A San Bernardino de Siena (II)
Una zona de silencio se necesita justo alrededor de la mente de quien estudia para que se conserve tranquila y limpia. Tú, piísimo fraile, sugieres pedirla al Señor; hasta sugieres la jaculatoria adecuada: "Tranquiliza, Señor Dios, la mente". Nuestros estudiantes, en este punto, sonreirán; ¡están habituados a menudo a otras jaculatorias! Pero, en fin: un poco de silencio y una pizca de oración en medio a tanto ruido cotidiano ¡no hace daño de ningún modo!
***
Cuarta regla, ordenación, o sea, orden, equilibrio, justo medio, sea en las cosas del cuerpo que en las del espíritu. ¿Comer? Sí, escribes tú, pero "no demasiado ni poco. Todos los extremos son viciosos; la vía del medio, óptima. No se pueden llevar dos pesos: El estudio y el comer poco; el comer demasiado y el estudio: que uno te hará perder vitalidad y el otro te engordará el cerebro". ¿Dormir? También pero "no demasiado ni poco... más útil es levantarse a tiempo... con la mente sobria".
Además el espíritu tiene necesidad de orden y tú continúas: "¡No mandes el carro delante de los bueyes... aprende más bien menos ciencia y sábela bien, que bastante y mal!". Salvator Rosa está de acuerdo contigo cuando escribe: Se infarinato se’, vatti a far friggere (Si empanado estás, ve a hacerte freír). El mal aprendizaje, la simple empanadura, la superficialidad, la imprecisión no son cosas serias. Tú aconsejas también tener simpatías personales entre los varios autores o las materias varias: "Haz estima en ti más de un Doctor que de otro, de un libro que de otro... Pero no desprecies ninguno".
***
Quinta regla, continuación, o sea, perseverancia. La mosca se posa apenas sobre la flor y pasa, voluble y agitada, a otra flor; el abejorro se detiene un poco más, pero le urge hacer ruido; la abeja, en cambio, silenciosa y trabajadora, se detiene, chupa a fondo el néctar, lo lleva a casa y nos da la miel dulcísima. Así escribía San Francisco de Sales y me parece que tú estás de acuerdo de lleno: nada de estudiantes-mosca, nada de estudiantes-abejorro, te gusta la voluntad tenaz y realizadora y tienes razón que vender.
En la escuela y en la vida, no basta desear, es necesario querer. No basta comenzar a querer, sino se necesita continuar queriendo. Y no basta, ni siquiera, continuar, sino que es necesario saber recomenzar a querer desde el principio todas las veces que nos hemos parado o por desgano o por falta de éxitos o por caídas. La mala suerte de un joven estudiante, más que la escasa memoria, es una voluntad de estopa. La suerte, más que el fuerte ingenio, es una voluntad robusta y tenaz. ¡Pero esta se templa solamente al sol de la gracia de Dios, se calienta al fuego de las grandes ideas y de los grandes ejemplos!
***
Sexta regla, discreción. Quiere decir: hacer el paso según la pierna; no agarrarse una tortícolis a fuerza de apuntar a metas demasiado altas; no meter la mano a demasiadas cosas juntas; no pretender los resultados de la noche a la mañana.
Séptima regla, dilectación, o sea, tomar gusto. No se puede estudiar mucho tiempo, si no se toma un poco de gusto al estudio. Y el gusto no viene de golpe, sino luego. En los primeros tiempos hay siempre algún obstáculo: la ociosidad a superar, ocupaciones placenteras que nos atraen más, la materia difícil. El gusto viene más tarde, casi premio por el esfuerzo hecho.
Tú escribes: "Sin haber ido a París a estudiar, aprende del animal que tiene las uñas hendidas (o sea, el buey), que primero come y ensaca, y luego ruguma, poco a poco". Ruguma significa rumia, pero para ti, querido y sabio santo, quiere decir algo más, o sea: el buey va gustándose el heno lento lento, cuando es gustoso y gozable, y hasta el fondo. Y así debería suceder con los libros de estudio, alimento de nuestras mentes.
***
¡Querido San Bernardino! Enea Silvio Piccolomini, tu conciudadano y Papa con el nombre de Pío II, escribió que, a tu muerte, los señores más potentes de Italia se dividieron tus reliquias. A los pobres seneses, que tanto te amaban, nada quedó de ti. Quedaba sólo el asnillo, a cuyas grupas habías subido alguna vez, cuando te sentiste cansado del viaje en los últimos años de tu vida. Las mujeres de Siena vieron un día pasar la pobre bestia, la pararon, la depilaron toda y conservaron aquellos pelos como reliquia.
En lugar del asnillo, yo he despelado y "desplumado", arruinándola, una de tus bellísimas prédicas. Estas "plumas" se dispersarán al viento ¿o alguna, al menos por alguien, será recogida?