Wojtyla, salvado y a salvo

Ya está en los altares. Tras la apoteosis de ayer (aquí se habla de millón y medio de personas en la beatificación), hoy el cardenal Bertone celebra una eucaristía de acción de gracias. La resaca del beato. La Iglesia ha empeñado su palabra y asegura que el Papa Juan Pablo II está en el paraíso. Es beato y, por lo tanto, se le puede rendir culto. El Papa Wojtyla está salvado y a salvo de cualquier sospecha o de cualquier responsabilidad pasada, presente o futura.

Llegó a los altares (en su primer escalón, aunque pronto conseguirá la meta final de la canonización) demasiado “súbito”. Y perseguido por manchas de calado en su historial de Papa Magno, con un pontificado repleto de luces y también de sombras, como corresponde a toda obra humana.

Le persiguen sobre todo la sombras alargadas de Marcinkus, de Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo, del cardenal Groer y la pederastia, de los teólogos de la Liberación condenados, de la mujer marginada en la institución, de monseñor Romero postergado, de la involución eclesial y de la prepotencia de los nuevo movimientos que, de su mano, coparon el poder en la Iglesia, desactivaron el Vaticano II y ahogaron cualquier intento de pluralismo.

Demasiadas asignaturas pendientes, por algunas de las cuales está pagando su sucesor. Errores por los que ya no se le podrán pedir cuentas. La santidad lo coloca por encima del tiempo humano. Ya es más que un Papa, responsable de sus actos ante el tribunal de los hombres. Es un beato, que ya sólo responde ante Dios.

Una de las consecuencias más profundas de la beatificación es que blinda al Papa Wojtyla y le limpia de cualquier sospecha. Y para siempre. Lo coloca en otra galaxia, en otra dimensión. Queda a salvo de cualquier eventual acusación, pero, por eso mismo, por salvarse él, puede colocar a la institución en la diana.

Si se descubren nuevas y comprometedoras evidencias, si saltan a la luz nuevas o viejas manchas, alguien tendrá que responder por ellas. Y si ni responde el Papa-beato, tendrá que responder, directa o indirectamente, la institución.
En cualquier caso, en el balance del debe y el haber, la Iglesia sale ganando ampliamente con el “activo” del Papa Wojtyla. Un Papa Magno en todo, especialmente hacia afuera. Prestigió a la institución, la colocó como una de las máximas instancias de autoridad moral en el mundo, amén de hacerla visible y portada de los medios. Tanto de vivo como de muerto. Con él, muchos católicos redescubrieron el orgullo de serlo y de confesarse creyentes ante el mundo.

Su carisma, sus gestos, sus frases, sus palabras nunca morirán. Marcó una época. Fue, sin duda, un Papa único e irrepetible: el Papa viajero, el Papa del perdón, el Papa obrero, el Papa de los derechos humanos, el Papa de la solidaridad, el Papa que puso a la persona por encima del capital.

Hacia el interior de la Iglesia, las cuentas no le salieron tan claras. Fiel a su manera de ser y de pensar, impulsó un modelo eclesial de reafirmación doctrinal, con subrayados fuertes en lo moral y con cerrazón absoluta a las cuestiones disputadas. Tareas pendientes para su sucesor o para el sucesor del sucesor, como el celibato opcional, la moral sexual o el acceso de la mujer al sacerdocio. O la corresponsabilidad efectiva de los laicos en la Iglesia, pueblo de Dios.

El Papa Wojtyla se echó, con armas y bagajes, en manos de los movimientos neoconservadores, relegó a las clásicas órdenes religiosas, y potenció un tipo de clero funcionarial, sacramentalista, replegado en lo espiritual y alejado de la opción preferencial por los pobres de la Iglesia samaritana del Concilio. Llevó el péndulo de la Iglesia tan a la derecha que ya solo puede girar hacia el centro. Y quizás, ahora, desde el cielo también el beato Karol Wojtyla eche una mano para promover esa nueva “primavera” de la Iglesia.
Volver arriba