La "viña" y el "Señor de los no religiosos": comentario a Mt 21,33-43



Jesús cuenta una parábola pero, esta vez, a sus adversarios. Asume la metáfora de viña (cf. Is 5,1-7) que, en el Antiguo Testamento, muestra esa especial predilección de Dios con su pueblo: por eso la resguarda con una cerca y coloca en ella una torre para vigilar su propiedad. El propietario sale de viaje y arrienda la torre. El viaje se supone que es largo pues, para que una viña dé fruto, deben pasar varios años. Este “arriendo” de la viña no aparecía antes en el texto de Isaías de forma que Jesús está narrando una historia nueva de la vieja “viña” (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo, tomo III, p. 296).

Al llegar el momento de la cosecha, el patrón manda a sus siervos pero estos son apedreados y brutalmente asesinados por los viñadores. Estos agravios nos ubican en la forma en que fueron maltratados los profetas por ser enviados para exigir los frutos que la "viña" debería de dar. Llegando al clímax de la narración, el propietario envía a su hijo creyendo que lo respetarán. Pero la narración destaca la maldad de los viñadores que sólo contemplan la opción individualista de quedarse con la viña por encima de cualquier cosa. Deciden así matar al muchacho como los hermanos de José pensaron hacerlo con él (cf. Gn 37,20 LXX). No cabe duda de quiénes son los personajes: al sacar de la viña al hijo para matarlo, podemos comprender la alegoría de la crucifixión de Jesús fuera de la ciudad a manos de los sumos sacerdotes y ancianos. Los romanos no aparecen en la mentalidad del evangelista.

¿Y qué con todo esto? Jesús interpela a sus interlocutores y les hace decir la respuesta que recae sobre ellos mismos: cuando el dueño regrese vengará estas muertes y les arrebatará el “reino de Dios” para que la justicia del mismo se haga realidad. Aquéllos que han tenido “la papa en la mano” han desperdiciado esa oportunidad por simple vanidad y egoísmo.

¿No se nos hace conocida esta narración? Muchos cristianos/as hoy siguen considerando su especial relación con Dios como un regalo que no se comparte. El extra ecclesia nulla salus, aunque ha sido reinterpretado teológicamente, sigue siendo una barrera para quienes no comparten la fe en Jesús, el Cristo. No se trata de borrar la particularidad del cristianismo pero tampoco de proponer superioridades en torno a la falsa pregunta por la “verdadera” religión porque la verdadera fe es aquélla que humaniza, que exalta la dignidad de todas las personas y produce alegría.

La parábola que hemos escuchado nos confronta a cada uno/a de nosotros/as: ¿estamos sacándole provecho a la “viña” para generar frutos de justicia, bondad, ternura y encuentro? (J. A. Pagola, Grupos de Jesús, Mt 21,33-43) ¿O, más bien, corremos el riesgo de creer estar en lo cierto repitiendo viejos rituales cuando el mundo moderno nos presenta nuevas exigencias?

Cuando escucho hablar de “crisis de fe”, “pérdida de valores” o “descristianización” me pregunto: ¿no será más bien que, estando anquilosados en el pasado y refugiándonos en él, las nuevas generaciones son más fieles a Dios fuera de las paredes de la iglesia? ¿No será más bien que Dios está “afuera”, como nos lo describió D. Bonhoeffer, al decir que Cristo es también “señor de los no religiosos”? (Cartas desde la prisión, del 30 de abril al 18 de junio de 1944). Lo que rechazamos como “arquitectos oficiales” es, para Dios, la verdadera “piedra angular”: los empobrecidos, los extranjeros, las mujeres, los niños, las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas… Todos los excluidos y marginados de la historia son, primeramente, herederos/as del Reino.
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