Este análisis nace desde una herida: la de quienes sufrimos una manipulación espiritual y psicológica que la Iglesia sigue sin nombrar. Magnifica Humanitas ofrece un diagnóstico lúcido del mundo, pero evita mirar su propia sombra. Habla de custodiar lo humano, pero calla donde más duele. Y ese silencio, repetido durante décadas, convierte cualquier palabra en un gesto cargado de injusticia que ya no basta.
Antes de escribir este artículo he hecho un pequeño experimento. Solo, frente al teclado, con el Word en blanco, he empezado a escribir cosas que soy: soy una persona, soy alto, soy español… Y de pronto he pensado en algo que, en realidad, somos todos, como hijos de Dios que compartimos su esencia. Y aun así, no me atrevía a teclearlo. Incluso ahora lo escribo con cierta vergüenza: “Soy amor”.
Hablemos de la confesión. Un niño se arrodilla en una gran caja oscura. Al otro lado, un hombre adulto con autoridad absoluta. El niño debe contarle sus secretos, sus pensamientos, lo que hizo y lo que no hizo pero pensó o tan solo imaginó por un instante. El hombre escucha, juzga y decide si el perdón se concede o no. ¿En qué otro contexto aceptaríamos esto? Si lo hiciera un profesor, llamaríamos a la policía. Si lo hiciera un vecino, sería un depredador. Pero si lleva alzacuellos, es un sacramento. La culpa nunca terminaba. Salías "limpio" hasta el próximo pecado, y el listón estaba puesto donde nadie puede llegar.
Fui víctima de abusos psicológicos graves. Cometidos y tolerados dentro de mi parroquia, dentro de mi diócesis, por un movimiento parroquial bendecido por la Santa Sede.
Entré en el Camino Neocatecumenal con 17 años y estuve veinte años "caminando". Veinte años de manipulación psicológica y espiritual.
Hay frases del Evangelio que han sido secuestradas por la ideología religiosa hasta dejarlas irreconocibles. Una de las más manipuladas es esta: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. Durante siglos se ha utilizado para crear élites dentro de la Iglesia y para señalar a los demás como “mundanos”, como si fueran ciudadanos de segunda para Dios. Todavía hoy resuena la antievangélica afirmación de que la Iglesia es la única tabla de salvación. Justo lo contrario de lo que Jesús pretendía, ya que murió precisamente por defender a los que estaban fuera del sistema religioso.
La Iglesia defiende públicamente la democracia, la dignidad humana y la igualdad entre todas las personas. Denuncia los autoritarismos que oprimen a los pueblos y se posiciona contra la injusticia social. Sin embargo, en su funcionamiento interno mantiene una estructura de monarquía absoluta. En nombre de Dios, la jerarquía concentra los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y los ejerce sin contrapesos reales.
Ahí está el núcleo del problema: mientras los laicos sigan siendo meros espectadores o consejeros sin capacidad real de decisión, nada cambiará. En los tribunales eclesiásticos, los laicos deberían tener la posibilidad de actuar como jueces junto con los clérigos, con la misma autoridad y responsabilidad.
Muchos cardenales, obispos y sacerdotes, y algún que otro Papa, conocen el daño que estos abusos estan causando, han escuchado testimonios y han visto de cerca el sufrimiento de las víctimas. Aun así, eligen callar y proteger estructuras antes que personas. Su silencio sostiene al agresor y abandona a la víctima. La falta de compasión y responsabilidad pastoral resulta insoportable. La pregunta ya no es si se están cometiendo abusos, sino hasta cuándo se seguirá haciendo la vista gorda.
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor"...
Jesús nos habla de amistad, igualdad y transparencia. La Iglesia nos habla de obediencia, estructura y autoprotección. Él nos llama amigos. Ella nos pide sumisión.
Jesús ofrece una relación libre, sin jerarquías que asfixien ni mediaciones que condicionen y pongan trabas.
El amor verdadero solo necesita dos cosas: amar y dejarse amar. Todo lo demás es interés disfrazado de santidad.
En Juan 16,8‑11, Jesús describe la misión del Espíritu Santo con tres palabras que se convierten en un diagnóstico claro de nuestra condición de hijos de Dios y de los poderes religiosos que intentan oprimirla.
“Cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena.”
Le preguntaron a un santo: “Si alguien arrojara tu libro sagrado al retrete y tirara de la cadena, ¿qué harías?”. El santo respondió con total naturalidad: “Primero, llamaría a un fontanero para que reparara el retrete. Después, conseguiría un libro nuevo”.
El recurso más eficaz que emplean las sectas y tantos movimientos dentro de la Iglesia para manipular conciencias, como denuncié en su día, nace siempre de la misma raíz: la idea de que solo la Iglesia «inspirada» posee la verdad cuando se trata de interpretar el Evangelio, la fe y la el grado de moralidad de la vida de los fieles. Esta idea estuvo detrás de todos y cada uno de los actos de manipulación que sufrí en mis 20 años de pertenencia al Camino Neocatecumenal. Una idea de la que se apropiaron mis "queridos" catequistas y a la que le confiere autoridad la misma Iglesia que la respalda con el solo hecho de mantenerla, no solo vigente, sino como uno de los pilares del catolicismo, especialmente en España.
Cuando hablamos de clericalismo, pensamos siempre en obispos, sacerdotes, etc... Sin embargo, existe una forma de clericalismo más sutil y dañina ejercida por laicos. En mis más de 20 años en las Comunidades Neocatecumenales, a las que entré con solo 17 años, presencié cómo el carisma original se transformaba en una estructura de dominio absoluto.
La violencia, sea de la naturaleza que sea, no es poder. Es el síntoma de la pobreza y de la limitación más absolutas. Es la reacción de quien se sabe pequeño y quiere aparentar grandeza. Es el grito de quien teme desaparecer, no ser nadie.
La CEE invita a “ponerse en camino”, pero el camino solo será real cuando los laicos tengan voz y voto en lo que afecta a su vida: obispos, economía, moral y misión. Sin eso, la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en un gesto.
Hay una trampa espiritual en la que caemos sin darnos cuenta: la idea de que la conversión es un instante. Que un día se tiene una experiencia fuerte, y ya está. A partir de ahí, todo será diferente.
Me he preguntado muchas veces qué relación podía haber entre Jesús y su afirmación en el evangelio de que "El es la puerta". He investigado las interpretaciones habituales, lo he discutido con amigos, monjes y laicos, y nunca había llegado a ninguna explicación realmente satisfactoria, hasta ahora.
Hace poco encontré la respuesta escuchando a un alguien que, curiosamente, no era cristiano: un monje budista. Fue muy revelador, porque enlazaba directamente con la experiencia de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. (Jn 6, 35-40)
Este versículo es la semilla de una revolución teológica. Jesús está anunciando a un Dios que va más allá de los esquemas establecidos y rompe con la lógica de la deuda y del castigo que ha condicionado la fe en la Iglesia durante siglos. ¿Podríamos hablar de una predestinación a la salvación?
En la Iglesia actual siguen existiendo ritos, oraciones, dogmas y predicaciones que presentan a Jesús como un objeto de culto intocable, encerrado en lo “sagrado” y alejado de la vida real, hasta el punto de que, igual que los discípulos de Emaús, muchas veces nos resulta imposible reconocerlo en nosotros mismos y en las personas de carne y hueso que caminan a nuestro lado.
Nabucodonosor llegó a creer que su poder lo colocaba por encima de todo y de todos, incluso por encima de Dios. Esa ilusión de grandeza fue un proceso psicológico que terminó aislándolo de la realidad y de sí mismo. Su caída comenzó cuando ya no pudo sostener la mentira de su propia grandeza: su conciencia se volvió contra él y la fachada que había construido se derrumbó.
La fe nos permite estar en el mundo sin exigirle que sea perfecto y sin exigirnos perfección a nosotros mismos. Es una confianza profunda en que, incluso cuando todo parece derrumbarse, hay algo en nuestro interior que sigue sosteniendo y dando luz. La fe no nos concede el derecho a que la vida siga nuestros planes. La verdadera fe nos da la gracia de descubrirnos acompañados y queridos ocurra lo que ocurra y hagamos lo que hagamos, liberados del miedo y abiertos a la vida y a los demás, para poder dar gratuitamente la abundancia del amor que recibimos de Dios.