La felicidad no está en la meta sino en el camino

No somos de manera espontanea amos de nosotros mismos pero debemos aprender a serlo. No somos dueños de los hechos externos que nos ocurren pero tampoco debemos ser marionetas de cualquier ventarrón que aparezca en nuestra vida.

Miret Magdalena escribió un libro cuyo título es muy ilustrativo del mensaje que quería trasmitir: “La vida merece ser vivida”.

Reconoce que, con frecuencia, somos esclavos de lo que nos afecta, y que nos viene sin pensarlo. Que no somos dueños de la vida, sino que vamos arrastrados por ella. Pero Miret no acepta que ese sea argumento para actitudes derrotistas y se muestra convencido de que en nuestro interior tenemos un poder que puede sernos de gran ayuda para gobernar nuestra vida y no estar a merced de las circunstancias.

Gobernar nuestra vida tiene que ver con ser conscientes de que la felicidad no es un lugar hacia el cual nos dirigimos en nuestro viaje sino el modo de hacer el viaje. Disfruta, pues, mientras lo recorres.

Decía Gandhi que la felicidad sobreviene cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.

La felicidad tiene que ver con dominar las sogas que nos ahogan: ego, ira, odio, envidia, apego, miedo, ansiedad….Tiene que ver con dar solidez al bienestar interior, soportado en cimientos como: gratitud, generosidad, cercanía, altruismo, autoestima, paciencia, perdón, humor, optimismo.....

Una vida vivida en plenitud pasa por no buscar directamente la felicidad, sino dejar que surja como efecto colateral. Pasa por adoptar una manera de ser que lleve a la satisfacción interior de que lo vivido ha valido la pena.

Tiene que ver con comportarse como una persona con principios, que los aplica a lo largo del camino.

No siempre es fácil. Lo sé.

Al comprar entradas para el circo el padre le dice al taquillero que sus hijos tienen 7 y 3 años. El taquillero le da dos entradas de menores de 6 años a mitad de precio. El padre advierte al taquillero de su error y éste le responde que si no le hubiese advertido del error o no le hubiese dicho la edad exacta él no se habría percatado y se habría ahorrado media entrada. El padre le responde: “Vd. no hubiera sabido la mentira, pero yo y mis hijos sí.

La tentación existe. No niego que yo quizás habría optado por el dinero ahorrado. Pero estoy seguro de que luego, en frío, habría pensado que había despreciado una magnífica oportunidad para hacer ver a mis hijas que la mentira no es algo que forma parte de la naturaleza humana, y por tanto absolutamente incorregible, sino que es un fenómeno contra el que se puede luchar. Que se puede hacer. Y que podemos buscar ayuda para evitarla: “no nos dejes caer en la tentación”

Así es como he querido educar a mi hija Lucia, cuyo cumpleaños hoy celebramos
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