro! (3, 22. 30). Pues bien, hablando así, los escribas pecan contra el Espíritu Santo, rechazando el amor salvador de Dios que convoca por Jesús a los posesos y pobres (3, 28-29). Al negarse al amor, los escribas y jueces de Israel se están condenando a sí mismos.

-- Jesús aparece en el centro de la discusión como Fuerte (iskhyros, cf. 3, 27), vencedor sobre Satán, en palabra que recuerda la escena del Bautismo (cf. Iskhyroteros: Mc 1, 7). Jesús no ha venido a repetir u organizar en clave de ley lo que ya existía, como deseaban los escribas (cf. 1, 22), sino a vencer a Satanás y construir sobre el mundo la nueva familia de Dios, con autoridad sobre los espíritus impuros, una familia en libertad, sin dominio de unos sobre otros, de varones sobre mujeres, de padres/patriarcas y maridos sobre el conjunto de la familia (cf. Mc 3, 21-28).

-  Casa/familia de Jesús: hermanos, hermanas y madre (3, 31-35). Esta conclusión repite el esquema anterior. Los escribas, representantes de la estructura social del conjunto de Israelde la familia de poder de Israel (defendida por los escribas de Jerusalén, que condenan a Jesús), se vinculan (se alían) con la familia menor de los hermanos de Jesús, que quieren llevarle a casa, casándose al estilo antiguo, para crear una pequeña familia de dominio patriarcal, y cumpliendo así el orden familiar de la nación entera. Vienen a dominar a Jesús, encerrándole en una casa patriarcal, para tenerle así sometido bajo su poder.

                 Escribas de Jerusalén y los parientes de Nazaret siguen un mismo “patrón” de familia de ley de jerarcas y patronos con dominio de superiores  sobre inferiores, de varones sobre las mujeres, padres sobre los hijos, judíos sobre gentiles, señores sobre siervos un modelo de  opresión social, sin libertad de amor (cf Gal 2,28). En esa línea, mientras los escribas de Jerusalén han venido a condenarle, los parientes nazoreos de Nazaret, quieren encerrarle en una casa familiar de Nazaret para que se case, y no  destruya la estructura de poder patriarcal de Jerusalén ni de  Nazaret).  

         El argumento del texto muestra que esos “parientes” reproducen la estructura y poderes del conjunto social de la nación (representada por escribas de Jerusalén), en pacto con   Roma y así quieren que Jesús se someta a la ley de conjunto del judaísmo y a la ley particular de Nazaret, que abandone por ellos el método y forma de sus “exorcismos”, sus ataques contra Jerusalén y contra los nazoreos de Nazaret Eso significa que debe volver con sus parientes, aceptando la estructura “sagrada” de las casas de Israel, el poder del estado, una ley de familia opresora por encima del amor que libera y acoge a los excluidos en libertad y amor de  Reino, por encima de una familia de  ley

Familia, espacio de amor mesiánico.

         La familia de Reino de Jesús está formada por varones, mujeres y niños que se sientan en su entorno (con los pobres, enfermos y expulsados de la “buena” casa israelita), para cumplir la voluntad de Dios (superando la casa de la ley y genealogía israelita). Los parientes de Jesús, que están a la puerta y quieren llevarle para que se case entre/como ellos, representan la seguridad genealógica; en el fondo siguen siendo israelitas cerrados en sí mismos (como sus escribas); no quieren compartir la apertura de Jesús, ni mezclarse con "impuros".

         Los parientes representan la iglesia judeocristiana de Santiago y José, con quienes la madre de Jesús parece vinculada en Mc 15, 40.47; 16, 1). Estos hermanos de Jesús han venido a llevarle y cerrarle en una casa de pequeños amores. Por fidelidad a una comunión más extensa y profunda de hermanos, Jesús ha superado la ley de su la antigua familia intra-judía, pues su misión desborda los muros de la identidad israelita y así lo indica de forma deíctica, razonada, performativa:

 -- Palabra deíctica. Jesús mira a su entorno y descubre a la gente que le busca, le escucha y rodea. Permanecen sentados a su lado, en gesto dialogal: no van y vienen, como transeúntes de la vida, sino que se han establecido en una casa, de forma sedentaria, en corro de igualdad. No están unos sobre otros, unos imponiendo, otros sufriendo, sino todos sentados, mirándose y conversando. Jesús les señala con el dedo y dice: ¡Estos son mi madre y mis hermanos! (3, 35). Por ahora no hace nada, se limita a constatar. No está sólo, necesitado de madre y hermanos que le cuiden. Tiene otra familia, está a gusto con ella.

-- Razonada. Desvela los principios de la nueva fraternidad: ¡Pues quien cumple la voluntad de Dios....! (MC3, 35a). De esa ella se habla en la oración del huerto (14, 37; cf. Mt 6, 10). Es evidente que los escribas de Jerusalén y los familiares antiguos de Jesús pueden pensar que Dios quiere mantener la estructura y unidad de la familia israelita. Pero Jesús sabe que Dios quiere ayudar a los posesos, leprosos, expulsados, buscando de esa forma el surgimiento de una fraternidad universal con lugar para todos en el corro fraterno.

-- Performativa (3, 35b). Jesús no se limita a mostrar (estos son...) y a razonar (pues quien...) sino que él mismo crea lo que dice: ¡Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre! Así suscita la familia de aquellos que se encuentran a su lado. No ha venido a confirmar lo que ya existe sino a proclamar y realizar lo nuevo (reino de Dios) sobre la tierra (1, 14-15), construyendo la familia mesiánica.

Jesús no está sólo. A su lado hay hombres y mujeres que le buscan, le escuchan y acompañan, compartiendo su camino. Por ellos ha podido decir esta palabra de nuevo nacimiento compartido: ¡Sois mi madre! me hacéis nacer, os agradezco la existencia, añadiendo ¡sois mi hermano y hermana, me acompañáis en el camino. No necesita casarse con ellos al estilo antiguo de la comunidad legal de Israel. Jesús está “formando la casa mesiánica, pues “los que cumplen la voluntad de Dios son mi hermano, mi hermana y mi madre”. Familia verdadera de Jesús (madre, hermanos, hijos) son aquellos que se aman, no los miembros de una estructura de poder.

         Esta es una comunidad de gracia, que surge por el don de amos y la palabra. Por encima de una familia biológica de sangre, por encima de una familia de poder de ley social, Jesús ha querido volver y ha vuelto a una familia de autoridad de amor., Jesús ha ido llamando a los carentes de méritos o status, conforme a la ley o estimación del mundo, para compartir con ellos evangelio.  Éste es el centro del mensaje de Jesús, por encima (en contra) del poder de una familia nacional que se estructura en forma de sistema de poder.  Sólo desde esa familia universal de amor (superando una ley nacional de poder y una ley particular de parentesco de de sangre) se puede hablar de auténtica nación, de familia verdadera.

-- Sólo en ese contexto se puede hablar de una auténtica madre o mejo dicho de cien madres, como signo de amor, no sólo una en exclusiva, sino cien como signo de comunidad extensa en amor Madres son pare Jesús a las personas que le van acompañando (ayudando) en el camino de la vida, expandiendo de esa forma una experiencia fundadora de amor (cf. 6, 3). Así, lo que en un plano puede parecer rechazo viene a presentarse en otro como reconocimiento de su simbolismo materno de la iglesia, como lugar de la madre/madres de Jesús.

-- Comunidad de   madres hermanos y hermanas, sin distinción o jerarquía de sexos, varones y mujeres, en fraternidad y amistad de personas. Vienen a buscarle madre y hermanos (en perspectiva judía, sin contar a las hermanas). Jesús, en cambio, incluye en la respuesta de su grupo a las hermanas, presentando así su nueva comunidad donde se sientan en corro, a su alrededor, hermanos, hermanas y madres que cumplen la voluntad de Dios, que es el amor mutuo en gratuidad, que es la auténtica familia. Caben por igual varones y mujeres, en círculo que excluye la imposición jerárquica de unos sobre otros. Las mujeres/hermanas quedan incluidas en la familia de Jesús, igual que los varones (pero sin varones/padres de imposición de ley)38.

-- Comunidad sin padres dominantes (varones patriarcas), en exclusión significativa que volvemos a encontrar en 10, 28-30. Posiblemente había muerto ya José, a quien los otros evangelios presentan como padre (legal) de Jesús. Pero el problema del texto no es biográfico sino teológico/eclesial: en la nueva familia de Jesús hay hermanos, hermanas y madres... pero no padres en sentido patriarcal antiguo de jefes de familia, presbíteros que imponen tradiciones (cf. 7, 3), sacerdotes y escribas que dictan leyes. Como base de esta familia, llenando el hueco que ha dejado la falta de padre, viene a presentarse Dios, voluntad fundadora que vincula a hermanos, hermanas y madres de Jesús.

-- Tampoco habla Jesùs de esposos/as en particlar, pues el término hermanos/as puede entenderse en sentido esponsal (cf. 1 Cor 9, 5), conforme al estilo de matrimonio supra-legal que Marcos postula en 12, 19-26 y define en 10, 1-11. Por otra parte el mismo Jesús (que ahora aparece como hijo y hermano de todos) ha venido a presentarse en en Mc 2, 19, al menos veladamente, como esposo de bodas del reino, pero en sentido no patriarcal.

En el camino que lleva de la muchedumbre desarticulada (okhlos de Mc 2, 20) a este pasaje de la familia mesiánica de madres y hermanos e hijos se gesta la comunidad eclesial. Quedan fuera los escribas, pues no aceptan el modelo de Jesús. Quedan a la puerta los parientes, pues deben superar el judaísmo genealógico entendido como “familia” de poder social, “cosa” que sólo podrá realizarse con la muerte y resurrección de Jesús.

[1] Cf. Comentario al Evangelio de Marcos, VD, Estella 2013

[2] Conforme a la visión de Marcos, en la raíz del judeocristianismo de los familiares de Jesús se esconde el judaísmo (no mesiánico) de los escribas de Jerusalén, de forma que su texto nos sitúa ante una disputa a tres bandas entre cristianos de la comunidad de Marcos, parientes judeo-cristianos  de Jesús y judíos nacionales, con escribas de Jerusalén, como he puesto de relieve en , que  2012.

38 Cf. E. S. Fiorenza, En memoria de ella, DDB, Bilbao 1989, 145-204; J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona, 1994, 273-408.

14 jun 2026

14.6.26. Dom 11 TO. Curad enfermos. Resucitad muertos, limpiad leprosos El evangelio entero: Mt, 9, 36-10, 8

El Papa León ha pasado como un vendaval por Madrid, Barcelona y Canarias. La mayoría han quedado  contentos. Unos han aplicado unas cosas, otros otras. El tema está en recibid y aplicar el evangelio entero.

  Por suerte, este domingo 14 de Junio, 11 del tiempo ordinario  la litúrgica católica proclama el evangelio del gran envío de Jesús

Mt 9, 36-10, 8

 9, 36Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». 37Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; 38rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

101Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. 2Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; 3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. 5A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, 6sino id a las ovejas descarriadas de Israel. 7Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. 8Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. 9No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; 10ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. 

Este pasaje consta de varias partes que voy a comentar por separado:

 ‒ Introducción. Sintió compasión de la muchedumbre porque eran como ovejas sin pastor. Esta palabra (que Mateo ha tomado de Mc 6, 34) proviene de Num 27, 17, donde Moisés, situado ante su muerte, pide a Dios que nombre a buen sucesor suyo, para que los israelitas no queden como ovejas que no tienen pastor. Pero ella se ha convertido después una palabra clave de la tradición escatológica de Israel que aparece una y otra vez como pueblo disperso, humillado, sometido, como ovejas que no tienen pastor (cf. 1 Henoc  ). Marcos cita esa palabra en el contexto de la muchedumbre que sigue a Jesús, careciendo de palabra y comida (sigue el relato de la multiplicación de los panes). Mateo la introduce en el contexto de apertura de la gran misión, cuando Jesús descubre la situación de miseria del pueblo, sin guías ni pastores, a merced de todos los engaños y peligros, mentiras y opresiones.

         No se trata de una palabra espiritualista, de tipo exclusivamente religioso (en el sentido moderno del término), sino de un sentimiento y palabra de tipo “social”. Lo que Jesús descubre y lo que ponen de relieve Marcos y Mateo, cada uno en su contexto, es la opresión “integral” de las muchedumbres  no de unas pequeñas élites de privilegiados. No es una miseria interior (por culpa de cada uno), sino una miseria y opresión social, producida no sólo por falta de auténticos “pastores”, sino por la existencia de pastores (autoridades) que oprimen al pueblo.

Ésta es, por tanto, una experiencia de protesta económica y política, que Jesús asume, haciendo suya el lamento de dolor del pueblo, lo mismo que al comienzo de la misión de Moisés, cuando descubre que Dios siente/comparte el dolor de su pueblo oprimido en Egipto (Ex 2, 23-25; 3, 7-10). Es la misma experiencia de Moisés cuando siente, al final de su vida, que su pueblo puede quedar abandonado como ovejas sin pastor[1].

‒ Sintió compasión: Jesús, experiencia de Dios. Mateo retoma la palabra clave de Marcos (Jesús  esplagnisthe, sintió compasión) del lenguaje teológico del Antiguo Testamento, donde es el mismo Dios el que tiene compasión de su pueblo, no sólo en los textos citados (Ex 2, 23-25; 3, 7-10), sino en el pasaje clave de la revelación suprema, tras la ruptura del primer pacto, cuando Dios se presenta a Moisés pronunciado las palabras centrales de la revelación israelita (Dios clemente y misericordioso…: Ex 34, 6-7). Éste es el Dios que tiene “entrañas de misericordia” ( y que así se compadece de los hombres (cf. Lc 1, 78). Pues bien, Jesús aparece en Mt 15, 32 como aquel que se compadece del hombre del pueblo que le sigue, lo mismo que del ciego que le pide curación (cf. Mt 20, 34) o de la muchedumbre necesitada (Mt 14, 14). Este es el punto de partida de la acción mesiánica de Jesús: la misericordia de Dios que se expresa y actúa a través de su ministerio.

‒ Porque estaban oprimidos y aplastados , como ovejas que no tienen pastor. Estas palabras indican el carácter “social” del pecado, es decir, de la situación de los hombres y mujeres de quienes Jesús se compadecer, como enviado de Dios. Nos hallamos ante un nuevo camino de éxodo, y los oprimidos no son ya los hebreos cautivos de Egipto, sino las muchedumbres de Galilea (en tiempo de Jesús), o del entorno del evangelista Mateo. No se trata, pues, de una situación de pura miseria moral, intimista (de pecado interior), sino de injusticia social, que proviene de la falta de verdaderos “`pastores”. Hombres y mujeres se encuentran eskulmenoi ,es decir, vejados y cansados, maltratados, es decir, en sentido general: oprimidos. En segundo lugar se dice que ellos se encuentran  erripmenoi palabra que significa arrojado con violencia, pisados en el suelo, aplastados. Esta es la situación de los hombres y mujeres que Jesús encuentra en su camino mesiánico: No son unos ignorantes religiosos, a los que se debe enseñar (¡cosa que también puede ser cierta!), sino unos oprimidos sociales a quienes se debe liberar, para que puedan recuperar su dignidad humana. 

En el origen de la misión de Jesús se encuentra por tanto el descubrimiento de la miseria social de las multitudes, no sólo en el contexto galileo de tiempo de Jesús, sino en el mismo entorno de la comunidad de Mateo. No se trata, pues, de un problema “legal”, en el sentido de falta de pureza sagrada, un problema que se resuelva cumpliendo mejor los ritos religiosos del pueblo israelita, sino de un problema social en el sentido fuerte de ese término. El problema clave no es por tanto el ser israelita o no (cumpliendo unos ritos nacionales, que separen a los judíos de los otros pueblos), sino el de vivir en libertad y dignidad humana, de manera que unos hombres no se encuentren vejados y arrojados (aplastados) por otros.

Desde aquí se entiende la sentencia final: “la mies es mucha, los obreros pocos”; pedid, pues, al dueño de la mies… La imagen nos lleva del plano de la “ganadería” (pastores y ovejas…) al de la agricultura (la mies es mucha…). Esta mezcla de imágenes (de pastores y de agricultores) resulta normal a lo largo de la tradición judía y de los orígenes del cristianismo. En vez de pedir el despliegue de buenos pastores (que cuiden al rebaño), se pide a Dios que envíe buenos agricultores, que cuiden la mies (tema clave del capítulo de las parábolas: Mt 13). En esa línea ha de entenderse el próximo capítulo, centrado en la misión de los discípulos de Jesús.

    Mt 10. La misión de Galilea Introducción

     A los primeros cristianos les llamaron despectivamente galileos, por la patria de su fundador y por el lugar de su origen (Hech 1, 11; 2, 7; cf. Lc 22, 59), pensando que no eran creyentes puros, como los judíos de Judea (cf. Jn 7, 52), ni representantes de una cultura universal, como muchos helenistas de la diáspora, entre los que se cuenta el mismo Pablo (cf. Hech 21, 39), sino hombres y mujeres "de provincias", que incluso hablaban mal, empleando su dialecto (cf. Mc 14, 70).

    De un lugar apartado y poco importante llegaban los seguidores de Jesús, y allí siguieron viviendo, en la zona donde el maestro había anunciado el evangelio y donde, según Marcos 16, 7 y Mateo 28, 7.16-20, debía comenzar la misión del resucitado. Allí, en la periferia, había comenzado “la cosa” de Cristo (cf. Hech 9, 31), de manera que sus primeros seguidores fueron hombres y mujeres “marginales”, que no estaban en el centro de la "iglesia" judía, ni de la cultura del imperio. En Galilea tenían sus raíces (y posiblemente actuaron) no sólo Pedro y los Doce, sino también las mujeres amigas de Jesús y quizá los quinientos hermanos de quienes dice 1 Cor 15, 5-6 que «vieron» a Jesús resucitado[2].

    Los seguidores de Jesús empezaron siendo, según eso, marginales, oriundos de una provincia de cruce, abiertos a influjos diversos, mestizos despreciados por los puros. Es muy probable que las muchedumbres de seguidores de Jesús, que la tradición ha recordado (cf. Mc 3, 7-12), sirvan para evocar a esos cristianos de provincia. Entre ellos se encontraban aquellos a quienes Jesús resucitado ofreció el pan y los peces de las multiplicaciones (cf. Mc 6-8). Ellos recogieron y transmitieron muchos elementos de una tradición que ha desembocado en los evangelios, a partir de Marcos y de un documento que suele llamarse Q (del alemán Quelle, Fuente), que no se conserva ya, pero que ha sido generosamente utilizado por Mateo y Lucas.

Los Doce (10, 1-4a)

     [Lista de los Doce] Éstos son los nombres de los doce enviados: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó. [Tarea] A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones. (10, 1-5a).

La introducción resume y anuncia todo lo que sigue en este capítulo: Jesús confía a sus doce discípulos autoridad para expulsar espíritus impuros y para curar toda enfermedad y dolencia, en la línea de la tercera de las tareas de Jesús (9, 35: enseñar en las sinagoga, proclamar el reino, curar toda enfermedad). A lo largo de este capítulo se irá precisando el sentido de esa autoridad, relacionada con el anuncio del Reino y la enseñanza de las sinagogas. Dos son los rasgos que pueden destacarse:

Los Doce, la comunidad de Israel. Mateo no había dicho hasta ahora nada de ellos, ni en Mt 4, 18-22 (elección de los cuatro primeros discípulos), ni después al ocuparse de otros (8, 18-22; 9, 9). Sólo ahora, por sorpresa, descubrimos la existencia de “los doce”. No son doce sin más, sino “los doce” sin que Mateo hubiera tenido necesidad de precisarlo hasta ahora, pues él supone que su comunidad (o iglesia) conoce este dato. Ellos pertenecen al pasado de la comunidad y proyecto israelita de Jesús (¡las doce tribus!), que les dirige una enseñanza especial, a ellos solos (cf. 11, 1), como representantes y compendio de todo Israel. Jesús subirá expresamente con ellos a Jerusalén, para culminar allí su obra (20, 17); y por eso, como signo y principio del nuevo Israel, les ofrece la gran promesa: Sentarse sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel (19, 29).

Los Doce, discípulos de Jesús. Pero el Jesús de Mateo no define ya a los “doce” como israelitas sin más, como representantes del “pasado eterno” de su pueblo, sino como “discípulos suyos”. No son “doce” sin más por israelitas, sino por discípulos de Jesús, porque han escuchado y conocen su doctrina, porque han compartido sus “milagros”. Estamos pues ante un nuevo comienzo, realizado ciertamente a partir de Israel, pero que tiene como referencia básica la enseñanza de Jesús, con el grupo de sus primeros discípulos, cuyo nombre básico no es apóstoles, en la línea de una tradición de tipo más helenista (como vemos en Pablo), sino “discípulos”, es decir, aquellos que han aprendido con y de Jesús, aquellos cuyo libro es ahora el evangelio.

Apóstoles. Ciertamente, Mt 10, 2 les llama “enviados” (apóstoles, avp,stoloi, como en hebreo saliah) pero casi más como adjetivo participial (del verbo avpostell¿o) que como nombre propio, y así lo vuelve a destacar 10, 5. Conforme a la tradición de Pablo (y de sus discípulos), los más importantes en la tradición del Jesús pascual son los “apóstoles”, enviados del resucitado, fundadores de Iglesias, de manera que ellos están por encima de los maestros, evangelistas o profetas (cf. 2 Cor 12, 28-29; Ef 4, 11), y de esa manera él a sí mismo (cf. Gal. 1,1,11 ss; 2, 8). Pues bien, en contra de eso, a juicio de Mateo, los primeros en la Iglesia de Jesús son sus discípulos, que reciben el nombre de apóstoles en cuanto enviados (cf. 10, 5), pero que no pueden ser enviados si es que no son discípulos y extienden el discipulado (como sigue suponiendo 28, 16-20).

Los nombres de los Doce son… Mateo recoge aquí la lista de Mc 3, 16-19, con unas pequeñas variantes. (a) Sigue destacando el nombre y primer lugar de Simón, llamado Pedro (cf. 16, 13-20), y le vincula más estrechamente con Andrés, su hermano, prescindiendo del sobrenombre (Boanerges) de los zebedeos (cf. 4, 18-22). (b) Pone después a Felipe y Bartolomé, como hace Marcos, pero invierte el orden de Tomás y Mateo, a quien llama el “publicano”, para identificarle con el de la llamada de 9, 9. Los restantes siguen el orden de Marcos. Mateo sabe que estos Doce fueron importantes para Jesús y en el comienzo de la Iglesia (en la línea de Pablo, cf. 1 Cor 15, 5), pero sabe también (igual que Pablo) que ellos no han pervivido como una institución definitiva en la Iglesia posterior, aunque conservan, como he dicho, una función escatológica “Os sentaréis sobre doce tronos, juzgando sobre las doce tribus de Israel” (Mt 19, 28; cf. Lc 22, 30).  

2. 10, 4b-15: Instrucción misionera

      Desde el fondo anterior ha de entenderse la instrucción misionera 10, 4b-15, un texto clave de la vida y experiencia de la iglesia, que Mateo ha recibido de la tradición del Q (mejor conservada en Lc 10, 1-8) y de Mc 6, 7-11. Hay, sin duda, en el fondo unos recuerdos de la praxis misionera de Jesús y de sus primeros seguidores, pero ella ha sido reinterpretada por las primeras comunidades cristianas, especialmente en Galilea. Ésta no es la praxis que seguirán después los helenistas y Pablo, tal como aparece en sus cartas; ni es la praxis de la Iglesia establecida de Jerusalén (con Santiago, el hermano de Jesús, en una línea más cercana al “establishment” judío. Ella recoge el recuerdo de Jesús, y la misión de sus primeros seguidores, no sólo en el tiempo de su historia, cuando Jesús vivía, sino en los primeros años de las comunidades galilea, tras la pascua.

Esta empieza siendo una “misión intrajudía”. No se trata, por ahora, de abrir el judaísmo y de llevarlo fuera, sino de vivirlo de una forma mesiánica, no a partir de los nuevos/escribas fariseos, que se volverán dominantes tras el 70 d.C., sino a partir de la enseñanza y kerigma de Jesús, con los “milagros” (tema de 4, 23 y y 9, 35). Los portadores de esa misión serán profetas carismáticos. Así les dice Jesús en  Mt10, 5b-15 (Mc y Q)

[1. Lugar de misión] 5 No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria; 6 id, más bien, a las ovejas descarriadas de Israel.

[2. Kerigma y curaciones]7Yendo, pues, anunciad el kerigma diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; gratis recibisteis, dadlo gratis.

[3. No llevéis nada]9 No toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, 10 ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón, porque el obrero es digno de su sustento.  

          1. Lugar de misión (Mt 10, 5b-6). Marcos identifica a los enviados (apóstoles: cf. Mc 3, 14) con los Doce, a quienes presenta como símbolo y compendio de los misioneros de la iglesia, que al fin (cf. Mc 16, 7) no aparecen ya como Doce, sino como mujeres y discípulos con Pedro. No les destina a ningún lugar concreto, aunque por el contexto se puede suponer que van por las aldeas del entorno de Galilea, pues vuelven pronto (6, 30). Lucas se sitúa en la misma perspectiva, pero añade (quizá desde el Q) que los enviados iban preparando el camino de Jesús, como los heraldos o enviados imperiales, que disponían todo para la llegada del Señor[3]. Pues bien, de un modo en principio sorprendente, Mateo restringe ese primer envío “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (10, 5-6). Esta restricción puede entenderse de dos maneras fundamentales:

Como recuerdo histórico, pero no de Jesús, sino de algunas iglesias antiguas, de judeo-cristianos, que habrían restringido expresamente el mensaje y camino de Jesús a los judíos (hasta la llegada gloriosa del Mesías). Ésta no puede haber sido una palabra de Jesús, pues Jesús no se ocupó expresamente de ese tema en un plano teórico. Él anunció y extendió el mensaje mesiánico en el contexto israelita (galileo), que era el suyo, aunque tuvo contacto con gentiles y esperaba la llegada final de los pueblos a Jerusalén para unirse de esa forma al Reino. Sólo más tarde, como sabe Pablo (cf. Gal 1-2; Hch 15) se planteó de forma aguda el tema de la pertenencia de los gentiles a la Iglesia, sin haberse circuncidado antes. Esta “sentencia” recoge la opinión de algunos grupos “judeo-cristianos” más estrictos, que se oponen no sólo a la misión de los gentiles (incircuncisos, impuros por sus comidas), sino incluso de los samaritanos (circuncisos, observantes de la ley de las comidas que aparece en el Levítico).

Mateo recoge esa prohibición y la pone en boca de Jesús, pero lo hace desde la perspectiva de una misión antigua (de los doce), que es anterior a la muerte-resurrección de Jesús, y que sólo puede interpretarse (entenderse) en ese trasfondo. Para ser fiel a su “inspiración” mesiánica, Jesús tiene que empezar diciendo esta palabra, planteando esta estrategia de Reino, y así tiene que recordarlo Mateo, precisamente porque quiere ir superando esa fijación israelita. No dice que vayan sólo “a las ovejas de Israel” (con lo que el tema sería la identidad de Israel como pueblo), sino a las “ovejas perdidas” de Israel (ta. probata ta apololota), no para “recuperar” a Israel como tal, sino a las “ovejas perdidas”, de las que ha tratado el párrafo anterior (como ovejas “oprimidas, aplastadas”; 9, 36). Ciertamente, esas ovejas importan por ser israelitas, pero, sobre todo, por hallarse oprimidas y aplastadas.

   Éste es un tema clave que a veces corremos el riesgo de pasar por alto: Siendo Israelita, el Jesús de Mateo es ante todo un “mesías de los marginados”, que acaban siendo en el fondo los mismos que los marginados de otros pueblos. Si hubiera ido en la línea de la “pureza” israelita (como los escribas de los fariseos, como los nuevos rabinos tras el 70 d.C.), no hubiera habido problema: Jesús hubiera quedado dentro de los muros de Israel. Pero desde el momento en que opta por los “perdidos” (apastados, marginados) su elección puede abrirse después y se abre a todos los pueblos (como verá Marcos desde su contexto de las zonas marginales de Antioquía).

Esta misma elección (ovejas perdidas de Israel) irá marcando todo el transcurso posterior del evangelio, con la persecución que viene, y con los conflictos posteriores, que desembocan en la apertura universal de Mt 28, 16-20… cuando este primer mandato misionero dirigido sólo a los marginados de Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. Esta reducción de 10, 5 marcará, de manera dramática, toda la dinámica posterior del evangelio, en una línea que, en fondo, es la misma que ha trazado Pablo en la Carta a los Romanos: Los judíos fueron los primeros; pero el rechazo de un tipo de judaísmo ha llevado, desde dentro, a la misión de los gentiles.

    2. Kerigma y curaciones: todo gratis (Mt 10, 7-8). Jesús ofrece dos de las tareas que él ha ejercido según 9, 35; 4, 22,3: Enseñanza, kerigma, curaciones. Significativamente, Mateo aquí deja a un lado la “enseñanza” de las sinagogas, quizá porque es menos posible (no es fácil que los misioneros cristianos del 80 d.C. pudieran entrar en las sinagogas judías para enseñar en ellas), para centrarse en las otras dos funciones:

El kerigma de los enviados (10, 7) es el mismo que el de Juan Bautista (3, 2) y el de Jesús (4, 16). Ellos siguen anunciando la llegada del Reino de los cielos, y lo siguen haciendo ante todo con su vida (como seguiremos viendo). No son en principio maestros de doctrina, expertos rabinos, como los maestros judíos de las sinagogas, hombres o mujeres de libro, sino testigos del Reino de Dios, en la línea de Jesús, y de esa forma ofrecen ante todo el testimonio de la vida, como seguiremos viendo, no sólo a través de los “milagros”, sino a través de su desprendimiento radical.

Las curaciones…Jesús les da el poder de realizar sus mismas obras (cf. Mt 8-9), condensadas en tres (o cuatro) ejemplos principales:  Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios (10, 8). Esta palabra retoma el motivo del principio (expulsad demonios, curad toda dolencia: 10, 1). Es evidente que las tres “dolencias” no se sitúan en el mismo plano: una cosa es la enfermedad más física, otra la lepra más social, y otra la muerte (poder radical de destrucción de la persona). Pero las tres aparecen unidas, indicando que la obra de los enviados de Jesús tiene ante todo una meta antropológica de sanación: No se trata de ofrecer enseñanzas, una doctrina de escuela, unas normas sobre la pureza social, sino de iniciar una vida distinta. Lo que Jesús ofrece no es una simple reforma dentro del judaísmo nacional, sino una transformación radical de las personas.

Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis.  Y todo eso debe realizarse en el nivel más hondo de la “gratuidad”, como ha puesto de relieve san Pablo, en una línea convergente. No se trata pues de “ganar adeptos” para el judaísmo, ni para ningún otro tipo de grupo, de iglesia particular o secta. Los discípulos de Jesús son portadores de una experiencia más honda de todas, que es significativamente propia de Mateo y que, en sentido estricto, va en contra de la limitación anterior (no vayáis a los gentiles…). Todo lo que se hace dentro de un pueblo y para el propio pueblo no es nunca gratis, sino que pertenece a la “ley del talión”, que Jesús ha superado en dos   antítesis (Mt 5, 38-48). Por el contrario, la norma de la gratuidad (dorean elabete( dorean dote) sobrepasa las limitaciones nacionales y sociales. Los discípulos de Jesús han de ser testigos y portadores de esa experiencia y don de gratuidad, que sólo puede entenderse y vivirse en una línea universal (abierta a todos los seres humanos).

 Exorcista y sanador fue Jesús (  exorcistas y sanadores serán sus discípulos, con una autoridad de curación que no se puede reglamentar por grupos religiosos, ni por leyes especiales. Exorcistas y sanadores no son escribas, sacerdotes o guerreros de una comunidad instituida, sino carismáticos puros, testigos de la gratuidad, como ha destacado expresamente Mateo, que aparece así como evangelista de la gratuidad. Estos sanadores del Reino son la primera y única autoridad del evangelio, mensajeros de Jesús o terapeutas, sanadores: curan, ayudan a vivir a los humanos. No reciben potestad externa, por "orden social" o delegación separada de la vida, sino que son autoridad como Jesús, por lo que hacen, curando y liberando a los humanos.  

Los discípulos de Jesús no son dirigentes, ni pastores de un rebaño organizado (superando la imagen de Mt 10, 6), sino misioneros, creadores de humanidad, porque aquello que a todos los hombres y mujeres vincula es el don gratuito, como indica de manera sorprendente esta palabra dos veces repetida en 10, 8 (dwrea.n), que aparece sobre todo en el lenguaje paulino (cf. 2 Cor 11, 7; Rom 3, 24). Desde este contexto se entiende mejor el tema siguiente:

3. No toméis nada (10, 9-10). El orden establecido sólo puede ejercerse con medios adecuados, tanto en bienes materiales (comida, provisiones), como en signos de honor (vestidos, documentaciones). En contra de eso, Jesús ofrece a sus delegados el don de la vida: Gratuitamente lo han recibido, gratuitamente deben darlo. Las reglamentaciones varías en cada tradición (Mc, Q, Lc, Mt). Éstos son los elementos propios de Mateo:

No toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, es decir, ningún tipo de monedas que les permitan comprar aquello que necesitan. No actúan así por austeridad o pobreza, ni por rechazo social (comen y beben, no ayunan: cf. 9, 10-13), sino por confianza radical. Quieren y deben ofrecer lo que tienen, compartiendo con hombres y mujeres el proyecto de Jesús, la vida; necesitan ir asegurados, pues confían en la seguridad que les ofrece el don del evangelio. Todo lo dan gratis, sin dinero; todo esperan recibirlo gratis, pues el mismo Dios de la gratuidad moverá el corazón de los hombres y mujeres para recibirles. Pasamos así del nivel monetario (que Mateo conoce bien, distinguiendo monedas de oro, de plata y de cobre) al nivel de la vida como encuentro directo de personas, sin la mediación “opresora” del dinero.   

Ni alforjas para el camino, ni dos túnicas… No vas provistos de aquello que necesitan como propio (comida, vestido), de manera que no son autosuficientes, pudiendo así quedar al margen de la vida (de las casas) de los pueblos a los que se dirigen, sino ofrecen gratuitamente lo que tienen, y esperan así ser recibidos (con comida, con vestidos…). No van simplemente para dar, sino para dar y recibir gratuitamente: Ellos proclaman la palabra del Reino y curan, quedándose así en manos de aquellos que quieran escucharles. Llevar comida y repuestos propias sería quedarse al margen de la gente a la que van a ofrecer el evangelio. No son mendicantes en sentido negativo, no van a pedir, sino al contrario: Son personas que van a ofrecer y que esperan así ser recibidos; lo suyo no es mendicidad, sino comunión, de manera que empiezan dando y esperan ser recibidos.

10 Ni calzado, ni bastón. En un aspecto, el calzado es también una especie de “vestido” que protege los pies (como podrían ser las sandalias que permite llevar Mc 6, 9). Pero, en la línea del Q (cf. Lc 10, 4), Mateo prohíbe también el “calzado”, pues aparece como signo de “defensa” para el caminante (el enviado de Jesús), lo mismo que el bastón. Ciertamente, hay calzados especiales y botas de guerra que aparecen como signo de poder, de defensa y ataque, lo mismo que el bastón (cf. Is 9, 5). Pero en ese caso, calzado y bastón son signo de los “caminantes” profesionales (lo mismo que la alforja de algunos grupos de caminantes religiosos). Pero los enviados de Jesús no son viajeros profesionales, sino testigos mesiánicos, que no tienen que llegar a ninguna meta, sino dar testimonio personal del evangelio de Jesús. 

         Por eso, los enviados de Jesús van sin nada propio. Este desprendimiento (atestiguado todavía entre los profetas del libro de la Didajé (Did 11-14) no es fruto de ascesis o de rechazo monetario  sin más,  sino de un fuerte sentimiento de confianza y solidaridad mesiánica, que va más allá de los sistemas de seguridad económica o militar. Todo sistema de poder tiende a estructurarse en una jerarquía donde cada uno vale en razón de su jerarquía y sus funciones, de manera que la comunión personal queda sustituida por una relación de oficio y rango, papeles y representaciones, con dinero y armas, con ropas especiales. Pues bien, en contra de eso, los enviados de Jesús no llevan consigo dinero, ni otros signos de seguridad social o militar, sino sólo sus personas.

         En este contexto añade, recogiendo un tema de la tradición Q (cf. Lc 10, 7) añade Mt 10, 10 un tipo de “refrán” que interpreta la comida o ayuda que reciben los misioneros como un tipo de “salario” por la obra que realizan. En principio, el mensaje de Jesús es experiencia y signo de gratuidad, como ha puesto de relieve todo lo anterior (y especialmente la sentencia clave de 10, 8: ¡Gracias habéis recibido, gratis dadlo!). Si vosotros dais os darán…, si vosotros amáis os amarán…  

[1] El tema social del pastor y las ovejas ha sido estudiado por M.Foucault, Omnes et Singulatim: Towards a Criticism of ‘Political Reason’, Stanford University, 10 y 16 octubre, 1979

[2] El problema de la composición de Mt 10 (lo mismo que el 5, 17-20) no sitúa ante el despliegue interior y exterior de Mt. El interior alude a las diversas etapas de composición del evangelio (sea obra de una o varias manos). El exterior se refiere a los diversos momentos de la historia de la salvación según Mt. Este es un tema que ha sido y sigue siendo discutido entre los comentadores y estudiosos de Mt. Nuestra visión quedará clara a lo largo de todo este trabajo; aquí podemos discutir en detalle los temás. Sobre el texto cf. D. J. Weaver, Matthew's Missionary Discourse: A Literary Critical Analysis,  JSNTSS 38, Sheffield 1990. Sobre el contexto, cf. W.D. Davies, The Sermon on the Mount, Cambridge UP 1966; J. D. Kingsbury, Matthew as History, Fortress, Philadelphia 1988; J. P. Meier, Law and History in Matthew's Gospel: A Redactional Study of Mt 5, 17-48, AnBib 71, Roma 1976; J. A. Overman,  Matthew's gospel and formative Judaism: The Social World of the Matthaean Community, Augsburg P., Minneapolis 1990; A. J. Saldarini,  Matthew's Christian-Jewish Community,  Chicago UP 1994.

[3] Lucas distingue dos momentos. El primero (tomado de Marcos: Lc 9, 1-2) identifica a los enviados (apóstoles: apesteilen) con los Doce, a quienes el mismo Jesús envió a predicar su mensaje de Reino en Israel, durante el tiempo de su vida. El segundo (tomado del Q: Lc 10, 1-8) interpreta a los enviados (también apesteilen: 10, 1), como seguidores que han dejado todo por Jesús (cf. Lc 9, 59-62); son Setenta y dos, número que alude a todos los misioneros de la iglesia, abierta a los gentiles (cf. Hech 6-7: elección de los Siete). Las condiciones y formas de misión siguen siendo significativamente las mismas. 

13 jun 2026

Lc 10,38-42 Marta y María, toda la iglesia. Y Jesús dijo: No arrebataran a María la palabra

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c 10,38-42 Marta y María, la iglesia. Y Jesús dijo: No arrebataran a María la palabra

El Papa ha pasado por España y en general su mensaje me ha parecido valiente en Barcelona y Canarias, pero esperaba más sobre el tema de las mujeres en la iglesia. Tengo alguna idea sobre el tema, pero prefiero comentar el evangelio de Marta y María, donde Jesús ofrece su visión de la iglesia en perspectiva de mujeres.

El Papa ha pasado por España y en general su mensaje me ha parecido valiente en Barcelona y Canarias, pero esperaba más sobre el tema de las mujeres en la iglesia. Tengo alguna idea sobre el tema, pero prefiero comentar el evangelio de Marta y María, donde Jesús ofrece su visión de la iglesia en perspectiva de mujeres.

  Marta critica a su “hermana” María por ocuparse de cosas que no le parecen de mujeres (escuchar, transmitir, celebrar la Palabra en la comunidad. Jesús le contesta y defiende a María, diciendo que “ha escogido” la mejor parte (=la Palabra), y que no le será arrebatada.

    Humanamente, Jesús se ha equivocado. A María (las marías) le han arrebatado hasta hoy la palabra, en contra de lo que promete Jesús). Lo que dice la iglesia oficial sobre las mujeres es un “bello maquillaje”. Da la impresión de que ha querido quitar sistemáticamente la palabra real de Jesús a las mujeres. En este campo esperaba más de León XIV. Creo que está llegando el tiempo de que se cumpla la palabra de Jesús: No les será arrebatada la palabra a las mujeres.

   Es evidente que lo que digo a continuación no va sin más a misa…. Habrá personas que vean las cosas de otra manera…Pido a Dios que dé a León XIVmuchos años de pontificado para que se empiece a cumplir en la iglesia católica lo que Jesús dice a Marte ¿Pedro?) sobre su hermana María:

Mientras iban ellos de camino,

él entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió

Y ella tenía una hermana que se llamaba María,

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra (τὸν λόγον αὐτοῦ.).

Marta, en cambio, estaba afanada con mucho servicio; y acercándose él  dijo:

Señor ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el servicio?

Dile, pues, que me ayude. Respondiendo el Señor, le dijo: Marta,

Marta, te preocupas y estás perturbada por muchas cosas;

una (sola) cosa es necesaria; en efecto,

María ha escogido la parte buena, la cual no le será arrebatada (Lc 10, 38-42)[1].

           Conforme a una lectura tradicional de este pasaje, sobre esas dos mujeres, una activa, otra contemplativa, se elevaría la autoridad ministerial de los varones (sacerdotes) que realizan la tarea oficial de la iglesia. Pues bien, esta visión destruye el mensaje radical del texto, que ha querido simbolizar en estas dos mujeres al conjunto de la iglesia, mujeres y varones.  

         La lectura tradicional tiene valores, pero puede resultar al fin muy simplista Para llegar al centro del tema será bueno empezar planteando algunas preguntas ¿Por qué se queja Marta ante Jesús, acusando a su hermana y diciendo que le dejado a solas con todo el trabajo, diakonía ?

¿Por qué defiende Jesús a María, diciendo que ella ha escogido la mejor, parte añadiendo que no le será arrebatada, indicando implícitamente que en  la iglesia hay muchos que se oponen a María y quisieran ponerla a trabajar (bajo el poder de una Marta a la que Jn 11 presenta como si fuera el Pedro la tradición petrina, en contra de María).       Éstas son cuestiones que deben estudiarse conalgo de cuidado, para así distinguir y quizá vincular los dos amores de Jesús, uno por María, otro por Marta, no sólo en la historia y camino de la iglesia, sino en el de toda la humanidad.

         Este relato presenta a las dos mujeres como “hermanas”, como signo de todas las funciones y amores de la iglesia, poniendo de relieve el riesgo de Marta que consiste en convertir la iglesia en una casa de servicios sociales, pero sin amor, sin verdadero diálogo con Jesús y con los hermanos.

         Marta se queja ante Jesús por  la “pasividad” de María; pero Jesús, en vez de reprimir a María, le defiende ante su hermana, diciendo que ella ha escogido la mejor parte... (Lc 10, 42),  que no le será arrebatada, a pesar de que muchos, hasta el día de hoy (2026), quieran hacerlo, limpiando la iglesia de marías, convirtiéndola en casa de trabajos de Marta. En contra de eso, Jesús no quiere que María esté subordinada como mujer al servicio (διακονεῖν) que le imponen los varones, no es una esclava del sistema patriarcal, ni está bajo el poder su “hermana” activa, que parece querer convertirse en dueña de la casa.

      Marta y María simbolizan y encarnan de algún todo todas las tareas y amores de la iglesia como casa donde se acoge y escucha la palabra. En una línea patriarcal   se podría suponer que María sólo puede escuchar, de un modo pasivo y silencioso, sin decir luego palabra (en la línea de 1 Cor 14, 34-35); por su parte, Marta sólo podría e realizar servicios de criada, sometida a unos varones que son quienes controlan los grandes ministerios eclesiales.

Pero el texto no dice que María sea pasiva, sino que prioriza la palabra en libertad, en conocimiento, el diálogo de amor. El texto no rechaza a Marta, pero le dice que no puede cerrarse en un tipo de acción múltiple, cono si la vida fuera una sucesión de trabajos más que un despliegue de amores.

      Esa visión de la escucha pasiva de María, sin la autoridad que le ofrece la palabra de Jesús, va en contra de este evangelio, .lo mismo que un tipo de activismo de Marta, que se siente autorizada para criticar ante Jesús a su hermana. Unidas en la casa  que es la iglesia, Marta y María son signo de todos los ministerios cristianos, lo mismo que los Siete diáconos  y los Doce apóstoles varones del libro de los Hechos 6.

      Una iglesia posterior que ha impedido que las mujeres sean ministros de la iglesia, haciéndolas solo criadas (Marta) o contemplativas de clausura, parece que no ha entendido bien este pasaje. Por eso debemos seguir situándolo en su contexto. 

Empecemos por Marta. Es evidente que lo que ella hace tiene un sentido, un valor: Ha recibido en cas a Jesús (con sus compañeros y amigos,, cumple las, las tareas de su casa al servicio de la comunidad, preocupándose por atender a todos en una línea de asistencia doméstica: limpiar las habitaciones, preparar comidas, servir la mesa... Ella puede actuar como criada doméstica, pero también como señora de la casa (un obispo o supervisor de la comunidad). Ciertamente, en un sentido, Marta es la señora, pero no es una señora rica, que puede delegar los trabajos de servicio en otros, sino que tiene que hacerlos ella misma, como servidora de la casa, en la línea de otros textos del Nuevo Testamento.

-En el contexto de la Última Cena, Jesús se presenta como diácono, como si fuera la “marta” de todas la iglesia (cf. Lc 22, 24-30). Pero este Jesús-Marta es, al mismo tiempo, un servidor con palabra, un diácono que enseña su doctrina a todos los comensales, hermanos o compañeros  de la Iglesia.

En la disputa entre los hebreos y helenistas, cuando se fue desarrollando la iglesia,  en Hech 6  unos   helenistas aparecen realizando tareas de  de servicio o diaconía de Marte (ocuparse de las mesas/comidas y ls viudas. Por su parte los Doce apóstoles hebreos con Padro  parecen más cercanos a a María (se ocupan de la palabra de Jesús.

 - La disputa de Marta y María retoma esos motivos y los sitúa en una perspectiva más personal, fijándose en la actitud de cada protagonista más que en la obra externa que realizan. Es evidente que el Jesús de Lucas no puede ir en contra de la diaconía o servicio humano, que él ya destacado en los restantes casos como centro de la vida de la iglesia. Pero quiere matizar y matiza sus riesgos, poniéndose de parte de María, la oyente de la palabra. 

  Todo lo ya dicho nos permite suponer que las figuras de Marta y María se encuentran contrapuestas de un modo tipológico, para destacar el riesgo de una pura acción social, convirtiendo la iglesia en una  organización de servicio eclesial, separada de la fuente de vida del encuentro personal con Jesús. Nuestro pasaje no habla o se habla del riesgo de María (un posible escuchar sin hacer), sino del riesgo de Marta. Para ella habla Jesús, no para condenarla (como a los de Lc 13 25-28), sino para ayudarla a profundizar en la hondura humana, dialogal, amante del auténtico servicio cristiano: 

         Te preocupas y estás perturbada por muchas cosas  (10, 41b). Marta quiere que Jesús haga ver a María su falta de “solidaridad” (de sometimiento) obligándola a ayudarla en su tarea. Pues bien, Jesús responde de manera inversa y, en vez de corregir a María, se enfrenta con Marta, mostrándole el riesgo de su actitud.  No le dice a Marta que siga "trabajando", condenándola a ser una esclava perpetua de sus labores, ni dice a María que siga por siempre sentada, sino que destaca para las dos el valor de una palabra, simbolizada por María, cuya escucha (amor) le parece fundamental.

         Eso significa que Marta no está condenada a ser eternamente a ser  "marta ansiosa", fatigada y perturbada por las obras, en trabajo sin fin (como un Sísifo o Tántalo obligado a la esclavitud de un trabajo sin sentido). Jesús la invita a superar la ansiedad de su trabajo, a sentarse con María, a compartir la palabra, con ella y con los demás miembros de la comunidad, en diálogo de amor.  

          Lucas utiliza el símbolo de Marta para mostrar el posible carácter destructor de una preocupación o trabajo diaconal sin alma, es decir, sin contemplación, sin dialogo  eclesial. Esa Marta corre el riesgo de reproducir en formas eclesiales (en perturbación intra-cristiana) un tipo de actitud  socialmente dominadora, que impide pensar a los demás, escuchar en libertad a Jesús, disponer de un tiempo y espacio de interioridad, de libertad en Cristo, de vida como amor, no como puro activismo. Así responde Jesús a Marta, después de decirle que se  afana y se pierde en sus muchas tareas:

- Una (sola) es necesaria (10, 42a). Jesús no felicita a Marta ni se compadece de ella por sus muchas diakonías (peri polla), sino que destaca el valor de una una sola cosa necesaria, que es la escucha de la palabra, la interioridad personal del amor, en diálogo con los demás, representados por Jesús.  Eso es lo que María está haciendo: ha dejado todo y se ha sentado a los pies de Jesús, para escucharle (dándolo todo a los pobres y siguiéndole en la única cosa necesaria). Esta única cosa (que define a María) se expresa en la búsqueda del reino y en el seguimiento de Jesús y se contrapone a la multiplicidad de las tareas ministeriales que siguen perturbando a Marta, que  interpreta el evangelio en la línea de las muchas obras, de la inquietud y perturbación por el trabajo, como si el mundo se salvara a través de las acciones ansiosas de hombres y mujeres. De esa forma, ella corre el riesgo de re-interpretar el servicio eclesial en formas de vida e inquietud del mundo.

- La única cosa necesaria no puede entenderse a nivel de pura contemplación "helenista" (sentarse y meditar en forma transcendental, sin hacer nada), sino de acogida de Jesús, para dar todo a los pobres y seguirle en el camino, cumpliendo su palabra. Por eso, la escucha de María no se opone al "hacer", sino a un tipo de hacer sin gratuidad que destruye a quien lo realiza (y que ignora el valor personal de aquellos por quienes lo realiza). De esa forma, Jesús dice a Marta que Para realzar bien su ministerio,  debe ponerse también a su lado, como María,  en escucha de la palabra, en conversación y transformación interna. Lo que Jesús quiere de Marta no es sólo  el servicio externo (que lo podría hacer un puro esclavo o actualmente una máquina). Lo que Jesús quiere es su entrega personal, su comunicación humana. Para ello ha de sentarse como María, recreando su vida desde el nivel de la palabra.

   En esa línea, Jesús añade que María ha escogido la parte buena (Lc 10, 42b). Frente a las muchas cosas que perturban a su hermana (hermana de iglesia, c grupo social), ella ha escogido la parte buena... No se la han impuesto: no es una esclava callada, obligada a obedecer, mujer objeto a quien la turba ordinaria de varones ha comprado y pagado para que estén a su servicio, en sumisión sexual y laboral, sino que ella misma ha elegido (exelexato) su función eclesial. Su servicio de amor, como ministro de la iglesia.

     Jesús critica Marta (a Pedro, pastor de la iglesia) porque no sabe..., porque el mucho oficio administrativo le ha quitado la capacidad de escuchar el evangelio…, de entender la Palabra, la novedad de Jesús. Jesús critica a Marta (a un tipo de ministerio de obras) porque ha terminado ignorando la “sustancia” del evangelio, se ha quedado en las ramas, sin la savia de vida de la viña de Jesús (Jn 15).

     Jesús defiende a María… que simboliza la escucha a la palabra, el diálogo de mente y corazón con Jesús, lo único necesario. Para ser una marta sin más, en la pura línea de la administración, no hacía falta Jesús, bastaba Hillel judío, o Filón alejandrino o Augusto romano… María, en cambio, escucha a Jesús… No es una mística en la línea romana o budista, es una mujer de evangelio, que recibe (asume) una tarea esencial de Jesús, sin que Jesús se la imponga.

     Jesús no ha impuesto su ministerio a María, no le ha obligado, no  quiere oyentes a la fuerza, no necesitan mujeres que le atiendan, como criadas de lujo, sumisas a su voz de amo (como vestales antiguas de Roma o vírgenes del Sol de la cultura de los incas) sino personas (mujeres y/o varones) que escojan este nuevo y más alto tipo de servicio que consiste en la escucha de la Palabra de Dios, es decir, en la conversación personal. Éste es el mensaje central del texto: Jesús no impone nada a la fuerza para las mujeres como María, pero deja que escojan, que ellas elijan, que ellas opten, que ellas quieran.

     Ésta es la novedad de Jesús: Él ha trazado un camino en el que las mujeres como María puedan escoger la mejor parte, la escucha y ministerio de la palabra. Jesús ha ofrecido su palabra a Marta, no se la ha impuesto, se la ha ofrecido, y ella ha elegido, libremente, dignamente, y así sigue desde hace siglos, escuchando la palabra de Jesús, pero sin poderla proclamar con la autoridad de Jesús, en su nombre.

               La dignidad  fundamental de María se funda en su libertad y escucha de la palabra, como mujer-persona que ha podido elegir y ha elegido y Jesús ratifica su elección, diciendo ¿falsamente? que esa palabra del evangelio no le será arrebatada. En contra de lo que dice aquí Jesús, en general las mujeres no han podido elegir, ni transmitir la palabra de evangelio.

     Desde el fondo de los siglos nos llegan los lamentos y silencios de las infinitas mujeres que han no han podido elegir, sino que han estado ahí siendo elegidas para sus intereses por otros, expuestas en sí mismas (en carne y alma), para ser elegidas por el varón o ley de turno. Las más afortunadas eran aquellas a quienes escogía el rey de Persia, como a Ester, o el guerrero vencedor de turno, como a Axa en Jc 1, 10-15. Las menos afortunadas eran aquellas a las que expulsaban a la calle o elegían a la fuerza los bandidos de turno. Unas y otras  (¿casi todas) eran elegidas por el rey o sistema de poder varonil de turno.

  Esta María, en cambio, no ha sido elegida, sino que ha elegido la palabra y amor de Jesús según el evangelio para realizar su tarea en la iglesia. María no está condenada como mujer al servicio que le imponen los varones, ni es esclava de un marido o sistema patriarcal que le impone su dominio. Ella ha hecho una opción, ha escogido, en gesto personal que le vincula con Jesús, a través de la palabra… y Jesús ratifica su elección, su amor y su servicio, en línea de palabra.

     María es signo y portadora de la palabra de Jesús en iglesia, como si fuera el verdadero “papa” de la iglesia… Pero esa promesa de Jesús (ha elegido la parte importante que no le será arrebatada) no se ha cumplido todavía. Eso significa que, en un sentido externo, Jesús  se ha equivocado.

(1) Porque  en general en la iglesia a María no se le ha dejado, ni se le deja elegir su vocación y tarea en la iglesia. No elige ella, aunque a veces “la eligen”, no para decir lo que ella quiera, lo que haya escuchado como palabra de Jesús,

(2) Jesús dice que su “parte” (la elección de María) no le será arrebatada, Esa promesa puede valer (espero que valga) para el futuro, pero no ha valido por ahora. Sigo esperando.

(3) No se trata de que el próximo papa sea mujer (Eleona, Leonor, Leona XV, cosa que no estaría mal), sino de que asuma de verdad la palabra de las mujeres)

. Los servicios en cuanto tales se pueden imponer, haciendo del humano un esclavo. La palabra, en cambio, abre a varones y mujeres un espacio de libertad personal. Eso es lo que tiene María frente a Marta: ella ha elegido el diálogo con Jesús y Jesús respeta su elección y ratifica su escucha: de esa forma la valora.

     Conforma a la última palabra de Jesús (María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada),  hay en la iglesia hay personas   que quieren arrebatar a María esta libertad de elección, esta capacidad de escucha de la palabra, ese amor fundamental y fundante condensado en la conversación con Jesús, con todo lo que ella implica (autonomía en pensamiento y vida, capacidad de decisión etc.).

Por eso, Jesús la defiende ante Marta (que se parece al Pedro de Jn 21, mientras ella, María se parece al Discípulo amado).

Ciertamente, Jesús quiere también a Pedro (simbolizado por de Marta, tanto aquí como en el evangelio de Jn 11 diálogos en torno a la resurrección de Lázaro: Jn 11). Jesús quiere a Pedro/Marta y le pide que sea fiel y cuide sus ovejas.

Pero querer-querer Jesús quiere a María,  como quiere al discípulo amado (simbolizado por María en el evangelio de Juan). No sé si esta María (el discípulo amado) puede ser Papa (yo creo que sí), pero ese tema no me importa.. Lo que me importa es que la palabra de María sea esencial en la iglesia, por encima de trabajos o “trabajitos” de Marta, que son de cierta importancia, pero no esenciales. Esencial en la iglesia de Jesús es el amor del discípulo amado, el amor y la palabra de escucha y testimonio de María.

 

[1] Esta reflexión condensa un trabajo publicado en I. Gómez-Acebo (ed.), En clave de mujer. Relectura de Lucas, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998, 117-178. Cf. f. Bovon, El evangelio según Lucas I. Lc 1-9, Sígueme, Salamanca 1995;   W. Carter, W., Getting Martha out of the Kitchen: Luke 10, 38-42 again: CBQ 58 (1996) 264-280; I. M Fornari, La escucha del huésped (Lc 10, 38-42), EVD, Estella 1995.

11 jun 2026

Carta abierta a Xabier Pikaza (Macario Ofilada)

Carta abierta a Xabier Pikaza

Un saludo desde Filipinas con motivo de su 85 cumpleaños

Ad multos annos, Xavierus Pikaza!

Macario Ofilada

11 jun 2026 - 05:55

Amigo Pikaza: Hoy, día 12 de junio, fiesta de san Juan de Sahagún en Salamanca y día de la independencia de España de mi tierra, quiero hacerte esta carta de felicitación. Tu cumpleaños este año coincide con el último jornada del papa en España. Seguro que tú tienes mucho que decir sobre este papa, el primer sucesor de Pedro más joven que tú.

Sigues tan impertérrito, como tú mismo me lo decías cuando yo era mucho más joven y con menos conocimiento de causa. Ahora me hallo ‘mucho menos’ joven y todavía sin mucho conocimiento de causa quizá algo más atrevido, intrépido, osado pero también más lento y torpe.

 Y ahora todo te lo digo a ti para ‘reprocharte’ por seguir portándote como un joven, con esa rebeldía juvenil y utópica que con el paso de los años se vuelve cada más intensa y feroz hasta el punto de ser imperdonable por varios. Tu producción literaria, sobre todo, tu participación pública en foros sigue siendo copiosa, inabarcable; todo lo Pikaziano, por así decirlo, se resiste a cualquier intento de síntesis pero sí está abierto a todo tipo de crítica, a veces fundada, otras no.

Por eso no lo voy a intentar en esta carta. Lejos de mí esa pretensión pueril. Esta tarea le corresponde a los valientes de verdad, a los dotados de tiempo, inteligencia y musa, pues tu obra es ingente que casi no cabe en este mundo. Claramente no todos la han aceptado o acogido ni entendido pero está ahí en sus múltiples, mejor dicho, casi incontables manifestaciones manifestando, séame permitido abusar de esta palabra, un triple acercamiento: biblia, filosofía y teología dogmática pero que rezuma mucha espiritualidad que se expresa de forma vertiginosa de erudición y reflexión, muchas veces inseparables o ‘indiscernibles’.

Siempre he visto en tu vasta obra, al menos en los escritos que conozco o he leído, tu carisma mercedario centrado en la liberación que se ha agudizado de forma radical gracias a tu contacto con la entonces creciente teología de la liberación, sobre todo en tiempos de invierno y ‘tibetización’ eclesial (ya sabes a qué me refiero). 

Sin embargo, has sobrevivido a todo ello con valentía, fidelidad e incluso con un ‘poco de arrogancia’, perdóname esta palabra, al no tener pelos en la lengua o al no medir las palabras a veces. Sobre todo, por ejemplo, cuando fuiste el censor en algunos tribunales de teología. Menos mal que conmigo te portaste bien cuando presidiste la lectura de mi tesis sobre san Juan de la Cruz hasta prologar su versión publicado calificando mi propia obra, no tan ingente ni significativa como la tuya, como algo ‘a caballo entre la filosofía y teología’.  Me ruboricé al leer estas palabras, pues nunca me había imagino que un ‘pecado de juventud’ llegaría a tanto. Gracias en gran parte a ti, logré autoengañarme por lo que aquí sigo escribiendo, investigando, publicando lo poco que puedo.

A pesar de mi vejez sigo insistiendo que mis escritos siguen siendo pecado de juventud o, a estas alturas, son más bien son pecados de madurez no lograda o de infantilidad que va intensificándose con los años.Pero los tuyos han madurando al centrarte en la difícil relación entre Cristo y la Iglesia (o el Reino en su realización histórica como Iglesia que es un proyecto ‘fracasado’, ‘truncado’ pero ‘esperanzado) sobre todo a partir de los Evangelios (de manera especial, Mateo y Marcos).

Y claro hay que ir a la ‘fonte que mana y corre’ que subyace a los planteamientos cristológicos y eclesiológicos: la Trinidad de la que has escrito con valentía y agudeza.

De todo ello han salido o has desarrollado un rosario de temas, demasiado numerosos por los que me abstengo de referirlos todos aquí mas he de decir que están claramente condicionados por tu afición existencialista y sus presupuestos filosóficos (en Bultmann, Moltmann y Cullman). Yo fui amigo de tu director de tesis, Abelardo Lobato, quien se deshacía en elogios al hablar de tu obra si bien él y yo eran de la escuela tomista por nuestra formación con los hijos de santo Domingo.

Te dije una vez que yo creía que amén de tu carisma mercedario, que siempre llevarás por dentro fuera de los muros de la Merced y de las cadenas institucionales, está presente Ricardo de San Víctor, gran maestro de la Trinidad y del amor. Para ti estos dos ejes se funden en un gran abrazo metafísico cuyo despliegue es una perijóresis que se revela en esta historia pasando a través de grandes hitos y figuras.

Lo más llamativo es que hayas encontrado en san Juan de la Cruz como cima entre los testigos y maestros de esta perijóresis. No solo has escrito, hasta la fecha, tres libros centrados en el Cántico, el primero de ellos no lo logró entender un gran especialista en la material (esto mismo me lo confesó), pero sí en los tres quedan patentes esta perijóresis, es decir, ese itinerario que con maestría has descrito de Dios hacia los hombres, que lleva como complemento el de los hombres a Dios (que es cómo captas la esencia de la teodicea o teología natural, no bien diferenciadas, sobre todo en tu último libro sobre este tema).

Frente a otras cimas, sobre todo Hegel (el idolotrado de mi director de tesis Mariano Álvarez quien se interesaba también por los místicos hispanos pero los consideraba como 'gente de segunda fila' comparada con los místicos germánicos), has colocado al Místico Fontivereño, específicamente en tema trinitario, como el más cimero de estos itinerantes. De hecho, hace meses, me ‘amenazaste’ con otro libro sobre Juan de la Cruz. Pero esta vez desde Llama que yo espero con ansiedad.

Pero, dime, de una vez por todas: ¿cuál es tu secreto para una capacidad de trabajo inmensa e inigualable? ¿De dónde sacas tanta energía, tanto tiempo? ¿Cómo o por qué te frecuentan las musas cuando estas al parecer ya están ausentes de nuestro mundo posmoderno de posverdades y, también, de posamores?

Todavía quedan muchas preguntas, como: ¿cuáles son las claves teológicas y filosóficas para seguir adelante? Se me queda muchísimo en el tintero. Pero como solías decirme: ya hablaremos.

Dios quiera que sigamos conversando, pese a las distancias físicas, de estos y otros temas candentes por mucho tiempo porque me temo que en el estadio intermedio, tal como lo describió tu amigo Ruiz de la Peña, padezcamos todos de un silencio ensordecedor.

Lo dicho.  No me alargo más para no aburrirte. Que este silencio temporal nos abra más caminos de palabras compartidas.

Un saludo muy caluroso con motivo de tu cumpleaños desde esta tierra conquistada por tus antepasados vascos. Nuestro amigo Tellechea se enorgullecía del adelantado de su pueblo, Miguel López de Legaspi, que fue el primer gobernador general de estas islas. ¡Ya son 85 tacos¡ ¡Que sigas dando mucha guerra dentro de esta querida Iglesia que solo llegará a ser Reino por medio de tensiones en el camino por muchísimos años más!

Sabes cuán amigo tuyo es, Macario Ofilada

8 jun 2026

Verbo de Dios. (1) León XIV: Biblia del Parlamento. (2) San Pablo: Biblia del Areópago (Biblistas Paraguay 2)

(20+) Facebook (

Presenté ayer el tema 1 de Biblistas del Paraguay (Cristo y la Biblia, VB 2026). Hoy presento el tema 2 2: (5 lecturas cristianas del AT). Entre ellas destaca la del Discurso de Pablo en el Areópago, Hech 17. En ese fondo quiero situar el “discurso bíblico” (=Biblia del Parlamento), que ha proclamado esta mañana (8.6.26) el Papa León XIV ante las cortes españolas en Madrid.

Sobre el discurso de León XIV hablará mañana toda la prensa española, poniendo de relieve  sus argumentos básicos. Derechos humanos, libertad, defensa de la vida, asistencia a los marginados etc, con una visión de conjunto de la Doctrina Social de la Iglesia. Parlamentarios d toda la gama del espectro político, sincera o políticamente, le han aplaudido durante más de ocho minutos de reloj. Ha salido de las cortes en aura de multitudes.

En ese contexto, anuncio y expongo aquí la parte central de mi ponencia por ZOOM ante los Biblistas de Paraguay que ofreceré mañana, hora 10 Paraguay, Hora  25 España) (ver imagen de de FB, con link de entrada para quienes lo deseen….). Ahora quiero recordar sólo que el discurso bíblico de Pablo en el Areópago, quizá es quizá el más incisivo y pertinente de todos los discursos de la Biblia y de la historia de occidente.

 Los 300 y más areopagitas de las “cortes· de Atenas le escucharon con inmensa pasión. Pero al fin callaron, quedando en hondísimo silencio. En silencio quedaron y marcharon. Algunos le dijeron con falsa cortesía “seguiremos otros día”. Sólo dos  (entre más de 300) quedaron sobre el Areópago con Pablo, para decir que estaban con él. Uno se llamaba Dionisio, el Areoagita, cuya tumba está en Saint Denys de París. La otra era Dámaris, la Areopagita. Ellos siguen siendo  testigos y garantes del más hondo discurso religioso (bíblico) de todos los tiempos. Mañana (hoy 9.6.26) lo desarrollaré con calma, por Zoom para mis amigos de Asunción de Paraguay y para otros que quieran sumarse.

SERMÓN DE ATENAS, BIBLIA DEL AREÓPAGO (Hch 17, 22-34),  

        El cristianismo lo fundaron Jesús y sus primeros compañeros y amigos, en diálogo con el judaísmo y las religiones del entorno, entre Jerusalén y Atenas, en el siglo I d.C. El mismo Lucas, de quien he tratado en el capítulo anterior (fugitivos de Emaús: Lc 24) escenificó esa fundación del cristianismo como paso del Dios en quien vivimos, nos movemos y somos al Dios que resucita a los muertos, como destaca Pablo en Atenas (Hech 17, 16-34)[1].

En Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 22-28)

  De paso por Atenas, Pablo empieza discutiendo en el ágora con la gente de la plaza y en la sinagoga con los judíos. Pero unos intelectuales, estoicos y epicúreos, descubren que tiene un pensamiento distinto y le invitan a pronunciar un discurso en el areópago, donde empieza diciendo:

 Atenienses, veo que sois los más religiosos de todos los hombres.

En efecto, mientras paseaba mirando vuestros monumentos sagrados

vi entre otras cosas un altar con esta inscripción:

Al dios desconocido».

Ahora vengo a anunciaros eso que adoráis sin conocer.

El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él

no habita en templos hechos por hombres, porque es Señor de cielo y tierra.

Tampoco puede ser servido por manos humanas como si necesitara algo,

ya que él concede a todos, aliento y todas las cosas.

El hizo surgir de un solo principio a todo el género humano

para que habite sobre toda la tierra,

y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y fronteras,

para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo.

Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros.

En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos,

como bien dijeron algunos de vuestros poetas:

“Nosotros somos también de su raza”(Hch 17 (22-28)

Según la versión de Lucas, Pablo se encontraba a solas en Atenas, ciudad de grandes discusiones, en una situación de paroxismo (parôxyneto), como si debiera enfrentarse hoy (2026) con la problemática del mundo. Había paseado por la ciudad, meditando en sus contrastes… y se había detenido en el ágora donde acudían para discutir y dialogar personas de muchas naciones y escuelas.

Había conversado con epicúreos, más centrados en los placeres de la vida, y estoicos, partidarios de un tipo de ética exigente, pero al servicio del orden establecido. Unos y otros le tomaron como espermologos, alguien que vomita palabras. Pero sintieron curiosidad, pues hablaba de nuevos dioses (Jesús y Resurrección), y quisieron conocer lo que eso implicaba

Dios, Realidad buscada (Hech 17, 24-27). Pablo había discutido con transeúntes o curiosos, pero algunos estoicos y epicúreos que se tomaban por sabios, de dos grandes escuelas filosóficas, quisieron escuchar y discutir con calma el tema y le llevaron al Areo-pago, colina de Ares (Marte), pidiéndole que hablara. La escena puede conservar un fondo histórico, pero más que un posible dato del pasado a Lucas le interesa la relación entre cultura griega y cristianismo.

Para captar la atención de los oyentes y situar el tema, Pablo empezó aludiendo a un altar particular (bômon) que los atenienses habían alzado al Dios desconocido, que ellos buscaban por medio de la filosofía Parece que no había en Atenas un altar de dicado al Dios desconocido, en singular (agnosto Theô), pero se ha encontrado entre sus ruinas un inscripción dedicada a los dioses desconocidos (agnostois theois), pues no había sólo uno, sino muchos, en un mundo lleno de divinidades de política, dinero, placer o guerra. A partir de aquí empezó Pablo organizando su discurso con dos tesis.

-Primera tesis. Ese Dios desconocido es hacedor (poiesas) de todas las cosas. El ofrece vida/respiración (dsôê/pnoê) a todo lo que existe. En él somos, él es vida de nuestra vida, aliento de nuestro aliento, verdad original, Tao, Brahma, Allah, Gran Espíritu de cielo, de estrellas y tierra, plantas y animales. Por eso, la verdadera religión/conocimiento consiste en acepar todo lo que hay (lo que viene de Dios, sin reprimir nada), pero alzando un altar a ese dios desconocido para así elevarnos nosotros, como sabios del mundo[2].

-Segunda: Ese Dios ha de ser vida (historia) de los hombres (Hech 17, 26-28). Pablo pasa así del cosmos griego a la identidad judía, pero con un toque helenista (somos genos, familia de Dios). De esa forma expone su visión del mundo en términos universales. Un griego podría ofrecer ciertos reparos al origen común de la humanidad (ex henos, de uno como Adán (Gen 2-3); pero Pablo no quiere discutir ahora ese tema, ni lo relaciona con la unidad racional de todos los hombres, sino presentar la acción salvadora de Dios par, romanos o griegos, bárbaros o judíos[3].

 En esa línea, culmina Pablo su discurso, diciendo, con los atenienses que en Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 28). Pablo acepta esa tesis que se había extendido el tiempo-eje (siglo VII-IV a.C.) en la franja cultural de Eurasia, del Pacífico al Atlántico, presentando a lo divino como el todo, Tao, Brahma, Espíritu del mundo). Esa tesis (en lo divino vivimos, nos movemos y somos…) podían aceptarla desde China pasando por India y Persia varios pueblos como loc israelitas, griegos y romanos.

Los hombres somos presencia de la divinidad, y lo divino es “todo en todos”: Panta en Pasin (1 Cor 15 28). No existen realidades concretas (cosas, hombres, estados, animales) y además de ellas, como algo añadido, “dios”, pues lo divino (Realidad, Espíritu …) es Todo lo que existe (cielo y tierra, humanidad).

Dios (lo divino) es lo importante, el Todo de la realidad, pero tenemos que buscarle, pues no se le ve (es desconocido), y sólo podemos encontrarle si nos dejamos encontrar por él, pues no estamos definidos de antemano, ni tenemos un camino ya trazado, sino que vamos aprendiendo y trazando, probando y tanteando caminos, dejándonos encontrar por él (Hch 17, 28).

•  En él vivimos (dsômen). Estamos inmersos en la Vida de Dios, que no es una cosa entre otras, sino la Vida originaria, que se va desplegando, dándose a sí misma en nuestra vida. Otras realidades (estrellas y elementos del cosmos, plantas u animales) parece que no lo saben, pero nosotros lo sabemos y así vivimos conscientes en Dios. De esa forma podemos afirmar que él (Dios) vive en cada uno de los hombres, que recorremos nuestros caminos tanteando, buscándole a tientas, con deseo de encontrarlo (ei ge psêlaphêisamen auton; Hch 17, 27), mientras nos estamos buscando a nosotros mismos. Éste es nuestro destino: Buscar a Dios para encontrarle y encontrarnos a nosotros mismo, en Dios. Éste ha sido el “despertar” de nuestra conciencia, Dios en nosotros, pues si en él vivimos, es porque él nos da la vida, una vida de Dios nos desborda, que es mucho más que aquello que somos en particular, en concreto (cerrados en nuestro interior), de manera que para ser nosotros tenemos que dejar que él nos haba ser, sin acapararle ni exigirle que sea sólo nuestro,

•  En él nos movemos (kinoumetha). Ésta es la siguiente experiencia: Viviendo en Dios “nos movemos”, es decir, somos movimiento, un proceso de realización, nacimiento, vida compartida y entregada (muerte). No podemos pararnos, pues si lo hiciéramos moriríamos, dejaríamos de ser “vida consciente” de Dios, volviendo a la inconsciencia de animales y plantas… Nos movemos en Dios, en un proceso que es prueba de nuestra existencia y de la suya (queremos sentirnos, descubrir lo que somos) en admiración gozosa de su existencia en nosotros. Es bueno que seamos movimiento, que miremos, escuchemos, avancemos, con otros, recibiendo y compartiendo vida de Dios a medida que nos vamos haciendo (recibiendo y compartiendo) con ellos lo que somos, nuestro movimiento divino.

•  En él somos. Camino y movimiento, exploradores vida de somos, unos con otros, no estamos fijados, realizados ya, ni como individuos, humanidad. No somos una esencia terminada una “especie” parada en sí misma, un movimiento asombroso de vida (kínesis), marcada por la muerte (por el riesgo y potencial de la muerte), que forma parte de nuestro despliegue divino, abierto a la resurrección. En ese movimiento vivimos y somos En él somos (existimos, esmen). Ésta es la última palabra de la “triada” divina de Pablo en Atenas: En Dios vivimos, nos movemos y “somos” en el sentido fuerte del término, que podríamos traducir en forma actual por “existimos” (tenemos realidad, somos personas). Hemos salido del riesgo de la nada por una palabra directa de Dios, cada uno de nosotros (somos por vocación) y así vivimos, superando el puro movimiento inconsciente de las restantes realidades. En esa línea podemos afirmar que somos buscando nuestra realidad definitiva, cada uno de nosotros, en unión con los demás seres humanos. Ciertamente, vivimos, nos movemos, existimos, pero al final morimos como personas particulares, porque en realidad sólo existe de verdad el Todo Divino y nosotros como hombres acabamos.

Un hombre al que Dios ha resucitado de la muerte (Hch17,  29-34)  

Muchos hombres actuales de fondo cristiano dirían hoy (202) que en realidad “no somos”, pues morimos como individuos y sólo existe en realidad y siempre el Todo… En esa línea, el mismo Eclesiastés/Kohelet de la Biblia, parece decir que no somos más que un soplo evanescente (habel habalim, vanidad de vanidades), de manera que al decir “en Dios somos” deberíamos añadir “en Dios morimos”, pues en realidad, plenamente, sólo existe el Todo Divino, y nosotros los seres humanos, como individuos morimos y no somos.

En contra de eso, Pablo afirma al fin de este discurso que en Cristo morimos, pero no para acabar y des-hacernos, pues en él resucitamos (Hch 17, 29-30). Ésta es la novedad que Pablo ha venido a proclamar en Atenas. Éste el argumento de la Biblia, el problema de fondo de Grecia: No que Dios sea desconocido, sino que el Dios verdadero, a quien Pablo conoce, ha querido superar los tiempos de ignorancia (y muerte) de los hombres, resucitando a un muerto (y resucitándonos también a nosotros con ese muerto). Éste es el final de su discurso:

Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar

que la divinidad se parezca a imágenes de oro plata o piedra,

esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre.

Pues bien, pasando por alto los tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora,

en todas partes, a todos los hombres que cambien de mente.

Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia,

por medio del hombre a quien ha designado; y ha dado a todos garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos.

Al oír «resurrección de entre los muertos» unos lo tomaban a broma,

otros dijeron: De esto te oiremos hablar otra vez.

Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos se le juntaron y creyeron,

como Dionisio areopagita y una mujer llamada Dámaris (Hech 17, 29- 34). 32

Para captar la benevolencia de on los sabios de Atenas, Pablo había dicho que Dios es mayor que nuestras ideas y acciones, añadiendo que en él vivimos, nos movemos y somos, Pues bien, ahora, reformulando de un modo radical el tema, Pablo se atreve a decir tres cosas nuevas.

(1) Que él conoce al Dios desconocido, y de esa forma se presenta en el Areópago, no como un filósofo griego de escuela, ni como un sabio de Jerusalén, sino como testigo (conocedor) del Dios al que los atenienses (y también los de Jerusalén, como tales) desconocen

(2) Que else Dios desconocido ha decidido superar el tiempo de ignorancia de los hombres, y que él, Pablo, ha venido a decirlo precisamente en Atenas, ciudad del conocimiento y del desconocimiento.

(3) Que Dios quiere juzgar al universo entero con justicia (ἐν δικαιοσύνῃ), y que él Pablo, puede decirlo y lo dice en ese lugar privilegiado del tribunal del Areópago de Atenas. El verdadero conocimiento es, según eso, el juicio y justificación (dikaiosynê), propia del Dios que él, Pablo, ha venido a proclamar, como principio de resurrección de los muertos

Para responder a ese juicio de Dios, que él, Pablo, está proclamando en este tribunal del Areópago, los hombres tienen que convertirse, es decir, cambiar de mente (μετα-νοεῖν). Con esta llamada a la conversión (meta-noia) había comenzado Jesús su mensaje en Galilea y lo había culminado en Jerusalén (Mc 1, 14-15). Pues bien, no solo en Israel, sino también en Atenas, los hombres tienen que aprender a pensar y vivir de un modo distinto (por meta-noia)

(1) Dios ha dado testimonio de la verdad y contenido de esta “conversión” a través de un hombre (ἐν ἀνδρὶ) a quién él ha constituido (ὥρισεν, cf. Rom 1, 4: oristhentos) y ratificado con toda fidelidad/credibilidad ante todos los serres humano (πίστιν παρασχὼν πᾶσιν) resucitándole de la muerte (ἀναστήσας αὐτὸν ἐκ νεκρῶν).

(2) Dios ha determinado el día en que va a realizar ese juicio (ἡμέραν ἐν ᾗ μέλλει κρίνειν), en este mismo mundo, no en un plano “espiritual, de eternidad, propia del alma separada, fuera de este mundo, como en el caso se Sócrates, sino en la culminación de este mundo, de esta historia humana.

           Estos son los momentos esenciales de la justicia y el juicio de Dios que Pablo ha proclamado en el areópago de Atenas, afirmando ante ese supremo tribunal que él conoce al Dios desconocido y que ellos tienen que cambiar de mente-conocimiento (meta-noia) para conocerle también, añadiendo que ese juicio de Dios está vinculado a la resurrección de un muerto, esto es, que implica una resurrección, transformación total, de mente y de vida de los seres humanos. En esa línea, Pablo emplaza a los atenienses diciéndoles que se preparen para el día (ἡμέραν) del juicio de Dios.

Dios no es simplemente aquel en quien vivimos, nos movemos y somos como individuos, inmersos en el Todo eterno de la divinidad, sino aquel en quien vivimos, nos movemos y morimos…para resucitar, en unión con un hombre a quien Dios ha “instituido” y ratificado, resucitándole de entre los muertos, para el día del juicio que llega con gran justicia. Este es el tema, la gran novedad, el conocimiento y vida que Pablo ha venido a proclamar en el Areópago como Verbo de Dios, Palabra de comunión definitiva de Dios y de los hombres.

Éste fue el mensaje radical de Pablo, la buena noticia de Dios y de la vida humana que él quiso proclamar en Atenas, al afirmar que, superando nuestra ignorancia anterior (y nuestra muerte), Dios ha decidido enseñarnos su verdad divina y ofrecernos nuestra identidad humana, al resucitar a un muerto (Hch 17,30-31). Esa es su palabra clave, la verdad de su discurso, formulada así, de repente, no como sorpresa total, sino como sentido y culminación de todo lo anterior, :

•En el fondo del misterio de Dios están los muertos. El problema no es que los hombres mueren “biológicamente”, sino que saben que mueren, sea por su naturaleza, por pecado o por voluntad y castigo de Dios. Conforme a este discurso de Pablo en el Areópago, la pregunta fundamental no es la del Dios desconocido” del altar de Atenas, sino la de los hombres muertos. Pablo ha comenzado hablando de un Dios desconocido, pero ahora acaba hablando de un muerto, cuyo nombre no cita, un muerto que puede ser cualquiera, pues todos morimos. Tales de Mileto decía que el mundo está lleno de Dioses; Pablo contesta: Está lleno de muertos.

El problema no es que Dios sea desconocido, sino saber qué hacemos (qué hace Dios) con los muertos, y especialmente con aquel a quien él (Dios) ha constituido juez universal, para el día de la gran justificación, al resucitarle de los muertos, culminando en él y con él su obra creadora.…

•El problema no es saber cómo mueren los hombres (cómo morimos), sino si Dios ha enviado (escogido) a un hombre nuevo para realizar por medio de el su obra salvadora, si Dios ha podido (querido) resucitarle, de qué manera, con qué medios, con qué finalidades. El problema no es el Dios desconocido, sino la muerte de los muertos. Lo difícil no es decir que en Dios vivimos, nos movemos y somos, sino decir que Dios resucita a un muerto (=a los muertos).

Pablo podía haber terminado su discurso con los razonamientos anteriores (en Dios vivimos, nos movemos y somos), para añadir que nuestra salvación o plenitud consiste en seguir palpando por plazas y caminos, ciudades y campos, buscando a tientas a ese Dios, como hacían los atenienses. Pero al llegar a ese momento (tras haber dicho que en Dios vivimos, nos movemos y somos) Pablo había querido decirnos que el Dios verdadero (el Dios conocido, no el agnosto o desconocido) es aquel que resucita a los muertos en Cristo.

El tema no es por tanto vivir, movernos y ser en Dios, sino superar la muerte y resucitar en el verdadero Dios revelado por la muerte y resurrección de Cristo, a favor de los demás. Así proclama Pablo en Atenas la nueva y verdadera Biblia de Dios, que no es simplemente aquel en quien quien vivimos, nos movemos y existimos, en un plano de Vida “espiritual” (ideal), como Sócrates, sino aquel en quien y con quien morimos y resucitamos como Cristo (con Cristo).

Frente a la Biblia “ideal” (filosófica), representada por Sócrates y el Dios desconocido en quien vivimos, nos movemos y somos, ha elevado Pablo en Atenas la Biblia “concreta” de la meta-noia o cambio de vida y resurrección de Cristo:

- Pasando por alto, trascendiendo (hyperidôn), los tiempos de ignorancia (khronous tês agnoias (17, 30)…Así comenzó Pablo el final de su discurso, atreviéndose a decir sobre el areópago, en la cátedra de las infinitas discusiones de los atenienses, sobre pórticos, jardines y escuelas de filosofía (estoicos y platónicos, herméticos y aristotélicos, cínicos, epicúreos y escépticos…), que todo el conocimiento anterior de Atenas (su ciencia, filosofía y religión) podía y debía definirse como tiempo de ignorancia, esto es, de muerte como fatalidad sin luz y sin respuesta, pues el cielo interior de Sócrates no es respuesta real de cambio de mente y vida [4].

- Dios anuncia (parangellei), como buena nueva a los hombres (tois anthrôpois) que ellos pueden con-vertirse, supra-pensar (meta-noein), dando la vida unos por otros (17, 30). Ésta es la novedad del mensaje de Pablo, más allá de las palabras genéricas antiguas (en Dios vivimos, nos movemos y somos). Sólo a través de una profunda y radical conversión podemos decir: En él vivimos, morimos dando vida y resucitamos (=superamos la muerte). Ésta es la vida en conversión, en meta-noia, en resurrección. Conversión se dice en hebreo “shub”, cambio de dirección de pensamiento, de movimiento y vida.

- Jesús había comenzado su “proclamación del Reino de Dios” hablando de “metanoia” (17, 30; Mc 1, 14-15). Lo mismo dijo en su segundo discurso, de Cafarnaúm tras la multiplicación de los panes: El hijo del Hombre debe dar su vida y morir para que los hombres obtengan vida y resuciten (Jn 6).En esa línea, Pablo añade en Atenas que por encima la sabiduría de este mundo, que consiste en palpar a tientas, buscando a Dios, Dios mismo nos ofrece en Cristo un meta-pensamiento, meta-noia que va más allá de la muerte, que no es resultado de nuestro esfuerzo, sino don del Dios que da vida (resucita) a los muertos.

- Dios ha determinado el día... (hêmera) de esa justificación y cambio (º7, 3117, 31), el día de la vida verdadera, de la resurrección, que se expresa en forma de meta-conocimiento, por medio de un hombre, al que Dios ha ratificado (constituido) como principio de conversión, resucitándole de la muerte (=de los muertos, ek nekrôn). Éste es el día… en el que Dios realizará el súper-juicio en justicia (krisin en dikaiosyne) a través del hombre a quien ha designado para ello (en andri hô hôrisen)…

Las tradiciones de Atenas decían que Diógenes cínico, con un farol en la mano, había pasado y repasado las calles de la ciudad día y noche, buscando a un hombre de verdad sin encontrarlo. En esa línea, el problema y tarea de los hombres no era ya buscar y encontrar a “Dios desconocido”, cuyo altar habían elevado los atenienses en su ciudad, sino buscar y encontrar a un hombre, constituido y destinado por Dios para el juicio de la “ecúmene” (la humanidad), juicio de perdón y vida, de salvación y esperanza, por la resurrección. Esta era la novedad que Pablo proclamaba ante los areopagitas expectantes, diciéndoles que Dios había constituido (resucitado) a un hombre para juzgar (=salvar) a la humanidad [5].

Reacción de los areopagitas (17, 32-34). Jesús no es Sócrates: su pascua no es confirmación del valor infinito del alma, sino revelación, juicio y nueva creación de Dios por medio de un crucificado. Los sabios griegos rechazan en general a Jesús. Sólo unos pocos aceptan su testimonio:

- Rechazo. Se ha ido preparando a lo largo de la exposición y culmina cuando Pablo alude a la resurrección de un muerto. En general, los griegos se oponen a ella. Podrían aceptar a Jesús como sabio o taumaturgo (un hombre con poderes divinos); pero les cuesta descubrir el sentido de su muerte/resurrección como signo radical de Dios. Más aún, podrían aceptar su muerte heroica, al estilo de Sócrates, pero no entienden su resurrección, ni el cambio que ella implica (la meta-noia radical) para el establecimiento de una antropología mesiánica con implicaciones personales y sociales (económicas, políticas, familiares). Sócrates no necesita resucitar, para que su espíritu o daimon perviva... ni tampoco Buda. Pero Jesús no es Sócrates ni Buda, no es un maestro de interioridad, sino un reformador/transformador social, un hombre de salud y justicia, de transformación integral, de resurrección.

 

Aceptación. Sin embargo un areopagita o miembro del tribunal se une a Pablo, aceptando su doctrina. Ese creyente se llama simbólicamente Dionisio (no Apolo), el Dios supremo de la vida real en el “panteón” griego. Le acompaña una mujer de nombre popular, Dámaris (gacela). que parece “bárbaro”. Ambos, Dionisio y Dámaris aceptan el camino cristiano. Al lado de ellos hay otros, pero da la impresión de que no son muchos. Pablo no ha fundado en Atenas una gran comunidad (como en Filipos, Tesalónica o Corinto); pero su paso es fecundo; ha sembrado semilla de evangelio en la misma colina de la gran cultura griega, en el Areópago de Atenas.

[1] Planteamiento general en Ciudad Biblia En especial cf. A. M. Dubarle, Le discours à l'Aréopoge (Act 17, 22- 31), RSPhTh 57(1973) 576-610; M. Pohlenz, Paulus und die Stoa, ZNW 42 (1949) 69-104.

[2] De ese principio (Dios, hacedor de todo) deduce Pablo dos consecuencias. (a) Si Dios es todo no habita en templos particulares, construidos por los hombres,… (b) si Dios es todo, la religión no consiste en darle cosas, sino en recibir y compartir su vida divina); no se trata, pues, de dominar en nombre de Dios a otros, sino de ofrecer espacio y camino de vida a todos.

[3] De aquí deduce Pablo dos consecuencia 1) Dios ha hecho a los hombres para habitar (katoikein) en la tierra, conforme a Gen 1,28: creced, multiplicaos, llenad la tierra. 2) Dios les ha hecho para buscarle y vivir en él. De esa manera condensa el pensamiento griego afirmando que en Dios vivimos, nos movemos y somos, pues somos de su estirpe (citando como autoridad al poeta pagano Arato, Phaen 5).

[4] Ninguna escuela, ningún “filósofo”, ni Hermes, Sócrates, Zenón, Solón o Platón, Aristóteles o Euclides, ha respondido al tema concreto de los muertos. Ningún espíritu interior, ninguna esencia inmaterial o idea, puede superar la muerte, como pensaba Sócrates (condenado en aquel mismo Areópago). Los hombres reales, materiales, viven y se mueven por un tiempo, pero mueren y no son, a no ser que regalen su vida muriendo por los otros.

[5] Los atenienses llevaban cuatro siglos meditando sobre la razón y sentido de la muerte de Sócrates, condenado por este tribunal del Areópago y viviendo como “daimón” inmortal, como idea. Jesús no un daimón inmortal (una supra-idea, ley cósmica o inteligencia artificial que se muda y transmuda en genealogías infinitas, sino un hombre que muere, siendo resucitado por Dios).

7 jun 2026

VERBO DE DIOS. CRISTO Y LA BIBLIA Contra un falsa Biblia, que no es Biblia ni americana Biblistas Paraguay 8-9 Junio 2026

Cf.Xabier Pikaza, Face Book (20+) Facebook

Anda por ahí una falsa Biblia americana, ni católica ni evangélica, sino simplemente falsa, que anuncia el triunfo de una América artificial (no la verdadera) sobre el mundo entero.. Una Biblia falsa de América, vinculada con una Biblia judía también falsa.

En contra de esa falsa bíblica voy a ofrecer dos conferencias, una el 8, otra el 9 de este mes de Junio, en la sede de los Biblistas de América, de Paraguay,tomando como base mi libro Verbo de Dios, Cristo y la Biblia. Pueden apuntarse y escuchar/ver los que quieran por ZOOM.

INTRODUCCION CON IGNACIO DE ANTIOQUÍA

He oído a algunos que decían:

Si no lo encuentro en los “archivos” no creo en el evangelio.

Les dije “está escrito”. Me respondieron “muéstralo”. (Yo es respondí):

Para mi los archivos son Jesucristo,

los archivos sagrados son su cruz, su muerte, su resurrección

y la fe que viene de él, en los cuales quiero ser justificado por vuestra oración” (Filadelfios

Había y hay cristianos o semi-cristianos del entorno gnóstico y judaizante de la iglesia de Ignacio de Antioquía o de sus sucesores que tienen “archivos” y/o documentos (libros judíos de AT o textos gnósticos) que van en contra de lo que dice y propaga Ignacio, y que por eso le acusan… Falsos biblistas que no vinculan l Biblia con Cristo, ni con Moisés, sino con sus deseos de poder.

Ignacio les responde ¡está escrito! (gegraptai), pero no apela a ninguna Escritura en concreto, ni judía ni gnóstica, ni cristiana. Desde la perspectiva que veremos en Mt 5, este “gegraptai” puede entenderse en la línea de la respuesta de Jesús: “pero yo os digo” (habéis oído que se he dicho, pero yo os digo, Mt 5. Es como si Ignacio dijera: “Esto que aquí digo no está en vuestros archivos, pero yo lo escribo y es así…”. Ignacio apela a Cristo, no a los “archivos librescos” de sus adversarios. Ellos tienen libros. Ignacio “tiene” Cristo.

Por eso, cuando parece que sus opositores quieren argumentar con libros y textos de tradición judía o gnóstica, Ignacio apela al conocimiento directo de Jesús, diciendo: Mis archivos () son Jesucristo: su venida, pasión y resurrección (cf. Filadelfios 8, 2; cf. 6, 1; 7; 8, 2). El archivo, es decir, la Biblia de Ignacio es el mismo Jesucristo, con quien él se identifica por experiencia personal.

A Ignacio le interesa Jesús en concreto, toda su vida centrada en su nacimiento, muerte y resurrección Así lo supone, así lo confiesa, pero no lo fundamenta, acudiendo a la Biblia, como yo quiero hacerlo en este libro, desde el Génesis al Apocalipsis, para decir al final (como quiso decir Ignacio, pero no lo dijo expresamente): ¡Esta es mi Biblia, éste es mi Cristo! En un sentido son dos realidades, pero en otro sentido más profundo son la misma realidad, el mismo Verbo de Dios, Así dice Igacio: ¡Mis archivos, mis libros, son Cristo! Pero él no puedo decir diciendo: Tengo ya a Cristo y esto me basta, no necesito Biblia ninguna. Al contrario, Ignacio tiene a Cristo, y Cristo es lo más importante en su vida; pero él conoce a ese Cristo por la Biblia, su libro verdadero, no cerrado en sí, sino abierto a todos los hombres, como testimonio de Cristo.

PROGRAMA DE LAS DOS PONENCIAS DE PARAGUAY, 88 JUNIO

1. MOISÉS, HOMBRE DE DIOS-YAHVÉ: SOY EL QUE SOY

Yahvé, Nombre-verbo: Acción y presencia de vida

Dabar, palabra, logos, verbum, verba, Word, Wort

Israel: gnosis, islam, cristianismo.

2. JESÚS, NACER Y VIVIR DE LA PALABRA, SER PALABRA DE DIOS

Biblia esenia, Qumrán

Bíblia política: De Judas Macabeo a Julio César

Biblia teológica. Filón y el cristianismo

Biblia gnóstico, genealogías infinitas

AT. La más honda palabra: Job, Salmos, Prov, Eclo, Ecl, Sab…

3. PALABRA ENCARNADARESUCITÓ EN LA PALABRA, EL VERBO SE HIZO IGLESIA

Encarnación de Dios, resurrección del hombre

Muerte que abre camino, judíos y cristianos

Resucitó en la palabra, resucitó en la carne, soma, sarx.

4. PERO YO OS DIGO. BIBLIA DE ANTÍTESIS (Mt 5 y Rom 13)

Las antítesis. Marción, NT sin AT

Mateo 5. Antítesis del NT, conservando AT

No matarás, no te enojarás contra el prójimo (Mt 5, 21-26).

Pablo, Cristo como antítesis, Biblia cristiana, Gal y Rom 13

5. TUVE HAMBRE... BIBLIA COMO PALABRA DE LOS NECESITADOS (MT 25)

Necesitados del mundo, buscad en la Biblia

Un mundo sin encarcelados, infierno vacío

Bíblia de La praxiS. Leer la Biblia, dar de comer

6. BÍBLIA DE EMAÚS, CRISTO FUGITIVO (Lc 24).

Unas mujeres nos han sobresaltado. Resurrección, la imaginación bíblica

Biblia de los fracasados, los que huyen de Jerusalén. Huir de la Biblia. ¿Dónde está Emaús?

Jesús en el camino, Escuela bíblica, empezando por Moisés y los profetas

Biblia del pan compartido, Eucaristía. La Biblia del pan compartido

Volver a Jerusalé, se apareció a Simón. Biblia de Pedro, palabra del magisterio

7. SERMÓN DE ATENAS, BIBLIA DEL AREÓPAGO (Hch 17, 22-34),

Biblia: El Dios desconocido… Biblia griega, Biblia del puro silencio

Biblia del pensamiento griego. En Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 22-28)

La Biblia del resucitado. Un hombre al que Dios ha resucitado de la muerte (Hch 29-34)

8. EL VERBO HECHO CARNE, CREADOS EN CRISTO (Jn 1)

En el principio era el Verbo… La Biblia es la palabra universal…

En el principio era el Verbo. Palabra primitiva, matriz de todas las palabras

El Verbo como acción… Todo se hacer por la palabra. J. Austin: Hacer cosas con palabras

El Verbo como luz, iluminación…

El Verbo como vida. La Palabra, vida, de los hombres.

18. VERBO INMORTAL, RESURRECCIÓN DE LA CARNE (Ap 5.20)

Libro del Cordero degollado. Liturgia cósmica (Ap 5)

El Cordero abre el libro cerrado de la historia

La espada se hace Palabra (Ap 19-20).

INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA PONENCIA

La Biblia cristiana recoge la Escritura de Israel como primer “testamento” y lo completa con un segundo, con cuatro evangelios de Jesús y otros escritos de la iglesia antigua, cartas de Pablo y de otros autores, desde la perspectiva de Jesús a quien los creyentes conciben como revelación y presencia de Dios en el mundo.

- La Biblia es un libro de historia, centrada en el surgimiento y despliegue de los israelitas (judíos) y en la vida de Jesús, insistiendo en la revelación de Dios y en la liberación (salvación) de los hombres.

- La Biblia es un libro alegórico o simbólico, que ofrece una visión de conjunto del sentido divino y humano de la vida. No es un libro de inteligencia artificial sino vital, existencial, comprometida, abierta a a comunicación real entre los hombres y mujeres de Israel y del mundo entero.

-La Biblia tiene un sentido “doctrinal, de manera que ha podido tomarse como testimonio de verdades se han llamado dogmas, en sentido religioso. Dogma no es algo que se impone sin razones, en contra de la ciencia, sino algo que tiene mucha importancia para la vida de los hombres que lo aceptan, porque responde a lo que creen y les ayuda a vivir conforme a ello.

- La Biblia es un libro de vida, que puede servir de auto-ayuda psicológica, pero que, sobre todo, sirve de estímulo y principio de comunicación (mutua-ayuda) no solo entre creyentes, cuando celebran su liturgia (misa, sacramentos…), sino entre hombres y mujeres que están interesados por los temas primordiales de su historia pasado y de su proyecto de comunicación en el futuro, en línea de utopía y esperanza social y personal .

Pero he querido dar un paso más y desde ese fondo, retomando y culminando el argumento básico de las dos partes anteriores de este libro, he seleccionado seis textos del Nuevo Testamento que nos permiten vincular mejor a Cristo y la Biblia, desde la perspectiva del Verbo de Dios. No son arbitrarios, tomados al azar, sino que han tenido y siguen teniendo mucha importancia para entender la Biblia desd Cristo y a Cristo desde la Biblia. El lector interesado podrá encontrar más textos que le ayudarán a seguir en esa línea, especialmente en el corpus paulino (y en Hebreos), pero estos seis ofrecen una buena visión de conjunto .

1. Biblia de Cristo, seis antítesis. La Biblia no es un libro “liso” (ni Cristo tampoco), sino un texto de contrastes, una recopilación de libros históricos y legales, poéticos sapienciales escritos en tiempos y contextos distintos, que en parte se oponen entre sí, de tal manera que puede definirse como libro de las antítesis, tal como ha destacado Mt 5, donde Jesús se presenta a sí mismo como maestro de antítesis, diciendo: Habéis oído que se ha dicho, pero yo os digo. Las antítesis no son contradicciones en sentido estricto, pero indican que tanto Jesús como la Biblia se van desarrollando a través de una serie de experiencias que que se van formulando y reformulando, probando y superando como ha sabido la iglesia desde antiguo (Mt 5).

2. Libro de síntesis desde los vencidos, palabra de los que no tienen palabra (Mt 25 31-46). Jesús recopila y proclama la palabra de los hambrientos, sedientos, desnudos, extranjeros, enfermos y encarcelados en los que se revela el Dios de Jesús, como presencia y llamada de salvación para todos los pueblos. En ese sentido, la Biblia de Jesús es palabra de los queno tienen palabra, revelación de las necesidades y desafíos de la historia humana, tal como dice Jesús en Mt 25, 31-46, en nombre de todos los hambrientos… De esa forma, la Biblia de Cristo saca a luz los problemas y tareas de fondo de la humanidad desde el comienzo del tiempo.

3. Libro de maduración personal, no de triunfo de unos sobre otros, sino de comunión de vida, de maduración de la persona. El centro de la Biblia no está en la perfección espiritual de cada uno, como principio de imposición sobre los demás, sino en la maduración de cada uno al servicio de los otros (como enseña Jesús a los dos fugitivos de Emaús en Mt 24). Jesús Comenzó a explicarles que el Cristo tenía que morir (Lc 24). La Biblia ha sido y sigue siendo el texto esencial de la oración cristiana, como he puesto de releve en Lectura Cristiana de los salmos. Hay otros muchos libros de oración cristiana, pero ninguno puede sustituir a la Biblia, leída en sí misma y en diálogo con otros grandes textos de la historia orante de la humanidad.

4. Palabra de pensamiento que busca, Verbo de Dios en Atenas: La Biblia viene a presentarse de esa forma como libro de la teología “católica”, en el sentido radical de abierta a todos, en diálogo con la cultura de Atenas, mostrando que en Dios vivimos, nos movemos y somos, pero añadiendo que nuestra verdad culmina en un muerto a quien Dios ha resucitado (Hch 17).Este es el texto clásico de diálogo entre filosofía y cristianismo, religión de la interioridad humana (en Dios vivimos, nos movemos y somos) y revelación salvadora de Dios que se manifiesta en Cristo como resurrección de los que mueren, exigiendo, según eso, una fuerte meta-noia, entendida como transformación (resurrección) del Verbo de Dios en la vida humana.

5. El Verbo de Dios se hizo carne (Jn 1, 14): Palabra de Dios se identifica, según eso con la carne de los hombres. Con Jn 1 ha comenzado mi libro, y, en algún sentido, toda la teología humana. Entendida a partir de este pasaje, la Biblia es el libro del despliegue, comunicación y culminación de la palabra de Dios que es Cristo, abierto no sólo a la totalidad de los hombres (en línea sincrónica), sino a la totalidad del tiempo (en línea diacrónica), como indica el sexto sentido. Dios se identifica, según eso, con la palabra humana, de manera que podemos afirmar que, si Dios el Verbo, también el hombre es Verbo, comunicación de vida humana, de manera que Dios no se encarna sólo en un individuo humano, llamado Jesús de Nazaret, sino en la totalidad de la existencia humana, un tema que preocupó a los teólogos alejandrinos del siglo III-IV y también a los de la actualidad.

6, Libro del principio y fin, alfa y omega de la realidad, tal como ha puesto de relieve el Apocalipsis en los dos textos básicos de su narración literaria: uno trata del cordero degollado que abre el libro sellado de la toda historia (Ap 5); el otro trata de la palabra vencedora del jinete del Verbo que aparece (Ap 20). El Apocalipsis es el libro de las guerras de Dios, pero de unas guerras son superadas a través de la palabra de diálogo entre todos los hombres En ese sentido se puede afirmar con Jn 1, 1 al principio era al Verbo. Pero también se puede y debe afirmar al final será el Verbo¸ como palabra universal de Dios en Cristo.

6 jun 2026

Bienvenido, Santidad. No entiendo todo, pero bienvenido. Comparación con Juan Pablo II

Mucha cosas no entiendo: Tu función papal, tu política  antiMAGA…, tu forma de entender la libertad, pero seas bienvenido. Contigo sea Dios y todos los cristianos católicos.

Me parece importante tu función de obispo de Roma y “papa” de la la iglesia católica. en ella nací, con ella ha crecido, en ella estoy, en comunión con restantes iglesias cristianas.

 Quiero hoy compararte con el papa Juan Pablo II con quien estuve cuando vino a la Pontificia de Salamanca (año 1982) y luego en Roma, en un Capítulo de la Merced (año 1992) cuando cruzamos algunas palabras sobre la teología de Salamanca.

         Tengo una idea básica sobre su personalidad y pensamiento desde el año 1981, cuando los integrantes de la Cátedra Domingo de Soto, de la Universidad de Salamanca, dirigida por Olegario G. de Cardedal, elaboramos un informe sobre su pensamiento socio/religioso, a petición de altas instancias políticas y eclesiales, que no sabían cómo situarse ante su llegada como papa desde el comunismo.

 Mi colaboración en aquel informe anduvo y anda por ahí. Mi idea por entonces era clara:  Juan Pablo II quería re-construir la iglesia católica, promoviendo unanueva evangelización, en contra del proyecto marxista de la Unión Soviética y de las revoluciones comunistas del mundo entero, que parecían extenderse   en especial en América Latina.  

Dos proyectos tenía, según mi análisis JP II.  (a) Recrear, fortalecer por dentro la iglesia católica, de un modo confesante, apartir de los valores fuertes de Vaticano II, en contra de sus riesgos, conforme a un modelo de resistencia que se estaba ensayando por entonces en Polonia. (b) Contribuir al derrumbamiento del bloque marxista, contrario a la libertad del evangelio, contrario al poder de Cristo, encabezando una silenciosa pero potente cruzada anti-marxista.

  Juan Pablo II triunfó en su segundo proyecto, pues conforme a su plan y con la ayuda, con la ayuda de múltiples factores ideológicos, económicos y políticos cayo el bloque marxista de la URSS, aunque de forma enigmática  se transformó y subsistió el marxismo de China, convertido en comunismo-capitalista de estado, siendo  hoy (año 2026) n uno de los factores principales del “orden/desorden” mundial.

 Por el contrario, su segundo proyecto (de afianzar el poder interno de la iglesia católica) parece haber fracasado, al menos en la forma en que JP II lo había previsto y deseado, pues no logró frenar algunos “riesgos” de la teología de la liberación, pero sin aprovechar sus valores, ni consolidar la iglesia católica.

Quizá logró mantener un tipo de unidad clerical católica…, pero en medio de cierta confusión, sin contribuir a la renovación de la iglesia católica (nuevos areópagos, nuevas santidades, nueva renovación clerical…). Aquel proyecto de JP II parece haber seguido deteriorándose, al menos en la forma en que él deseaba, de manera que a pesar de los intentos de Benedicto XVI y de Francisco, hay grupos de la iglesia católica que se sienten des-orientados.

  En este contexto de gran desorientación viene a España el Papa León XIV y yo deseo mucho fruto de iglesia, de cristianismo y de humanidad,  éxito, no en un plano externo, sino en línea radical de Evangelio, en la línea de los valores humanos, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, como ayer he puesto de relieve. Dos tareas o proyectos me paree que están al fondo de su pontificado (además de proyecto y función de Papa, obispo de Roma): Uno americano, otro universal (hispano en España).

Del proyecto soviético al americano. Juan Pablo II había sido el papa del anti-comunismo y logró triunfar, al menos externamente, en su empeño, aunque la caída del marxismo oficial de la URSS y de sus “satélites” no ha ido en una línea de liberación integral, sino que ha dado paso al surgimiento de un capitalismo “salvaje”, con el triunfo de una super-privilegiados, con un capital en gran parte al servicio de una super-élite que parece pactar con un tipo de IA o inteligencia artificial que no está ya al servicio de la humanidad como tal sino de unas minorías que pueden convertirse en portadoras de un anti-humanismo.

Parece que el proyecto americano, vinculado a una super-técnica de inteligencia artificial (quizá en pacto con el post-marxismo chino) puede llevarnos a un poder de inteligencia artificial que al fon puede destruir el autentico humanismo cristiano, tal como lo concibe el Papa León XIV. Es aquí donde este papa (León XIV)viene a situarse como sucesor del proyecto de JP II.

Juan Pablo II se opuso al comunismo soviético… León XIV  parece elevarse ahora como líder mundial de un movimiento democrático y humanista, contrario al americanismo falso  del puro poder mundial de imposición etno-céntrica y endogámica, de imposición mundial, en alianza con un tipo de inteligencia artificial

En esa línea, León XIV es un sucesor legítimo de JP II, líder mundial de un humanismo democrático, humanista, herederos de la verdadera Gran América, abierta a todos los pueblo, en democracia, en libertad… El papa de Roma, León XIV es, hoy por hoy, el único líder mundial, que apoyado en la tradición humanista cristiana y en el mejor espíritu de USA puede (y, a mi juicio) quien oponerse a la administración actual de USA, que es de hecho errática y errónea. JP II lucho contra el marxismo soviético. León XIV está oponiéndose a un riesgo de mal bonapartismo USA.

 El problema está en saber quién es hoy el verdadero “americano y cristiana”, si el líder fáctico de MAGA, con su inmenso caudal militar y su estrella de IA o el papa americano de la Iglesia católica. Es una inmensa fortuna que el Papa de la Iglesia romana sea un verdadero Americano de USA, pero, al mismo tiempo, un hombre universal que viene también de América Latina y de la tradición centenaria de San Agustín.

Bienvenido a España, Papa Americano. Dejo para el día próximo algunos tema de tu presencia y acción en España, que no entiendo bien. Hoy me limito a poner el adjunto sobre el pontificado de Juan Pablo II y su cruzada anti-marxista con su proyecto de re-construcción de la iglesia católica. Que mis lectores pueda comparar el proyecto de Juan Pablo II con el que parece adivinarse en la actual del Papa León XIV, de gira papal por España

K. WOJTILA (1920‒2005), JUAN PABLO II (1978-2005).  

         Nació el 18. 5. 1920) en Wadowice, Polonia, murió  1.4.2005 en el Vaticano. Fue papa durante casi 27 años (1978‒2005), uno de los hombres más influyentes y discutidos del último siglo. 

                     Fue un hombre discutido y algunos se han atrevido a decir que fue papa de partido, más que de Iglesia entera. Sea como fuere, su honestidad intelectual y eclesial está fuera de toda discusión y su herencia es muy grande, aunque sigue estando dividida. Quizá no tengamos aún la distancia suficiente para valorarla bien, en medio de los cambios (algunos dicen “rectificacionesd”) que está introduciendo el Papa Francisco desde el año 2013.

         JP II contribuyo a la caída del marxismo político, pero algunos añaden que esa caída fue ocasión o principio de nuevas dictaduras políticas y económicas. Criticó el capitalismo antiguo, pero tras él surgió otro de tipo neo‒capitalista liberal quizá peor que el anterior. Fue papa de la evangelización integral, pero muchos afirmar que cortó gérmenes de liberación eclesial que podían haber sido más prometedores.

         No hay quizá en toda la historia de los papas ninguno en cuyo nombre se hayan escrito y firmado más documentos, cientos de miles de páginas de encíclicas, exhortaciones, documentos, muchos muy buenas, pero bastantes de ellos olvidados en archivos, bibliotecas y centros de documentación electrónica. Se dice que fue un santo (un atleta de la fe), y fue canonizado muy pronto (¡santo súbito!), el año 2014, a los 9 años de su muerte, pero algunos católicos afirman ue no se sienten representados por su santidad, pues su canonización fue resultado de un tipo de endogamia clerical, más que de la aclamación universal de los creyentes.

         Así podríamos seguir y seguir describiendo las ricas paradojas de su vida y de su pontificado. Tengo de él un recuerdo personal, eclesial y teológico “agridulce”, con elementos de perplejidad que voy superando. Algunos afirmar que su papado no fue bueno para el conjunto de la iglesia, pero, en este momento, a los 40 años de su discurso en Salamanca, quiero recordarle con cariño,  a los ciento dos años de su nacimiento, pues fue un gran cristiano, polaco de origen, obispo de Roma, hombre del recuerdo de la iglesia católica.

         Tras el brevísimo pontificado de Juan Pablo I, que duró sólo 33 días (del 26.8 al 28.9 del 1978), fue elegido papa el cardenal polaco Karol Wojtyla (1920‒2005), que tomó el nombre de Juan Pablo II, como recuerdo de su predecesor. Pasados 17 años desde su muerte, las directrices de su pontificado siguen marcando la vida del conjunto de la Iglesia y de muchísimos católicos de forma que es difícil ofrecer todavía un juicio imparcial sobre sus valores y posibles deficiencias. Tuvo una enorme personalidad, potenciada por su experiencia anterior bajo la barbarie nazi (1939-1945) y la dictadura comunista (1945-1978); y fue un papa convencido de su misión magisterial y administrativa dentro de una Iglesia, que él dirigió y animó  de forma incansable, ante el aplauso de algunos, el recelo de otros y la admiración de la mayoría.

 Ha sido uno de los personajes sociales y religiosos más significativos de la segunda mitad del siglo XX, de manera que su pensamiento y acción ha definido de manera poderosa la vida de la iglesia católica y la política de Europa, con la caída de los gobiernos comunistas vinculados al eje soviético. Sus aportaciones pastorales y sociales son muy numerosas y aparecen reflejadas en encíclicas, exhortaciones y cartas, con otros textos más ocasionales, que ocupan más de cien mil páginas escritas.

         A pesar de ello, Juan Pablo II ha sido más pastor que pensador, más hombre de acción que teólogo. Significativamente, en esa línea, él quiso poner los temas teológicos de fondo en manos de J. Ratzinger (futuro Benedicto XVI), a quien nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la fe (1981), encargado de defender su ortodoxia católica. Su pontificado ha sido generoso en el diálogo con las diversas tendencias políticas y sociales, pero ha implicado un tipo de repliegue eclesial hacia posturas de mayor “seguridad” teológica y de más uniformidad intraeclesial, en una línea que sigue siendo discutida.    

         La enseñanza de Juan Pablo II abarca prácticamente todos los temas de la teología, elaborados de un modo básicamente trinitario, desde Redemptor Hominis (1979), donde desarrolla el misterio de Cristo, hasta Dominum el Vivificantem (1986), que se ocupa del Espíritu Santo, pasando por Dives in Misericordia (1980), que trata de Dios Padre. Su teología ha sido en principio muy tradicional, pero ha tenido el valor de ofrecer una especie de cuerpo teológico completo, aunque quizá menos atento a las novedades de la modernidad, desde un punto de vista evangélico.

         Juan Pablo II fue el papa del 2º Milenio, y así preparó y comentó con inmenso interés la celebración del Jubileo 2000 del Nacimiento de Cristo, desde la Carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (10.11. 1994), que anunciaba y organizaba el magno acontecimiento, hasta la Novo Millenio Ineunte (6.1.2001), con la que ratificaba la entrada y tarea del nuevo milenios, comenzando con unas palabras significativas:

Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a «remar mar adentro» para pescar: « Duc in altum » (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. «Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces» (Lc 5,6) (Tertio Millenio 1, http://w2.vatican.va/).

Fueron palabras hermosas, llenas de evangelio y esperanza para el tercer milenio, pero no se tradujeron en un nuevo impulso eclesial, pues, en conjunto, el papado de Juan Pablo II siguió anclado en el segundo milenio, de manera que el “duc in altum”, rema mar adentro, de Jesús a Pedro no se tradujo de hecho en un compromiso nuevo hondo de “navegación eclesial”, en la línea de la nueva derrota/ruta de Iglesia al comienzo de tercer milenio. JP II siguió anclado en la iglesia y teología del del segundo milenio (del año 1000 d.C. en adelante) que comienza significativamente con la “conversión de los eslavos” (y en especial de los polacos) y con la Reforma Gregoriana, con la institución de la Iglesia Jerárquica Romana.

Quiso ser representante del paso del segundo al tercer milenio de la Iglesia, pero a los 17 años de su muerte (2005) su mensaje y su iglesia nos parecen ya parte de una iglesia del pasado. Tenemos mucho que aprender de él, de su firmeza en la fe, de su intento de seguridad, de su entrega… Pero su iglesia no es ya sin más la nuestra.

Tres magisterios. Social, cultural e inter‒religioso.

Magisterio social. Ése ha sido quizá ámbito más fecundo de su pontificado, en línea de justicia, como puede verse en Sollicitudo Rei Socialis (1987) y en Centesimus Annus (1991), donde retoma y recrea algunos motivos básicos de la Rerum Novarum de León XIII. El Papa se opone no sólo al marxismo, sino también, y de un modo especial, al capitalismo, poniendo de relieve el valor primordial de la persona y la prioridad del trabajo sobre el capital. Sus palabras fueron escuchadas con respeto por políticos y pensadores de varias tendencias, pero no han sido aceptadas por todos, ni aplicadas de un modo consecuente en el campo de la política y economía internacional (capitalista). En esa línea, su insistencia en la prioridad del trabajo personal sobre la riqueza (capital y mercado) va en contra del nuevo espíritu y práctica del neo-liberalismo económico, dominante en la actualidad.

Compromiso y misión cultural. Nuevos areópagos. Su encíclica Redemptoris Missio (1990) ofrece un programa muy audaz de misión cristiana, vinculando la lucha contra la pobreza (en los cuartos mundos, dominados por el hambre y la injusticia) con la presencia de la iglesia en el nivel de la cultura, abriendo así nuevos areópagos para que el cristianismo dialogue con el pensamiento actual (en la línea de Hech 17):

« a. El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola —como suele decirse— en una aldea global. Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales…

b. Existen otros areópagos hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio.

c. Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con estas instancias modernas…» (Redemptoris. Missio 37).

Diálogo con las religiones. Juan Pablo II ha destacado la vinculación entre las diversas religiones, dialogando no sólo con los monoteísmos abrahámicos (judaísmo, Islam), sino también con otras tradiciones espirituales, como han mostrado los encuentros celebrados en Asís, bajo al patrocinio de San Francisco, al servicio de la comunión y la paz. Ningún Papa había mostrado anteriormente esa capacidad de diálogo y respeto por las tradiciones religiosas. Sin embargo, muchos cristianos y creyentes de otras religiones tienen cierto miedo de que su postura implique una actitud de dominio y superioridad cristiana (católica), de forma no están de acuerdo con la declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la fe, firmada por el Cardenal Ratzinger (2000), donde se insiste especialmente en esa superioridad formal de la Iglesia católica.

         Juan Pablo II anunció el tercer milenio de Cristo, y lo hizo con inmenso rigor intelectual, con grandes documentos y sínodos dedicados al tema. Pero él, con su modelo de Iglesia, siguió formando parte del segundo milenio, ratificando y en algún sentido culminando la visión de la Reforma Gregoriana y del comienzo del segundo milenio. Quizá no supo darse cuenta de que comenzaba un milenio realmente distinto, que ciertas cosas no podían restaurarse, que había que ir de verdad más a lo profundo, con su lema latino duc in altum (Lc 5,4), que puede traducirse por “navega de otra forma”, que el mar es ya diferente. En esa línea puede entenderse (y reformularse) gran parte de su magisterio.

Magisterio intra-eclesial

En este campo, la enseñanza  de Juan Pablo II ha sido más “tradicional”, insistiendo en las últimas posiciones de Pablo VI en temas como el celibato ministerial, la regulación “física” de la sexualidad y el rechazo del ministerio de las mujeres. A esos temas hay que añadir su fuerte toma de postura en contra de la Teología de la Liberación, con lo que ello ha implicado en la visión social y en la libertad y compromiso de la iglesia en el campo concreto del compromiso directo a favor de los pobres.

1. Moral de la persona. El papa ha ratificado la doctrina de Pablo VI (Humanae Vitae, 1968), profundizando en ella, de un modo más sistemático y exigente, en su encíclica Evangelium Vitae (1995). Ciertamente, ha sido ejemplar su defensa de la vida, en todos los momentos, pero en algunos casos (como en el rechazo global de los métodos anticonceptivos) resulta posiblemente poco matizada y mal fundamentada en el conjunto del NT, más centrada en un tipo de prohibiciones que en el despliegue personal del amor y de la vida de las parejas cristianas.

2. Antropología. Juan Pablo II ha querido ser antropólogo cristiana, en línea personalista, y son muy valiosas sus reflexiones sobre el sentido de la vida y la dignidad de los hombres y mujeres. Pero su visión del hombre y de la mujer parece más centrada en un tipo de posible “derecho natural” (fundado en un tipo de antropología fisicista) que en el mensaje del evangelio leído desde la modernidad. De esa manera, su visión del hombre y de la mujer (y en su conjunto la visión de la humanidad) tiene un sentido y fundamento más “ontológico” que bíblico.

3. Orden ministerial. Juan Pablo II ha sido hombre de Iglesia, pero en una línea ordenamiento externo más que de libertad personal, de obediencia a la ley más que de autonomía individual y de búsqueda comunitaria. En ese plano, salvando todas las distancias, su postura puede compararse con la del neo‒conservadurismo eclesial y social (filosófico y económico) de muchos políticos y pensadores del último tercio del siglo XX. Fue un papa que venía de un contexto eclesial, el primer papa polaco, el primero en haber sido formado en un entorno comunista. Quizá por eso le pareció más importante el mantenimiento de un orden cristiano, fijado en línea clerical y de autoafirmación eclesial, que de la libertad del evangelio.

4. El tema de la pederastia en un tipo de clero. Juan Pablo II mantuvo la ley del celibato, y defendió el “honor clerical” en un contexto en el que empezaban a divulgarse los problemas de homosexualidad de un tipo de clero, con muchos escándalos de pedofilia. Conoció quizá el problema, pero con las limitaciones de su tiempo, no se atrevió a enfrentarlo de un modo consecuente, llegando a sus raíces. Era quizá demasiado “anciano” para ello, su visión de la iglesia resultaba demasiado “sacral/espiritual”, para en el tema de su “carne” (en la línea de Jn 1, 14). Murió quizá con la pena de no poder plantearlo y empezar a resolverlo con claridad y caridad, con verdad cristiana. No conocemos bien los detalles de la “trama” clerical del “alto Vaticano”, donde Juan Pablo II no se sentía a gusto. Evidentemente, a pesar de sus valores (y en parte por ellos), no parece haber sido el hombre adecuado para plantear y encauzar evangélicamente los temas y tareas de la estructura eclesial del Vaticano, a pesar de sus inmensos valores personales.

5. Teología y moral de género. A los temas anteriores ha de añadirse el de su teología y moral de género, con prohibición del acceso de las mujeres a los ministerios. Ciertamente, Juan Pablo II ha mostrado gran interés por la función y dignidad de mujer en la iglesia, como muestra su carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), donde ha defendido un feminismo de la diferencia. Pero en esa línea de diferencia de género y sexo, y fundándose en una visión jerárquica del Cristo Varón, el Papa ha seguido rechazando el acceso de la mujer a los ministerios eclesiales (Ordinatio Sacerdotalis, 1994). Pero el problema de fondo no se resuelve quizá desde la estructura actual de los ministerios, entendidos en clave de poder eclesial, sino que requiere una nueva y más honda fundamentación bíblica, partiendo del “sacerdocio universal” de los creyentes, mujeres y/o varones. Sea como fuere, en ese contexto, muchísimas mujeres y varones han sentido y sienten dificultad en aceptar la visión antropológica, bíblica, teológica que está al fondo de su teología y doctrina sobre la mujer, pensando que esa “doctrina” no es  definitiva, de forma que podrá y deberá ser revisada en el futuro.

Teología de la liberación

Este es otro tema significativo del papado de JP II y debe interpretarse además en el contexto general de su teología, de su Iglesia y de la historia cristiana. Bien entendida, encauzada, animada y potenciada (¡e incluso corregida!) por el Vaticano, la Teología de la Liberación podía haber sido un elemento clave de la Nueva Evangelización y del nuevo despliegue de la iglesia. Pero la tarda visión de parte de los gestores del Vaticano (con JP Pablo II) lo convirtió en un campo de ruinas, no sólo de la Teología de la Liberación, sino del conjunto de la Iglesia.

La Teología de la Liberación había nacido en América Latina para extenderse a todo el mundo, abriéndose a las iglesias protestantes e incluso hacia otras religiones (como el budismo y algunos tipos de hinduismo). Más que una teología escolar (académica), es un estilo integral de pensamiento y vida cristiana, desde la perspectiva de los pobres, en línea de evangelio. Aceptando en principio algunos valores de esa teología JP II (y B XVI) han reaccionado ante ella con recelo, pues han tenido miedo de sus posibles connotaciones comunistas y anti-jerárquicas (sobre todo anti‒jerárquicas).

    Juan Pablo II tuvo miedo de “dejar” la teología y la vida de la iglesia en manos de los fieles, esto es, del pueblo de Dios y de las comunidades vivas según el Evangelio. Quizá sintió el “síndrome del poder”, pensando que sólo desde una perspectiva de poder, bien dirigido desde arriba, con obispos obedientes a la letra de la jerarquía (más que al Paráclito de Cristo) puede dirigirse y triunfar la iglesia.

Esa fue la “lucha sorda” de JP II y de sus asesores con unas iglesias más centradas en la vida y obra de las comunidades, pensando que esas comunidades tendían por un lado al comunismo y por otro a un tipo de relajación personal y social. Por eso, para prevenir los riesgos de un tipo de libertad cristiana, ellos se empeñaron en crear una Iglesia Obediente en torno al papado, con obispos sometidos a una autoridad fijada desde fuera, más funcionarios que pastores libres de una iglesia de cristianos adultos. Lograron un tipo de obediencia!, pero corrieron el riesgo de perder la vida real de la Iglesia.

     No toda la responsabilidad fue de JP II, sino  más bien del nuevo “espíritu” que estaba surgiendo por doquier: Un capitalismo del orden, una nueva estructura de poder que empezaba a triunfar en los años 70 y 80 del siglo pasado en el campo económico, político y social, con un sordo, fuerte y falso liberalismo anti‒eclesial (de gentes que utilizaban y utilizan el cristianismo para defender sus privilegios y seguridades). Desde eso fondo quiero interpretar la reacción del papa Juan Pablo II ante la teología de la liberación (o, mejor dicho, ante lo que ella podía representar en ese tiempo).

1. Visión general: Contra la Teología de la Liberación que parecía anti‒jerárquica y anti‒cristiana. Juan Pablo II fue un hombre crecido en un contexto marxista, y posiblemente no ha podido conocer los matices de la teología de la liberación, surgida y crecida en América Latina, en un contexto eclesial y social muy distinto, que a su juicio era proclive al comunismo y contrario a la identidad jerárquica de la Iglesia católica. Así lo indican los documentos que fueron preparados, bajo su mandato, por la Congregación de la Doctrina de la fe: Libertatis nuntius (1984) y Libertatis Conscientia (1986), destacando los errores doctrinales y los peligros eclesiales de esa Teología, que, a su juicio, sería dependiente del marxismo y destruiría la autonomía de la iglesia, para convertirla en una instancia social, sin base en la revelación de Jesucristo.

         Muchos teólogos y creyentes piensan que esas condenas no responden en realidad a lo que quiso y quiere la teología de la liberación, y el mismo evangelio, de manera que ellas deberán ser revisadas en el futuro (como lo están siendo de hecho en el pontificado de Francisco, a partir del 2013). Pero mucho más que esos documentos ha influido la forma en que Juan Pablo II ha tratado a personas de Iglesia que, a su juicio, podían caer en un tipo de posible comunismo o de olvido de la dimensión espiritual de la vida cristiana, como San Óscar Romero (asesinado el año 1980). También ha sido importante su política de nombramiento de obispos para América Latina (y para el conjunto de la Iglesia), en una línea de seguridad doctrinal y de imposición eclesial (en contra de las directrices del tiempo de Pablo VI)

2. Miedo a pensar desde la libertad del evangelio, con la libertad de Jesús.  La teología de la liberación recibe el agua de diversas fuentes. Ella se inspira en el movimiento de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) que habían surgido en Brasil, en torno al año 1960 y asume elementos propios de la teología política que estaban desarrollando en Europa, también en los años sesenta, algunos teólogos católicos y protestantes como J. B. Metz y J. Moltmann. Ella se inspira también en algunos de los grandes documentos del Vaticano II (Gaudium et Spes) y del CELAM (Medellín 1968), que han sido ratificados por Pablo VI: Evangelii Nuntiandi (1976). Pero su fuente básica es el intento de leer y actualizar el evangelio de Jesús desde la perspectiva de los pobres y excluidos que son la mayoría de la sociedad latino-americana.

         En sentido extenso, la teología de la liberación fue un movimiento de teólogos, de obispos, de presbíteros, de religiosos y religiosas… de pueblo. En el origen de la Teología de la Liberación hay diversos obispos y teólogos, como H. Camara, P. Casaldáliga, S. Méndez Arceo, R. Muñoz, H. Assmann, J. Comblin, J. L. Segundo, S. Galilea, L. Boff, I. Ellacuría y J. Sobrino. Pero su representante más significativo sigue siendo Gustavo Gutiérrez, que publicó un libro titulado: Teología de la Liberación (Lima 1971; Salamanca 1972), donde ofrecía un programa completo de vida cristiana, estableciendo una especie de nuevo giro copernicano: había que pasar del cristianismo como ideología (justificación sacral del orden establecido) al cristianismo como principio de transformación social, sin abandonar por ello el misterio de la vida y la trascendencia, sino todo lo contrario, potenciando un nuevo compromiso evangélico de fidelidad a la historia de Jesús y de solidaridad con los pobres. Pues bien, en ese contexto, Juan Pablo II y una parte de la Institución del Vaticano tuvieron miedo de esa teología y de ese movimiento de iglesia, pensaron que con ella se destruían los principios del orden cristiano (y de la autoridad del mismo Vaticano). 

3. Cristianismo, realidad social. La teología de occidente, a partir de su encuentro con el helenismo, en el siglo IV, se había desarrollad como ciencia teórica, dentro de una visión sacralizada y jerárquica de la realidad. Había terminado siendo, al menos en parte, una ideología, un pensamiento para garantizar el orden establecido, tanto en plano político como económico. Pues bien, la teología de la liberación quiere retomar la inspiración de los profetas y de Jesús, como mensajero y promotor del Reino de Dios. Por eso apela a las ciencias sociales, no para dejarse manejar por ellas, sino para conocer mejor el mundo real y para transformarlo, a partir de la escucha de la Palabra de Dios.

            En ese campo puede apelar (y a veces lo ha hecho) al análisis del marxismo, pero no como filosofía teórica (o metafísica atea), sino como herramienta de análisis social y de conocimiento de la realidad. La palabra central de la teología de la liberación no proviene del marxismo, ni de ninguna teoría sociológica, sino de la experiencia bíblica, es decir, de la Palabra de Dios, tal como resuena en el Éxodo, en la voz de los Profetas y, de un modo especial, en la vida y pascua de Jesús. El intento de la Teología de la liberación era recrear la Iglesia desde los pobres, como quiso e hizo Jesús, como hicieron sus primeros seguidores.

      Pero Juan Pablo II y sus colaboradores no lo vieron así. Pensaron que la teología de la liberación era ante todo un intento de “voladura” de la iglesia jerárquica, un mal comunismo y liberalismo para el pueblo, pero sin Cristo, y así impidieron que se abriera, que fecundara el conjunto de la iglesia, y lo hicieron desde un miedo social más que desde la raíz del evangelio.

3. Conciencia de Iglesia. Pueblo de testigos. La teología de la liberación afirma que la Iglesia debe superar el pensamiento establecido sobre bases de poder, más platónicas que cristianas (al servicio de la sacralidad de un sistema que se entiende como expresión de la voluntad de un ser divino superior), para descubrir las exigencias prácticas del evangelio, al servicio del Reino de Dios, partiendo de un Dios que se introduce en la vida de los hombres, actuando desde abajo, desde los pobres y excluidos, como dice Pablo (cf. Flp 2, 6‒11), como hizo Jesús.

No quiere, por tanto, un pequeño cambio externo, sino una transformación radical de la iglesia, tanto en plano externo (al servicio de la liberación de los pobres) como interno, superando así una visión de Dios como poder que impone desde arriba y que se revela a través de una jerarquía con poder sobre el pueblo. En este contexto se sitúan los numerosos casos de cristianos defensores de la justicia social, asesinados por esos poderes establecidos, entre los que ha de citarse Mons. O. Romero (1989), con I. Ellacuría y sus compañeros de la UCA, el Salvador (1989).

    Pero Juan Pablo II tenía miedo de que en el fondo de un tipo de liberación y libertad evangélica (cristiana) se escondiera un puro anti‒cristianismo, una simple ideología social contraria al orden sagrado del evangelio. Fue una gran pena, un gran dolor, una ocasión fallida de evangelio. Hoy (año 2026), tras 40 años de lucha en contra de la teología de la liberación (con lo que ella podía haber sido) es quizá demasiado tarde. Ya no se trata de volver sin más a lo que pudo haber sido una iglesia de la liberación. Se trata, más bien, de empezar desde abajo, desde la base‒base de la vida, desde el evangelio. En ese sentido, el papado de JP II puede ser muy significativo, pues no enseña a retomar su impulso de vida, desde un contexto nuevo, fundado en un conocimiento más profundo de la teología bíblica y de la experiencia y tarea sinodal de la Iglesia, como ha propuesto el Papa Francisco.

El Papa León XIV me parece más cercano a JP II que a Francisco. Pero el lector  tiene plena autoridad para disentir y opinar. De las cosas que no entiendo de León XIV quiero tratar el próximo día.

5 jun 2026

Un hombre dijo a Jesús : ¡Dime!. Jesús le dijo: Vende lo que tienes... Ése hombre era el Papa. Expuse ayer su Doctrina Social. Hoy presento el plan de Jesús: ¿Vamos?

Un rico. El Papa, quizá tú mismo

Cuando salía Jesús al camino,

se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:

«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». 

Jesús le contestó: ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. 

sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio,

no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre

Él replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». 

Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo:

Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes

Y tendrás y tendrás el tesoro en el cielo y luego v sígueme.

 A estas palabras, suspirando se marchó triste porque era muy rico (cf. Mc 10, 17-22).

                  Marcos sitúa este pasaje en la marcha final de Jesús hacia Jerusalén, para instituir el Reino. Un rico se apunta. Jesús le responde: Vende todo lo que tienes, dalo todo a los pobres, y así empezamos.

          Este pasaje habla de una familia “real”, en la que tiene mucha importancia el aspecto económico de la vida, que aparece claro en el conjunto de la escena (Mc 10, 17-31) que, siguiendo el estilo literario de Marcos, forma un “tríptico”, con tres partes distintas y bien entrelazadas:

‒Un rico busca a Jesús, pero no le sigue. Dejarlo todo (Mc 10, 17-22). Un hombre corre a Jesús mientras éste va trazando su camino (eis hodon), y le pregunta cómo heredar la vida eterna (zôênaiônion). Jesús le remite a los mandamientos y después (sabiendo que los cumple) le invita a dejarlo todo y seguirle, compartiendo de esa forma su familia. El hombre queda triste y abandona a Jesús: Es rico y no puede (no quiere) dejar sus posesiones, pues ellas son su verdadera “familia”, ellas le atan y le impiden caminar con Jesús.

‒Intermedio. Doctrina general sobre las riquezas (Mc 10, 23-27). La dificultad para seguir a Jesús y formar su familia no está en algún tipo de ley sagrada como la que representan los escribas (cf. 3, 20-35), ni un deseo de pureza nacional o de seguridad religiosa, sino las riquezas. Quien quiere apoyarse en su riqueza no puede crear familia, es decir, existencia compartida.

‒Los que han seguido a Jesús, dejándolo todo,podrán tener  ciento por uno en familia en amor de familia, en tierra compartida y en bienes (10, 28-31). En nombre del resto de los discípulos, a diferencia del rico, que le abandona por sus riquezas, Pedro se atreve a decir que ellos lo han dejado todo... Pues bien, Jesús le contesta que aquellos que dejado un tipo de familia o riqueza por él y/o por el evangelio tendrán el ciento por uno en riqueza y familia, en este mundo, y que así heredarán vida eterna (dsôênaiônion) como había pedido el rico del principio de la escena (en Mc 10, 17).

     Está en juego la vida eterna (el Reino) y el problema es la riqueza. La mayor dificultad para crear familia es un tipo de dinero que un sentido parece construir, pero en otro destruye por igual a judíos y gentiles, por encima de las diferencias nacionales o religiosas. En torno al dinero se crea y destruye la familia. Es lógico que ahora, en el momento clave del camino de Jesús, Marcos haya planteado con fuerza este problema.

  Un rico que no sabe qué hacer  (10, 17-22)

          Esta escena se puede interpretar como narración vocacional, en la línea de Mc 1, 16-20, con rasgos de diálogo legal, siempre que la ley se entienda como expresión del camino de realización humana. Pero ella tiene un fuerte contenido económico, que sólo se aclara al final: El “suspense” del relato (¿por qué se va este hombre, y no hace caso a Jesús?) sólo se aclara cuando el redactor comenta que tenía muchas riquezas, que así aparecen para él como principio de destrucción.

            Jesús va recorriendo su camino, y así sube a Jerusalén (cumpliendo su tarea de Reino). Precisamente en ese camino se le acerca un hombre con deseo de alcanzar vida eterna   (dsôên aiônion) más allá de la muerte de este mundo. Éstos son los momentos de la escena, que deberá leerse con detalle antes de pasar al comentario:

Maestro bueno ¿Qué haré...? (10, 17-18). Por todo lo que sigue, se puede afirmar que este hombre es un “buen judío”, y que no tiene problemas especiales: angustias interiores, dificultades familiares, rupturas sociales... Parece que lo tiene todo, sólo le falta alcanzar la vida eterna, y por eso pregunta a Jesús.

Cumple los mandamientos (10, 19-20).El hombre ha preguntado, y Jesús le ha remitido a las normas sagradas del judaísmo, en gesto de profundo respeto y coherencia sagrada. Pues bien, el hombre le responde que las ha cumplido: Es un buen judío, conforme a la estructura yprincipios de suley.

Jesús, mirándole, le amó y le dijo...b(10, 21a). Con su mismo gesto (mirada de amor), Jesús supera el plano de la ley (mandamientos) y le ofrece su amor, en gesto que define todo el evangelio (emblepsas auto êgapêsenauton), mostrando así el principio de toda familia, en la base de todo orden social.

    Proyecto de Jesús, que lo venga todo. Entre el hombre que llama a Jesús bueno y Jesús que le mira con amor se establece una comunicación que puede ser principio de nueva familia, es decir, de una vinculación definitiva. Todo nos permite suponer que ellos van a comprenderse, pues les une un "presupuesto" de fuerte cordialidad. Jesús estáen camino, y por eso le responde “sígueme”. Estos son los rasgos de su respuesta (Mc 10, 21):

a. Una cosa te falta. Algo de amor: vete, vende todo...Este hombre tiene todo, pero hay una cosa que le falta. Tiene muchas cosas (el texto dirá al final que es muy rico), pero le falta (hysterei) una cosa (hen) que en el fondo es la única importante. Pues bien, esa cosa que le falta no es Dios en general (como supone la confesión de fe del Shema: Dt 6, 4-5), sino dejar las cosas que tiene y que le tienen, cosas que son para él lo opuesto a Dios (el dios mamona: cf. Mt 6, 24). Por eso, Jesús le pide el desprendimiento real y radical para así crear nueva familia.

b. Vende lo que tienes. Este hombre está definido por las cosas que tiene(=hosa ekheis), pues ellas son lo más importante en su vida. Vive para tener, es decir, para adquirir, para ser dueño de ellas (siendo en el fondo dominado por ellas). Pues bien, en esa abundancia de cosas descubre Jesús una carencia...(hen, una cosa te falta),que se relaciona precisamente con esta "sobra" de bienes. Por eso le dice que los venda y se desprenda de ellos, buscando una posesión totalmente distinta, que le haga capaz de seguirle y de adquirir de esa manera lo más importante.

c. Y dáselo a los pobres. No le pide que venda por vender, sino para dar, transformando así las posesiones en dones o regalos, en gesto de gratuidad generosa, superando el talión (do un des,  te doy para que me des). No le dice que entregue lo obtenido a un tipo de comunidad o familia organizada, como en la Regla de Qumran (o en muchas órdenes religiosas cristianas); no le pide que pase de la posesión individual (o de pequeña familia) a la posesión grupal de bienes, buscando así un nuevo tipo de seguridad, pues ese gesto le seguiría manteniendo en el plano de la ventaja económica, del poder del grupo. Tiene que vender para “dar a los pobres”, es decir, para regalar lo que tiene a los de fuera, sin esperar compensaciones (como indicará Mt 25, 31-46 cuando afirma que los primeros hermanos son los hambrientos, extranjeros, encarcelados, enfermos…).

b. Y tendrás un tesoro en el cielo. Cielo no son las estrellas el “simple futuro”, ni un puro más allá, sino la hondura de la vida en comunión, es decir, la riqueza del Reino, donde se recupera así, pero en un plano más alto, aquello que ha dado. Este hombre "tendrá" así (con ekhein) un tesoro, pero no en el plano de este mundo, en un nivel de competencia y lucha mutua, sino en el "cielo" (ouranos) que es el signo y espacio de la absoluta gratuidad, que empieza y se despliega en este mismo mundo. Cielo es aquí un sinónimo de Dios o Vida eterna, por la que el hombre había preguntado al comienzo (en 10,17).Sólo dando en un nivel todo lo que tiene este hombre podrá heredar o poseer la Vida eterna. Como seguiremos viendo, ese tesoro en el Cielo puede y debe expresarse en forma de vida compartida y fraterna en la tierra, tal como lo indicará el final del pasaje (10, 30). .

a. Y ven: ¡sígueme! La correspondencia con el principio (a) resulta clara. Allí se decía vete-vende, aquí se dice ven-sígueme, casi en el sentido de vuelve y vayamos juntos, yo te prometo mi amoro. Allí se indicaba la necesidad de un cambio radical, ahora Jesús le dice al hombre que ese cambio es seguirle, acompañarle  y caminar juntos, para compartir un tipo más alto de riqueza, hecha de fe mutua y generosa, de humanidad compartida, en un camino que lleva a la nueva familia del Reino. Esta última palabra (¡sígueme!: akolouthei moi) es la culminación del texto. Ser familia es caminar juntos, seguir a Jesús hacia el Reino.

   Esta respuesta de Jesús acentúa la exigencia de confiar en él (vinculación personal, comunicación mesiánica), superando el egoísmo propio, es decir, las riquezas (sentido ascético), pero al mismo tiempo pone de relieve la posibilidad de crear un nuevo tipo de familia, que no esté fundada en el tener, sino en el dar y compartir, para camina juntos.

   Ciertamente, Jesús quiere que el grupo de aquellos que le siguen comparta los bienes (como indicará Mc 10, 28-31), pero no para dejar el egoísmo o riqueza individual (de familia pequeña)por el egoísmo o riqueza de un conjunto mayor de personas (una comunidad particular); por eso quiere que este hombre empiece dando todo lo que tiene a los pobres sin más, es decir, a los necesitados.          

   En ese contexto se sitúa la “negativa”: ¡Aunque venga Cristo no voy, no vamos… Y este hombre se marcha a contar su dinero suspirando de pena, aunque Jesús era el mejor partido posible,  porque quiere conservar aquello que tiene, porque su familia son en el fondo sus bienes (los suyos o los de su grupo), y ellos le definen. Su rechazo no es cuestión deu dogma religioso, sino de riqueza (y de familia propia, la mía, mi gente, prioridad nacional). Jesús le ha ofrecido su amor, pero no se lo ha podido imponer. Le ha prometido su “paraíso” (cf. cap. 1), pero no se lo ha podido dar a la fuerza.

             Amor de Jesús, nueva familia. Este pasaje (Mc 10, 17-23) ofrece una intensa experiencia de amor. Significativamente, Marcos ha presentado a Dios como aquel que llama a Jesús y le dice ¡Hijo querido! (Mc 1, 11; 9, 7), para que nosotros lo escuchemos y sepamos entenderle en línea de comunión personal

   De un modo significativo, a lo largo del evangelio, Jesús aparece como hombre de amor (¡mirándole le amó!), y de esa forma actúa. Pues bien, ese tema aparece aquí de un modo especial, cuando se dice que Jesús amó al hombre que le preguntaba sobre la vida eterna, y le respondió ofreciéndole su amor: ¡andamose! ¿quieres que andemos? Marcos no ha dicho expresamente que Jesús amaba a los niños (aunque es evidente que lo hacía al abrazarles), ni a las mujeres, aunque su relación con (cf. 14, 3-9; 15, 40-41; 16, 1-8) no se entiende sin amor. Pues bien, aquí se dice que él amó a este hombre (un hombre a otro hombre) que le preguntó sobre la vida eterna.

‒ Éste es un amor humano. Estamos en el centro del relato del evangelio como  entrega de amor de  Jesús, Hijo querido de Dios, que aquí dirige una mirada de amor al hombre que ha venido a preguntarle, una llamada intensa y espontánea, que el rico no aceptó porque el amor es libre, y Jesús no puede imponerlo, y porque, por encima del amor, los hombre ponen el dinero.

-Así aparece Jesús, mirando a este hombre con amor no correspondido (Mc 10, 21), como amante fracasado que sigue dando amor (familia) a quienes quieran escucharle, realizando así la obra de Dios, como supone el texto clave de su evangelio (Mc 12, 28-34), cuando vincula amor de Dios y amor al prójimo. En esa línea, podemos afirmar que su amor a los hombres y mujeres responde al que ha recibido de Dios, que le llama Hijo Querido (Mc 1, 11; 9, 7).

‒ Ambos tendrán juntos un Abba, un Padre de la familia de amor. En ese contexto ha de entenderse la invocación amorosa que Jesús dirige a Dios, a quien llama con nombre de amor, Abba (14, 36), utilizando una palabra de niños, pero también de hombres mayores, cuando se dirigen con cariño a sus padres, no como poder superior, sino como fuente de amor más profundo[1].

‒ Amor, experiencia universal. El amor que Jesús dirige el hombre rico, a partir de su experiencia del Dios amor, es un momento esencial y universal del evangelio. Para saber lo que es Dios/Amor no hace falta ser judío, ni haber pasado por la Ley a través deun largo estudio. Basta ser persona. En esa línea, este Jesús, que es Hijo del amor de Dios, empalma con el origen de la humanidad, que se funda en el amor, como destacaba el Cantar de los Cantares (cf. tema 6). Ésta es la mayor novedad Jesús-Hijo, que ha podido ofrecer a todos una experiencia de vida universal (profética, amorosa, divina). Quien haya tenido la dicha de nacer, y pueda agradecer la vida que le han dado, no sólo unos padres concretos (especialmente una madre), sino Aquel a quien puede llamar Padre en sentido superior, como origen del que brotan y donde se sustentan todas las cosas y, de un modo especial, su propio ser, podrá descubrir que la vida es don, gozando de ella y respondiendo ¡Padre!  

  Cuestión de riquezas, una conversación (Mc10, 23-28)

           El rico de la escena anterior se ha marchado, mostrando así que aquello que más se opone a la formación de una auténtica familia, en la línea de Jesús, son las posesiones que destruyen a los ricos y que impiden la vida de los pobres. Éste es el lugar donde se asienta o destruye lafamilia: las riquezas. Aquí expresa el valor y novedad el mesianismo de Jesús, desde aquí se entiende su conversación con los discípulos, que podemos divido, cito y comento en cinco partes:

a. Primera afirmación: ¡Qué difícilmente entrarán los ricos en el reino de los cielos, es decir, en la vida de amor, porque en el fondo no quieren amor sino amoríos. U de verdad sólo dinero!(Mc 10,23). Jesús había mirado con amor al hombre rico (10, 21). Ahora mira a sus discípulos, de manera muy íntima, como desahogándose con ellos. Su palabra se puede traducir, en nuestro contexto: Qué difícilmente formarán familia los ricos.

La riqueza a la que alude Jesús no es por tanto algo neutral, un puro medio de comunicación, sino que ella aparece como poder maléfico, una propiedad demoníaca que posee al ser humano y le impide abrirse al reino, le impide querer y ser querido, porque en un mundo de riqueza el hombre sólo vale para vender y ser vendido¸ dime cuánto pesas en dinero y te dinero por cuánto querrán comprarte y venderte, desnudo o vestido, en canal o rebozado. Donde la riqueza le domina, el ser humano (hombre o mujer) no puede formar familia verdadera, porque el principio de la familia es la gratuidad, es decir, la vida que se regala y comparte.

b. Los discípulos se admiran sobre estas palabras (10, 24a). También otros autores y textos de aquel tiempo comentaban el riesgo mayor de las riquezas, desde Test XII Patriarcas al “Pentateuco” de Henoc (1 Henoc). Pero Jesús insiste ahora en ello, en el contexto preciso de la búsqueda del reino. Muchos identifican familia y riqueza. Pues bien, en contra de eso, Jesús muestra el engaño del modelo posesivo de la vida, y sitúa el tema de la familia del reino en otro plano, en línea de gratuidad.

Como un camello por el ojo de una aguja, así no caben los ricos en la ojiva del cohete del cielo (10, 24b-25). Jesús repite lo ya dicho (¡qué difícilmente entrarán los ricos…!), introduciendo la comparación del camello que no cabe por el ojo de una aguja. Humanamente hablando riqueza y reino se oponen como un camello grande y un ojo de una aguja de coser; por eso, una familia fundada en el dinero no es familia. En este contexto podríamos decir: ¡Que difícilmente podrán formar los ricos una auténtica familia, pues se destruirán a sí mismos y destruirán a los otros!

b'. Nueva admiración y pregunta de los discípulos (10, 26). Ellos se extrañan aún más, hasta espantarse. Lo que Jesús dice rompe sus esquemas, y por eso se preguntan: ¿Quién podrá salvarse?“Salvarse” significa aquí no sólo alcanzar la vida eterna, sino también (¡al mismo tiempo!) crear humanidad, auténtica familia. Los discípulos suponen que todos estamos dominados por el deseo de riqueza, pensando que la familia es una “consecuencia” de ellas, un problema económico.  Pero Jesús rechaza ese presupuesto, diciendo precisamente lo contrario: La posesión de riquezas es contraria a la auténtica familia. Por eso, ante sus palabras, ellos afirman que "nadie se puede salvar", ni crear familia verdadera, los ricos porque lo son (y así expulsan de su círculo a los pobres) y los pobres porque desean hacerse ricos, trazando así la ley de fracaso de la vida humana

 '. Afirmación final: ¡Es imposible para los hombres, pero no para Dios, pues todo es posible para Dios (10, 27). Jesús vuelve a mirar a sus discípulos y en esa mirada transmite la fuerza creadora del reino de Dios. Por encima del poder destructor de las riquezas se revela así el misterio de amor del enviado de Dios, que retoma la famosa cita de Gen 18, 14 (cf. Mc 14, 36), donde se dice que todo es posible para Dios, de manera que él puede hacer que surja auténtica familia, una humanidad distinta, fundada en el amor.

           Este Dios que hace posible lo imposible no es indiferente ante la vida de los hombres, sino al contrario: Él quiere cambiar nuestra historia,al manifestarse por Jesús, haciendo posible el surgimiento de una vida en gratuidad, introduciendo en la tierra un germen de encuentro humano,de familia y vida compartida. Sin este diálogo sobre la riqueza sería imposible entender el conjunto del evangelio y especialmente la nueva escena de la familia (del ciento por uno en hermanos, madres etc.), con la que culmina nuestro pasaje (Mc 10, 17-31).

  Sembrar amor,  ciento por uno (Mc 10, 28-31; Mt 19, 23-30)

                   El despliegue de la familia implica un tipo de muerte: “Sólo el grano de trigo que muere produce mucho fruto…” (cf. Jn 112, 24-26). Sin un tipo de muerte o renuncia muy intensa no existe familia. Sólo allí donde uno da lo que es y tiene, poniéndolo en manos de otro a quien ama surge familia. Sólo allí donde se recibe a los “carentes” y oprimidos puede darse familia verdadera.

                   Como representante de la nueva comunidad, Pedro introduce la escena en forma de pregunta indirecta, reasumiendo la temática anterior y diciendo a Jesús: ¡Mira! nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (10, 28). Habla como portavoz del grupo (dice nosotros) ycontrapone su conducta a la del rico, que ha rechazado la invitación de Jesús. Pedro y los suyos no han dejado a Jesús, a pesar de las dificultades del camino, sino que le han seguido, para ser su familia yformar la iglesia, no sólo porque Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68-69), sino gestos y caminos de comunicación humana. La respuesta de Jesús forma la “carta magna” de la familia cristiana:

En verdad os digo que o habrá nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre o hijos o campos por mí o por el evangelio que no reciba el ciento por uno en este tiempo,

en casas en hermanos y hermanas, en madres e hijos y en campos con persecuciones, y en el siglo futuro la vida eterna (10,29-30).

            No se trata sólo de dejar “cosas”, sino de dejarse-darse uno a sí mismo, como grano de trigo sembrado en el surco de la tierra. Se trata de darlo todo, para crear de esa manera un tipo de experiencia nueva, de vida multiplicada, empezando por los campos y terminando por la casa.

           El texto vincula casas-campos y familia, es decir, el tema económico (posesiones) y el personal (hermanos, hermanas). Lo que para el rico de Mc 10,17-22 eran sus muchas posesiones, entendidas en sentido indeterminado (ktêmata polla: 10,22), se amplía y explicita ahora en clave de posesión total, centrada en la casa, que incluye bienes económicos y familiares, como suponía ya el texto anterior (Mc 3, 20-35), y toda la tradición israelita.

 El nombre propio, original y “distintivo” de la familia en la Biblia es casa (bet, oikia, domus, etxea), entendida en el sentido extenso de edificio y campos, con el entorno de tierras de labranza y rebaños que fundamental y sostienenla unidad familiar, con un padre que lo dirige todo, con mujeres, hijos, criados etc.

 Éste es el texto clave de la ruptura cristiana, que retoma en otra perspectiva la opción primera de Abrahán, cuando dejó su casa y parentela, para ponerse en camino hacia la tierra que Dios le mostraría (Gen 12 1-3, cf. tema 2). Nos hallamos ante la gran decisión que actualiza y aplica desde la experiencia de Jesús el motivo del éxodo de Egipto (cf. tema 3); los que siguen a Jesús deben dejar un orden social dominado por casa, familia y campos, entendidos en clave de posesión y dominio posesivo, para así instaurar la nueva familia del reino.

‒Bien primero y abarcador, la casa (domus, etxea).  Como he venido diciendo, la casa (oikia) abarca todo lo que cabe en el amor, es la familia entendida como lugar permanente de vida. Es el edificio donde se vive con sus posesiones (campos, bienes de producción y consumo) yes, al mismo tiempo, la familia que allí vive (que se puede expandir hacia parientes más lejanos y criados, allegados). Dejar la casa o perderla sería perder las raíces donde la vida entera se sustenta, en plano de este mundo. Construir la casa es crear nueva familia. En ese sentido, casa es la familia entera, en un contexto tradicional, de fondo agrícola.

‒Hermanos y hermanas forman el contexto horizontal de la familia en amor. Son el grupo de parentela, los que están vinculados por origen y opción en los gozos, posesiones y tareas de la vida. Es evidente que en este esquema general de hermandad pueden y deben incluirse esposo y esposa, aunque no se nombren. Normalmente, como expansión de ese plano, en la familia extensa, solían incluirse otros parientes, criados y siervos o esclavos. Pero el evangelio de Marcos, desde su nuevo contexto social, sólo alude a hermanos y hermanas (lo mismo que en Mc 3, 31-35)

‒Madre, padre e hijos forman la línea vertical, que se expresa en la genealogía: los padres como origen, los hijos como descendencia. Significativamente, en contra de una tendencia patriarcal, el texto cita a la madre antes que al padre. Sea como fuere, madre y padre, con los hijos en plural, entendidos como descendientes (tekna), arraigan al hombre en el tiempo y suelen tomarse como signo de Dios en cuanto principio (padres) y garantía de futuro (los hijos de las promesas, de Gen 12 en adelante). Hay que indicar ya desde aquí que los nuevos “familiares” de Jesús tienen que dejar a padre y madre, pero después sólo reciben el ciento por uno en madres y hermanos, no en padres/domini,  pues todos los hombres y mujeres de la casa de amor son hermanos y madre, hijos y amigos, de cien en cien, a cientos, en los cinco continentes del amor, que es el mundo entero.

‒Al final vienen los campos (agrous) en los que culmina esta enumeración de bienes, como expansión y concreción de la casa, esto es, del mundo entero como casa, pues en amor caben todos, con sus diferencias. El texto de Jesús nos sitúa en una sociedad agraria donde los campos de cultivo van unidos a la casa y forman parte de la entidad familiar (son fuente de riqueza, trabajo y alimento). En ese contexto es imposible hablar de casa patriarcal(autosuficiente, rica) sin campos (tierras, posesiones), administrados en familia, evidentemente en un contexto de propiedad y régimen jerárquico, con el padre de familia como dueño y responsable del conjunto de bienes y personas (aunque, como he destacado, al citar primero a las madre, este pasaje desactiva el sentido patriarcal del texto).

    Hay que destacar este rasgo, porque el mundo moderno ha separado la casa (espacio de vida/familia) y los campos (lugar de trabajo), en un proceso lógico pero fatídico, pues nos permite hablar de familia sin tener en cuenta su profundo componente económico, sus campos, su casa…, estamos creando por dinero una humanidad sin casa, es decir, sin amor y sin amigos de verdad. Así hemos llegado a la situación fatídica actual, en la que se dice que se defiende a la familia, pero se impide que un gran mayoría de familias puedan compartir los “campos” (es decir, los bienes).

           Todas esas cosas se dejan «por mí o por el evangelio» (Jesús es signo de  la familia en amor entre varones y mujeres, padres e hijos, hermanos, es decir, todos los seres humanos). Ambas formulaciones  Por mí y por en evangelioson equivalentes, pues la opción por Jesús y por el evangelio exige e implica una misma ruptura social y personal, que permite una juntura, una forma distinta de vida, donde todos somos junteros, en gesto de superación económica (familiar y social). Se trata de recrear la forma y estilo de vida, pasando del “tener” (ejemplificado por el rico de 10, 17-23) al dar y compartir en amor..

           Evidentemente, dejar es superar, abandonar un tipo de vida que se funda precisamente en la economía de una casa/familia cerrada en sí y opuesta (enfrentada) con otras casas/familias. Las diversas “posesiones” aparecen en un mismo plano, de manera que se habla de casa “o” hermanos, “o” hermanas… (ê,ê...)., como si todas ellas formaran la riqueza del ser humano, entendido como “dueño” de una serie de bienes materiales y humanos, en clave posesiva.

           Pues bien, esas “posesiones” se pueden dejar por mí (=Jesús) o por el evangelio, es decir, por su mensaje o su causa, que es la familia de amor del de Reino, pasando así de un plano “posesivo” a un plano de comunicación gratuita. No es que las “riquezas” antiguas desaparezcan, o se puedan abandonar por motivos puramente espiritualistas, sino que ellas han de entrar a formar parte de una nueva constelación familiar, como en Mc 3, 20-35, donde Jesús instauraba las bases de su nueva “familia de Reino”.

           ‒ Ciento por uno en bienes personales (madres, hermanos…) y materiales (campos, posesiones). La gran mentira de una economía actual está en que ha separado la familia de los campos, las personas de los bienes. Quiere así que la familia se cure, que haya armonía…; pero separa el “ciento por uno” en familia del “ciento por uno” en campos y posesiones, mientras que Jesús ha vinculado ambos aspectos. Sólo se puede compartir de verdad la familia, en gesto de apertura gozosa a los demás (¡cien madres, cien hermanos, cien amigos y cien hijos…!), si se comparte la casa con los campos, es decir, el trabajo y los bienes económicos.

‒ Desde ese fondo se puede hablar de tiempo futuro o vida eterna (zôên aiônion),  pues de lo contrario negamas el futuro, creamos el infierno (después de nosotros el diluvio).El pasaje había empezado con la pregunta del hombre rico que quería heredar la vida eterna (10, 17). Jesús le había propuesto su camino (dejarlo todo y seguirle...) y ahora vuelve a proponer ese camino a los discípulos, sabiendo que la metaes la dsôê, la vida eterna, como don de Dios, Dios mismo, hecho regalo y plenitud. Sin esa esperanza de futuro el resto del pasaje y el camino entero de los hombres pierde su fundamento. –

 - El amor de familia es inseparable de la experiencia del ciento por uno en familia y en campos, en amor y bienes compartidos. Eso significa que la zôê vida eterna se vincula internamente con el “ciento por uno” de este mundo. Hay, según eso, una relación muy honda entre un tipo de vida en el mundo (el ciento por uno) y la vida eterna, que  empieza en este mismo mundo. Eso significa que el gran corte o ruptura mesiánica no se da entre el hoy de la tierra y el futuro de la vida eterna tras la muerte, sino entre un tipo de vida actual dominada por el tener y por la lucha mutua, y otra forma vida actual, definida por el seguimiento de Jesús, como nueva familia, con el ciento por uno en bienes compartidos.

    Por esa razón hay que insistir en la recuperación comunitaria tanto de las riquezas como de las relaciones familiares. Ambas perspectivas (casa y familia, campos y parentesco) van unidas en este pasaje. Conforme a los principios de esa gran ruptura-juntura, el seguidor de Jesús tiene que dejar todo lo que él tiene en sentido posesivo, superando un tipo de familia egoísta, que se expresa como casa, con familiares muy concretos (en plano horizontal de hermanos/as y en plano vertical de padres/hijos), con posesiones o campos, para crear una familia extensa, en gratuidad personal y económica (compartiendo los bienes) .

No se trata, pues, de cambiar de religión en el sentido espiritualista (intimista) del término, sino de cambiar de relaciones familiares y sociales, algo que en el fondo resulta mucho más difícil. 

             Programa de vida, siembra evangélica. Jesús ofrece así un programa-camino de cambio de familia. Sus seguidores entran, al seguirle, en una dinámica muy concreta de recreación (inversión) familiar, como aquella que proponían los esenios de Qumrán, pero sin formar una comunidad aislada, como la del Mar Muerto, sino viviendo en sus propias casas, pero en línea de comunicación extensa e íntima con otras casas (cien casas, cien familias…). Esta dinámica de recreación familiar en línea de renuncia (dejarlo todo…) y de comunicación total (para alcanzar así el ciento por uno) constituye la novedad del movimiento de Jesús, en línea de pobreza (desapego), para instaurar así una forma de posesión nueva, en clave comunitaria (de familia extensa): 

En la base sigue estando dar todo a los pobres, como Jesús ha dicho al rico que quería seguirle (Mc 10, 17-23), en gesto de radical desprendimiento, que se expresa en el “regalo de la vida”, o mejor dicho, en la vida hecha regalo, hecha signo y principio de donación… Ser es “dar” (es decir, darse), en la línea del Dios de Jesús que va apareciendo en el pasaje como aquel que abre un camino de entrega a los demás. Se supone así que el grupo no capitaliza en línea particular ni comunitaria, sino que mantiene siempre el principio de “venderlo todo y darlo a los pobres”. Sin esta base de gratuidad fundacional, sin este donmás hondo de desprendimiento personal y grupal carece de sentido el evangelio.

La pobreza se vuelve comunicación. Sólo allí donde lo da todo hacia fuera la comunidad puede compartirlo todo hacia adentro, de manera que cada uno reciba el ciento por uno de aquello que ha dado. Surge así, entre los mismos seguidores de Jesús, un tipo de existencia compartida donde la pobreza (vivida como gratuidad) se vuelve principio de comunión, es decir, de fraternidad en amo. Este es rasgo de máxima densidad mesiánica del movimiento de Jesús: el mismo desprendimiento (dar todo a los pobres) se vuelve lugar yprincipio de la más intensa comunicación humana (lugar del Espíritu Santo).

                   Desde aquí se entiende la iglesia mesiánica como “casa/familia” o, quizá mejor, como federación o comunión de “cien casas/familias”, establecida sobre bases generosidad externa (dar todo a los pobres) y de comunicación interna (compartir todo). No hay victimismo, no hay gesto de pura cruz... Ciertamente, la cruz está al fondo; todo se funda en el camino de entrega de Jesús. Pero esa entrega se ha expresado como siembra de generosidad que nos lleva a recibir y disfrutar en este mundo el ciento por uno de aquello que damos.  

                   Éste es el ciento por uno de la siembra evangélica que penetra en la tierra buena de la comunidad cristiana, conforme a la parábola del sembrador (Mc 4, 8 par). Es evidente que Jesús ha sembrado reino en todo tipo de tierra (entre leprosos y publicanos, posesos y enfermos, escribas y pescadores...). Pero la misma buena simiente transforma las condiciones del campo y consigue que se logre ya en el mundo el ciento por uno de cosecha, de vida en abundancia, en plano interior y exterior, económico y social, creando así una familia mesiánica:

Más que sobre una fe teórica, la iglesia se edifica sobre la comunicación económica y vital de los miembros, sobre el amor en libertad y comunión concreta, forman doasí una familia o, mejor dicho, una comunión de familias, que al convertir su vida en don (al darlo todo) pueden abrir espacios de comunión económica y afectiva, personal y social. gozando todo al ciento por uno en madre, hermanos, hermanas e hijos.

No se trata de crear una comunión espiritual (puramente ideológica), en torno a unas pretendidas verdades artificiales de engaño, sino de suscitar una comunidad integral donde se comparten casa y campos, hermanos y hermanas, empezando así desde una perspectiva económica. Según eso, la comunidad de los seguidores de Jesús no es unareunión de espíritus, como a veces se ha pensado y querido, sino espacio de comunicación de almas y cuerpos, experiencia de vida compartida. Significativamente, el texto no habla de “amor mutuo” (como hará el evangelio de Juan en un contexto semejante); pero es claro que este tipo de vida sólo es posible allí donde surgen lazos nuevo de comunión-abiertos a “cien madre, hermanos…”.

Esta comunidad de Jesús es “familia abundante” y no lugar de prohibiciones o penurias, una familia que es posible allí donde los llamados y acogidos (los creyentes) van creando espacios de maternidad, fraternidad/sororidad y filiación, de forma que la participación de bienes se vuelve signo y garantía de una más intensa comunión de afectiva (hermanos, madres, hijos...). Es evidente que esta “apertura familiar” puede implicar y crear dificultades (=persecuciones), tanto en el plano afectivo como en el económico, pero el evangelio apenas ha insistido en ellos, destacando más bien la aportación positiva de las “cien casas, hermanos…”. En esta línea, el movimiento de Jesús ha venido a expresarse como un proyecto de transformación y unificación de familias.

Esta familia es comunión de hermanos y hermanas (fraternidad y sororidad) en un sentido intenso, en una línea que había sido iniciada ya por el Antiguo Testamento, donde los judíos aparecían básicamente como hermanos, en sentido genealógico (hijos de unos mismos antepasados), social y religioso. Pero esa fraternidad “nacional” había corrido el riesgo de perder su dinamismo, convirtiéndose en una fórmula genérica (a pesar de la importancia que ha seguido teniendo la experiencia de fraternidad en el judaísmo posterior). Ésta no es una fraternidad “genealógica” de buenas familias, sino que se abre a todos, especialmente a los expulsados sociales, porque está fundada en la escucha de la voluntad de Dios, como sabía Mc 3, 31-35. Ésta es una fraternidad/sororidad, de manera que en ella tienen igualdad dignidad e importancia los hermanos y las hermanas (sin que las hermanas aparezcan sometidas a los hermanos).

           Dejar para encontrar (por encontrar), un ciento por uno bien diferenciado. La comunidad de seguidores de Jesús es una familia de madres e hijos, sin que pueda hablarse de padres/patriarcas en el sentido antiguo. De manera muy significativa, el texto comienza diciendo que hay que dejar “a la madre y al padre”  (Mc 10, 29), pero después, al hablar de aquello que se “recupera”, el texto ya no habla de “cien padres”, sino sólo de cien madres, hermanos… (10, 30). Ese mismo motivo (ausencia de padre) aparecía en Mc 3, 31-35.    La nueva familia de Jesús está formada por cien madres, hermanos… sin que se pueda hablar en ese nivel de cien padres:

(a) En un sentido sólo Dios puede presentarse como Padre dentro de las comunidades cristianas (cf., en otro contexto, Mt 23, 9).

(b) En otro sentido, la figura del “padre” está tan vinculada a un tipo de “patriarcalismo” (en el fondo la familia es como una “propiedad” del padre), que en la comunidad cristiana no puede utilizarse esa figura.

           Lógicamente, en esa iglesia de madres hallarán lugar de preferencia los niños y pequeños (cf. 9, 33-37; 10, 13-16). Sólo en un contexto más tardío, en una línea de tradición adulterada de Pablo (cartas pastorales), se podrá recuperar la figura de un “padre de familia” gerente y gestos artificial de la comunidad cristiana convertida en lugar de nuevo sometimiento.

           En contra de esa familia de “clase”, en la comunidad de Jesús no hy lugar para padres-patriarcas, gestores del “negocio” cristiano, sobres mujeres, niños y criados con “orden” (como en el orden senatorial o ecuestre de caballeros romanos), pero sin verdaderos cristianos de amor, en afecto compartida, en donación mutua de vida.     

                   2. Múltiple familia, sin padres-patriarcas. Lógicamente, el padre-patriarca (dominando sobre el resto de la familia) tiene que desaparecer, lo mismo que la figura de un esposo dominador. Sólo dentro de una fraternidad abierta (cien hermanos…) y al servicio de ella puede y debe hablarse también de un padre y de un esposo.  Sólo allí donde ha desaparecido el padre/ley, signo y portador del patriarcal, sólo se supera la visión de un esposo que domina desde arriba a su esposa, puede hablarse de un Dios universal, que se revela a través de la comunidad de hermanos y hermanas. 

El texto destaca la relación familiar de hermanos/as, que incluye a varones y mujeres. Ésta es la línea del encuentro horizontal que define a los que habiendo dejado un modelo de sociedad impositiva (con sus poderes económicos y sus egoísmos grupales) asumen un ideal más alto de desprendimiento, de gratuidad y de servicio mutuo, pudiendo así gozar juntos los que tienen, poseerlo en común y disfrutarlo... Surge así la nueva familia mesiánica, la hermandad/sororidad del nuevo pueblo, instaurado por Jesús como familia, rompiendo las barreras que separan a ricos/pobres (todo es ya común, todo se comparte), a varones/mujeres (se igualan en el mismo proyecto de reino)... Este pasaje nos sitúa así en el mismo contexto que Gal 3, 28 proclamaba al decir que “no hay judío ni griego, siervo ni libre, macho ni hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo”

8Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. 9Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. 0No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, Cristo.(cf. Mt 23, 8-10)

También es importante la relación especial de madres/hijos, en línea vertical de donación (generación) y recepción de vida. Dentro de la iglesia mesiánica es fundamental el don de la vida que se expande (madres) y se recibe (hijos), sin que deba ponerse de relieve la figura paterna superior de la tradición israelita. Donde el texto está diciendo “ciento por uno en madres e hijos” (sin aludir a los padres) está evocando y ratificando el surgimiento de una nueva identidad de "engendradores" personales (padre y madre) vistos como fuente de vida y no como autoridad legal impositiva. En este contexto no hace falta ya citar al padre, pus su función queda incluida en los otros dos valores fundamentales de la existencia humana: la donación de sí (madres) y la receptividad (hijos).

El texto no habla de cien esposos-esposas, porque ese nivel de relación matrimonial no se puede expandir numéricamente, sino que debe profundizarse en línea de comunión personal, como sabe y dirá Mc 10,1-9 (cf. cap. siguiente). La novedad está en que ahora el matrimonio (unión indisoluble de un hombre y una mujer) ha de entenderse desde el fondo de la fraternidad (cien madres, cien hermanos), y al servicio de ella. Un matrimonio que no se entendiera de esa forma, que no fuera un gesto de comunión de intimidad al servicio de la gran familia mesiánica carecería de sentido según el evangelio.Unidos ambos, de un modo único, marido y mujer, pueden y deben ponerse al servicio de la gran comunidad mesiánico, y no sólo de su egoísmo dual o de sus hijos propios, como seguiremos indicando.

         Es evidente que Jesús no ha proyectado aquí ninguna especie de ascetismo duro, ni en plano económico (campos) ni familiar (madres, hijos) sino todo lo contrario: ha suscitado un camino de abundancia mesiánica en clave de comunicación de vida. El texto se centra en tres figuras: En el origen están las madres como principio de vida; al finale están los hijos como receptores de vida; en el centro están los hermanos/as como expresión de comunidad, vida compartida. Pero el tema sigue abierto, como veremos en el capítulo siguiente, hablando del matrimonio.

   Esta respuesta de Jesús acentúa la  vinculación personal, la comunicación mesiánica, superando el egoísmo propio, es decir, las riquezas egoístas, (sentido ascético), pero al mismo tiempo pone de relieve la posibilidad de crear un nuevo tipo de familia, que no esté fundada en el tener, sino en el dar y compartir, para camina juntos. Ciertamente, Jesús quiere que el grupo de aquellos que le siguen comparta los bienes (como indicará Mc 10, 28-31), pero no para dejar el egoísmo o riqueza individual (de familia pequeña) por el egoísmo o riqueza de un conjunto mayor de personas (una comunidad particular); por eso quiere que este hombre empiece dando todo lo que tiene a los pobres sin más, es decir, a los necesitados.   

  Jesús aparece como hombre de amor (¡mirándole le amó!), y de esa forma actúa. Pues bien, ese tema aparece aquí de un modo especial, cuando se dice que Jesús amó al hombre que le preguntaba sobre la vida eterna, y le respondió diciendo: ¡Sígueme! Marcos no ha dicho expresamente que Jesús amaba a los niños (aunque es evidente que lo hacía al abrazarles), ni a las mujeres, aunque su relación con (cf. 14, 3-9; 15, 40-41; 16, 1-8) no se entiende sin amor. Pues bien, aquí se dice que él amó a este hombre que le preguntó sobre la vida eterna.

          El amor que Jesús dirige el hombre rico, a partir de su experiencia del Dios amor, es un momento esencial y universal del evangelio. Para saber lo que es Dios/Amor no hace falta ser judío, ni haber pasado por la Ley a través de un largo estudio. Basta ser persona. En esa línea, este Jesús, que es Hijo del amor de Dios, empalma con el origen de la humanidad, que se funda en el amor, como destacaba el Cantar de los Cantares (cf. tema 6). Ésta es la mayor novedad Jesús-Hijo, que ha podido ofrecer a todosuna experiencia de vida universal (profética, amorosa, divina).

Quien haya tenido la dicha de nacer,  puede y debe agradecer la vida que le han dado, no sólo unos padres concretos (especialmente una madre), sino Aquel a quien puede llamar Padre en sentido superior, como origen del que brotan y donde se sustentan todas las cosas y, de un modo especial, su propio ser, podrá descubrir que la vida es don, gozando de ella y respondiendo ¡Padre

 . La comunidad de seguidores de Jesús es una familia de madres e hijos, sin que pueda hablarse de padres/patriarcas en el sentido antiguo. De manera muy significativa, el texto comienza diciendo que hay que dejar “a la madre y al padre”  (Mc 10, 29),pero después, al hablar de aquello que se “recupera”, el texto ya no habla de “cien padres”, sino sólo de cien madres, hermanos… (10, 30). Ese mismo motivo (ausencia de padre) aparecía en Mc 3, 31-35.

 La nueva familia de Jesús está formada por cien madres, hermanos… sin que se pueda hablar en ese nivel de cien padres: (a) En un sentido sólo Dios puede presentarse como Padre dentro de las comunidades cristianas (cf., en otro contexto, Mt 23, 9). (b) En otro sentido, la figura del “padre” está tan vinculada a un tipo de “patriarcalismo” (en el fondo la familia es como una “propiedad” del padre), que en la comunidad cristiana no puede utilizarse esa figura. Lógicamente, en esa iglesia de madres hallarán lugar de preferencia los niños y pequeños(cf. 9, 33-37; 10, 13-16).  

         Lógicamente, el texto no habla de esposos/esposas, quizá porque el tema está expuesto en otro lugar (cf. Mc 10,1-12), como veremos en el capítulo siguiente, quizá porque el motivo de los esposos no se puede “universalizar” en la línea anterior (no se podría hablar de cien maridos o mujeres como se habla de cien madre/hermanos/hijos…). La familia mesiánica aparece como lugar donde, en un contexto más amplio de amor, los esposos pueden mantenerse unidos de un modo especial (en entrega mutua, como la de Cristo por los hombres; el tema aparece en el fondo de Mc 2, 18-19) y no por exigencia de una ley patriarcal, administrada por varones, de tal forma que a su lado (precisamente a partir de la fidelidad matrimonial) puede multiplicarse la familia con cien madres, hermanos e hijos, con el campo compartido.   

 Multiplicación de la vida en amor, no de un capital independiente de ella. Dar/dejar todo por Jesús o el evangelio no es venderlo y darlo a los de fuera (Mc 10, 17-22), pues los pobres no están fuera, ni los miembros de la comunidad son unos ricos que venden lo que tienen, para seguir a Jesús a solas, sino hermanos que comparten lo que hacen y tienen. Sólo en ese contexto, la entrega de todo por el Reino (como en las alimentaciones: Mc 6, 35-44; 8, 1-11) puede convertirse en multiplicación de de economía (casas, campos) y familia (madres-hijos, hermanos-hermanas), sin capital independiente de la vida. Lo que Jesús quiere no es, por tanto, crear pequeñas islas de bienestar familiar y económico en un mundo, de pobres (con un capital separado), sino transformar la humanidad, desde los pobres, en comunicación gratuita de campos/trabajos y casas/familia[2].

-- Jesús no niega así, sino aumenta-centuplica el valor de la casa/familia y del campo/trabajo, creando espacios abiertos, en los que no existe ya un “padre” superior (que impone su voluntad desde arriba) ni un capital (que es también como ese padre dominador), sino comunidades de tipo materno, fraterno y filial, de trabajo, consumo y afecto. En el fondo de ese gesto (y del compromiso de la Iglesia) no hay por tanto una ascesis (renuncia, rechazo del mundo, quizá en la línea del Bautista), sino una búsqueda más alta de comunión humana y de riqueza, en forma de comunión gratuita de la vida, donde no existe dinero separado de ella (sino sólo como signo y medio de comunicación al servicio del mismo campo y casa compartida).

En este kairos (tiempo) el ciento por uno… y después la vida eterna. En principio Jesús no distinguía entre este tiempo (Reino en el mundo) y Vida eterna, pues ambos planos se hallaban vinculados en un mismo horizonte, con el ciento por uno en este mundo, prometiendo e iniciando un tipo de vida “eterna”, que puede mantenerse por encima de la muerte. Este es el programa radical del Padrenuestro de Mt 6, 10 donde se pide a Dios que se cumpla su voluntad en la tierra como se cumple en el cielo; es un programa de cielo revelado (realizado) en la tierra. Una tradición posterior ha separado esos momentos (ahora, en este mundo, y después, en la vida eterna…), pero en principio ellos estaban y siguen estando implicados.

         Jesús traza así un programa de transformación económico-social, partiendo del imaginario agrario de las aldeas de Galilea, donde vive y anuncia su reino. Frente al programa “capitalista primario de acumulación agraria y mercantil” de los herodianos, servidores de Roma, que concentra la propiedad de los campos en unas pocas manos de propietarios productores, con familias de obreros sometidos a su dictado, bajo el imperio de un dinero separado del despliegue de la vida concreta de los hombres, mujeres y niños, eleva aquí Jesús su programa y camino de recreación agrícola de cien familias que se unen para compartir propiedad, trabajo y comunicación de vida.

         Éste es un programa exigente, y por eso suscita la oposición no sólo de los propietarios más ricos, sino de los mismos “jerarcas religiosos” que vienen de Jerusalén, pues ellos defienden en el fondo un tipo de propiedad sagrada, con el señorío de unos que se imponen sobre otros. Este proyecto de familia abierta, donde se trasciende el “capital” (no hay posesión exclusiva de bienes, todo se comparte) y se supera el patriarcalismo familiar, social y religioso supone una inmensa protesta, un cambio de paradigma en la vida de los hombres y mujeres de Galilea y Palestina. Por eso ha suscitado el rechazo y persecución de la sociedad establecida, empezando por el mismo ambiente familiar de Jesús, donde algunos parientes le condenan. Desde ese fondo podemos afirmar que Jesús fue asesinado por promover este proyecto de comunicación familiar y económica[3].

Apéndice.  Comunión de bienes, dos modelos: Mc 10, 28-31 y Hch 2-4

 Mc 10, 28-31 evoca un proyecto de comunidad vital (familia), de trabajo y bienes, que Marcos ha situado en un momento clave de su evangelio, en el camino de ascenso a Jerusalén, un proyecto que puede y debe distinguirse del que Lucas ofrece en Hch 2-4, cuando habla de la primera comunidad Jerusalén (Pedro y los Doce al principio; Santiago y su grupo más tarde), pues en un caso estamos ante una comunidad de producción y consumo, mientras que en otro ante una de venta y consumo. Así la presenta Lucas

Los creyentes… vendían bienes y posesiones y las repartían según las necesidades de cada uno (Hch 2,45). Y no había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían casas o campos los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles, que daban a cada uno según su necesidad (4, 34). Todos los creyentes vivían en unión y tenían todas las cosas en común, dando a cada uno según su necesidad. Partían el pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón (Hch 2, 44-47).

         El libro de los Hechos describe así una asociación de despedida del mundo y preparación para el fin (que está llegando), una comunidad de venta de los bienes particulares y de consumo comunitario de lo así obtenido, pero no de producción, situándonos así ante una comunidad pasiva más bien pasiva: El tiempo ha terminado, y ya no tiene sentido producir nuevos bienes. Por eso, los creyentes venden sus posesiones (campos), dejan de trabajar y se preparan para el fin, consumiendo en común lo obtenido, hasta que llegue Cristo, en fraternidad hermosa, pero sin futuro en el mundo. A diferencia de eso, el texto de Marcos planifica una comunidad activa, de trabajo y producción, para obtener de esa manera el ciento por uno en bienes y familia, en ese mismo mundo. Por eso, los discípulos no venden ya los inmuebles (casas, campos) para así morir unidos, sino que los trabajan en común, para producir y compartir lo producido, en un contexto de familia ampliada.

         La comunidad de consumo de Hechos ofrece rasgos luminosos, pero olvida la producción y comunión que se logra a través del trabajo y de los hijos (¡especialmente destacados en Mc 10, 28-31!), y desemboca en una situación de pobreza material, como supone Gal 2, 10 y la colecta de Pablo (cf. 1 Cor 16, 1-3; 2 Cor 8-9; Rom 15, 25-27), cuando habla de los pobres de Jerusalén. Marcos, en cambio, propone, un familia de comunión y producción compartida de bienes, que no espera el fin del tiempo (que venga Cristo y resuelva desde fuera los problemas), sino que va creando espacios de vida enriquecida en este mundo (con riqueza del ciento por uno en madres, hermanos e hijos y abundancia de comida), vinculando dos temas centrales:

 (a) Multiplicación/transformación de familia (hermanos, madres, hijos), una “iglesia” de comunicación personal ampliada, abierta al futuro de los cien hijos, superando así un modelo tradicional de familia cerrada en sí misma (el mismo esquema aparece en Mc 3, 21. 31-35). Se trata de crear unos modelos distintos de comunión afectiva y de familia, superando sin duda un tipo de matrimonio monogámico de dominio patriarcal del marido sobre la mujer, de los padres sobre los hijos

(b) Multiplicación/transformación de las riquezas  (casas/campos, cf. 10, 22), en línea de propiedad, trabajo y consumo, no porque llega el Reino que lo resolverá todo, sino para que llegue precisamente el Reino.

En esa línea de Mc 10, 28-31 nos había situado ya Gn 12,1-9, donde se dice que Abrahán lo dejó todo para ponerse en camino hacia la tierra prometida de la humanidad reconciliada, esperando compartir no sólo la herencia de la tierra, sino una familia extensa (¡como las estrellas del cielo: Gen 15, 5!). El nuevo Abrahán que es Cristo profundiza ese modelo y nos ofrece una experiencia radical (centuplicada) de bienes y familia, tierra y pueblo, con un futuro abierto a los hijos, esto es, a la nueva humanidad. De esa forma hace posible el surgimiento y disfrute de unos valores económicos y familiares más altos (que son inseparables), con el ciento por uno de casas/campos, madres, hermanos, hermanas e hijos… (cf. Mc 3,34-35: pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre es mi hermano, mi hermana y mi madre).

Ciertamente, para que haya multiplicación/transformacón de bienes y familia ha de haber un tipo fuerte de renuncia (dejar casa y campos en sentido antiguo, como tuvo que hacer Abrahán…). Pero no es renuncia por renunciar, destruyendo lo que hay, sino para transforma y recrear lo que hay, de manera que los mismos bienes (casa, familia, campos) se conviertan en valor más alto, principio de vida eterna, en signo de abundancia ya en este mundo: Con la ayuda de Dios, en desprendimiento generoso, el hombre puede “salvarse” en la tierra, alcanzando el ciento por uno de bienes y familia. Ésta es la más honda y verdadera conversión de la riqueza, pues Jesús no ha venido a sacarnos de este mundo, sino a salvarnos en un mundo abierto al Reino.

 Frente a la dinámica de exclusión y egoísmo del mundo viejo, Jesús ha suscitado un camino de gratuidad que multiplica vida, bienes y familia, sin capital externo (desligado del trabajo, de la casa y campos). Allí donde los hombres inician ese camino su vida se transforma, avanzando por lugares y experiencias de creatividad y gozo sorprendente, de manera que podemos hablar de recuperación o recreación comunitaria de la economía. Los seguidores de Jesús lo dejan todo, en un nivel de gratuidad, pero así lo recuperan más gratuitamente, en clave de multiplicación (cf. Mc 6, 35-44 y 8, 1-8). Ciertamente, es necesario darlo todo, cada uno lo suyo, pero ese don es siembra de generosidad que permite recibirlo y disfrutarlo todo, de un modo más alto, el ciento por uno de grano sembrado, como sabe la parábola central de Mc 4, 3-9[4].

[1]  Esa forma de tratar cariñosamente a Dios resulta chocante (¡Dios no es un cariñito, sino una ley), y, por eso, Marcos la cita en arameo, conservando una tradición, que hallamos en varios textos del Nuevo Testamento (cf. Rom 8, 14; Gal 4, 6), aunque en otros casos el mismo Marcos la ha traducido al griego (Patêr: Mc 11, 25; 13, 32; cf. Mt 6, 9.32; Lc 6, 39; 23, 46 etc.). Esta relación de amor referida a Dios (¡Abba!) nos sitúa en los orígenes de la vida, allí donde el ser humano (como niño: cf. 9, 33-37; 10, 13-16) nace del amor. No es una palabra secreta, cuyo sentido deba precisarse con cuidado (como el Yahvé de Ex 3, 14), sino la más simple, aquella que el niño aprende y sabe al principio de su vida, al referirse de manera cariñosa y agradecida al padre/madre, que le han dado aquello que es y tien.

[2] Jesús no crea, según eso, una comunidad-iglesia particular, en medio de un gran mundo de pobres, sino una familia que se abre a todos, desde y con los pobres, una comunidad que no reserva nada para sí (en contra de otras), sino que lo comparte todo hacia dentro (los cien del propio grupo) y hacia fuera (los cien grupos semejantes). Mirada así, la iglesia no es una isla de riqueza y comunión en un mar de pobreza, sino un fermento de transformación de la humanidad, que supera un tipo de posesión y de uso particular/egoísta de riquezas (familiares, sociales, materiales), para compartirlas-disfrutarlas entre (con) todos los hombres y mujeres, en un plano más alto de comunicación.

[3] El cristiano supera así una economía egoísta, al servicio de sí misma (o de su pequeña familia), para crear espacios de vida compartida, en familia, trabajo y consumo, en línea de gratuidad laboral y multiplicación (con cien madres, hermanos…). Los que siguen a Jesús abandonan un modelo de vida social representada en aquel momento por el Imperio de Roma y el Templo de Jerusalén, con su dinero, porque han encontrado otro superior, definido por el Reino, donde ya no tiene sentido hablar ya de judíos y no judíos, de hombres y mujeres separados, pues desaparece la figura del padre dominador (representante de un tipo de estructura familiar y social patriarcalista) y surge así la nueva familia de hermanos-hermanas, madres-hijos, como ideal de más alta riqueza (del ciento por uno

[4] La nueva comunión o iglesia mesiánica (cien madres/hijos, hermanos/as) es principio de trabajo productivo y casa grande (espacio de familia: cien hermanos, madres, hijos) de todos los creyentes, siendo así expresión privilegiada de la economía cristiana. Dentro de ella, los hombres pierden poder patriarcal (¡el ciento por uno no incluye ya padres!), pero ganan humanidad mesiánica, integrados en el ámbito ampliado de relaciones horizontales (hermanos) y verticales (madres/hijos). En ese contexto, la fidelidad dual de los esposos (cf. 10, 1-12) recibe su sentido más hondo en el conjunto de los cien familiares de la Iglesia. En esa línea, el mismo desprendimiento radical de las riquezas, que han de ser ofrecidas a los pobres, se vuelve principio de comunicación. Sólo allí donde los miembros de la comunidad ofrecen hacia fuera (hacia los pobres) lo que tienen pueden compartirlo al interior del grupo, recibiendo el ciento por uno de aquello que han dado, pues la pobreza (vivida como gratuidad) es principio de más alta riqueza.

3 jun 2026

Viene el Papa con su mensaje: Doctrina social de la Iglesia

Antes se llamaba Robert Prevost, pero al ser elegido Papa, hace un año, tomó el nombre de León XIV, como sucesor del Papa León XIII (1878-2003), “creador” de la Doctrina social de la Iglesia, que los papas posteriores han precisado sistematizado, creando un “corpus” de teoría y práctica social que no tiene semejante en el mundo.

  Para los que quieran saber lo que piensa y de un modo especial lo que dirá en las Cortes de España, ante políticos e interesados, quiero ofrecer un resumen de la Doctrina social de la Iglesia, tal como ha sido condensada y explicada por un experto Norteamericano llamado D. G. Groody, No conozco ninguna que exprese mejor que élla Doctrina social de la Iglesia, desde una perspectiva norteamericana, muy semejante a la del Papa. También Groody ha sido “misionero” en hispanomérica, tabién Groory vincula el “espíritu” americano con el espíritu y misión de un tipo de iglesia universal.

  

         Una forma de entender la misión de la Iglesia es estudiar su enseñanza social. Los dos capítulos anteriores nos han llevado a examinar la visión cristiana de la justicia a la luz de las fuentes bíblicas y patrísticas. En este capítulo estudiaremos de manera más precisa algunos de los principios que guían y gobiernan esa visión. Estos principios, tomados en gran parte de la sabiduría bíblica y patrística, ofrecen una comprensión sistemática de aquello que la iglesia cree (ortodoxia) y de la forma en que ella vive y actúa (ortopraxia), partiendo de lo en lo que cree, particularmente en el campo de la caridad y la justicia. Después de algunas reflexiones de principio, examinaremos el contenido básico de la enseñanza social católica, para ver la forma en que ella presenta las exigencias sociales de la fe cristiana en un Dios de la Vida. El conocimiento de la enseñanza social católica, a la luz del Dios de la vida (a God of Life), y la utilización de esta frase como acrónimo [acróstico] para entender sus temas principales, nos ofrece un tipo de brújula, que puede ayudarnos para realizar nuestra navegación a través de las aguas tempestuosas de nuestro tiempo y edad.

DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA

UN FUNDAMENTO ÉTICO PARA LA TRANSFORMACIÓN GLOBAL

         En términos generales, la enseñanza social católica abarca todos los principios, conceptos, ideas, teorías y doctrinas que tratan de la vida y de la sociedad humana, tal como ella ha evolucionado en el tiempo, desde los días de la iglesia primitiva. La Doctrina social católica quiere combatir aquellas dimensiones de la sociedad que perjudican a la relación de los seres humanos con Dios, con los otros, con el entorno y con ellos mismos; al mismo tiempo, ella quiere promover aquellos factores que promueven esas relaciones. La Doctrina social católica no constituye, sin embargo, un cuerpo de doctrina ya fijado e inmutable, sino que ofrece una compresión progresiva de la misión social de la iglesia, dentro de un mundo dinámicamente cambiante. Esa doctrina, tiene un fundamento básicamente teológico, pero ella funda también sus reflexiones en la filosofía, la economía, la sociología y en otras ciencias sociales. A través de la vinculación de la teología con otras disciplinas académicas, la Doctrina social católica quiere entender mejor los desafíos del mundo actual y ofrecer así un fundamento ético para la transformación global.

         En términos más específicos, la Doctrina social católica se apoya en la doctrina de la Iglesia contemporánea y en los documentos y encíclicas de los papas que se han ocupado de los problemas sociales de la actualidad (véanse tablas 4 y 5). Aunque ya Benedicto XIV (1740-1758) había comenzado publicando encíclicas papales en el siglo dieciocho, la mayor parte de los estudiosos sostienen que la era de la Doctrina social católica comenzó con la publicación de la encíclica de León XIII, Rerun Novarum, en el año 1891. La serie de documentos que entonces comenzó crearon un “corte sísmico” en la enseñanza católica, poniendo a la Iglesia en solidaridad no con la elite económica y política de la sociedad, sino con la clase trabajadora y con los pobres. La Doctrina social católica reconoce que en la actualidad muchos son pobres no a causa de su vagancia, sino a causa de un sistema de estructuras, políticas e instituciones que limitan sus opciones y les mantienen en la pobreza.

Algunos documentos anteriores a Benedicto XV

León XIII 1891 Rerum Novarum, Sobre la condición del trabajo

Pío XI 1931 Quadragesimo Anno, Reconstrucción del orden social

Juan XXIII 1961 Mater et Magistra, Cristianismo y progreso social

Pablo VI 1967 Populorum Progressio, Progreso de los pueblos

Pablo VI 1975 Evangelii nuntiandi, Anuncio del evangelio

Juan Pablo II 1981  Laborum Exercens, El ejercicio del trabajo

Juan Pablo II 1992 Centesimus Annus, A los cien años

      

 

         El mensaje universal de la Doctrina social católica moderna está dirigido a todas las naciones y a todos los pueblos y se ocupa de los diversos aspectos del ser humano y del pleno desarrollo de cada persona (PP 42). No está dirigido sólo a los católicos, sino también a otras comunidades eclesiales, a otras religiones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Su finalidad no consiste en organizar la sociedad, sino en ofrecer un desafío, para guiar y formar la conciencia de la comunidad humana en la búsqueda de un nuevo orden social (CSDC 81). La Doctrina social católica considera el proceso de transformación social como un elemento integrante de su misión evangelizadora (SRS 41), que no se entiende ya de una manera proselitista, sino como una forma de ayudar a las personas a relacionarse entre sí, de unas maneras que sean impulsoras de vida, bajo la guía del Evangelio. Como indican los obispos, “la acción a favor de la justicia y la participación en la trasformación del mundo se nos presenta, plenamente, como una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio, o, dicho en otras palabras, de la misión de la Iglesia a favor de la redención de la raza humana y de su liberación de toda forma de situación opresora” (JW 6).

COMPRENDIENDO LA CARIDAD Y LA JUSTICIA

         En la Doctrina social católica, y entre aquellos que la comentan, hay una discusión significativa en lo referente a la relación entre caridad y justicia. Se trata de una distinción que ha ido precisándose a lo largo del tiempo, una discusión que resulta necesaria cuando nos ocupamos de aquello que se necesita para el cambio social. Según algunos, entre esos dos términos existe una diferencia tajante, pues la caridad implica el compromiso y servicio directo a favor de las personas que sufren bajo un tipo de necesidades inmediatas, como son los pobres. Por el contrario, la justicia implicaría un cambio institucional y una transformación de las estructuras sociales injustas. Esta línea de razonamiento quiere poner de relieve que los actos de caridad personal, tomados en sí mismos, resultan insuficientes para responder a las exigencias de la justicia.

         Pues bien, esta perspectiva tiene un defecto y es que ella reduce el alcance de la caridad cristiana y la identifica primariamente con dar limosnas. La caridad incluye el dar limosnas, pero implica mucho más. En la Doctrina social católica, la caridad cristiana (agapê) es un término mucho más extenso; ella está en el núcleo del mensaje del Evangelio y es la que hace posible la justicia (CEC 1889). La caridad no es, por tanto, algo que puede distinguirse de la justicia, sino, más bien, la virtud fundamental que está en el fondo de la justicia y que hace posible su despliegue. En otras palabras, caridad es aquello que se hace o se da por amor. La justicia, en cambio, aunque íntimamente relacionada con la caridad, indica aquello que se debe a cada persona, en cuanto ser humano. Caridad es “la virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas… y al prójimo como a nosotros mismos” (CEC 1822); por su parte, la justicia es “la virtud moral que consiste en… el deseo de dar a Dios y al prójimo aquello que les debemos” (CEC 1807). Como expresión de la caridad, la justicia comienza allí donde prestamos atención a las necesidades y derechos de cada persona, pero ella se expresa también allí donde nos esforzamos por transformar las estructuras sociales, dentro de unas redes sociales y de unas instituciones más amplias, que favorecen la vida (CDSC 208).

         El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas Est (26f), habla de la “caridad social” (DCE 29). Así escribe que la llamada cristiana para la realización de acciones caritativas nace del amor, pero “el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado” (DCE 20). El Papa indica que la caridad social se dirige hacia la transformación del orden social, aunque, en este proceso, el Estado y la Iglesia tienen funciones diferentes:

La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de conseguir una sociedad que sea lo más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que exige también siempre renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, a la Iglesia le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien (DCE 28).

         Según eso, la misión social de la Iglesia se expresa en la línea de la liberación de los oprimidos. La Iglesia busca la conversión de los opresores y la eliminación de las estructuras de opresión. Pues bien, ese gesto de oponerse a las fuentes de la injusticia, puede crear controversias y conflictos, especialmente entre aquellos que se aprovechan de esas estructuras opresoras.  

         Ciertamente, la caridad, entendida como ayuda directa, comienza cuidando de los cuerpos que bajan flotando por el río. Pero la misma caridad, entendida como justicia, se dirige también, en primer lugar, a la transformación de las estructuras sociales que son las causantes de que los cuerpos bajen flotando por el río.

         Un área donde los cuerpos flotan regularmente en el río es la frontera de USA con México. Los cuerpos de los inmigrantes indocumentados pueden hallarse no sólo en los canales, sino también en las montañas y en los desiertos, donde muchos mueren cuando intentan entrar en USA buscando trabajo. Respondiendo a estos problemas, los obispos de México y de los Estados Unidos han elevado su voz en contra de la muerte de miles de personas, a lo largo de la frontera. Ellos exigen que los individuos, las comunidades y los gobiernos busquen de inmediato la manera de remediar las necesidades de los inmigrantes y de sus familias. Pero, al mismo tiempo, se oponen al sistema económico global que es, ante todo, el causante de la migración de esos hombres y mujeres, y se oponen también a la política policial que les obliga a marchar a través de territorios muy peligrosos. En el área de la reforma de la inmigración, lo mismo que en otras áreas, el compromiso de la Iglesia a favor de la justicia social proviene del convencimiento de que la liberación comienza ya desde ahora, en esta tierra, a pesar de que ella, la Iglesia, aguarda con esperanza la hora en que todas las relaciones humanas sean justas, cuando Cristo vuelva otra vez, al final de los tiempos.

 

TRES DIMENSIONES DE LA JUSTICIA SOCIAL

Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce la necesidad y la función de la ley civil y criminal; pero ella entiende la justicia de un modo más amplio y no sólo en términos jurídicos. En un mundo que no responde al orden de Dios pueden llegar incluso a legalizarse una serie de leyes injustas, que benefician a los poderes y excluyen a los débiles. En contra de eso, cuando habla de la justicia social, la Doctrina social católica tiene que trazar ciertas normas básicas. Apoyándose en una rica tradición intelectual, que se expresa de un modo especial en Santo Tomás de Aquino y en la reflexión filosófica posterior, la Doctrina social católica empieza distinguiendo tres dimensiones primarias de la justicia social: justicia conmutativa, justicia contributiva y justicia distributiva.

  

Justicia conmutativa. La justicia conmutativa o contractual se ocupa de las relaciones entre individuos, grupos y clases sociales. Este aspecto de la justicia constituye el principio básico sobre el que se edifica la sociedad, pues se ocupa de la forma en que los individuos establecen relaciones y acuerdos entre ellos. La justicia conmutativa se relaciona con el dar y tomar que forma parte de estas relaciones y de los beneficios y responsabilidades que provienen de ellas. Ella trata de asegurar que la dignidad humana y la responsabilidad social sean el fundamento de todas las transacciones, contratos y promesas de tipo económico: según ella, los dadores de trabajo tienen la obligación de ofrecer a sus trabajadores unas condiciones de trabajo que sean dignas, pagándoles unos salarios justos; por su parte, los trabajadores tienen el deber de responder a los empleadores o empresarios con un trabajo concienzudo y diligente, a cambio de los salarios que reciben (EJA 69).

Justicia contributiva. Mientras que la justicia conmutativa se ocupa de las relaciones de unos individuos con otros, la justicia contributiva se ocupa de las relaciones de los individuos con la sociedad en su conjunto. Esta justicia va en contra de aquellos que se aprovechan de un modo desleal del conjunto del sistema, apelando a sus derechos, pero sin asumir en modo alguno sus responsabilidades con respecto al colectivo más amplio del cuerpo social. La justicia contributiva pone de relieve la responsabilidad de los individuos en relación con el bien común, lo que significa que hombres y mujeres tienen el deber de ocuparse no sólo de su propio bienestar, sino también del bienestar de los otros. Una parte de esa responsabilidad viene a cumplirse a través de la participación en la vida civil de la comunidad, pagando los impuestos y ejerciendo el derecho del voto.

Justicia distributiva. Mientras los individuos tienen una responsabilidad respecto al bien común, la sociedad en su conjunto tiene una obligación que cumplir respecto a los individuos y también a los grupos. Esta justicia se ocupa de las relaciones del todo con las partes y procura ofrecer a los individuos un mínimo de bienes y recursos materiales, necesarios para que ellos puedan disfrutar de una vida humana y digna. Como miembros de una comunidad humana, los individuos tienen el derecho de que sus necesidades básicas estén cubiertas, a no ser que una absoluta escasez lo haga imposible. La justicia distributiva busca el bienestar de todos los miembros de la comunidad, lo que implica que la comunidad debe salvaguardar y proteger los derechos básicos de cada uno. Ella pone también un énfasis especial en proteger a los miembros más débiles de la sociedad, buscando una mayor solidaridad con los pobres.

         Vinculando la justicia conmutativa, contributiva y distributiva, de manera que formen un todo, la justicia social trata de la forma en que se organiza una sociedad y de la forma en que sus individuos y sus instituciones se organizan e interactúan unas con otras. En la raíz de la justicia social se encuentra el respeto por la dignidad de cada persona humana y el compromiso superior a favor del bien común. Cuando se cumplen esas condiciones, los hombres y mujeres tienen aquello que necesitan para llegar a ser aquello a lo que están llamados a ser ante Dios, dentro de la comunidad humana.

UN DIOS DE VIDA: UNA MATRIZ PARA COMPRENDER

LA DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA

         La Doctrina social católica moderna está constituida por un cuerpo relativamente extenso, formado por materiales que han sido recogidos y unidos a lo largo de un largo período de tiempo, materiales escritos por autores distintos, que han utilizado metodologías distintas y que se han enfrentado con problemas sociales diferentes. Sin embargo, todos esos documentos reciben su inspiración básica de una fuente primaria: la fe común en Jesucristo, en el que se revela un Dios de Vida. Muchos de los problemas sociales de los que se ocupa la Rerum Novarum, en 1898, siguen existiendo todavía; algunos se ha vuelto aun más graves. Más aún, muchas de las preocupaciones éticas destacadas por León XIII siguen siendo, por desgracia, las mismas que ha puesto de relieve Juan Pablo II un siglo más tarde.

          

   Análisis de la realidad social

        La Doctrina social católica comienza señalando los problemas sociales opresores de cada día y de cada edad, para analizarlos después desde la luz del Evangelio. Estos problemas están vinculados con trabajo, familia, guerra, racismo, pobreza, inmigración, eutanasia, armas nucleares, economía, cuidado médico, investigación científica, política, cultura, aborto, pena de muerte, entorno y otras materias que se relacionan con la vida humana, la dignidad humana y el bien común. La Doctrina social católica está interesada en las cuestiones que esos temas plantean a la conciencia humana y en los valores que deben ser promovidos y en las acciones que deben realizarse a fin de lograr que surja un mundo justo, ordenado y pacífico. Este análisis es como una espada de dos filos: por una parte pone de relieve, de un modo crítico, las dimensiones negativas de una sociedad que empequeñece a algunos, deshumaniza a otros y degrada el entorno; por otra parte, quiere promover en la sociedad aquellas fuerzas positivas que dignifican, humanizan y sostienen los frágiles vínculos que nos une a todos, formando una familia humana.

         La tarea del análisis comienza con una descripción precisa del mundo, tal como ahora existe, para preguntarnos después cuál es el mundo que Dios quiere, qué clase de sociedad necesitan los seres humanos y que tipo de sistema puede ser respetuoso con el entorno. Al analizar los “signos de los tiempos”, la Doctrina social católica moderna quiere comprender aquello que la Narrativa del Evangelio dice a una sociedad global que está marcada, especialmente en Occidente, por un capitalismo industrial avanzado. Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce los aspectos positivos del capitalismo, pero ella afirma también que el sistema capitalista tiene sus límites, de tal forma que si no se modera y si no se deja cambiar por imperativos morales, ese sistema puede lesionar e incluso destruir la integridad de la comunidad humana.

         La Doctrina social católica analiza el orden social, desde una perspectiva global y local, utilizando para ello los documentos dirigidos a la Iglesia universal y a las iglesias particulares (cf. tablas 4 y 5). Los documentos dirigidos a la Iglesia universal ofrecen los elementos teológicos más amplios y los principios morales que se derivan de la fe en un Dios de Vida y que ofrecen su luz sobre las cuestiones sociales más importantes del mundo. Los documentos dirigidos a las iglesias particulares tratan de la forma en que se concretan y adaptan aquellos principios universales, para elaborarlos después de un modo consecuente, por medio de las diversas reuniones, discursos y documentos de los dirigentes de cada iglesia particular. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CSDC), publicado el año 2004 por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, sintetiza muchas de las enseñanzas de la Iglesia universal y de las iglesias particulares y ofrece un paso en adelante en la tarea de presentar una visión sistemática de la Doctrina social católica. Tomados en conjunto, esos documentos quieren exponer lo que esa enseñanza social significa dentro de los desafíos específicos que se plantean a nivel nacional, estatal y continental (SRS 9 y OA 4).

 

         Al analizar las estructuras culturales, políticas, económicas, sociales y religiosas que determinan el desarrollo de la civilización, la Doctrina social católica se enfrenta con los problemas que impiden el desarrollo, problemas como el hambre, el analfabetismo, una asistencia sanitaria inadecuada, malas condiciones de salubridad, contaminación ambiental, corrupción, inestabilidad política y económica y estructuras sociales inadecuadas (PP 56-61). La Doctrina social católica denuncia esas malformaciones como contrarias a la voluntad del Dios de la Vida. Al mismo tiempo, ella proclama la voluntad del mismo Dios a través de su compromiso a favor de la paz, de la justicia y de los derechos humanos (RM 42).

    Gratuidad de Dios

         El análisis social comienza con el estudio de la realidad; la teología, en cambio, comienza con la gratuidad de Dios. La gratuidad de Dios implica que todo es un don: todo lo que somos, todo lo que poseemos, todo aquello en lo que vivimos, todos aquellos a los que pertenecemos. En contra de una sociedad que, de manera progresiva, está interpretando la vida en términos de logros que nosotros mismos conseguimos y de posesiones que logramos alcanzar con nuestro esfuerzo, la Doctrina social católica cree que todo lo que existe brota, como don de amor, del Dios de la Vida.

         Desde el comienzo, el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27), fueron llamados a encarnar visiblemente la gratuidad de Dios en un jardín de vida, donde los seres humanos habían sido colocados para cultivar los campos, como administradores de los bienes de la tierra (CSDC 26). La Doctrina social católica reconoce que la gratuidad de Dios constituye un don inmerecido, pero esa gratuidad exige también nuestra respuesta, pues nos pide que vivamos y amemos como Dios lo hace (Jn 13, 34).

         La Doctrina social católica fundamenta sus principios éticos en el convencimiento creyente de que la gratuidad de Dios se ha manifestado especialmente en el don del Hijo de Dios, que no ha venido a la tierra y se ha encarnado, pero no a causa de los méritos de la humanidad, sino a causa del propio deseo de Dios, pues él (Dios) ha querido ofrecer nueva vida y curar a un mundo roto. A no ser que uno descubra la gratuidad de Dios como punto de partida para la reflexión ética, la moralidad personal y social podrían venir a interpretarse y prescribirse como un conjunto de reglas y reglamentaciones arbitrarias, dictadas por un Dios-Policía e impuestas de manera rígida por los jerarcas de la Iglesia.

         Pues bien, la moralidad personal y social brotan del don antecedente (a priori) de un Dios que da la vida y que se da a sí mismo; de esa forma, la moralidad del hombre surge como una respuesta al amor, como un deseo de dar como a uno le han dado, de amar como le han amado, conformando así la propia vida de acuerdo con aquel que es Dador de Vida. Según eso, seguir a Jesús significa modelar la propia existencia según la gracia y misericordia de Dios, amando a los otros sin ponerles condiciones, descubriendo así nuestras conexiones con el conjunto de la familia humana, que ha sido creada por el Dios de la Vida y que, a pesar de que se encuentra oprimida por el pecado, ha sido redimida por amor. Sólo apoyándose en el amor gratuito de Dios, revelado en Jesucristo, la iglesia puede hablar de justicia social y de una nueva moralidad.     

Una sociedad ordenada hacia el Bien Común

         Para que cada ser humano pueda llegar a ser verdaderamente aquello que Dios quiere, la Doctrina social católica pone de relieve el imperativo de ordenar la sociedad conforme al bien común de todos los pueblos. La Doctrina social católica entiende el bien común como la suma total de condiciones sociales que capacitan a los individuos y a los grupos para que puedan conseguir, de una manera más plena y consecuente, la plenitud de la vida humana, a través de un orden justo de la sociedad (GS 26, 74).

         La primera encíclica de la Doctrina social católica moderna, que puso de relieve el tema de la justa ordenación de la sociedad, fue la del Papa León XIII, Rerum Novarum. Fue escrita en el contexto de explotación de los trabajadores, durante la Revolución Industrial. Esa encíclica ofreció una visión de una sociedad que debía estar fundada en una comprensión humana del trabajo, en el derecho a la propiedad particular, en el principio de la colaboración (y no del conflicto de clases), en la dignidad de los pobres, en los derechos de los débiles, en la obligación de los ricos, en el establecimiento de la justicia y en el derecho de sindicación de los obreros. Cuarenta años más tarde, tras la depresión y la crisis económica de 1929, el Papa Pío XI publicó la encíclica Quadragesimo Anno. Cuando las polaridades económicas comenzaron a empeorar en todo el mundo, este documento puso de relieve que el capital debe colaborar con los trabajadores y no explotarlos (QA 23). Cien años después de la encíclica Rerum Novarum, y reconociendo que la economía global fáctica no tenía en cuenta todavía los derechos de los pobres, el Papa Juan Pablo II escribió la Centesimus Annus, con el fin de poner de relieve la importancia del bien común, en relación con las necesidades de toda la familia humana (CA 58).

         Uno de los medios fundamentales de la sociedad para organizarse a sí misma es buscar la justicia económica. Según eso, la salud de una economía no se mide en términos de estadísticas financieras, centradas en el producto nacional bruto o en los precios de la bolsa de valores, sino teniendo en cuenta la forma en que la economía afecta a la cualidad de vida de la comunidad en su conjunto (EJA introd. 14). Una economía bien organizada debe configurarse teniendo en cuenta estas tres preguntas: ¿Qué hace la economía a favor del pueblo? ¿Qué es lo que ella hace al pueblo? Y ¿cómo participa en pueblo lo en ella? (EJA 1). Por encima de todo, hay que poner de relieve el impacto de la economía sobre los pobres, La justicia económica exige que los recursos del mundo se compartan de un modo equitativo, que se respeten los derechos de los trabajadores, que las decisiones económica (y aquellos que las deciden) se preocupen más por el bien común y, en resumen, que la economía esté al servicio de los seres humanos y no los seres humanos al servicio de la economía.

         Cuando se tienen en cuenta las exigencias del bien común y se atienden a los requerimientos de la justicia distributiva, hay que ir en contra de aquellos tipos de vida y de aquellas políticas e instituciones sociales que influyen de manera negativa en los pobres (EJA Introd. 16). La Doctrina social católica busca la transformación de las formas de política y de los sistemas creados con finalidades egoístas, de tipo individual y colectivo, que se institucionalizan (e incluso se legalizan) de un modo social, contribuyendo al subdesarrollo y a la degradación de los pobres. Cuando examinaron las estructuras sociales a la luz del bien común, los obispos de USA destacaron lo siguiente: “Las decisiones se deben juzgar a la luz de lo que ellas realizan a favor de los pobres, teniendo en cuenta lo que hacen a los pobres y de lo que permiten que los pobres hagan por sí mismos” (EJA 24).

         La lucha a favor de una sociedad más justa está relacionada también con la búsqueda de la paz y, según eso, gran parte de la Doctrina social católica se construye teniendo como meta la visión de una sociedad pacificada. La paz es una dimensión importante de la Doctrina social católica, pero un tratamiento exhaustivo del tema va más allá de la finalidad de este capítulo. Aquí basta con poner de relieve que la paz es fruto de la justicia que ella se encuentra íntimamente relacionada con el desarrollo y el empoderamiento de los países y de los individuos pobres (CA 5). La paz es mucho más que una ausencia de guerra y más que un equilibrio de poder entre enemigos; ella es el resultado de una sociedad que se organiza de manera recta y, en último término, ella es un don que fruye del Dios de la Vida (CP 68).      

Dignidad de la persona humana

         Según la Doctrina social católica, una sociedad está ordenada cuando no se estructura y funciona conforme a los principios de la máxima ganancia, de las necesidades de la nación o de la codicia descontrolada de algunos seres humanos, sino que funciona, en último término, conforme a los principios intrínsecos de la riqueza, libertad y dignidad de cada persona humana (GS 26). La Doctrina social católica cree que los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27), tienen, por el mismo hecho de existir, un valor propio, una dignidad y una distinción inherente a su misma vida. Esto significa que Dios está presente en cada persona, sea cual fuere su raza, nación, sexo, orientación afectiva, su cultura o economía. La Doctrina social católica afirma que todos los seres humanos han de ver en cada persona humana dos cosas, un reflejo de Dios y una figura de ellos mismos, de manera que deben honrar y respetar la dignidad de cada persona como don divino (GS 26-27).

         La Doctrina social católica dirige su atención especial, dentro de la sociedad, a aquellos cuya dignidad se encuentra disminuida, negada o dañada, o también a aquellos que, pareciendo que ya no son útiles, acaban siendo rechazados o descartados. También destaca el valor de las personas que realizan trabajos deshumanizadores. Actualmente, muchos trabajadores se sienten alienados en su trabajo, como si no fueran más que un engranaje sustituible de una gran máquina industrial, sin tener una conexión creativa con su trabajo y sin esperanza de alcanzar otro trabajo que sea más significativa para ellos.

         La Doctrina social católica aboga en especial por aquellos a quienes la sociedad descarta como improductivos, poniendo de relieve los derechos de los pobres, de los ancianos, de los enfermos y de otros que son más vulnerables. Al asumir la voz del Dios de la vida, la Iglesia cree que la dimensión central de su misión consiste en promover la dignidad de cada persona, elevando su protesta allí donde los pobres, los últimos y los débiles se encuentran más amenazados.

    Opción por los pobres

         A la luz de la gran diferencia que existe entre naciones ricas y pueblos pobres, uno de los medios principales por los cuales la Iglesia defiende la dignidad humana es dando prioridad a las necesidades de los pobres. Enraizada en las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su forma de atender a los necesitados, la opción de la Iglesia a favor de los pobres pone de manifiesto su compromiso de ponerse al lado de aquellos a quienes la sociedad minusvalora, tomándolos como insignificantes, compromiso que se expresa en su responsabilidad a favor de ellos, para su liberación integral y su desarrollo humano. La opción por los pobres está presente en todos los documentos de la Doctrina social católica y de un modo especial en los escritos de Juan Pablo II:

Ésta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia…Pero hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor (SRS 42).

         Esta opción incluye no sólo un compromiso a favor del pueblo, sino también a favor de culturas cuya misma existencia se encuentra en peligro por el proceso de la globalización.

         La opción por los pobres constituye también una manera de potenciar el poder de todos, para que participen en los bienes comunes, un camino que empieza respondiendo a las necesidades de todos, en especial de aquellos que se encuentran en mayor necesidad (EJA Introd 16). Esta opción exige llegar hasta todos aquellos que son débiles, de cualquier forma que fuere, hablando por los que no tienen voz, defendiendo a los que carecen de defensa (EJA Introd. 16) y capacitándoles para convertirse en agentes de la realización de su propio destino. La opción por los pobres es también una manera de recordarnos que, como hijos de un Creador común, todos nosotros somos responsables, los unos por los otros (SRS 38). Esta opción quiere expresar, al menos en parte, la promesa escatológica del Reino de Dios, donde aquellos que ahora están excluidos encontrarán un lugar en la mesa del banquete común (SRS 33; PP 47).

         Juan Pablo II afirmaba que esta opción implica que “las necesidades de los pobres deben tener preferencia sobre los deseos de los ricos; que los derechos de los trabajadores tienen preferencia sobre las exigencias de una ganancia máxima; que la preservación del entorno importa más que una expansión industrial incontrolada y que la producción para remediar las necesidades sociales está por encima de las necesidades de una producción para fines militares”. El criterio particular más importante de la salud de una sociedad está en la forma en que ella trata a sus miembros más vulnerables y en la forma en que responde a las necesidades de los pobres, a través de sus políticas sociales (EJA 123). Me ocuparé más extensamente de este tema de la opción por los pobres en el cap. 7, al tratar de la teología de la liberación.  

  La libertad como derecho y como responsabilidad

         En principio, la Doctrina social católica no trata de leyes, regulaciones einstrucciones difíciles de cumplir, sino sobre la libertad, en su aspecto genuino, espiritual. Esta libertad tiene dos dimensiones centrales: es libertad del pecado y libertad para el amor. Más que capacidad de hacer simplemente aquello que uno desea, sin interferencias externas, esta libertad quiere salvaguardar la dignidad humana, protegiendo a los seres humanos, para que no caigan bajo el peso de la opresión y de la explotación. Al mismo tiempo, ella impulsa a los seres humanos, a quienes Dios ha dotado de libre albedrío, para que respondan asumiendo la tarea de su deber humano, contribuyendo al bien común, a través de su servicio a los demás. Esta respuesta, conformada por la fe cristiana, está orientada hacia los demás, de manera que la Doctrina social católica considera el don de sí mismo y el sacrificio a favor de los demás como la expresión más alta de un corazón liberado.

         Conforme al lenguaje de la Doctrina social católica, esta libertad se expresa en términos de derechos fundamentales y de responsabilidades fundamentales. La libertad implica que los seres humanos están dotados de ciertos derechos inherentes e inviolables, inalienables y universales (PT 9). Estos derechos abarcan la satisfacción de ciertas necesidades materiales básicas y la protección de ciertas relaciones. Entre esos derechos se incluye el de recibir todo lo que hombres y mujeres “necesitan para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado y el derecho a fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26). Estos derechos implican que los hombres y mujeres tengan acceso a la comida adecuada, a los vestidos, casa, cuidados médicos, educación, trabajo y servicios sociales, pues todas esas cosas son necesarias para poder desarrollar unas vidas dignas.

         Al lado de estos derechos fundamentales, la Doctrina social católica habla también de unas responsabilidades y deberes, que son necesarios para el bien común. Esto significa que, conforme a la Doctrina social católica, los derechos y las responsabilidades resultan inseparables. Así lo puso de relieve Juan XXIII: “Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen” (PT 30).

         Los derechos fundamentales implican no sólo unos derechos civiles, políticos, culturales y sociales, sino también económicos (EJA Introd. 30), entre los cuales se encuentra el derecho a la propiedad privada. La Doctrina social católica reconoce que la propiedad privada puede ser un incentivo para la productividad y un medio para administrar la sociedad de una forma eficiente, pero reconoce que no se trata de un derecho absoluto, pues los dones de la tierra han de ponerse al servicio de la humanidad, de tal forma que todos los pueblos y personas puedan desarrollarse de un modo adecuado. Juan Pablo II lo dice de esta forma: “En efecto, sobre la propiedad privada grava una hipoteca social  es decir, esa propiedad posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes” (SRS 42).

         En otras palabras, en la Doctrina social católica, la propiedad no es un derecho absoluto, pues nosotros no somos los propietarios absolutos de ninguna propiedad; y, además, todos los bienes que consideramos privados tienen una dimensión común. La Gaudium et Spes va más lejos aún y afirma que las personas que se encuentran en estado de necesidad “tienen el derecho de tomar lo que necesitan de las riquezas de los otros” (GS 69). Negar las exigencias de la justicia distributiva, con la creencia equivocada de que Dios “bendice” a unos pocos privilegiados, mientras que rechaza a las masas de la gente pobre que vive en el mundo, es equivalente a una herejía.

         En nuestra cultura contemporánea global, donde los intereses económicos toman a menudo la prioridad sobre todos los otros temas, la Doctrina social católica pone de relieve la primacía de los derechos y los coloca en el punto de partida de todas las decisiones que deban tomarse. Al preocuparse por el bien común, la Doctrina social católica, va en contra de las mentalidades y de las formas de actuación que tienden al amontonamiento y acumulación de fortunas personales, mientras que el resto de la población padece miseria. Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce el valor de la creación de riqueza a través de mercados e incentivos financieros; pero, a su juicio, esa creación de riqueza constituye sólo un medio que pone las bases para que sea posible un florecimiento humano. Según eso, la eficiencia económica no es un fin en sí mismo, sino que sólo tiene sentido en un contexto de valores comunitarios, al servicio de la igualdad, dentro de una visión más amplia del bien común. La Doctrina social católica ha puesto de relieve el convencimiento de que un mayor poder económico debe suscitar una mayor disponibilidad, una riqueza mayor ha de expresarse en una responsabilidad mayor y los derechos  

La vida como un don sagrado

         El hilo de oro con el que se teje la Doctrina social católica y que va vinculando todos sus documentos más importantes es el valor sagrado de la vida humana. Esta idea aparece más de mil trescientas veces en los documentos de la Iglesia universal. La Doctrina social católica pone de relieve el valor de la vida humana en todos sus estadios, en todas sus dimensiones, en todas sus manifestaciones. El hecho de afirmar el valor sacrosanto de toda vida no significa que la Doctrina social católica niegue la realidad de la muerte, sino que muestra que todos los seres humanos han sido dotados con un don y un valor biológico y espiritual que debe ser honrado y respetado.

         La Doctrina social católica afirma también que esta vida ha sido elevada a un nivel pleno y más alto a través de la vida, muerte y resurrección de Cristo, que ha suscitado una nueva creación y nos ha dado una vida nueva: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10), Esto no significa que la Doctrina social católica está interesada sólo en la vida espiritual de las personas o sólo en la prolongación de la vida biológica, sino más bien en la cualidad de la vida, en la que vienen a expresarse los designios de un Dios providente que desea el desarrollo integral y pleno de cada persona, en comunidad con la otras. Al defender, promover y cultivar la vida, la Doctrina social católica se está ocupando de la vida en este mundo, de la vida en el mundo futuro y de las relaciones entre las dos.

         A través de algunas de sus algunas afirmaciones, con este hilo de oro de la vida, la Doctrina social católica teje su vestido teológico, de una sola pieza, que puede llamarse “túnica inconsútil” (sin costuras, sin roturas). Esta túnica alude directamente a la crucifixión de Jesús, cuando los soldados romanos dividieron y distribuyeron sus vestidos, jugando a suertes (Mt 27, 28). Esta túnica expresa también simbólicamente la solidaridad de Jesús con aquellos que sufren injustamente y han sido sentenciados a muerte, de un modo o de otro. La Doctrina social católica enseña que la vida no puede ser rasgada de ninguna forma (la túnica no puede romperse), ni puede ser objeto de posesión o utilización, de ninguna forma, por ninguna autoridad.

         El símbolo de la túnica inconsútil afirma también que existe una visión ética del conjunto de la vida, desde la concepción (en el vientre de la madre) hasta la tumba, una visión que se mantiene firme en medio de todos los problemas sociales, “desde el vientre hasta la tumba”. La Doctrina social católica promueve activamente “una cultura de la vida”, y al mismo tiempo denuncia una “cultura de la muerte”, tal como ella se manifiesta, sobre todo, en el asesinato, el genocidio, el aborto, la tortura, las condiciones de inhumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, la guerra, el racismo, la deportación, la esclavitud, la prostitución, la venta y explotación de mujeres y niños, las condiciones opresoras de trabajo, el sexismo, la pobreza, la eutanasia, la pena de muerte, la contaminación que va en contra de la vida y otros males de este tipo (EV 3, 40, 56ss; EA 63; EJA 179).

         Tras la denuncia de todos esos males está la afirmación de que la vida humana ha de ser el criterio fundamental desde el que debe medirse todo el progreso económico, político, social y cultural. Al ponerse a favor de una ética unitaria de la vida, a pesar de admitir ciertas distinciones, la Doctrina social católica afirma que no se puede combatir una injusticia defendiendo, sin embargo, otra. Así lo puso ya de relieve Martin Luther King, Jr.: “En cualquier forma o lugar, la injusticia constituye una amenaza en contra de todo tipo de justicia”.

         En esalínea por ejemplo, la Iglesia reconoce que tanto el aborto como la pena de muerte destruyen el auténtico tejido de la vida, de la que da testimonio la Iglesia. Ciertamente, los rasgos concretos del aborto y de la pena de muerte son distintos; pero, al final, hay un mismo argumento en contra de ellos, un argumento que se funda en la defensa de la vida, que es el principio de todos los presupuestos morales. Ese argumento supone que las acciones destructoras no solamente golpean; dañan e injurian a las víctimas, sino que ellas degradan, disminuyen y deshumanizan a los que injurian a los otros. No puede existir una civilización sin que ella está firmemente fundada en el respeto a la vida.

 

Implicación de todos en la creación de un nuevo orden social

         La Doctrina social católica enseña que una de las funciones primarias del gobierno consiste en proteger los derechos de los individuos; pero, al mismo tiempo, una responsabilidad primaria de los individuos consiste en contribuir al progreso de la comunidad humana. La Doctrina social católica pone de relieve que todos los hombres y mujeres han de estar implicados en la construcción de un nuevo orden social, aunque todos ellos contribuyan de diversas formas. Esto significa que la justicia ha de ser elaborada partiendo de todos los niveles de la sociedad, desde es el nivel más particular hasta el más global, desde la familia hasta los estratos más altos del gobierno.

         La globalización hace que las grandes decisiones queden, cada vez más, en manos de los líderes del más alto nivel en el plano político y económico. De esa manera, son cada vez más las personas que se sienten excluidas del ámbito de las fuerzas económicas, sociales y políticas que dominan sus vidas. Pues bien, desde ese fondo resulta cada vez más importante la noción de la colaboración de todos. El hecho de excluir a muchos hombres y mujeres de la participación social va en contra de la naturaleza social y de la vocación comunitaria de los seres humanos (EJA 78). En su dimensión social, la Doctrina social católica afirma que los individuos y sus familias no existen al servicio del Estado, sino al contrario, es el Estado el que existe para los individuos y las familias.

A veces, la Doctrina social católica habla de la implicación y participación en términos de “subsidiaridad”. Esta palabra, acuñada originalmente por el Papa Pío XI, el año 1931, en la Quadragesimo Anno, proviene de una raíz latina que significa “asistencia”. La subsidiaridad supone que el ejercicio del poder ha de desplegarse, en lo posible, a partir de las unidades sociales más pequeñas, más localizadas (QA 79). La Doctrina social católica reconoce que algunas tareas han de realizarse desde un nivel local, mientras que otras pertenecen a un nivel más amplio, de tipo nacional.

El principio de subsidiaridad supone que, muy a menudo, las mejores decisiones han de tomarse en nivel local, lo más cerca posible del pueblo que será afectado por ellas. Eso significa que las decisiones que afectan a los grupos menores han de tomarse desde las entidades más pequeñas. Pero ese mismo principio exige que podamos movernos también hacia arriba, hacia unas entidades más amplias, llegando incluso a unos cuerpos transnacionales, si es que ello sirve mejor al bien común y vale para proteger los derechos de la gente.

         En este sentido, la subsidiaridad supone un correctivo, en contra de la concentración de poderes y recursos en manos de una elite privilegiada. Ella permite poner límites a los gobiernos, impidiendo que ellos tomen un control totalitario sobre los grupos más pequeños, como pueden ser los individuos, las familias y las organizaciones locales, para que esos grupos no terminen perdiendo todo poder.

         La Doctrina social católica reconoce que el comportamiento cívico responsable constituye una virtud y toma la implicación de los ciudadanos en la política como una obligación moral. Los obispos de los Estados Unidos recuerdan a los católicos: “Cada voz es importante en el foro público. Cada voto tiene un valor. Cada acto de ciudadanía responsable constituye un ejercicio significativo de poder individual”. En el último nivel, la forma básica de participación es el voto y, por tanto, la renuncia al voto es un fallo moral (CEC 2240). Un Dios de Vida desafía a todos para que se impliquen en la construcción de una civilización de amor.

 

Familia de sangre y familia de humanidad

         Como criaturas racionales, no podemos conocer quienes somos y lo que estamos llamados a conseguir a no ser que sepamos a quien pertenecemos. La enseñanza social católica entiende la familia como aquella red primaria de relaciones en las que una persona se desarrolla, es decir, como la célula fundamental de la sociedad y de la iglesia (PT 16; LG 11). En un tiempo en el que se da gran importancia a la competencia entre individuos y a la productividad del mercado – dos realidades que influyen mucho en las relaciones humanas –, la Doctrina social católica concede una gran valor a la promoción y protección de la vida de familia. La Doctrina social católica se ocupa de un modo consecuente de todos aquellos aspectos de la sociedad que influyen de un modo negativo en las relaciones familiares, intentando oponerse a las fuerzas que amenazan con romper los lazos que vinculan a los miembros de la familia (EJA 93). Ella reconoce que el mismo futuro del planeta está relacionado de un modo esencial con el funcionamiento saludable de la vida de familia (GS 47) y, de una forma consecuente, insiste en la protección de los vínculos del matrimonio, en los salarios que permiten vivir con dignidad, en el cuidado sanitario, en la posibilidad de que todos tengan viviendas dignas, en las libertades religiosas e incluso en el derecho a emigrar, cuando sea necesario (FC 46).

         Por encima de todas las diferencias nacionales, sociales, culturales, raciales, económicas e ideológica, la Doctrina social católica entiende la familia particular de cada uno como parte integral de una familia global, que es la familia humana. Esta visión se encuentra íntimamente conectada tanto con la opción a favor de los pobres como con el tema de la solidaridad humana. La solidaridad es una forma de amistad y de caridad social que vincula a todos los miembros de la familia humana. Juan Pablo II afirmaba que la solidaridad se encuentra profundamente vinculada con un sentido más global de la responsabilidad y ponía en guardia contre el peligro de tomarla sin más “como un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, ella es la determinación firme y perseverante de comprometerse a favor del bien común; es decir, a favor del bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS 38).

         Las actitudes de racismo y xenofobia son la antítesis de la solidaridad y ellas no hacen más que alienar a los hombres y mujeres, separándoles a unos de otros, de manera que nos convierten en ciegos, incapaces de ver nuestras conexiones con el Dios de la Vida y las conexiones de unos con otros. La Iglesia denuncia, por opuesta a los principios que fundan una civilización del amor, toda actitud y política que sirve para discriminar a los débiles, a los que sufren algún tipo de inferioridad, a los enfermos, ancianos, inmigrantes, a los niños y carentes de hogar, a los forasteros y a aquellos que pertenecen a una iglesia o a una religión distinta. Juan Pablo II creía que aquellos que están esclavizados por actitudes de prejuicio racial o de animosidad étnica son víctimas de una bancarrota moral, de manera que el único recurso que tienen para lograr una solvencia ética es el recurso a la solidaridad humana.

         Preocuparse por la familia humana en su conjunto implica responder al hambre, a la miseria y a la pobreza de los seres humanos. Dado que existe una interconexión fundamental entre todos, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás no solamente va en contra de los pobres, sino que perjudica a los ricos. Mientras sigan existiendo las escandalosas diferencias económicas y sociales de la actualidad, la paz resulta imposible (MM 157).

   Entorno cósmico y administración (responsabilidad) ecológica

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         El cuidado por la creación se extiende no sólo a nuestros hermanos y hermanas, sino también al mismo entorno del mundo. La Doctrina social católica se ocupa no sólo de temas del entorno natural que se vinculan con la familia y con el ordenamiento social, sino también con temas del entorno natural que están relacionados con el cuidado de la tierra. La Doctrina social católica define la responsabilidad ecológica como “la capacidad de ejercer la responsabilidad moral al servicio del cuidado del entorno”. Ello implica proteger el entorno y utilizar de un modo inteligente los recursos necesarios para responder a las necesidades actuales, pero conservando, al mismo tiempo, esos recursos y salvaguardándolos para las generaciones futuras. En otras palabras, la administración ecológica es una forma de proteger nuestro hogar, que es la tierra, salvaguardando sus recursos y abriendo así un camino de solidaridad con aquellos que vivirán después de nosotros.

         La Doctrina social católica afirma que hemos llegado a un “punto crítico” con el entorno ecológico. Las decisiones colectivas que marcan nuestro tipo actual de vida han desembocado en la contaminación del planeta, a través de la polución del aire, del agua y de la misma tierra, produciendo también nuevas enfermedades, calentamiento global, erosión de la capa de ozono, destrucción de las selvas tropicales, extinción de las especies, disminución y casi extinción de recursos no renovables y riesgo inminente de una aniquilación nuclear. Estos problemas implican un riesgo para toda la familia humana (QA 21). Resulta importante tener en cuenta que, si destruimos el entorno (ambiente ecológico), nada tendrá ya importancia, pues no habrá ya un hogar global para todos y ninguna vida humana podrá sobrevivir.

         El cuidado por la tierra está vinculado también con la preocupación por los pobres, no solamente porque la tierra es “madre”, sino también porque los pobres son los que sufren más a menudo los efectos de la contaminación, de los residuos tóxicos y de los desastres ecológicos, en los lugares donde ellos están obligados a vivir. Así, por ejemplo, en diciembre de 1984, murieron en Bhopal, India, más de ocho mil personas del lugar, después de un accidente en una planta de pesticidas de la Union Carbide. Más allá de los catastróficos costes humanos, este accidente creó una calamidad ecológica que aún se deja sentir en la actualidad, pues los residuos contaminados no han sido limpiados todavía. Más aún, los pobres padecen también la acometida de los desastres naturales. Como lo han mostrado en los Estados Unidos los huracanes Katrina y Rita, del año 2005, los que más han sufrido han sido con frecuencia los pobres, muchos de ellos porque carecían de medios financieros o de opciones para abandonar las áreas que estaban bajo peligro.

         El problema ecológico se encuentra íntimamente relacionado con el problema del consumismo, que devora los recursos de la tierra de un modo excesivo y desordenado (CA 37). La industrialización ha puesto en marcha unos ritmos de consumo que resultan ecológicamente insostenibles. Esos ritmos están más fundados en el deseo de tener y de gozar que en el deseo de ser y de crecer (CA 37). Sólo cuando un espíritu de solidaridad, de sacrificio y de sobriedad dirija nuestra búsqueda común de un mundo mejor, los seres humanos podrán descubrir que la llamada a renovar la tierra constituye una respuesta fiel al Dios de la vida.

“UNA GLOBALIZACIÓN DE LA SOLIDARIDAD”

         La Doctrina social católica no condena ingenuamente el proceso de globalización, ni lo acepta de un modo acrítico. Ella quiere discernir más bien sus rasgos positivos y negativos, a medida que la Iglesia sigue caminando hacia un horizonte de esperanza, con fe y confianza en el Dios de la vida. Ella reconoce sus dimensiones positivas, que han llevado a unir continentes, economías, culturas y caminos de vida, partiendo de un enfoque nuevo y de un reconocimiento creciente de la interdependencia de la familia humana y de la comunidad internacional. Al mismo tiempo, ella descubre que los problemas sociales de la actualidad tienen ahora una dimensión mundial y han alcanzado una magnitud que nunca habían tenido en la historia humana. A la luz del desafío global de la actualidad, la Doctrina social católica ofrece un conjunto muy valioso de coordenadas éticas que pueden ayudar a dirigir el barco de la globalización en su dirección recta.

         Sean cuales fueren los cambios que afecten a la sociedad humana por causa de la globalización, la visión moral de la Doctrina social católica continuará apoyándose en los principio de la dignidad, la solidaridad y la subsidiaridad entre los hombres (EA 55). Sea cual fuere el sentido de la globalización para el desarrollo de algunas partes del mundo y, en particular, para algunos individuos que se benefician de ella, la Doctrina social católica continuará evaluando sus resultados a partir de estos parámetros: cómo pueden ayudar las estructuras actuales de la sociedad a crear un orden social más justo; cómo ayudan de hecho a los pobres; cómo contribuyen al bien común internacional y cómo impulsan el verdadero desarrollo. Sean cuales fueren sus consecuencias en el plano económico, político o social, la Doctrina social católica continuará midiendo el progreso como “globalización sin marginación” o, como lo dijo Juan Pablo II, como una “globalización de la solidaridad” (EA 55].

2 jun 2026

Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el santo Pastorcico

Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el Santo Pastorcico

 Le preguntaron un día a fray Juan de la Cruzquién era el mayor santo del cielo y respondió “San Trinidad”. Le contestaron ”pero son tres”, y respondió fray Juan “son tres que forman uno, empezando por el niño que llora en el pesebre”.

Le pidieron “cuéntanos la historia de san Trinidad. Y Juan contestó: Yo no sé contar historias, pero sé cantar romances. Así empieza el de San Trinidad:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía /

en quien su felicidad / infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.

Él moraba en el principio y principio no tenía.

Él era el mismo principio / por eso de él carecía (RT 1-10)

 El principio de san Trinidad es Dios Padre que tuvo y tiene un hijo al que llamo San Verbo, esto es, la santa palabra, añadiendo:   

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.

Hale siempre concebido, / y siempre le concebía.

Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (RT 11-16).

En este principio (¡el Padre sólo tiene aquello que da, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y nuevamente “da”, dándose al Padre) aparece en resumentoda la Trinidad, es decir, San Trinidad gloriosa:La gloria del Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (RT 17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente teniendo su gloria fuera de sí (en el otro a quien la entrega, ofreciéndose a sí mismo).

Ambos, Padre e Hijo, se abrazan y besan  al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos de bodas, pues pareció que el Padre y el Hijo eran novios de los besos que se daban.  

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía

con el uno y con el otro /en igualdad y valía(RT 21- 26).

El que ama no reside o mora en sí, sino en su amado, pues para ser de verdad “en sí” es preciso salir de sí, haciendo que otro sea, de forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican.  Eso significa que la santidad son unos novios que se quieren y abrazan, de manera que la casa donde vive el Padre es el Hijo y la casa del Hijo el Padre..

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero un “ser en sí” y luego un ser “en el otro”, pues cada uno sólo puede ser en sí siendo en el otro.  El Hijo es la sustancia del Padre, y el Padre la del Hijo

El Padre sólo existe al darse al Hijo, y el Hijo por su parte, al responderle y entregarle su existencia, de manera que la realidad es vaciamiento amoroso, donación de sí. De esa forma son en sí, siendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es el mismo del Hijo al Padre, en donación mutua (siendo, sin embargo, ambos distintos).

Esa abrazo de amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con toda la tradición cristiana, SJC puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro en igualdad y valía», interpretando así de un modo muy preciso la experiencia de Constantinopla I (año 381), en la línea de la perijóresis[1].

  Una esposa que te ame  

 Pero el Padre no quería ser novia del Hijo, sino darle una esposa propia para que fueran felices…Quiso darle además una esposa humana, para que siendo distintos (uno Dios y otra una persona humana) pudieran amarse aún más:

Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca / tener nuestra compañía,

y comer pan a una mesa / de el mismo que yo comía,

para que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía

y se congracie conmigo / de tu gracia y- lozanía (RT 76-86)

Esta es la “economía” de Dios que no consiste en afirmarse a sí mismo y conseguir (tener) algo a costa de   sino en dar y darse del todo, gozosamente, a fin de que otros sean y compartan su mismo gozo.  El Padre Dios quiso que su Hijo tuviera una novia y mujer humana, de forma que celebraran unas bodas de divinidad y humanidad  undas… Y como Dios era Dios y puede todo en amor quiso crear y creó una humandad como esposa paa su Hijo.

Esto significa que los hombres y mujeres de la tierra han sido crea­dos por y para el Hijo, para que fueran novios, novias y esposas del Hijo queriéndose para siempre. Así le dijo Dios Padre a Dios Hijo:

Voy a darte una humanidad-esposa que te quiera, que tú le hagas feliz, que ella te haga feliz a ti. Ya sé que eso podrá parecerte difícil…. pues seréis muy distinto Pero precisamente sa distinción será mtivo de mayor felicidad: La mayor felicidad de Dios será hacer felices a los hombres… Y la mayor felicidad de los hombres será hacer felices al mismo Dios.

Para eso tú, Hijo mío, tendrás que encarnarte… y los hombres tendrán que divinizarse, para casarse contigo.  Según eso, esa bajeza de los hombres se comprende como signo (y expresión) del mismo ser humano, creado por Dios para un matrimonio paradójico y sublime en el interior de la Trinidad, por gracia del Hijo de Dios. 

En esa línea podríamos decir que para SJC el hombre por sí mismo es una especie de "buscador esponsal" de Dios… Asi fue Dios enseñando a los hombres la forma y manera de prepararse paa ser esposa del Hijo de Dios, conforme a la doctrina de los profetas:

diciéndoles que algún tiempo /él los engrandecería

y que aquella su bajeza /él se la levantaría

y que aquella su bajeza / él la levantaría…

Que como el Padre y el Hijoy el que dellos procedía,

el uno vive en el otro, así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta, vida de Dios viviría (RT 129-132. 160-66).

 Fueron muchos los hombres y mujeres que creyeron a Dios, desde Abrahàn y Moisés, desde Elías,Isaías y todos los profetas…

Por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos, le rogaban noche y día

que va se determinase a les dar su compañía (RT 177-180).

El hombre vive en situación de adviento, esperando la llegada de Dios. No es un ser caído (esencialmente pecador), un viviente arrojado a la tierra, condenado a la angustia y a la muerte, sino un ser de esperanzaque quiere y busca a Dios, por su misma realidad humana (¡así le ha creado Dios!) y por la profecía (¡así le ha llamado!). En esa situación no hay “nada” que pueda contentar al hombre fuera de su inmersión en Dios. Por eso le conviene no apegarse a nada, no cerrar su vida en ninguna de las cosas que le ofrece el mundo, pues ninguna de ellas logra saciar su deseo más hondo.  

  Encarnación esponsal (Romance Trinidad  221-310).

Dividimos este último momento del Romance en dos partes. En la primera tratamos del abajamiento de Dios (es decir, de su kénosis profunda, para comunicarse así plenamente) y en la segunda de su “matrimonio” con los hombres. De esa forma se vincula la entrega de Dios con el despliegue de la vida humana.

a. Abajamiento de Dios. Hemos hablado hasta aquí de la bajeza de la esposa humanidad, entendida a modo de camino de maduración para el amor. Conforme a una visión también pau­lina (Gal 3-4), que no es la del posible pecado “original” (Rom 5), los hombres eran al principio como niños, pero Dios los fue "educando" poco a poco con su Ley (el yugo de Moisés, RT 225-226), para que así maduraran hasta el tiempo del "rescate" de la esposa (RT 223), que no se entiende ni define como sacrificio por algún pecado, sino como expresión de amor intenso, de plena encarnación:

Ya ves, Hijo, que a tu esposa / a tu imagen hecho había,

y en lo que a ti se parece / contigo bien convenía;

pero difiere en la carne, / que en su simple ser no había.

En los amores perfectos / esta ley se requería,

que se haga semejante / el amante a quien quería (RT 229-238).

El hombre es imagen de Dios y por eso ha de buscarle, para vincularse a él en plenitud, haciéndose semejante a él, de tal forma que ambos puedan mirarse y darse vida, cara a cara, en pleno matrimonio. Pues bien para eso es necesario que Dios “baje” y se haga carne, y así sucede cuando, llegado el tiempo, el Hijo asume la voluntad del Padre y se encarna por María ("de cuyo consentimiento / el misterio se hacía" (RT 271-272). Así viene a contarse:

Ya que era llegado el tiempo /en que de nacer había,

así como desposado, / de su tálamo salía,

abrazado con su esposa, /que en sus brazos la traía (RT 287-291).

El Hijo de Dios sale del tálamo nupcial, del secreto de Dios, que se rea­liza en el seno de María para así entrar en el mundo como esposo eterno e infinito, abrazado ya a su esposa (María). Ésta es la escena triunfal que el romance había preparado largamen­te en su relato: el Hijo de Dios tomaría en sus brazos a la esposa humani­dad, para a elevarla con él e introducirla en su propio misterio trinitario.

El Padre había creado una esposa para su Hijo, pero ella se encontraba alejada, sumida en su bajeza. Para superar esa distancia y realizar el matrimonio, el Hijo se ha encarnado, entrando así en el espacio de la esposa. Dios se ha hecho hombre en Cristopara desposarse con los hombres, en amor de matrimonio, pero de tal forma que sigue siendo totalmente Dios al hacerse hombre, en kénosis radical, entendida como salida y entrega de sí, en el misterio trinitario (cf. RT 221-224, 260.

Desposorio de Dios, Navidad. El Hijo de Dios se ha introducido en la “bajeza” del mundo, naciendo así en el infierno o “lago” de muerte (RT265) donde estaban los hombres opri­midos, en impotencia, y trabajo, es decir, en dolores (RT 261-262). Sólo de ese modo, encarnándose en la carne de María como hijo del hombre (RT 279-286), el Hijo de Dios hace suya la humanidad, tomándola en brazos, acariciándola en ternura y elevándola a su gloria.El punto de partida de las bodas no es que el hombre ascienda, para encontrar así al Señor más alto de los cielos (como en el mito de Platón), sino que el mismo Dios descienda y tome carne, de manera que Dios y el hombre se vinculen en la misma tierra.

En un nivel, el Hijo de Dios actúa como esposo soberano: sale del tálamo (espacio generante y signo de unión) llevando en brazos a su esposa, para conducirla de nuevo hacia Dios Padre. Dios Hijo es un buen esposo-amigo que, en fuerte ternura, rescata y eleva a su esposa a fin de abrazarse por siempre con ella.

Pero en otro plano ese mismo Dios Hijo aparece como pobre y necesitado, envuelto en llanto. Cantan los hombres cantares, entonan los ángeles melodía, haciendo en la tierra música del cielo, «pero Dios en el pesebre / allí lloraba y gemía; / que eran joyas que la esposa / al desposorio traía" (RT 301-304).

Significativamente, este relato de fe que es el romance, habiendo parti­do de Jn 1,1 ("en el principio....RT 1), ha culminado ofreciendo el mensaje de Lc 1-2, con textos de la anunciación y nacimiento. La encarnación se cumple ya en Belén como fiesta paradójica de bodas, trueque misterioso en el que vemos "el llanto del hombre en Dios” (Cristo llora en el pesebre)y alegría del cielo en los hombres(cantar de los pastores).

Éste es el pasmo de la encarnación, el centro de la fe cristiana. Como testigo de ese pasmo, como ejemplo y modelo para todos los creyentes, ha situado aquí SJC a la Virgen María. Ella es la Virgen del consentimiento, porque ha dicho que sí a Dios (cf. cap. 7) y ha colaborado con él para su encarnación, es decir, para Dios mismo se humanice a través de ella: María es la Madre de la contemplación pasmosa, porque descubre y venera la grandeza de Dios en el llanto y pequeñez del Cristo que ha nacido.

Esto significa que el Esposo, Hijo de Dios y salvador, no viene para imponerse, en gesto de grandeza, sino como aquel que necesita ser amado, recibido, poniéndose en manos de los hombres, para de esa forma amarles. Ésta es la historia de aquel que viene como “erómenos” (el que ha de ser amado), pero no como el Primer Motor de Aristóteles (cf. Metafísica, XII, 7), impasible en su grandeza, superior a todos, sino como sufriente, pequeño, dentro de la historia de la tierra. Pues bien, al llegar aquí, cuando parece que debía empezar ya el auténtico relato de la vida de Jesús y de su pascua, se concluye el gran romance y acaba la con­fesión de fe, con un finis (fin) que no deja lugar a discusión alguna.

         Para aque­llos que no hayan asumido por dentro la dinámica más honda del misterio cristiana resulta extraño que, tratando del amor de Dios (Trinidad, Creación, Encarnación), el texto acabe precisamente allí donde comienza su más hondo argumento: la muerte nupcial de Jesús, que es la expresión y sello del amor supremo. Pero, mirado bien, ese comienzo lleva en sí todo el despliegue posterior de la vida y entrega del Hijo de Dios, que SJC describe en otro lugar, en la admirable canción que se titula “Un pastorci­to... " y que trata de la muerte en amor del Amado. Lea qien quiera este poema y saque las conclusiones

El pastorcico, las bodas del árbol Dios encarnado (Juan de la Cruz).

 Un pastorcico solo está penado

ageno de plazer y de contento

y en su pastora puesto el pensamiento

y el pecho del amor muy lastimado.

2

No llora por averle amor llagado

que no le pena verse así affligido

aunque en el coraçón está herido

mas llora por pensar que está olbidado.

3

Que sólo de pensar que está olbidado

de su vella pastora con gran pena

se dexa maltratar en tierra agena

el pecho del amor mui lastimado!

4

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado

de aquel que de mi amor a hecho ausencia

y no quiere gozar la mi presencia

y el pecho por su amor muy lastimado!

5

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado

sobre un árbol do abrió sus braços vellos

y muerto se a quedado asido dellos

el pecho del amor muy lastimado.

[1]Dentro de nuestra perspectiva no es necesario indicar con más rigor la forma en que JC ha concebido esta unión de tres personas (RT 27). Pero hay algo que resulta evidente en el poema. Conforme a las palabras más intensas (amante, amado y amor; cf. RT 29-32), el Espíritu Santo viene a presentarse como "aquel amor inmenso que de los dos procedía” (RT 47-48), es decir, como la misma “comunión” intradivina. El Espíritu es la entrega de sí, el movimiento de amor que procede del Padre y que se expresa en la unión (comunión) del Padre y del Hijo, que se concretiza en las “palabras de gran regalo" que el Padre al Hijo decía (RT 49-50), unas palabras que significativamente enmarcan el principio de la creación, entendida como “espacio” en el que se despliega el amor trinitario.

30 may 2026

31.5.26. En la Trinidad vivimos, nos movemos y somos. Amor Ruibal y Zubiri, maestros hispanos de Dios

Uno gallego, otro vasco; ellos han sido y siguen siendo los dos que han escrito con más precisión y hondura sobre el Dios trinidad en lengua castellana en el siglo XX, desde una perspectiva histórica, filosófica y creyente.

Así quiero presentarlos este día de la Trinidad, con admiración y agradecimiento, tomando básicamente el texto que les dedico en Enquiridion Trinitatis. Hicieron cambiar en su día mi pensamiento, me siguen acompañando. Buena fiesta a los amigos de la Trinidad, trinitarios de diverso tipo. Si os atrevéis a entrar en el mundo trinitario de Ruibal y de Zubiri saldréis enriquecidos.

Á. Amor Ruibal (1869-1930).

Griegos y latinos. El origen del Espíritu Santo

              Ángel Amor Ruibal

Ha sido quizá el pensador hispano que mejor ha conocido la problemática trinitaria, tal como se ha expresado en las diversas perspectiva de los Padres Griegos y Latinos. Pero no se ha contentado con exponerla, sino que ha querido interpretarla de un modo ejemplar, desde su perspectiva filosófico-teológica, centrada en el carácter relacional de la realidad. Así lo ha expuesto en el volumen V de Los problemas fundamentales de la Filosofía y del dogma, que fueron publicados en diez volúmenes, los dos últimos póstumos, entre el año 1900 y el 1945. En ellos se ha empeñado en ofrecer una síntesis del despliegue racional de la fe cristiana, que culmina en su forma de entender la procesión del Espíritu Santo. Aquí recogemos algunos números del vol. V, donde expone su visión definitiva sobre el tema.

Resulta ejemplar, aunque quizá algo esquemática, su manera de entender la oposición de los griegos modernos (tras Focio) y de los latinos en el despliegue y culminación de la Trinidad en especial del Espíritu Santo. Es luminoso su intento de recuperar la primitiva tradición patrística (ortodoxa y oriental), que le parece punto de partida para una nueva visión filosófica y teológica del tema. En el fondo de la discusión del "filioque" se expresa el sentido trinitario de la realidad como proceso y relación, y que culmina en la perijóresis (en cuyo contexto se podría plantear el tema del Spirituqu1].

               (372) Viniendo al origen del Espíritu Santo en cuanto procedente del Padre y del Hijo, sabido es que hay en ello dos puntos doctrinales muy diversos.  Uno, si el E. Santo procede realmente y de hecho del Padre y del Hijo.  Otro, si abstrayendo de la realidad del dogma y considerado especulativamente el origen del E. Santo, pudiera según nuestro modo de concebir proceder del Padre y no del Hijo, sin que no obstante no se confundiese con éste.               Que el E. Santo realmente procede del Padre y del Hijo como de un solo principio es verdad dogmática bien conocida y expresamente definida. Pero no así es conocida la diferencia entre la interpretación griega y latina en la materia. Tres formas de explicar dicha divina procesión podemos señalar, con los correspondientes diagramas que simbolizan las teorías respectivas. La forma griega católica, que es la primitiva; la forma latina, y la griego-cismática de Focio, que se mantiene en la teología heterodoxa greco-rusa.

              En la teoría griego-católica, la doctrina de la procesión del E. Santo no es sino una aplicación del concepto general de las procesiones divinas  ya expuesto. Su diagrama es la consabida línea recta que representa el movimiento substancial de una persona a otra persona, y el carácter ontológico que a los orígenes divinos de la personalidad corresponde, según el pensamientogriego: Del Padre, por el Hijo, en el Espíritu. Por consiguiente, en ese movimiento eterno que va del Padre al Espíritu Santo mediante el Hijo, cada persona que es principio de otra se considera según su ser formal adecuado... Y como el Padre es fuente de dicho movimiento, el E. Santo constituye término y perfección del mismo (telos). El Padre engendra quatenus Pater,  y al mismo tiempo produce quatenus Pater (esto es, por el hecho de ser Padre) al E. Santo, no de otra suerte que el Hijo en igual sentido, quatenus Filius, lo produce también, por resultar en línea recta de ambos y por proceder como vida moral y santidad del ser físico del Padre y del Hijo... (373).

Esta doctrina de la procesión del E. Santo... es la natural resultante de la visión de las personas divinas como una proyección en única línea recta al modo dicho. En esta teoría, como bien se alcanza, no existiendo sino una dirección en el movimiento vital divino, no cabe discutir la fórmula qui a Patre procedit, porque es manifiesto que el E. Santo, al proceder del padre, necesariamente procede del Hijo, por cuanto toda procesión del Padre pasa necesariamente por el Hijo en la única línea de acción divina. Y tanto más cuanto en la teoría griega la acción vital que es origen del Hijo expresa al mismo tiempo que la plenitud del ser físico divino la plenitud del ser moral que en el E. Santo se manifiesta físicamente personificada, del modo indicado.

              375. La teoría latina  con su base psicológica nos ofrece el diagrama simbolizando la Trinidad en la forma conocida de un triángulo, que en realidad responde a su doctrina. Sabemos ya cómo en el sistema latino se considera primero la naturaleza, como si fuese algo en sí, y luego las personas, cual si fuese término evolutivo de ella. Y si a la naturaleza intelectual corresponden el entender  y el querer, la primera persona divina en que aquella se concreta se ofrece con sus dos facultades de entendimiento y voluntad, que, prosiguiendo la conformación psicológica de la teoría, son principios nocionales de las otras dos personas de la Trinidad. En cuanto Dios entiende y piensa, se dice en esta escuela, engendra el Hijo y es Padre; en cuanto quiere y ama, Dios produce el E. Santo. Pero si este proceso se ajusta al proceso psicológico humana de donde es tomado, resultarían dos direcciones convergentes; cada una de las cuales tiene su objeto y su término operativo diverso; y así el E. Santo debiera decirse proceder del Padre tan sólo (operación de la voluntad), como de él exclusivamente procede el Hijo (operación del entendimiento).

La primera explicación formulada para evitar este grave inconveniente aparece casi simultánea al sistema y consiste en hacer constar que sin bien son distintas operaciones la intelectiva y volitiva, el acto de querer supone y exige el de entender (nihil volitum nisi praecognitum); de suerte que la generación del Hijo lleva a éste la actuación del querer del Padre, por lo cual el E. Santo se origina de ambos. Mas esto, a pesar de hacer proceder al Espíritu Santo del Padre quatenus Pater, y de originar además que el acto volitivo constituyese en el Hijo principio nocional diverso peculiar suyo, tampoco basta para sostener la procedencia del E. Santo del Padre y del Hijo; porque el conocimiento que acompaña al acto volitivo no es sino una simple condición del acto de querer, el cual ha de presuponerse en todo decreto y providencia divina, sin que por lo tanto sirva para constituir acto nocional que es de lo que se trata.

              376. Por esto se impuso una desviación de la base psicológica de la teoría en la materia, acudiéndose a las dos líneas en el orden de la entidad, correspondientes a dos momentos lógicos en las procesiones divinas. En un primer momento lógico  el Padre quatenus Pater produce al Hijo; y en un segundo momento lógico  el Padre quatenus Deus produce al Espíritu Santo, de igual modo que lo produce el Hijo quatenus Deus.  De esta suerte, el Hijo procede en la línea de entidad personal mediante la relación entre Padre e Hijo; mientras el E. Santo procede en la línea de la naturaleza, del Padre y del Hijo, y en cuanto común a uno y otro. Era esto exigencia obligada, dado que, de una parte, la procesión activa no podía confundirse con la paternidad y filiación; y de otra, la filiación no se opone sino a la paternidad, debiendo por tanto restar común al Padre y al Hijo el origen del E. Santo...

 A esta deficiencia inevitable en el sistema latino es debida la distinción de los dos momentos lógicos. Pero al suprimirse así la base de la analogía con el proceso de la vida psíquica, fundamento de todo el sistema, es claro que a esa solución falta toda garantía científica de valor real y objetivo. Ésto sin contar con la grave dificultad que ofrece la teoría para explicar cómo puede obrar el Padre y el Hijo con movimiento común que, siendo personal, no es idéntico al acto constitutivo de sus respectivas personas, y cómo al mismo tiempo un acto que deriva su identidad de la naturaleza común preintelecta a dichas dos personas puede no ser común a las tres personas, no obstante hallarse la tercera en identidad de naturaleza con aquellas... El símbolo de la teoría latina está en el mentado diagrama de un triángulo equilátero,  donde el fondo común bajo la igualdad de sus lados representa la esencia  común preintelecta;  los ángulos que se inclinan a un punto común significan la acción de las dos personas, Padre e Hijo, que convergen a la producción del E. Santo[2].

              377. Pasamos a la teoría greco-cismática formulada por Focio y utilizada por el cisma hasta nuestros días. Sabido es que entre las erróneas doctrinas de Focio es de las más significadas la que sostiene que el E. Santo procede del Padre, pero no del Hijo; o sea que el Hijo y el E. Santo son de un mismo origen único, y colaterales en su proceder. Para apreciar la índole doctrinal y de sistema en la tesis heterodoxa del célebre patriarca griego, ha de tenerse en cuenta que su teoría es resultante de un sincretismo amanerado de las teorías griega y latina de que nos hemos ocupado. En la teoría, en efecto, greco-católica hemos visto que las personas proceden en línea recta, según lo expresa su diagrama, de suerte que es imposible llegar al E. Santo sin pasar por el Padre y el Hijo; mientras a su vez ni el Hijo ni el E. Santo proceden de actos psíquicos aislados del entendimiento y voluntad, sino mediante el ser personal e hipostático adecuado en que cada uno tiene su origen.

Sabemos también que en la teoría latina las procesiones se explican por el diagrama triangular, que a la vez responde a la interpretación del origen del Hijo y del E. Santo mediante los actos psíquicos del entender  y el querer, de suerte que el querer responda a un acto común al Padre y al Hijo. Ahora bien, Focio toma de la teoría griega el modo de explicar las procesiones como acto personal exclusivo, de modo que es exclusiva también la intervención hipostática en la producción de las personas que proceden, y por lo tanto sin que haya lugar a función alguna de la voluntad tomada como común al Padre y al Hijo. Al mismo tiempo excluye Focio el proceso en línea recta  y los sustituye por el diagrama latino, pero a fin de hacer valer en él lo que toma del sistema griego suprime uno de los lados del triángulo, convirtiendo así ese diagrama en un ángulo agudo, donde las dos personas que proceden si aíslan entre sí...

              378. Este simbolismo angular significa en su vértice al Padre, y en los otros dos extremos abiertos al Hijo y al E. Santo, procediendo cada uno por líneas independientes y totalmente aisladas entre sí fuera del centro de convergencia en el Padre. No hay procesión común al Padre y al Hijo porque, concebida al modo griego, la acción de la persona como única propia de la naturaleza tampoco cabe la voluntad común que los latinos admiten. En la teoría griega es tan evidente la procesión del E. Santo del Padre y del Hijo que no se requiere en el símbolo la adición del Filioque (a Patre Filioque procedit) para que dicho dogma aparezca confesado. En la teoría latina, cualquiera que sea su valor puramente científico, el dogma queda sin duda garantizado, pero el Filioque es necesario para asegurar la interpretación de la doctrina en sentido ortodoxo. Y Focio con sus seguidores, en el cisma greco-ruso, trata de utilizar la teoría latina en lo que puede servirle para excluir el Filioque, mientras trunca la teoría griega para confirmar su intento...

              383 (Personas). La persona divina es significada por una relación subsistente lo mismo para los griegos que para los latinos; para uno y otros, ambos conceptos se exigen mutuamente; y unos y otros expresan de esa suerte que el Padre no sería Dios si no tuviese la paternidad, ni el Hijo lo sería sin la filiación etc. Mas en esa compenetración de lo relativo  y lo absoluto en la Divinidad no puede menos de ser diversa la interpretación helénica de la interpretación latina. Pues mientas ésta (la latina) se apoya en lo absoluto (esencia divina) para derivar lo relativo (personalidad), la teología griega encuentra en lo relativo la razón de lo absoluto: Dios es Dios en el estado de Padre, Dios en el de Hijo, Dios en el E. Santo, lo que hace concebir la esencia divina como una, por la unidad intrínseca a la oposiciónde los términos en relación substancial... (Cada persona divina es, pues, a sí misma y es a otra lo que es; por ambos conceptos que se encuentran en la relación subsistente, las personas tienen idéntica sustancia y naturaleza...).

384. La teología griega, reconoce como no puede menos de reconocer, la diferencia entre principio  y principiado en la Trinidad... y sobre ello fundan el carácter relativo que distingue a las personas... De conformidad con esto hace constar S. Gregorio Nacianceno que el ser relativo de Dios está expresado por las personas como tales: «Sabéis, pues, grandes sabios (se refiere a los arrianos) que la voz padre  no es un nombre de sustancia, ni un nombre de operación, sino un nombre de estado y de relación entre aquel que es Padre y aquel que es Hijo» (Orat. 29). En esto como en otros muchos puntos, la concepción latina es de carácter estático: en ella la plenitud de perfecciones consiste en el ser en acto.  La concepción griega, de tipo platónico, es de carácter dinámico: lo perfecto no consiste sólo en ser en acto, sino en ser principio y fuente de acción. Esto explica por qué la naturaleza divina (principio de acción) es propia de las personas antes que de sí misma, a la inversa de lo que creen los latinos.

410. (Trinidad dinámica, trinidad estática). Comenzaremos por notar que la teoría latina, no obstante su elaboración de índole abstracta y predominio dialéctico, aparece de hecho como una interpretación puramente estática de la Trinidad. Por el contrario, la teoría griega, de carácter concreto y tipo ontológico, es sin embargo de estructura eminentemente dinámica. Esta reunión de elementos, al parecer antitéticos en cada teoría, resalta por modo especial cuando se trata de la circumimsessio (ser o asentarse cada uno en el otro).

(a) La teoría latina,  en efecto, que se sirve del proceso dialéctico para formular el concepto abstracto (ni universal ni individual) de la esencia, convierte ese concepto abstracto en base inerte de la in-existencia (=existir en) de las divinas personas; en relación con esa in-existencia la esencia dicha no significa más que el centro de donde se originan las personas, y que por ser uno mismo en ellas hace que éstas sean inmanentes entre sí. De suerte que la circuminsessio sólo representa una modalidad en las personas divinas, comparable por remota analogía a las posiciones diversas que un cuerpo puede tener respecto de otro. Este concepto de la circuminsessio llevado al extremo dentro de la misma teoría latina, sobre todo en el escolasticismo clásico, originó la doctrina que explica dicha circuminsessio por la inexistencia de las personas divinas dentro de la inmensidad de Dios; que es la forma menos teológica y más irregular de explicar la circuminsessio, pero también la más estática y de simple modalidad extrínseca, según nuestro modo de conocer, en las personas divinas.

(b) La teoría griega, por lo mismo que parte de la realidad concreta de las personas para llegar a la comunidad de naturaleza, exige que la circuminsessio exprese una coexistencia dinámica, el verdadero e íntimo movimiento vital que se revela en las relaciones divinas, y por lo tanto en las personas, como términos relativos dentro de la actividad infinita. (411). Dos momentos distintos deben señalarse, según el pensamiento helénico, en la tesis de la divina inmanencia: (1) La circulación en acto de la vida divina, la perijóresis (circuminsessio entre los latinos); (2) y la recapitulación  o síntesis substancial de las divinas personas en la unidad, la synkephalaiôsis que puede decirse expresión de la inexistencia de las personas en cuanto constituyen lo Uno divino. Ambos conceptos representan la circuminsessio helénica en su plenitud.

La perijóresis,  pues, significa, según su nombre e idea, la circulación mutua de una cosa a otra, de suerte que ambas se exijan y se completen en la realidad de esa circulación. Y respecto de la Trinidad es el movimiento mismo vital que hace que el Padre sea eternamente tal, porque eternamente engendra al Hijo, como el E. Santo está en acto eterno procediendo del Hijo y del Padre. Por lo tanto, lejos de caracterizarse la in-existencia por el reposo o forma estática de las personas, como en la teoría latina, esa in-existencia se distingue y señala por la actividad, por el dinamismo de la vida substancial que pasa el Padre al Hijo y al Espíritu Santo y determina el ser relativo del Padre como Padre, del Hijo como tal y del E. Santo como procediendo de ambos. El ser relativo de las personas hace que una no pueda ser entendida sin la otra, como términos en relación. Y estos términos de las relaciones divinas hacen a su vez que la inexistencia y circulación vital no exprese un acto dinámico simplemente conceptual, sino la entidad misma y la realidad de un dinamismo infinito en el seno de Dios.

Las personas son, pues, estados de ser divino en sus variedades del origen personal (tropoi tês hyparxeôs) y por ello en esencial movimiento, en el cual Dios vive y es Padre, Hijo y E. Santo por necesidad indeclinable de ese vivir divino en triple manifestación relativa. Con esto queda también señalado el sentido de la recapitulación o synkephalaiôsis,  en cuanto término del movimiento vital de Dios según las divinas relaciones que, al mismo tiempo que oponen a las personas divinas, en su mismo concepto relativo las sintetizan por necesidad de la misma relación y las hacen converger a la infinita unidad. «Para nosotros hay un solo Dios porque existe una sola divinidad y porque aunque confesemos Tres estos Tres proceden del Uno y convergen al Uno» (S. Gregorio Nacianceno,  Orat 31, 14)... 

(Los problemas fundamentales de la filosofía y el dogma, V, 375-433. Citas por números)

[105] Xavier Zubiri (1898 - 1983)

Trinidad,, un programa de pensamiento

           Xubiri ha sido quizá el más profundo de los pensadores hispanos de lengua castellana del siglo XX. Le ha interesado desde el comienzo de su carrera intelectual el tema de la Trinidad, entendido como lugar donde se cruzan y fecundan las mejores intuiciones filosóficas y teológicas de la tradición griega y latina con el cristianismo. Su trabajo sobre El ser sobrenatural: Dios y la edificación en la teología paulina,  fruto de un curso impartido en la Universidad de Madrid (1934-1934), reelaborado y escritos en París en los años 1937-1939 y publicado con censura eclesiástica en 1944, constituye una de las mayores aportaciones modernas al tema de fondo de la Trinidad y en especial a la problemática del Espíritu santo.

 Su aportación empieza, de algún modo, donde acaba la de Amor Ruibal (citado en el texto anterior), con quien comparte una visión del proceso dinámico de vida, partiendo de una experiencia de la realidad, entendida como despliegue interno, en una línea que atraviesa todo el pensamiento europeo, de Dionisio Areopagita a Escoto Erígena, de Santo Tomas a Hegel. Aquí publicamos el apartado IV que trata de las procesiones en Dios, desde la perspectiva griega y latina. Este texto nos sitúa en el centro filosófico-teológico del Enquiridion y, significativamente, queremos entenderlo desde la perspectiva del Espíritu de Dios, partiendo de los primeros Padres Griegos, en quienes el tema de la procedencia del Espíritu Santo queda integrado dentro de la visión del proceso total de Dios. Este es un texto que podrá ofrecer dificultades al lector no especialista, pero se entenderá mejor a la luz de los textos que han ido apareciendo en cap. 5 y 6[3].

(Principio).La existencia de procesiones divinas sólo la conocemos por revelación. La razón por sí sola jamás hubiera podido barruntar que la fecundidad interna del ser divino condujera a la producción de una serie de términos personales realmente distintos; en una palabra, el hecho de que en Dios haya procesiones personales reales es un dato revelado. Es asimismo un dato de revelación y de razón a un tiempo que no hay tres dioses: "Tres son los que atestiguan en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno solo" (I Jn, 5, 7). Lo único que la teología puede intentar es reducir a un mínimum los supuestos revelados mismos para descubrir en ellos una interna concatenación, y tratar de concebir analógica y eminentemente el que pueda ser así, o por lo menos que no es imposible que sea así.

(Griegos y latinos).Y aquí es donde el pensamiento griego y el latino hacen más visibles sus divergencias. Los latinos, siguiendo la ruta trazada por San Agustín, parten de la unidad de Dios, del segundo miembro del texto citado. Su problema estriba entonces en concebir la trinidad de personas (primer miembro) sin mengua de esta unidad primaria. Los griegos, en cambio, siguieron el orden mismo del texto. Trataron de entender la índole de cada persona, y su problema estriba en concebir cómo esas tres personas sean sólo una misma cosa. Esta diferencia de actitud viene implicada ya en su concepto del ser y de la persona. Los latinos propendieron a ver en Dios, ante todo, una naturaleza a la que nada falta, y que, por consiguiente, tiene racionalidad, y, por tanto, personalidad. Los griegos ven en Dios, ante todo, una persona que en cierto modo se realiza en su propia naturaleza. El resultado será claro. Los latinos verán en Dios una sola naturaleza que subsiste en tres personas; distintas por su relación de origen, las personas ante todo se oponen. Los griegos verán más bien cómo Dios al realizarse como persona se tripersonaliza, de tal suerte que la trinidad de personas es justamente la manera metafísica de tener una naturaleza idéntica; las personas no comienzan por oponerse, sino por implicarse y reclamarse en su respectiva distinción. Mientras para los latinos cada persona está en la otra en el sentido de que las tres tienen una naturaleza numéricamente idéntica, para los griegos cada persona no puede existir sino produciendo la otra, y del concurso de esta producción personal queda asegurada (si se me permite la expresión) la idéntica naturaleza de un solo Dios. Para los griegos, la trinidad es el modo misterioso de ser un Dios infinito, uno por naturaleza. Para los latinos, la trinidad es el modo misterioso cómo la unidad subsiste en tres personas.

(Persona divina como ágape, amor). El punto de partida de la concepción griega fue claramente visto y expresado por Ricardo de San Víctor. La persona está formalmente constituida por una relación de origen frente a su propia naturaleza. En el hombre, persona finita, la naturaleza es algo que la persona tiene, pero que le está dado. En Dios su naturaleza no está obtenida: la tiene por sí mismo. Por esto es persona infinita. Y por esto es también infinita su fecundidad, porque el ser es agápe, amor. Que esta fecundidad sea productiva de personas, éste es el misterio revelado. Pero supuesta la revelación, la razón puede barruntar por lo menos la congruencia de los datos revelados. Recordemos nuevamente que el amor en este sentido metafísico no se refiere al acto de una facultad especial llamada voluntad a diferencia del entendimiento.

Los griegos vieron en el amor el éxtasis mismo del ser, algo que abarca in radice al entendimiento y a la voluntad como facultades distintas: por ser activas son ya dynámeis, expresión del ser de su propia expansión. Siglos más tarde, Durando, Herveus, Natalis y otros recogerán esta idea a través de la escuela franciscana: el principio de las procesiones divinas es la fecundidad del ser de Dios. Que el amor sea principio de la vida trinitaria puede entenderse en varios pasajes del nuevo Testamento (Jn 3, 35; 10, 17; 15, 9; 17, 23-26; Ef 1, 6; Col 1, 13, etc). Así, San Máximo: "Dios Padre, movido (kinetheîs) por un eterno amor, ha procedido a la distinción de personas." El amor y el movimiento como pura actividad es, pues, para los griegos el principio de la vida trinitaria. Los griegos partieron de que Dios es Padre.

(Vida divina. Perspectiva griega). ¿Cómo representarse entonces esta vida? He aquí cómo la concibe alguno de los más ilustres intérpretes de la teología griega. Tomemos como punto de partida Dios, considerado indistintamente, mas siempre como persona. En Él está la infinitud del ser divino, pero como un tesoro escondido; es la ousía misma de Dios, en su pureza metafísica, como actividad y acción pura. ¿Quién es este Dios personal? El abismo insondable de la divinidad, de quien dijo San Juan "a Dios nadie lo ha visto". Esta esencia es personalmente subsistente, y su subsistencia personal le viene de no ser recibida. Pero del sujeto nacen sus perfecciones; en ellas se expresa la riqueza oculta de la esencia. Como Dios es acto puro, estas perfecciones no añaden nada real a la esencia, como no sea su propia explicitud.

Entonces la esencia reviste un segundo modo de ser personal. Es la misma esencia de la primera persona en cuanto verdad sobre su propio ser. La primera persona por el éxtasis infinito de su ser se hace infinitamente patente en el Hijo. Y por tanto, se convierte en Padre en el momento mismo en que por su expresión queda engendrado el Hijo. Veremos en seguida por qué. En todo caso, resulta claro que el Padre no es Padre sino porque engendra al Hijo (a diferencia de los latinos, para quienes engendra porque es Padre). De tal suerte, que San Buenaventura pudo llamar al Padre generatio inchoata, y al Hijo, generatio completa. Es la personificación de la ousía y de las dynámeis. He aquí cómo el Hijo procede inmediatamente del Padre. Pero hay más. En toda "virtuosidad" hay dos estados posibles y distintos en los seres finitos. Yo puedo saber muchas cosas, y, sin embargo, no estar pensando siempre en ellas. Cuando las pienso efectivamente, Aristóteles nos dice que no se trata propiamente de un incremento de la potencia, sino de una simple ratificación o afirmación de ella. Es una operación que marcha no hacia lo otro, sino hacia sí mismo. Pues bien: en Dios la persona del Hijo contiene explícita la riqueza de la esencia divina. El Hijo es la personificación de la dynamis del Padre.

Es su perfección "engendrada", porque la dynamis es, en todo ser vivo, la expresión genética de su naturaleza. Pero estas perfecciones son precisamente toda y sola la verdad de la esencia; tan verdad, que en cuanto esencia son idénticas a ella. Si ahora expreso estas perfecciones como actos que revierten idénticamente a la esencia, haciendo de ella la expresión de un "acto puro", habré personificado el aspecto de enérgeia del ser divino. Es la persona del Espíritu Santo. Los Padres griegos llamaron por esto al Espíritu Santo Manifestador. Y como toda enérgeia, representa un télos. Puede decirse entonces que el Espíritu Santo es la completio Trinitatis.

Tomemos un atributo cualquiera de Dios, por ejemplo, la sabiduría. Dios es sabio. Pero esta afirmación tiene tres aspectos: primero, un sabio; es el Padre. El Padre engendra su propia sabiduría, es el Hijo. La pura actualidad de esta sabiduría es idéntica a la esencia de donde parte: es el Espíritu Santo, llamado por esto enérgeia y télos, pléroma de la Trinidad. Dios es sabio (Padre) por su Sabiduría (Hijo), por la que siempre está en acto de sabiduría (Espíritu Santo): el Espíritu Santo procede así del Padre por el Hijo. Es el diagrama griego. Así, para San Gregorio Nacianceno el Padre es el Verdadero (alethinós), el Hijo es la Verdad (alêtheia), el Espíritu Santo es el espíritu de la Verdad (pneûma tês alêtheías). Y San Gregorio Niceno dice: "La fuente de la dynamis es el Padre, la dynamis del Padre es el Hijo, el espíritu de la dynamis es el Espíritu Santo." 

(Perijóresis) Ahora podemos tal vez entender menos mal cómo estos predicados que en la teología latina son propios de la deidad sean en la griega denominaciones personales. Y entendemos también cómo gracias a la trinidad de personas Dios se constituye a sí mismo en el acto puro de una e idéntica naturaleza. Cada persona se distingue de los demás en el modo de tener su naturaleza divina. En el Padre, como principio; en el Hijo, como perfección principiada; en el Espíritu Santo, como autodonación en acto. La naturaleza de Dios es indivisiblemente idéntica en acto puro a la esencia: es la mismidad activa del amor. Dios es acto puro gracias, sí se permite la expresión, a la trinidad de personas. Cada una de las dimensiones del acto puro está realizada por una persona, en el sentido explicado. Es lo que se llamó la perikhoresis o circunmincesión de las personas divinas. Cada persona no puede afirmar, en cierto modo, la plenitud infinita de su naturaleza, sino produciendo la otra. Para la teología latina, en cambio, según indicábamos, la circumincesión significa que cada persona está efectivamente en las demás por el hecho de tener idéntica naturaleza numérica con ellas. Dentro de este esquema ordenan los griegos su interpretación de cada una de las personas.

(Padre). En primer lugar, el Padre Tanto la teología griega como la latina ven su carácter formal en la innascibilidad; agénnetos, dice el sirio San Juan Damasceno. Pero la diferencia está en el modo de entender esta innascibilidad. Para los latinos es una nota meramente negativa; consiste en no proceder de nada. Para los griegos es una nota positiva; consiste en ser principio o fuente metafísicamente primaria de su propia riqueza. Y este carácter fontanal es la propiedad personal que caracteriza al Padre. Digamos de paso que esta expresión no tiene el sentido de una causalidad eficiente que repugnaría a la simplicidad del ser divino: el Padre es principio y fuente, pero no causa.

(Generación del Hijo).Las diferencias se acentúan al tratarse de la persona del Hijo. Los latinos trataron de entender la generación del Hijo desde la propia naturaleza divina. Trataron de descubrir en ella algo cuyo término fuera una transmisión de naturaleza, término que, por consiguiente, merecería rigurosamente designarse con el nombre de Hijo, porque su razón de ser consistiría en haber recibido una naturaleza idéntica a la del Padre. El nombre de generación estaría justificado, pues, por el término final de la procesión. El punto de vista de los griegos es inverso. Parten del hecho de la generación, y, en consecuencia, su término tiene que poseer una naturaleza idéntica a la del Padre. Los latinos tratan de entender que en Dios hay generación, y, por tanto, que su término es un Hijo. Los griegos parten de que en Dios hay generación y, por tanto, un Hijo, y tratan de entender en qué consiste su carácter personal. El proceso en que los latinos se fijaron fue la intelección; el proceso en que los griegos se fijaron fue la expansión fecunda de la esencia de un ser vivo en sus propias perfecciones vitales. De aquí la distinta manera cómo las dos teologías interpretan el dato revelado. En el prólogo del cuarto Evangelio se nos dice que el Hijo es el Logos del Padre. Los latinos vieron en el Logos el Verbum mentis. Como su esencia consiste en reproducir intencionalmente la naturaleza de lo conceptuado, se apoyaron en la intelección para entender la generación divina; es generación porque lo denuncia así su término, esto es, la identidad de la naturaleza recibida. Para los griegos la identidad de naturaleza es expresión de la generación. Los griegos jamás entendieron que el Logos fuera la razón formal de la filiación. El Padre produce y engendra al Hijo simplemente por la fecundidad interna y extática de su ser. Todas las demás denominaciones, inclusive la de Logos, suponen previamente que su sujeto es ya Hijo. El Hijo es Logos, pero no es Hijo por el Logos. En el Hijo su razón formal está en ser engendrado. Lo engendrado, por el mero hecho de serlo, es ya la semejanza misma de la naturaleza del Padre. Y la razón formal de la nueva persona estriba en la índole misma de la generación. Lo engendrado es la perfección oculta en el Padre; pero en forma manifiesta. Ahora podemos comprender más exactamente qué son esos dynámeis que se personifican en el Hijo. No son nada plural; es pura y simplemente la perfección misma de la ousía paterna hecha visible; es una única dynamis la dynamis misma del ser divino. "No hay en el Padre –escribe el teólogo de Damasco– Logos, Sabiduría, Poder, Voluntad, sino tan sólo el Hijo, que es la única dynamis del Padre." 

(Hijo como icono del Padre). ¿Qué sentido tiene entonces el nombre de Logos para los griegos? Nuestro Maldonado observaba ya que no solamente San Juan es el único en llamar Logos al Hijo, sino que, además, no lo hace sino en el prólogo a su Evangelio. Lo explica diciendo que era tradición israelita de los últimos siglos anteriores a Cristo llamar al Hijo Palabra, y, por tanto, el texto significaría tan sólo que el Hijo es el único verdadero Logos. Maldonado no hace sino recoger la tradición griega. El Logos jamás fue para un griego el concepto mental como engendro de la inteligencia, sino la palabra que se dirige a otro o a sí mismo para comunicar una verdad. El Logos es, ante todo, algo que va de persona a persona. Es una propiedad más personal que natural. La aplicación de este nombre al Hijo expresa el carácter inmaterial de la generación divina, y al propio tiempo la divinidad del Hijo. Porque la palabra es eikón o imagen de lo que hay en la mente. Recuérdese ahora el sentido ya explicado de esta expresión; por proceder de la ousía es eikón y no al revés, como si procediera de ella precisamente porque resulta que se le parece. Volveremos más tarde sobre ello. Pero esto nos descubre ya que el Hijo en cuanto Logos es comparado a la palabra proferida (logos prophorikós). En cambio, el Logos como pensamiento está incluido en la persona del Padre, de quien el Logos filial no es sino expresión o manifestación. Por serlo, explica o expresa lo que es el Padre. El Hijo es la definición misma del Padre, su dóxa, su alêtheia. Por esto decía San Juan "quien ha visto al Hijo ha visto al Padre", a pesar de que nos dijera que "a Dios nadie le había visto". A Dios, en cuanto puro principio como Padre, no. Pero precisamente lo que hay en Él está exhaustivamente expreso y explicado en el Hijo. Y esta es la razón personal de Éste. Por esto pudo decir San Ireneo, según volveremos a recordar, que el Hijo es la definición divina de Dios. Pero dejamos de lado, por el momento, el ser eikonal del Hijo.

(Espíritu Santo). La tercera persona es el Espíritu Santo. Dos palabras acerca de este nombre: Espíritu, pueúma, significa siempre para los griegos hálito, soplo; es lo que corresponde al Logos como prolación. Se quiere indicar, pues, que en la tercera persona se contiene una reversión inmaterial y divina de la segunda a la primera, en el sentido de una simple ratificación. Santo, hágion, es un atributo moral o religioso. Santo no es sino lo divino. Aplicado a la tercera persona, indica que el espíritu viene de Dios y es Dios. La raíz de esta denominación procede de lo siguiente: el Espíritu Santo tiene como una de sus funciones propias ejecutar la creación. Por esto se le llama espíritu, porque es el soplo mismo con que la palabra divina produce las cosas según el relato del Génesis. Y una de sus obras es la deificación del hombre. Si lo deifica es que es Dios, dijeron los griegos. Así es como interpretaron el nombre de Espíritu Santo: es el Vivificador. Pero su razón personal consiste en ratificar la manifestación del Padre por el Hijo. El Hijo es la verdad del Padre, y el Espíritu Santo nos manifiesta que el Hijo es la verdad del Padre. Desde el punto de vista de la actividad vital: el Hijo es la dynamis del Padre, y el Espíritu Santo expresa que esta dynamis es idéntica en acto puro a la ousía del Padre. Por esto los griegos lo llamaron enérgeia.

Comparadas las dos últimas personas con el Padre, los griegos les llamaron eikones, imágenes. Ya vimos lo que el vocablo significa para los griegos. Todo lo que procede de un principio, por el mero hecho de proceder de él, es una semejanza suya en que reluce aquel principio. Para los latinos, en cambio, lo producido es imagen tan sólo si se parece al principio. Así, para los latinos, el término de la generación divina es verdaderamente Hijo porque tiene la misma naturaleza del Padre; en cambio, para los griegos tiene la misma naturaleza que el Padre porque es Hijo. Pues bien: el Hijo y el Espíritu Santo son imágenes de Dios, pero en sentido distinto. El hijo es eikón porque procede inmediatamente del Padre; el Espíritu Santo lo es porque procede del Padre a través del Hijo, y consiste en manifestar la identidad de Éste con aquél: pneúma ek Patrós di’hyioû ekporeuómenon. Tal es el esquema griego.

No lo olvidemos: expresa no solamente la índole de la vida divina, sino también la estructura de la creación y de la deificación, como veremos en seguida. La identidad de la naturaleza divina, como acto puro, es como un proceso de autoidentificación primaria y radical obtenida por el amor personal a base de la distinción de las tres personas. Las tres personas, dice San Gregorio Nacianceno, marchan hacía lo Uno (prós hên). Las tres juntas no hacen sino expresar de un modo completo que Dios es acto puro. Las tres personas son, en frase de San Cirilo, "maneras de existir" (trópoi tes hypárxeôs), donde "manera" no significa modos como el ser subsiste, sino estados o estadios personales del ser divino, la manera como Dios vive personalmente en una naturaleza una.

 El Padre, como principio; el Hijo, como perfección o poder. y el Espíritu Santo, como identificación actual. Por esto dice Alejandro de Hales que el ser divino no es, propiamente hablando, ni universal ni singular, sino que tiene algo de ambas cosas: universal, en cuanto a su expansibilidad; individual, en cuanto a su completa determinación. Contra todo triteismo, la perikhóresis, lacircumincesión es el modo de producir y mantener la unidad del ser divino como acto puro.

Si volvemos ahora a la definición de persona de Ricardo de San Víctor, fácilmente comprenderemos, según nuestro modo humano, lo que significa la trinidad. La razón formal de la personalidad está en el "ex", en la relación de origen. Los tres modos del "ex" son las tres personas cuya mutua implicación asegura su idéntica sistencia natural. Pero, decía, el esquema griego no se limita a Dios. Su vida personal se prolonga por efusión de su ser en la creación y en la deificación.   

(«El ser sobrenatural, Dios y deificación en la teología paulina«, en Naturaleza, historia, Dios, E. Nacional, adrid 1959,363-371). 

NOTA

[1] Posiblemente, habría que matizar la visión que Amor Ruibal tiene de Focio y de la tradición greco-rusa (a la que llama heterodoxa, con el lenguaje de su tiempo, a principios del siglo XX); también habría que resituar su visión de los latinos, quizá demasiado influida por las investigaciones de Th. de Régnon. Pero nos parece clave la forma en que ha destacado la visión más antigua de la teología ortodoxa griega, reinterpretando la concepción dinámica de la realidad de Dios desde una perspectiva de despliegue vital y relación, en una línea de platonismo que rompe con algunos de los elementos más característicos del platonismo tradicional (siguiendo un modelo conceptual que veremos también en Zubiri, número siguiente). Amor Ruibal nos está ofreciendo aquí la mejor filosofía y teología del Espíritu Santo y de la Trinidad, en un camino que sigue abierto, como indicará este capítulo, y toda esta parte final del Enquiridion. El pasaje que sigue ha de entenderse a la luz de los textos que hemos expuesto en cap. 5 y 6. La obra básica de Amor Ruibal (Los problemas fundamentales de la filosofía y el dogma)  ha sido revisada y reeditada por S. Casas Blanco y de C. Raña Dafonte en cuatro volúmenes:  CSIC, Madrid y Xunta de Galicia, Santiago de Compostela 1972/2000. Sobre este tema es clásico el trabajo de J. M. Delgado Varela, «La doctrina trinitaria de Amor Ruibal», RevEspañola de Teología 16 (1956) 347-374, 565-. Cf. también A. Torres Queiruga, Constitución y evolución del Dogma. La teoría de Amor Ruibal y su aportación, Marova, Madrid 1977;  Nocion, religacion, trascendencia. O coñecemento de Deus en Amor Ruibal y Zubiri,  Fundación Barrié de la Maza, Santiago de Compostela 1990; A. Ortiz Osés, "El realismo filosófico español: Amor Ruibal y Zubiri": Pensamiento 33 (1977)77-85. C. García Cortés, «30 años de bibliografía sobre Amor Ruibal ("Compostellanum" 1956-1985): una revista gallega al servicio de un maestro universal», Cuadernos Salmantinos de filosofía 14 (1987) 337-347. La visión trinitaria de Amor Ruibal parece estar vinculada a su visión del lenguaje, tal como lo ha estudiado de un modo unitario y básico en Los problemas fundamentales de la filología comparada. Su historia, su naturaleza y sus diversas relaciones cientítificas,  I-II, Santiago de Compostela 1904-1905. He planteado el tema en «Notas introductorias al pensamiento lingüístico de Amor Ruibal», Compostelanum  15 (1970) 422-453. Cf. también «Amor Ruibal y el conocimiento unívoco de Dios»,  Estudios mercedarios  25 (1969) 171-192. Cf. también X. Pikaza  (ed.), Diálogos sobre Amor Ruibal, Estudios, Madrid 1970.

[2] Sobre los diagramas trinitarios que ha empleado Amor Ruibal y sobre su contexto, cf. P. Liszka, «Los modelos y diagramas trinitarios»,  EstTrin 33 (1999) 411-428

[3] Zubiri, lo mismo que Armor Ruibal, parece fundarse en las investigaciones de Th. de Régnon sobre la Trinidad en griegos y latinos. Pero va más allá sus aportaciones históricas, posiblemente simplistas, para situar el tema en una perspectiva filosófico-teológica de base en cuyo centro está el tema de la culminación de Dios como Espíritu. Bibliografía de conjunto en R. Lazcano, Panorama bibliográfico de Xavier Zubiri, Revista Agustiniana, Madrid, 1993. No hay, que yo sepa, ningún estudio de fondo sobre el tema trinitario en Zubiri, desde la vertiente filosófica y teológica. Para una introducción al tema de Dios, cf. S. Álvarez, «El cristianismo y la formación del concepto de persona”, Homenaje a Xavier Zubiri, I, Editorial Moneda y Crédito, Madrid 1970,45-77. D. Gracia Guillen, «El tema de dios en la filosofía de Zubiri», Estudios eclasiásticos 56. (1981). 61-78; «Zubiri y la experiencia teologal. La difícil tarea de pensar a dios y la religión a la altura del siglo XX», en P. Brickle, La filosofía como pasión, Trotta, Madrid 2003, 249-263. A. Pintor Ramos, «Dios como problema en Zubiri», Universitas Philosophica, 4. Bogotá (1985) 29-44. J. L. Cabria, Relación teología-filosofía en el pensamiento de Xavier Zubiri,  Gegoriana, Roma 1997; «La razón teológica", Burgense, 39/1 (1998) 113-147; «Inteligencia teologal; Dios e intelección en el pensamiento de Xavier Zubiri”, Burgense(1999) 125-177. A. Torres Queiruga, «Inteligencia y fe. El conocimiento de dios en la filosofía de Zubiri», Estudios eclesiásticos 248-249 (1989) 141-171. J. Sáez Cruz, Mundanidad y transcendencia en Xavier Zubiri, Pontifici, Salamanca 1991; J. Bañón, Metafísica y noología en Zubiri, Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca 1999. J. M. Castro Cavero, Salvar la historia. Historia, religión y religiones en Xavier Zubiri, IST, Las Palmas de Gran Canaria 2004.