Teología de J. Ortega y Gasset. Evolución del cristianismo



Capítulo Cuarto

La vida cristiana europea
en los siglos XV-XVII


Evolución del pensamiento cristiano: diversas etapas

Goticismo y reforma humanista I

Esta era la religión de los hombres dotados de personal y profunda vocación religiosa, imagínense cómo habían de comportarse en la segunda mitad del siglo XV los que individualmente no eran religiosos. La impresión de este hombre de sentir a su espalda el cristianismo por vez primera produjo en él el efecto de lanzarlo sobre el mundo con un apetito y una conducta tan profundamente irreligiosos que, sin vacilar, puede considerarse como la etapa menos religiosa que haya habido en toda la historia europea.

El europeo de 1400-1480 responde a la situación de tener que habérselas con su entorno sin fe viva, con sus medios humanos nada más. Puede dividirse esta centuria de transición en dos tramos: una primera etapa en que perdura el goticismo, y otra en la que se acrecienta el llamado humanismo.

Por goticismo entiende Ortega el mismo mundo medieval ahora abandonado a su suerte e incomunicado con el trasmundo de la fe. Fue obra de los ockamistas y tenía un sentido crítico: mostrar que no es posible deducir el mundo de Dios, sino que este mundo, aunque creado por él, es un hecho con el que hay que contar y que carece de un principio o razón superior que lo explique y fundamente (Ibid., 156-197).

No obstante, el ockamismo no modifica la figura del mundo; simplemente corta radicalmente su relación concreta con Dios. Y ¿cuáles son, se pregunta Ortega una vez más, las creencias sobre el mundo de este hombre que tiene el cristianismo a su espalda?.

Al parecer se trata del mundo tal como lo pensó Aristóteles, sólo que anquilosado y muy complicado. De lo que deduce lo poco que se ha aprovechado la inspiración cristiana para la interpretación de las cosas. Él intenta revivir aquella situación de esta manera: el hombre ockamista está en una creencia lo más opuesta a la que sostiene y lleva el hombre actual.

Hoy la naturaleza se presenta con infinidad de fenómenos que obedecen a unos pocos principios. La física se deriva toda de un solo principio. El cosmos físico-químico es una realidad única, homogénea, que se reduce a masa, gravitación y espacio-tiempo. Si nos imaginamos a nosotros mismos ahora como hombres de comienzos del siglo XV la realidad es mucho más complicada. Sin contar con el trasmundo divino, ateniéndonos sólo a éste, vemos que se divide en dos mundos radicalmente diferentes: el mundo de los astros, de los cielos y el mundo de la tierra o sublunar.

El mundo de los astros es inmutable, incorruptible; en el sublunar, en cambio, todo nace, muere, se corrompe. La razón es que este mundo terráqueo y todo en él está hecho con materia, mientras que en el sideral no hay materia, o si la hay es una materia inmutable -el éter. Además, el movimiento de los dos mundos es contrapuesto. Los astros se mueven siempre con movimiento circular y uniforme que es el movimiento perfecto, igual a sí mismo, sin principio ni fin. En la tierra todo movimiento natural es rectilíneo y consiste en ir de abajo arriba, como el fuego, o de arriba abajo, como la piedra abandonada a sí misma.

El movimiento rectilíneo de las cosas sublunares implica una peculiar finitud por tener que empezar en un punto y acabar en otro. Empieza en la superficie de la tierra, supongamos, y sube hasta la región del fuego bajo la esfera de la luna. De ahí no puede pasar. Pero esta complicación de dos mundos tan diferentes se agrava por el componente de cada uno. El cielo se compone de cincuenta y cinco esferas. Todas ellas, unas cuantas menos en la interpretación más sencilla, son necesarias para describir los movimientos de los astros en el sistema heliocéntrico.

Si ahora nos preguntamos por la efectiva realidad de todo esto que vemos en los cielos o en la tierra, nos encontramos también con una respuesta complicada: lo real son las formas sustanciales, entidades espirituales, es decir, inmateriales, que informan la materia, produciendo con esta combinación las cosas sensibles.

Ahora bien, esas formas serán una para cada especie de cosas como creen los tomistas, o una para cada individuo de la especie, como creen los escotistas; es decir, que habrá una sola forma "hombre" para todos los hombres, que se multiplica e individualiza al contacto con la materia, o habrá además una forma individual "Pedro", "Juan"; mejor "este Pedro", "este Juan". Pero lo importante es que esas formas son el principio de los fenómenos, su realidad, y que cada una no tiene nada que ver con las otras; cada una es, en este sentido, absoluta, independiente e inmortal.

Así que nos encontramos con que el mundo está constituido por muchas realidades últimas, indestructibles, invariables e independientes. Si nos ponemos en el caso menos complicado, el de los tomistas, vemos lo siguiente: este perro nace y muere, porque está compuesto de la forma sustancial "perro" y la materia. Pero la forma sustancial "perro", ella por sí, es incorruptible, indestructible e idéntica a sí misma siempre. "Una forma no puede cambiarse en otra, y como el mundo consiste principalmente en ellas, tendremos que vivimos en un mundo que no tolera transformación real ninguna.

Es como es de una vez para siempre. Es decir, habrá perros, caballos u hombres y siempre idénticos en todo lo esencial a como hoy son (Ibid., 157-159). Este modo de pensar se aplica igualmente a lo social. La sociedad se compone de rangos indestructibles: están los reyes, los nobles, los guerreros, los sacerdotes, los campesinos, los comerciantes, la prostituta y el criminal. Lo cual existirá siempre de manera irremediable.

Ver: Francisco G-Margallo: Teología de J. Ortega y Gasset. Evolución del cristianismo, Madrid 2012
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