El crucifijo y la cruz


Para San Antonio María Zacaría el crucifijo era su primer y único maestro. De él aprendía todo lo que había de transmitir a los demás. Junto a él aprendió "la locura de la cruz", más sabia que toda la sabiduría humana. Tal vez de él vino hasta nuestros tiempos de juventud la costumbre de iniciar los escritos con una cruz.

Yo quisiera, como él, mantener estos amores: el crucifijo y la Eucaristía, como dos aspectos de un único amor. Mirando la cruz, aprendemos la fe, esperanza y caridad en el mejor libro. Como Cristo lo es todo para nosotros, hemos de adorarle en las manifestaciones más entrañables de su amor: Eucaristía y crucifijo. No me cansaría de anunciar este mensaje por todo el mundo.

Si sufres, mira a la cruz
Muchas veces he explicado a los niños el sentido del dolor mirando a la Cruz. Y me parece la interpretación más satisfactoria. Si Cristo padeció por nuestro amor, a semejanza suya, vamos a padecer por El. Así se irán curando nuestras llagas del hombre viejo; así también nos iremos revistiendo del hombre nuevo. Todo este camino de purificación interior se ha de hacer con fatiga. Y no hay más remedio que pedirle a Dios fuerza en la oración para ir aceptando día a día el sufrimiento, y para desprendernos de nuestra afición al placer.

Algunos hoy desean avanzar en la virtud sin sacrificio. Lo estamos comprobando. Pero ¿qué sentido puede tener la frase de Mateo "El Reino de Dios padece violencia y solamente los esforzados pueden arrebatarlo"? Pero todo esfuerzo merece la pena, no sólo para alcanzar mérito para la vida eterna, sino también para extender el Reino de Dios en este mundo.

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