"¿Te has preguntado con serenidad quién soy?" En la misión de dar la esperanza que salvará a los hombres

(Carlos Osoro, arzobispo de Madrid).- ¿Te has preguntado con seriedad quién soy yo? ¿Quién soy yo de verdad? En nuestra sociedad y cultura, tremendamente fragmentada, abundan viajeros que perdieron el norte.

Está esa enfermedad que llamo de "las tres D": desdibujamiento, desesperanza, desorientación. Con ella quiero expresar que hay soñadores que no saben aceptar las limitaciones de la condición humana; hay náufragos del absoluto, su barca se hunde bajo el azote de vientos cuyo origen a menudo les es desconocido; también hay algunos que se han unido a la corriente de esa civilización que quiere construirse sin alma, y que provoca desilusión, desesperanza, vacío, crea descartes y es incapaz de atreverse a asumir que su gran tarea es hacer la cultura del encuentro.

Para ello es necesario no coger el primer salvavidas que se presente. Os lo aseguro: hoy la cuestión de Dios no es secundaria. Es fundamental la cuestión de la verdad para construir el presente y el futuro. Por eso, ¡qué importante es conocer a Jesucristo! ¡Qué importante es la fe! De vivir creyendo a no creer la diferencia es abismal.

Es verdad que la fe es un don. Y, como todo don, se puede acoger o rechazar, tomar o dejar. Doy las gracias a todos aquellos que me dieron a conocer y me enseñaron a vivir y a dar a conocer "a Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio ... Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (cf. Hch 2, 22-36).

Os invito a vivir siendo discípulos misioneros, que en definitiva es hacer sentir pasión para que en este mundo nuestro se haga visible Jesucristo. La morada de Dios entre los hombres, que es la Iglesia fundada por Él y de la que somos parte, debe dar testimonio creíble de que Jesús es el Señor.

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