"Las universidades católicas en Chile son un gran aporte a la vida académica, social y cultural del país" Newman, a las universidades católicas hoy: "¿Están realmente consagradas a la verdad y a su búsqueda incesante?"

"Sin lugar a duda, las universidades católicas en Chile son un gran aporte a la vida académica, social y cultural del país. Se han ido consolidando con el tiempo y su presencia se extiende de norte a sur"
"Las universidades católicas y sus comunidades son parte integrante de la Iglesia y de su misión desde el vasto, fascinante e infinito campo del saber. Reconozco y valoro el quehacer de cada uno de sus miembros y los animo a que ampliemos la mirada, sabiendo que el todo es más que las partes, como solía decirnos el Papa Francisco"
| Fernando Chomali arzobispo de Santiago de Chile
Ofrezco esta reflexión fruto de mi experiencia como Gran Canciller –durante trece años– de la joven y promisoria Universidad Católica de la Santísima Concepción, y ser actualmente Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica de Chile, institución que además me acogió como alumno y, por muchos años, como profesor. Me mueve también el hecho de que el cardenal Newman haya dedicado una considerable parte de su vida a pensar la universidad, a reflexionar sobre ella, su vocación y la articulación de los saberes que allí se dan cita.
Su preocupación estuvo motivada tanto por su labor docente como por su experiencia religiosa, que comenzó y se formó en la iglesia anglicana y culminó con su decisión de ingresar a la iglesia católica. El proceso de su conversión fue lento y meditado, revelándose entre la capilla y la biblioteca. Además, se están realizando una serie de seminarios en torno a la constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae de Juan Pablo II que cumple 35 años desde su promulgación que bien amerita una reflexión acerca de la universidad en general y las católicas en particular.
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Al mismo tiempo, me mueve a escribir estas líneas el hecho de que hace pocas semanas el Papa León aceptó conceder el título de “Doctor de la Iglesia Universal” a san John Henry Newman (1801-1890). Ese acontecimiento aporta renovadas luces para dilucidar algunas respuestas para los tiempos que vivimos. Por ejemplo, ¿puede este santo doctor de la Iglesia, figura notable en el contexto inglés del siglo XIX, guiarnos ante los desafíos que hoy enfrentan las universidades católicas? ¿De qué manera podemos revertir la pretensión omniabarcante que ostentan algunas perspectivas de las ciencias positivas, desplazando con ello a la teología y a la filosofía, a las humanidades y a las artes, en su tarea articuladora del saber a partir del reconocimiento de que la racionalidad es científica, ética y estética a la vez?
Sin lugar a duda, las universidades católicas en Chile son un gran aporte a la vida académica, social y cultural del país. Se han ido consolidando con el tiempo y su presencia se extiende de norte a sur. Son ampliamente valoradas y realizan un gran esfuerzo por ser fieles a su identidad católica en el servicio a la sociedad, formando nuevos profesionales, investigando, y dando a conocer los resultados de su trabajo. Un sinnúmero de líderes a nivel regional y nacional, de todas las áreas de la vida social, han pasado por sus aulas. De ello todos hemos de estar muy agradecidos, pero aquello no nos puede eximir de una reflexión crítica frente al quehacer universitario hoy. Eso sería renunciar a lo que es más propio.
Quisiera invitar a todos quienes están involucrados en el quehacer académico a reflexionar sobre el ser más profundo de la universidad, particularmente en tiempos complejos como los actuales. En ese contexto, conviene recordar las palabras de monseñor Gallagher: “Lejos de ser una institución más en el mercado global de las ideas, y mucho menos católica por la cantidad de crucifijos en sus paredes o las celebraciones en su capilla, una universidad verdaderamente católica es un lugar donde la búsqueda de la verdad está en armonía con la certeza de la fe” (Ciudad de México, julio de 2025).

Los momentos delicados que vivimos –en los que proliferan un sinnúmero de antropologías y éticas diversas, inmersas en un claro proceso de cambios culturales extraordinariamente acelerados– exigen mayor atención de parte de nuestros centros de estudio. Es necesario rescatar aquello que colabora a que la sociedad sea más humana y justa; y, cuando ello no acontezca, contribuir a la humanización de las estructuras sociales desde su propia identidad y sin ambigüedades.
1- Tensiones contemporáneas en la misión de las universidades católicas
La demanda por la excelencia hace que las universidades estén más ocupadas y preocupadas por obtener financiamiento, por aparecer en los rankings y por tener figuración pública para captar alumnos. Son muchos los recursos que las universidades invierten en publicidad en los medios de comunicación social. Eso puede poner en segundo plano la necesaria y urgente reflexión más pausada y reposada sobre su quehacer. Ninguna universidad está exenta de caer en esa dinámica, y las universidades católicas no son la excepción. Entrar en la vorágine de la competencia sin una debida reflexión empobrece lo que la constitución apostólica Ex corde ecclesiae define como lo más propio: ser “una comunidad académica, que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural” (EE 12).
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El problema sobre el cual invito a reflexionar es si las universidades católicas –en medio de las exigencias actuales– están aplicando la mirada rigurosa y crítica en la búsqueda de la verdad, o han caído en la lógica del utilitarismo y de las estrategias de marketing, empobreciendo el desarrollo académico, la generación de nuevo conocimiento junto con su transmisión y, por ende, su contribución a la sociedad.
Dicho de otra manera, la pregunta es ¿están las universidades católicas realmente consagradas a la verdad y a su búsqueda incesante? Más aún, el pensamiento que se genera dentro de las salas de clase, ¿conjuga armónicamente la fe y la razón a partir del supuesto de que toda búsqueda está impregnada de la certeza de conocer ya la fuente de la verdad, Jesucristo, como lo plantea acertadamente Ex corde ecclesia (cf. EE 1)?

Si la respuesta a los cuestionamientos presentados evidencia un debilitamiento en la misión de las universidades católicas, deseo animarlos a hacer un esfuerzo por renovar cuanto antes su compromiso de promover con más fuerza las facultades o institutos de teología y de filosofía, junto con las humanidades y las artes. En efecto, en virtud de los objetos de estudio de dichas disciplinas, ellas contribuirán decididamente a fortalecer la búsqueda de verdad, aportando formas de diálogo e integración armónica con las demás ciencias.
Resuenan con fuerza las palabras de Francisco en la Pontificia Universidad Católica de Chile, cuando expuso: “La Universidad, en este sentido, tiene el desafío de generar nuevas dinámicas al interior de su propio claustro, que superen toda fragmentación del saber y estimulen a una verdadera universitas” (Discurso, 17 de enero de 2018). Los tiempos reclaman asumir el desafío con urgencia, dada la ausencia de respuestas convincentes frente a las preguntas cada vez más acuciantes sobre el sentido de la vida, la vida en sociedad, cómo superar la pobreza, la marginación y la creciente polarización de la sociedad. Preguntas que sólo pueden responderse a la luz de una antropología que integre el saber que proviene de la razón y la fe, junto con una mirada amplia que evite cualquier reduccionismo.
Adicionalmente, resulta relevante preguntarse cómo puede cada universidad llevar a cabo la realización específica de su identidad católica, manteniéndose fiel a su objetivo fundacional y, al mismo tiempo, abriéndose a la novedad de los nuevos conocimientos y de la historia que está siempre en marcha.
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En cuestiones tan apremiantes, el cardenal Newman fue un hombre preclaro en el discernimiento de los signos de los tiempos. Por eso, más allá de la evidente distancia temporal que nos separa, quiero invitar a las comunidades académicas en general, y a los filósofos y teólogos en particular, a explorar el pensamiento del próximo doctor de la Iglesia y a demostrar que sus reflexiones poseen una luz necesaria para renovar la misión de nuestras universidades católicas.

El contexto intelectual de aquella época estaba marcado por el racionalismo liberal, observado desde las comunidades anglicanas de su tiempo, caracterizadas por una experiencia intimista de la fe. Ante ese escenario surge en el futuro cardenal el deseo de demostrar la racionalidad de la fe cristiana, intentando superar tanto el cientificismo reduccionista como la deriva meramente emotiva de la fe. Hoy más que nunca, en medio de aires sincretistas, surge la imperiosa necesidad de poner de manifiesto la razonabilidad de la fe y su relación con las demás humanidades, ciencias y artes. Esa armonía del saber es clave para que los jóvenes se interesen por las disciplinas que nos ayudan a responder no sólo al “cómo” sino que también al “porqué” y el “para qué”.
Newman construye su pensamiento sobre una sólida base: él cree en la verdad y sabe que ella es accesible al ser humano desde las más variadas perspectivas. No concibe la verdad en un sentido intelectualista, sino de un modo mucho más profundo. La entiende como la consistencia de la realidad en su capacidad de expresar al Creador. En otras palabras, es imagen de la bondad del autor de la vida y de su voz silenciosa (cf. Sab 13,1-5; Rm 1,20). Precisamente por eso para Newman –un apasionado por la verdad– la universidad debía ser el ámbito natural en el cual convergen íntimamente las diversas ciencias, la filosofía y la religión.
2. Una invitación a seguir profundizando
A la luz del pensamiento de John Henry Newman, todas las disciplinas cultivadas en la universidad pueden ser iluminadas por la teología. Y a su vez, todas las facultades –cada una desde su propia autonomía y particular epistemología, en el rigor de sus propios métodos y objetivos– de alguna manera pueden llegar a ser también un reflejo de la belleza y de la bondad de Dios, y ojalá un camino de encuentro con el Creador. Afirmación que puede ser enmarcada en la enseñanza del Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et Spes 36). ¡He aquí el grandísimo desafío actual para las universidades católicas!
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Lo que él llamó “idea de universidad” implica ineludiblemente alcanzar un saber unificado de las disciplinas académicas. En medio del enorme desarrollo industrial de su época, el santo doctor vislumbra el peligro de reducir la actividad universitaria a una mera preparación profesionalizante o a una preparación intelectual regida por el criterio de la utilidad. Newman aspira, por lo tanto, a la creación de un conocimiento y una educación de lo aparentemente inútil, engarzando así con el patrimonio filosófico de la corriente platónica: el saber por el saber mismo.

Hoy nos encontramos en una época distinta a la del cardenal, un momento que algunos denominan como la era de la información o del conocimiento. Se habla de la necesidad del pensamiento crítico, del análisis de datos, de la integración de tecnologías, entre otros. ¿No se vislumbra en todo aquello algunas de las intuiciones de Newman? ¿No son acaso los mismos desafíos acerca de la integridad y del sentido de la realidad como reflejo del Creador? ¿Estamos en un momento histórico en el cual el pensamiento de Newman podría encontrar aceptación?
Con esas reflexiones solo quiero provocar esa investigación, cuyos hallazgos estoy seguro de que agradecerán tanto las universidades católicas en su conjunto como las que no lo son.
Las universidades católicas y sus comunidades son parte integrante de la Iglesia y de su misión desde el vasto, fascinante e infinito campo del saber. Reconozco y valoro el quehacer de cada uno de sus miembros y los animo a que ampliemos la mirada, sabiendo que el todo es más que las partes, como solía decirnos el Papa Francisco, y pensemos en grande como nos recuerda constantemente el Papa León. Nuestra misión es estar al centro del diálogo a todo nivel, para enriquecerlo desde la preciosa mirada cristológica que nos preside y, al mismo tiempo, eclesial, pues nos convoca.
¡Que la sabiduría de Newman nos inspire a ser verdaderas universidades católicas al servicio de Cristo y de la sociedad! Las futuras generaciones lo van a agradecer dado que la ausencia de una reflexión de orden más metafísico y teológico nos ha llevado a una gran superficialidad, la que ha empobrecido la capacidad de mirar con un sano espíritu crítico y mayor agudeza la realidad. Ello ha desembocado en una sociedad frívola donde la cultura del tener ha prevalecido sobre la cultura del ser, y el interés por las cosas y lo inmediato, ha prevalecido sobre el interés por las personas y su futuro.
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