Monseñor Carrara: "Lo que está en juego es el valor de la vida humana" Di Paola ante los legisladores: "Señores diputados y senadores, no se coloquen en el lugar de Dios"

Di Paola en su intervención ante los diputados
Di Paola en su intervención ante los diputados

El cura villero Jose María "Pepe" Di Paola participó este martes de la primera ronda de exposiciones en la Cámara de Diputados en contra del proyecto de aborto legal del Poder Ejecutivo

Desafió al presidente a que diga a quién le prometió su legalización, porque "al pueblo seguramente no", y se preguntó: ¿Al FMI? aludiendo a la vinculación entre la legalización del aborto y las políticas de la usura internacional

Por su parte, Monseñor Gustavo Carrara, aseguró que "la delicada negociación de la deuda externa que no puede hacerse a costa de generar más deudas sociales"

Rechaza la apobación del aborto porque va en contra de la Convención sobre los Derechos del Niño, ya que entiende por niño “todo ser humano desde el momento de la concepción"

"Los argentinos podemos resolver los problemas sin arrancarle la vida a un inocente", asegura

En ese contexto, Di Paola buscó explicar que a través del estudio previo sobre el feto durante el embarazo se puede conocer si posee alguna malformación que, según dijo, en los países desarrollados llevó a deshacerse de la gran mayoría de los casos con Síndrome de Down.

También se refirió a los fundamentos que brindó el presidente Alberto Fernández al momento de enviar el proyecto al Congreso y recordó que dijo que "había hecho una promesa y la cumplió". Por lo que consideró que "sería interesante que nos dijera ante quién se comprometió. A quién le prometió, en tal caso”.

“Al pueblo seguramente no. Al pueblo de la villa menos. Al de las provincias tampoco", sostuvo en su intervención mediante una videoconferencia.

"Como curas y religiosas de villas y barrios populares aprendimos de los vecinos a amar y cuidar la vida. Los lazos de amor que se generan entre los más pobres nos muestran que toda vida vale. La madre ya no solo es la de sus hijos sino también de chicos y chicas del pasillo. La vida comunitaria abraza y da vida. Como contracara vimos la hipocresía de nuestra sociedad que niega al pobre la posibilidad de adopción por no tener, por ejemplo, un título de propiedad", sostuvo.

Para Di Paola, la hipocresía es "plantear que el aborto es una necesidad de los pobres, dicen hacerlo por ellos. Creo que sería suficiente con que los funcionarios hagan fila en los centros de salud, se atiendan en los hospitales provinciales y nacionales para darse cuenta de qué es lo que necesitan verdaderamente los pobres y especialmente las mujeres pobres".

“Cuando hace dos años destacamos la innegable vinculación entre la legalización del aborto y las políticas de la usura internacional varios medios de comunicación vinculados al oficialismo nos atacaron duramente, pretendiendo desvincular la propuesta llevada al Congreso con la aprobación de irracionales préstamos que solo sirvieron para garantizar la fuga de riquezas y lo producido del trabajo argentino”, recordó, y agregó: “Frente a esta ofensiva, durante las últimas semanas, el Ministerio de Economía tomó medidas que podrían calificarse como estabilizadoras o como ‘pro-mercados’”.

“En estas gestiones hubo hechos de muy difícil calificación como mera coincidencia. Por una parte, el Ministerio de Economía anunció que solicitaría al FMI un acuerdo de ‘facilidades extendidas’ el que —como es conocido— trae aparejado que el país deba aceptar, no solo inspecciones y controles de gestión, sino también imposiciones de diverso carácter. En el momento en que arriba la misión negociadora del FMI, en forma apresurada y contradiciendo manifestaciones anteriores, se anuncia uno de los principios que impulsa fuertemente el sistema de usura internacional: la legalización del aborto. La misma historia que vivimos dos años atrás”, explicó.

“En América Latina resuena el famoso grito ‘No matarás’ de monseñor Romero, mártir de El Salvador, cuando exhortaba a no reprimir a su propio pueblo y con el mismo fervor agregaba ‘si sentimos la represión porque nos mata a jóvenes y gente que ya es grande, lo mismo es quitar la vida en las entrañas de la mujer’”.

“Señores diputados y senadores: no se coloquen en el lugar de Dios, dejen que la ciencia hable seriamente, gobiernen para los pobres y no para las elites capitalistas ilustradas”, pidió el sacerdote y agregó: “Hagamos entre todos un país donde se ame la vida, un país donde el Papa pueda sentirse cómodo cuando decida venir”.

Intervención de monseñor Gustavo Carrara en el debate en la Cámara de Diputados por la presentación de la ley de legalización del aborto en la Argentina

Buenos días.

En primer lugar quiero agradecerles la posibilidad de participar, y el trabajo que se toman para escuchar con atención cada una de las intervenciones. Mi tarea como obispo es acompañar la pastoral en villas y barrios populares; de hecho vivo en uno de ellos.

La pandemia tan dramática que nos golpea ha desnudado también otras patologías sociales. Una cultura del descarte, individualista y agresiva, va avanzando. Este pequeño virus del Covid 19 ha puesto de rodillas a todo el mundo y, a su vez, nos ha mostrado descarnadamente el gran virus de la injusticia social que vivimos, la desigualdad de oportunidades. A modo de ejemplo podemos visualizar que muchas de las más de 4.400 villas o barrios populares de nuestro país no tienen acceso al agua potable. Como sabemos el agua es vida, es salud. En los barrios populares, las esenciales han sido sobre todo las mujeres, que se han puesto la patria al hombro, y que multiplicando las ollas en los comedores comunitarios, han pensado no solamente en sus hijos, sino también en los del pasillo, en los de la manzana.

A esto se suma la delicada negociación de la deuda externa que no puede hacerse a costa de generar más deudas sociales. Desde que el país volvió a tomar semejante nivel de deuda, condicionó su soberanía y está más expuesto a colonizaciones culturales. Muchas veces los organismos internacionales que prestan dinero “sugieren” políticas de control de crecimiento de la población. Esto apunta directamente a las villas y barrios donde en vez de reducir la desigualdad se reduciría así la cantidad de pobres.

Es en este contexto de pandemia y sus consecuencias todavía no del todo mensurables, en el que se vuelve a debatir el proyecto del aborto. Nuevamente se presenta, un proyecto muy similar al del 2018.

Ahora bien, cuando como equipo de curas de villas decimos no al racismo y al rechazo de los inmigrantes por el hecho de ser pobres; cuando decimos no al gatillo fácil; cuando pedimos condiciones dignas para los privados de libertad; cuando nos involucramos para que no haya “ni un pibe menos por la droga”; cuando acompañamos los reclamos de los trabajadores de la economía popular; cuando nos unimos a la lucha de los vecinos y vecinas por un pedazo de tierra para trabajar para construir un techo y así cuidar a su familia; cuando organizamos un club o levantamos una escuela para los chicos y chicas de los barrios, etc., ¿qué nos anima? Nos anima la profunda convicción de la dignidad de cada ser humano más allá de cualquier circunstancia. Eso mismo lo sostenemos también del niño o la niña por nacer, su dignidad inalienable desde su concepción. De hecho, la Convención sobre los Derechos del Niño entiende por niño “todo ser humano desde el momento de la concepción”.

Es que cuando se niega el derecho más elemental –el derecho a vivir– todos los derechos humanos quedan colgados de un hilo. Porque cualquier opción por la dignidad humana necesita fundamentos que no caigan bajo discusión, más allá de cualquier circunstancia. De otra manera esa opción se vuelve muy frágil. Porque si aparece alguna excusa para eliminar una vida humana, siempre aparecerán razones para excluir de este mundo a algunos seres humanos que molesten. Mandarán las circunstancias. La costumbre de establecer grados de distinto valor entre los seres humanos de acuerdo con sus características, capacidades o desarrollo, ya ha llevado a las peores aberraciones. Y lo que creíamos superado puede volver a aparecer bajo otras formas.

Cuando una mujer humilde de nuestros barrios va a hacerse la primera ecografía, no dice: “vengo a ver este montón de células” sino que dice: “vengo a ver cómo está mi hijo”. Podríamos preguntarnos, ¿qué solidez puede tener entonces la defensa de una vida humana? Si una ley puede definir en qué momento puede ser eliminada o no. En qué se apoyaría la ley para decir: no es legítimo quitarle la vida a un ser humano cuando tiene más de 14 semanas, pero que sí se lo puede “interrumpir” cuando tiene un día menos. Si una ley puede definir en qué momento una vida humana puede ser eliminada, entonces todo queda sometido a las necesidades circunstanciales, a las conveniencias de los que tengan más poder, o a las modas culturales del momento. ¿No resulta muy peligroso correr arbitrariamente el comienzo de la vida de un ser humano?

El punto central, lo que está en juego, es el valor de la vida humana. ¿Es posible que el deseo o la posible afectación a mi salud integral (física, psíquica o social) sea el criterio para decidir quién vive, quién tiene derecho a vivir, y quién no? Hay ejemplos a lo largo de la historia donde para poder eliminar seres humanos, a quienes se consideraba descartables desde el Poder, primero había que deshumanizarlos. Hay un discurso por momentos  dominante que reitera la palabra “libertad” como un valor supremo. La pandemia nos mostró el orden verdadero. Primero la vida, luego la libertad. No hay libertad sin vida. La libertad no es un bien ilimitado, tiene el límite del otro. Y la genética muestra que el embrión tiene un ADN distinto del de su madre y se mantendrá al nacer y durante toda su vida.

Intervención Carrara
Intervención Carrara

Cuando se habla de las villas o barrios populares, muchas veces se desconoce la cultura de la mayoría de las mujeres pobres. Para ellas los hijos son el mayor o el único tesoro, y no son algo más entre muchas posibilidades que el mundo de hoy puede ofrecer. Eso explica que tantas mujeres pobres se desvivan trabajando mucho  para poder criar a sus hijos. Si se quiere ayudar realmente, lo primero que hay que hacer en nuestros barrios es luchar contra la pobreza con firme determinación.

Se entienden los argumentos que tratan el aborto como un tema de salud, pero estos argumentos conciben a la salud desde un enfoque aislado, como si los seres humanos no fuéramos relación, vínculos, espíritu.  Algo que sí nos recuerda la pandemia que estamos sufriendo. La salud no se puede alcanzar descartando a otro ser humano. Por eso, para las mujeres de los barrios más humildes, el aborto es vivido como un drama existencial, personal y comunitario. Aquí se sigue una intuición muy profunda: no es humano favorecer a un débil en contra de otro más débil aún.

Muchas veces miramos a los países poderosos y “desarrollados” de nuestro mundo. En muchos de ellos está legalizado el aborto. Y en muchos casos se descarta así a los niños que van a nacer con síndrome de Down. ¡Cuánto nos enseñan estos niños a los que tenemos atrofiada la capacidad de amar! La lógica de los poderosos, de los fuertes, que deciden sobre los que menos posibilidades tienen, es la lógica dominante en nuestro mundo de hoy. Y esto también, de alguna manera, se traslada al tema de la niña o niño por nacer.

Y a las mamás que sufren situaciones dramáticas hay que acompañarlas y poder ayudarlas con su embarazo, como hacen muchas vecinas que ayudan en situaciones difíciles, cuando no hay nadie más que ellas; o como esas comunidades que se organizan en nuestros barrios a través por ejemplo de los “Hogares del Abrazo Maternal”, y salen a las ranchadas a acompañar a los que están en la calle y se encuentran con chicas que están solas y embarazadas, les hacen un lugar y las siguen acompañando, cuidando de las dos vidas. 

No organicemos un país en base al egoísmo disfrazado de libertad. Aunque no parezca la salida más pragmática, los argentinos podemos resolver los problemas sin arrancarle la vida a un inocente antes de que pueda defenderse. Podríamos hacer la diferencia. Como pueblo somos capaces de apuntar más alto y de sostener un profundo respeto por la dignidad de los más débiles.

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