Sangre por petróleo, otra vez.

Una de las características que tienen los conflictos del siglo XXI, y que los une a todos por encima de consideraciones de otro tipo, es que son conflictos por los recursos. Los países centrales de lo que ha venido siendo denominado como Occidente, es decir, los países enriquecidos por el orden capitalista mundial, son países pobres, muy pobres en recursos, especialmente en recursos energéticos. El 90% de los recursos fósiles o nucleares están situados en países empobrecidos y marginados tradicionalmente y que ahora tienen un valiosos recursos para hacer valer su posición geoestratégica en el mundo. El control del petróleo, el gas, uranio y plutonio recae sobre tres o cuatro zonas en el mundo que están situadas en América del Sur, África y Oriente Medio. Los países enriquecidos solo pueden mantener su posición, alimentar su máquina de enriquecimiento, si son capaces de asegurar los suministros energéticos, cosa que está siendo puesta en cuestión desde la década de finales de siglo pasado. Entonces, una nueva política del capitalismo mundial entró en escena y empezó a mover los cimientos del orden anterior. La nueva doctrina venía a decir poco más o menos: "donde quiera que estén los recursos, son nuestros".

Esta nueva política mundial necesitará de una fuerte implementación para conseguir que las opiniones públicas occidentales lo acepten y aquí es donde entra la "doctrina del shock". Como dijera Friedman en su célebre Capitalismo y Libertad, "solo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable". Dicho en paladino: hay que forzar la sociedad para que se cumpla lo que necesitamos. Dicho y hecho. Los acontecimientos del 11S abrieron la puerta a las intervenciones militares que posibilitarían la implementación de la nueva doctrina. Primero fue Afganistán, lugar por donde debía pasar el petróleo del Caspio y lugar por donde pasa el petróleo a China. Luego Irak, bajo cuyo territorio se encuentra la mejor fuente de crudo del mundo. Ha seguido Nigeria, Libia y ahora Siria. Libia es importante, no tanto por los yacimientos, cuanto por ser la llave de acceso a África. Siria lo es porque su territorio es fundamental para sacar el petróleo irakí sin pasar por Irán y así poder proyectar una intervención en Irán sin problemas añadidos.

La intervención en Libia tuvo una derivada con la que no contaban. Los grupos mercenarios del dictador libio eran, en su mayoría, malienses. Tras la derrota, todos estos soldados de fortuna volvieron a su país y se unieron a las fuerzas que luchaban en el norte de Mali, con las consecuencias que hemos vistos el último año. Ahora, cuando el riesgo de que el norte de Mali, cuyo subsuelo está inundado de petróleo, caiga en manos de Al-Qaeda, es alto, los intereses internacionales, representados por Francia, intervienen sin ningún pudor, puesto que 10 años de destrucción del sistema de derecho internacional permiten que cualquiera, invocando intereses "humanitarios", intervenga militarmente en cualquier lugar.

A diferencia de la guerra de Irak, que provocó una movilización internacional sin precedentes, el resto de guerras, todas ellas igual de ilegales e injustas, bajo el paraguas ideológico de "intervención humanitaria", han pasado casi desapercibidas para la ética de la ciudadanía. La doctrina del miedo ha funcionado y todos estamos anestesiados ante tamaña barbarie cometida en nuestro nombre, con nuestro dinero y para nuestro beneficio. Es evidente que nosotros no queremos que se mate, extorsione o viole, pero todo eso se hará en nombre de los valores de Occidente, valores que representa mejor que nadie la insignia tricolor de las tropas francesas. Cuando, de vuelta, recibamos el, quizá injusto, pago por nuestras acciones; cuando estallen centros comerciales, secuestren cooperantes, asesinen escolares, no preguntemos ¿por qué?, como si no supiéramos la causa. Quien a hierro mata a hierro muere, dice la sabiduría popular. Por muy injusto que sea, es así por la naturaleza misma del desorden mundial establecido. Otra vez "sangre por petróleo", otra vez, una amenaza se cierne sobre nosotros.

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