Una mujer levita en ARCO8

Si DIOS nos diese ahora una luz para mostrarnos lo que Él ve y obra en las almas que nos rodean, y lo que siente de ellas, y lo que hizo y hace por ellas, esta luz no causaría cambio alguno fuera de nosotros, y, sin embargo, comenzaríamos ahora mismo una vida nueva en nuestras relaciones mutuas de estima, veneración, aprecio, respeto, amor y sacrificio; y andaríamos como absortos en la contemplación de la verdad descubierta; y ansiaríamos intensamente sacrificar nuestra vida los unos por los otros, para darnos mutuamente la mayor muestra posible de caridad y de amor verdadero.
Y en medio de esta nobleza de sentimientos nuevos, no tendrían cabida los juicios y sentimientos pequeños, y menos aún las palabras que de ellos se derivan; porque cuando el Espíritu Santo mete en el alma una idea grande, ipso facto se extinguen millares de ideas pequeñas, como al salir el Sol se ocultan las estrellas.
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Este influjo de la luz divina en la caridad fraterna se entiende mejor cuando se reflexiona en el influjo que ejerce la forma del cuerpo en los amores humanos, y aun en otras simpatías de un orden más levantado.
Si DIOS transformara en hermosos los cuerpos feos, surgirían, ciertamente, nuevas uniones.
Las mismas personas que ahora se repelen o se miran con indiferencia, podrían entonces atraerse con fuerza irresistible; y a muchos discípulos, verbigracia, para brillar les bastaría la mitad de la ciencia.
Y si este resultado tan notable lo puede conseguir DIOS con sólo modificar un poco la superficie de barro de los cuerpos mortales: ¿qué no será si Él nos descubre la hermosura real y verdadera de las almas inmortales, acaso consagradas a su servicio, predestinadas a su gloria, bañadas en sangre divina, bañadas también en la sangre propia, en la sangre de mil sacrificios secretos?
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De aquí se infiere una consecuencia práctica: es razonable y prudente tratar a los demás como a hostias consagradas, bajo cuyos accidentes de tierra se ocultan grandes misterios; y acostumbrarnos a amar con fe, esforzándonos en CREER en una amabilidad y hermosura que ahora apenas sospechamos, pero que en el Cielo será totalmente manifiesta.
Entonces nos alegraremos de habernos sobrepuesto sabiamente a la impresión fascinadora que ejerce sobre nosotros aquella tierra de los accidentes; y de que nuestra vida de prueba en este mundo hubiese sido una adoración del Cuerpo eucarístico y una adoración del Cuerpo místico de aquel Señor cuya Sangre divina nos hizo consanguíneos para siempre.