SACERDOCIO-PASTORES-CLERICALISMO
El Pastor y las ovejas, reflexión fraterna y laical
"Señor mío y Dios mío"
¨Señor mío y Dios mío”
Reconocer al Cristo compasivo:
“Volver a su Palabra y rememorarla desde su amor a los débiles, su proximidad en la desnudez de lo humano.”
La experiencia del resucitado se hará vivencia y confesión de fe cuando hayamos metido nuestros dedos en las señales de los clavos y nuestras manos en el costado del resucitado, como hizo el discípulo incrédulo, para contemplarlo realmente. No podremos entrar en la resurrección sino es por el camino vivo de los sentimientos profundos del que se siente herido y necesitado de los demás, del que se atreve a entrar en la debilidad de los que aman profundamente. Nada es comparado con el conocimiento de Jesucristo, como nos dice Pablo invitándonos a tener los mismos sentimientos que Él.
La experiencia de la pascua irá por los caminos de la conversión hacia los sentimientos de Cristo, entrando en las entrañas de nuestro Dios, como Padre que nos da su Espíritu para que deseemos ser para los demás. Tener el conocimiento de Cristo es entrar en su mirada hacia los necesitados de la historia, a los crucificados de la vida. Llegar a ver a Cristo resucitado en el más pobre será nuestra mayor confesión de fe. Creer en él desde los que sufren en la mayor debilidad, ese es el verdadero testimonio de una fe tan limpia como desnuda, tan verdadera como entregada. Esa fe es la que nadie nunca nos podría quitar. Por eso en esta pascua estamos llamados a la conversión, a la contemplación del hermano necesitado en el corazón de Cristo resucitado hasta que deseemos abrazarlo con fuerza y verdad. La primera apuesta por el necesitado es mirarlo con la dignidad y los sentimientos de Jesús, donde es primero hermano querido antes que necesitado. Si has mirado y abrazado al sufriente y herido, con esa mirada y sentimiento, es que ya estás caminado con el resucitado en tu vida. Necesitamos convertirnos a los pobres como “lugar teológico” donde Cristo nos espera y desea que caminemos en fraternidad con ellos.
Hoy tenemos que convertirnos eclesialmente, hemos de abrir las puertas de la comunidad y dejar que entre con nosotros al interior de la iglesia la humanidad que tiene señales de clavos y lanzadas de dolor y muerte, de olvido y marginación. Hemos de ir hasta ellos y tocarlos en un abrazo de fe limpia y purificada que nos hagan confesar “Señor mío y Dios mío”. Volver a la comunidad de lo sencillo, de la fraternidad verdadera, es el camino de nuestra salvación. Arriesgar en esa dirección nos dará la victoria sobre nuestros miedos y nuestros fracasos. Hoy a nuestra iglesia no le toca ganar, buscar éxito, ni si quiera permanecer -eso le vendrá por añadidura- sino tocar heridas y abrazar dolores, para hacerse más humana con los mismos sentimientos de Cristo.
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