El don y el valor del sacerdocio



Editorial Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 12 de julio.- El sacerdote debe ser siempre una puerta abierta a todos, debe saber escuchar, tratar a cada persona con todo su corazón, dedicando a cada uno el tiempo necesario, amando y acogiendo a todos como el mismo Jesucristo. No dar sólo su tiempo, sino su misma vida, sin límite alguno. Se puede decir que su vocación es ser un mártir del servicio al prójimo. Una sola alma vale la pena todo el esfuerzo de un sacerdote.

Dios quiere sacerdotes santos que nos ayuden a encontrar a Cristo. El Papa ha convocado este Año Sacerdotal “para favorecer esta tendencia de los sacerdotes a la perfección espiritual de la que depende sobre todo la eficacia de su ministerio” (Discurso a los miembros de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009).

Podríamos pensar que es éste un llamado dirigido exclusivamente a los sacerdotes, sin duda es una oportunidad para que todos los cristianos cobremos conciencia de esta realidad y veamos de qué modo podemos colaborar para que haya más sacerdotes y sacerdotes cada vez más santos.

Contar con sacerdotes santos es, sin duda, una de las más apremiantes necesidades de nuestra querida Iglesia. Por eso, es necesario acrecentar algunos medios con los que todos podemos sumarnos a este año sacerdotal, sea individualmente, en familia, en las parroquias o en los centros y obras de apostolado. En primer lugar y de modo muy especial, la Hora Eucarística con adoración al Santísimo para pedir al Señor por los sacerdotes y por las vocaciones. Que sean momentos íntimos de oración, de reparación por las faltas y pecados cometidos, de petición de perdón y misericordia.

Este Año Sacerdotal será también una ocasión magnífica para presentar el atractivo de la vocación sacerdotal y fomentar entre los jóvenes la apertura a un posible llamado de Dios. Sabemos que esto no es tarea exclusiva de los Obispos y sacerdotes, los laicos también pueden y deben ser instrumentos eficaces para que un joven perciba la voz de Cristo que invita a seguirle. Pero lo mas importante, ser apoyo y sostén para todo sacerdote, sea el propio párroco, un sacerdote amigo de la familia, un sacerdote de alguna congregación religiosa o asociación eclesial, un sacerdote necesitado, que requiera nuestra mayor cercanía y bondad.

La motivación fundamental para hacerlo es que todo sacerdote es “otro Cristo”, pues por la imposición de las manos su ser ha quedado profundamente identificado con Él y tiene el poder de actuar no sólo en nombre de Cristo sino in persona Christi. Es Cristo mismo quien actúa a través de él. Por tanto, cuando servimos a un sacerdote, servimos al mismo Cristo. Estas y otras iniciativas nos lleven a valorar y recuperar el sentido de la presencia del sacerdote en la Iglesia y en el mundo.
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