Nuestro Episcopologio
“Episcopologio” significa académicamente “catálogo y serie de obispos de una Iglesia”. “Obispo”, con la misma autoridad avalada por la teología y la catequesis, designa al “prelado -superior eclesiástico- de una diócesis -distrito o territorio- a cuyo cargo está el cuidado, la dirección y el gobierno eclesiástico de los diocesanos”.
En esta ocasión, por supuesto que con el debido respeto canónico a la autoridad, reflejando el sentir de buena parte el Pueblo de Dios, con la libertad propia de sus hijos y con el único deseo de que el principio de “Ecclesia semper reformanda” justifique cualquier actividad, y más si a esta la cortejan los riesgos y no los consuetudinarios arreboles panegíricos del incienso, pretendo enmarcar las siguientes sugerencias:
. Es idea crecientemente generalizada, tanto dentro como extramuros de la Iglesia, que el episcopologio actual en España es de los más anodinos y desangelados de su historia, a la vez que de bastantes Iglesias-Conferencia Episcopales del resto de países católicos. Aún con referencias a los tiempos del semi-extinto nacional catolicismo y de la misma transición, sus obispos, en buena proporción y méritos, ejercieron su sagrada misión con compromiso, autoridad y eclesiología mayor.
. En esos mismos tiempos, por citar algún ejemplo, sus comportamientos, declaraciones, pastorales y homilías acapararon titulares de los medios de comunicación social general con sentido y contenido eclesiales. Hoy apenas si a nuestros obispos, o super-obispos, les es dado titular alguna noticia, a no ser que esta encabece la información de bodas principescas o bautizos, presidencias o recepciones diplomáticas, en las que su representante, por privilegio hispano, ha de ejercer en calidad de decano.
.La pía explicación que algunos aportan de que también el colectivo episcopal ha de reflejar y refleja la situación de descorazonamiento, dimisión o indiferencia y acabamiento que caracteriza a otros en la sociedad española, constituiría un pecado grave contra la Iglesia y la sociedad, de difícil remisión, por la carga de infidelidad y apostasía que conlleva.
. El episcopado español, y quienes son sus fautores por su capacitación canónica para designar a sus miembros y decidir la jerarquización entre ellos, precisan de cambios profundos en los procedimientos y tal vez en sus intenciones y propósitos. En los nombramientos han de intervenir de alguna manera el Pueblo de Dios, el Cabildo y los sacerdotes. Los candidatos a obispos no podrán seguir siendo a perpetuidad de un solo color, y este, de talante eminentemente conservador y confiar que tan solo por equivocación resulte alguno un tanto emprendedor o “atrevido”. Como casi todo se sabe hoy, también en cuanto se relaciona con el nombramiento de los obispos, da la impresión de que, de tales “operaciones” se ausenta no pocas veces el mismo Espíritu Santo, por sus reiteradas concomitancias con las políticas.
. En los nombramientos de los obispos de España sobran nepotismos -algunas veces hasta de apellidos-, pero sobre todo de pensamientos, ideologías o pseudo-ideologías y, por supuesto, de influencias de determinados jerarcas. La más elemental reflexión sobre el tema hace descubrir con nitidez procedencias y “grupos” como el madrileño, el valenciano, el sevillano, el vasco, el catalán y los de estas o aquellas asociaciones religiosas …
. No resulta veraz la apreciación de que las caracterizaciones más sobresalientes de los miembros del episcopado español son coincidentes con los de otros países y con los de Roma y su Curia. En general, unos y otros son más plurales, bastante menos conservadores y aún “progresistas”, que los componentes de la actual Conferencia Episcopal Española.
. Urge destacar santamente la necesidad de la renovación del Episcopado español a tono con las demandas de los tiempos, con resplandecientes y ejemplares reflejos en ideas, comportamientos, formas y maneras de ser y actuar con sacerdotes y laicos, con creyentes e incrédulos, ricos y pobres, autoridades y súbditos y, revestidos de tolerancia, siempre al servicio de la colectividad en la pluralidad de colores.
. Destronarse de la situación nacional y diocesana en la que privilegiadamente todavía viven no pocos obispos, con gestos, títulos y tratamientos pontificales es sacrosanta tarea eclesial. A ella podría contribuir la honesta y pública referencia de casos reales y de palabras y escritos en los que sus protagonistas manifiestan y expresan sus convencimientos feudales, algunos de ellos, y otros, alejados del sentir y proceder del resto del Pueblo de Dios y del común de los ciudadanos. Entre los obispos, teóricamente “supercristianos”, nadie puede ser “Dios ni patrón”, por lo que tales actitudes habrán de expatriarse de sus vidas y de sus liturgias cívicas, al menos.
En esta ocasión, por supuesto que con el debido respeto canónico a la autoridad, reflejando el sentir de buena parte el Pueblo de Dios, con la libertad propia de sus hijos y con el único deseo de que el principio de “Ecclesia semper reformanda” justifique cualquier actividad, y más si a esta la cortejan los riesgos y no los consuetudinarios arreboles panegíricos del incienso, pretendo enmarcar las siguientes sugerencias:
. Es idea crecientemente generalizada, tanto dentro como extramuros de la Iglesia, que el episcopologio actual en España es de los más anodinos y desangelados de su historia, a la vez que de bastantes Iglesias-Conferencia Episcopales del resto de países católicos. Aún con referencias a los tiempos del semi-extinto nacional catolicismo y de la misma transición, sus obispos, en buena proporción y méritos, ejercieron su sagrada misión con compromiso, autoridad y eclesiología mayor.
. En esos mismos tiempos, por citar algún ejemplo, sus comportamientos, declaraciones, pastorales y homilías acapararon titulares de los medios de comunicación social general con sentido y contenido eclesiales. Hoy apenas si a nuestros obispos, o super-obispos, les es dado titular alguna noticia, a no ser que esta encabece la información de bodas principescas o bautizos, presidencias o recepciones diplomáticas, en las que su representante, por privilegio hispano, ha de ejercer en calidad de decano.
.La pía explicación que algunos aportan de que también el colectivo episcopal ha de reflejar y refleja la situación de descorazonamiento, dimisión o indiferencia y acabamiento que caracteriza a otros en la sociedad española, constituiría un pecado grave contra la Iglesia y la sociedad, de difícil remisión, por la carga de infidelidad y apostasía que conlleva.
. El episcopado español, y quienes son sus fautores por su capacitación canónica para designar a sus miembros y decidir la jerarquización entre ellos, precisan de cambios profundos en los procedimientos y tal vez en sus intenciones y propósitos. En los nombramientos han de intervenir de alguna manera el Pueblo de Dios, el Cabildo y los sacerdotes. Los candidatos a obispos no podrán seguir siendo a perpetuidad de un solo color, y este, de talante eminentemente conservador y confiar que tan solo por equivocación resulte alguno un tanto emprendedor o “atrevido”. Como casi todo se sabe hoy, también en cuanto se relaciona con el nombramiento de los obispos, da la impresión de que, de tales “operaciones” se ausenta no pocas veces el mismo Espíritu Santo, por sus reiteradas concomitancias con las políticas.
. En los nombramientos de los obispos de España sobran nepotismos -algunas veces hasta de apellidos-, pero sobre todo de pensamientos, ideologías o pseudo-ideologías y, por supuesto, de influencias de determinados jerarcas. La más elemental reflexión sobre el tema hace descubrir con nitidez procedencias y “grupos” como el madrileño, el valenciano, el sevillano, el vasco, el catalán y los de estas o aquellas asociaciones religiosas …
. No resulta veraz la apreciación de que las caracterizaciones más sobresalientes de los miembros del episcopado español son coincidentes con los de otros países y con los de Roma y su Curia. En general, unos y otros son más plurales, bastante menos conservadores y aún “progresistas”, que los componentes de la actual Conferencia Episcopal Española.
. Urge destacar santamente la necesidad de la renovación del Episcopado español a tono con las demandas de los tiempos, con resplandecientes y ejemplares reflejos en ideas, comportamientos, formas y maneras de ser y actuar con sacerdotes y laicos, con creyentes e incrédulos, ricos y pobres, autoridades y súbditos y, revestidos de tolerancia, siempre al servicio de la colectividad en la pluralidad de colores.
. Destronarse de la situación nacional y diocesana en la que privilegiadamente todavía viven no pocos obispos, con gestos, títulos y tratamientos pontificales es sacrosanta tarea eclesial. A ella podría contribuir la honesta y pública referencia de casos reales y de palabras y escritos en los que sus protagonistas manifiestan y expresan sus convencimientos feudales, algunos de ellos, y otros, alejados del sentir y proceder del resto del Pueblo de Dios y del común de los ciudadanos. Entre los obispos, teóricamente “supercristianos”, nadie puede ser “Dios ni patrón”, por lo que tales actitudes habrán de expatriarse de sus vidas y de sus liturgias cívicas, al menos.